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El campo es una bienvenida fiesta que brinda una imprescindible base de
sustentación para cualquier proyecto de desarrollo en un país con las
características de Argentina. Las señales de precio de esa bonanza son
evidentes: los precios en dólares del maíz, girasol, trigo y soja han registrado
un recorrido alcista hasta marcar picos históricos. Las cosechas y rindes han
registrado máximos. Este boom viene acompañado de producción récord de
maquinaria agrícola, fertilizantes y agroquímicos. Este favorable cuadro
económico se tradujo en un alza pronunciada del valor de los campos, generando
lo que se denomina efecto riqueza positivo de los dueños de la tierra. Y el
contexto internacional ofrece una perspectiva muy alentadora para suponer que el
actual ciclo se prolongará durante varios años más. Frente a ese escenario, uno
de los impactos más relevantes en la economía mundial ha sido el alza de los
precios de los alimentos. Incluso algunos analistas empezaron a especular con
que esos precios se duplicarán en pocos años.
Ante esa perspectiva se plantea una cuestión clave para los gobiernos: cuál es
la política para asegurar la soberanía alimentaria. Se trata de una cuestión con
escaso debate público, reservado por ahora a ámbitos académicos. A nivel masivo
sólo se ha expuesto la paradoja de que un país como Argentina, que produce
alimentos para más de 300 millones de personas, un importante porcentaje de sus
40 millones de habitantes no puedan alimentarse adecuadamente. Pero ahora la
discusión es más amplia, por caso, debido a que se ha puesto en controversia una
función milenaria del campo como fuente para producir alimentos para las
personas, para pasar a ser proveedora para elaborar biocombustibles.
Por ejemplo, la explosiva demanda de maíz por parte de Estados Unidos, primer
productor y exportador mundial, para la producción de etanol como combustible
gatilló una disparada del precio de esos granos. Así, por ejemplo, se colocó a
México, uno de los principales consumidores de maíz, grano base de la
alimentación de su población, en una situación de vulnerabilidad e inseguridad
alimentaria. Se plantea, entonces, la opción entre el derecho a la alimentación
y la ampliación de la actividad agrícola como proveedora de materias primas para
elaborar combustibles.
La búsqueda de fuentes de energía alternativas y, a la vez, las transformaciones
de pautas de consumo a nivel mundial, en especial en Asia, donde se van
incorporando millones de personas al mercado de alimentos, provoca una fuerte
alteración de un mercado sensible: la accesibilidad de los alimentos, por
precio, calidad y cantidad, para la mayor parte de la población. Lo que se
define como soberanía alimentaria.
Esos cambios estructurales, que generan un complejo y fascinante fenómeno a
nivel mundial, tienen su traducción en lo que ahora se ha convertido en un
término de moda: agflation, la combinación de agricultura e inflación.
Consiste en un aumento en el precio de los alimentos que se produce como
resultado de un incremento de la demanda de consumo humano y su uso como una
alternativa en materia de recursos energéticos. En casi todos los países la
agflation está produciendo manifestaciones de protesta. Aquí fue el boicot
al tomate; en México la rebelión fue por el alza de la tortilla de maíz. Lo que
se pone en cuestión con la agflation es lo que se conoce como soberanía
alimentaria.
En Argentina, ese fenómeno se despliega en un contexto de incremento de la
demanda por la mejora del ingreso medio de la población, de crecimiento de las
exportaciones alentadas por los atractivos precios internacionales y por el
elevado tipo de cambio. Ante esa situación, el gobierno apeló a casi todas las
herramientas disponibles en el manual básico de intervención:
1. Subsidios mediante un mecanismo de compensaciones en la cadena del trigo
(harina-pan) y del maíz (ganado vacuno y porcino), entre las más importantes.
2. Retenciones a las exportaciones para evitar que los elevados precios
internacionales se trasladen a los locales.
3. Mecanismos para facilitar la importación, en el caso de la papa.
4. Restricciones a las exportaciones de trigo y carne para asegurar el
abastecimiento interno.
5. Fijación de precios de referencia de venta al público en los principales
cortes de carne y frutas y verduras.
6. Acuerdos de precios con las cadenas de comercialización y principales
productores de alimentos.
7. Intervención en mercados concentradores, el de Hacienda y el Central.
8. Boicot de compra, en el caso del tomate.
Esas medidas tuvieron resultados dispares en cuanto a su efectividad, en un
contexto donde los países van buscando mecanismos para enfrentar el aumento del
precio de los alimentos. Caminos que se van explorando en un mundo que está
caminando por un sendero desconocido como el de convivir con alimentos caros
durante un prolongado período.
Publicado en ITF
(Iniciativa para la Transparencia Financiera). Reproducido en el semanario Peripecias Nº
83 el 30 de enero de 2008. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |