Peripecias Nº 86 - 27 de febrero de 2008

DESARROLLO

 

 

¿Por qué no progresa América Latina?

 

H. Jorge V.

 

 

 

El autor HjorgeV es peruano residente en Alemania.

 

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El siguiente texto no pretende ser riguroso. Se trata de un simple ejercicio dominical de pensamiento y escritura que busca ocuparse de ciertas preguntas que me interesan como peruano respecto a Europa y su actitud frente a Latinoamérica.

¿Por qué no progresa Latinoamérica?

Esta es una pregunta con la que tarde o temprano nos vemos confrontados los latinoamericanos independientemente del lugar donde vivamos.

Bien sea porque llegamos nosotros mismos a ella o porque nos la hace gente de otros continentes.

Muchas veces en forma de una insistente y reclamante querella.

¿Por qué carajo no progresa Latinoamérica?

En mi último viaje a mi país de origen, el Perú, me recomendaron un libro que, en principio, también se ocupa de este tema:

Cuentos chinos, El engaño de Washington, la mentira populista y la esperanza de América Latina, de Andrés Oppenheimer.

Se trata de un periodista argentino nacido en Buenos Aires en 1951, afincado desde 1973 en EEUU y con la nacionalidad de este país.

Reproduzco parcialmente la presentación de la contraportada del libro:

¿Qué países están logrando reducir la pobreza y aumentar el bienestar de su población y qué países están simplemente contando “cuentos chinos”?

Oppenheimer presenta su visión sobre el mundo del siglo XXI: qué países latinoamericanos tienen las mayores posibilidades de progresar, y cuáles están encaminados al fracaso en el nuevo contexto internacional marcado por el surgimiento de China como segunda potencia mundial.


No es fácil reconocerlo a primera vista, pero Oppenheimer tampoco responde a la pregunta inicial planteada.

Su receta, a grandes rasgos, es que si queremos progresar como otros países y regiones del mundo lo han hecho a velocidades impensables apenas un par de décadas atrás –China, India, Taiwan, Singapur, Vietnam–, es necesario atraer más inversiones productivas más o menos como sea y dejarnos de lamentos.

No voy a poner en tela de juicio aquí si esta es la verdadera o mejor solución: la de concentrarse en atraer inversiones a nuestros países, más o menos a cualquier precio.

Me interesa aquí ocuparme de la pregunta inicial.

¿Es correcta la pregunta así formulada?

¿Por qué diablos no progresa Latinoamérica?

Primera constatación: la pregunta no es correcta.

¡Claro que progresamos! Y se puede demostrar.

Así planteada, la pregunta, es una falacia, porque lo que pasa no es que no progresemos como países, sino que lo hacemos demasiado lentamente. Con desesperante lentitud.

De tal manera que me veo obligado a reformular lo planteado y preguntar:

¿Por qué es así?

Racismo implícito, negativo e inútil

Varias han sido las veces en las que me han hecho la pregunta inicial aquí en Alemania.

Varias las veces, también, pasando a ilustrar mis experiencias en este mi segundo país, en las que he sentido y compartido la gran frustración que experimentan muchos alemanes después de haber viajado por nuestros países y constatado que seguimos siendo en muchos casos como definió el sabio italiano Raymondi al Perú:

Un mendigo sentado sobre un banco de oro.

Casi tirándose de los cabellos, de pura desesperación, cuántas veces no me habrán hecho las preguntas que nosotros mismos, como latinoamericanos, nos hacemos también:

¿Por qué no avanzamos?

¿Por qué no progresamos?

¿Por qué no trabajamos más por ello?

Estas preguntas son más complejas de lo que se pudiera creer. Ni siquiera me refiero necesariamente a sus posibles respuestas.

Para muchos alemanes, por ejemplo, se podrían resolver con un simple: Porque los latinoamericanos no queremos.

-Miren a Alemania -parecen querer decirte con su actitud, pero sin llegar a atreverse a hacerlo-. De las cenizas, hemos hecho un gran país.

-¿Tú crees que la gente pobre no quiere salir de la pobreza? –he tenido que preguntarles muchas veces.- ¿Tú crees que esa gente marginada no quisiera vivir bien?

-¡Claro! –ha sido la respuesta inequívoca de mis conciudadanos.

-Entonces, no se puede afirmar que los latinoamericanos no queramos progresar, porque eso sería equivalente a afirmar que somos flojos y enemigos del trabajo. Y de allí al racismo implícito, negativo e inútil, no hay mucho trecho.

Si es, entonces, más o menos obvio que nadie desea la pobreza, es menester, por tanto, buscar las causas de esa aparente desidia y abulia para enfrentar nuestros problemas y nuestro futuro.

Las causas tienen que ser otras.

Más profundas, más complejas y menos obvias.

¿Qué es progreso?

No es del todo inconveniente, tampoco, hacer aquí un paréntesis y preguntarnos qué significa lo que denominamos ‘progreso’.

Estoy convencido de que en la suposición de que significa lo mismo para todos y que es lo mismo que todos desean, está también parte de nuestros grandes problemas.

¿Qué es progreso?

Otra pregunta de difícil respuesta.

Tal como conozco y entiendo el mundo, actualmente, lo que se entiende por progreso es la participación con más o menos cierto buen resultado en cifras, en una carrera mundial escandalosamente desigual en la que compiten unos pocos países con increíbles ventajas de todo tipo, contra otros que forman la mayoría y que apenas pueden ocuparse de sus más acuciantes problemas: como el hambre, la pobreza en general y la ignorancia.

En esta competencia, por un lado, están los llamados países del Primer Mundo que sacan su mayor y mejor tajada del pastel, entre otras cosas porque crearon, impusieron, dominan y pueden defender sus reglas en esa carrera.

Por el otro, el resto de los países, en clara inferioridad de condiciones y que tienen que contentarse más o menos con lo que queda.

(Mi Lector Atento desea saber ahora quién define cuándo un progreso es demasiado lento. Cuando el hambre y la pobreza, en general, siguen cundiendo, podría ser la respuesta inmediata. Si un país no combate adecuadamente el hambre acuciante de su población, se podría afirmar que no progresa, para tomar el parámetro más importante.

-Entonces –afirma mi Lector Atento- no progresa el mundo porque se sabe que casi el 40% de los víveres que se adquieren en los países del llamado Primer Mundo van a parar a la basura.

Y hay que darle la razón.

Desde ese punto de vista, nuestro Mundo visto como un todo, no progresa, efectivamente.

Es más, es un desastre: cada tres segundos muere un niño como producto del hambre o de la pobreza, en general, en algún lugar de este mismo mundo.

-¿Cómo puede entonces puede vanagloriarse el llamado Primer Mundo de su ‘progreso’ que ha sido obtenido y se obtiene, por lo demás, con el concurso del resto de los países? -se pregunta mi Lector Atento, sin que pueda yo darle una respuesta.)

Pero regresemos a nuestra pregunta concreta y supongamos que el Progreso es algo sobre cuyo significado hay consenso.

La pregunta, entonces, repito, sería una falacia.

Y se puede demostrar.

 

La versión completa de este artículo está disponible aquí

 

Publicado en el blog Cuaderno Contable el 17 de febrero de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 86 el 27 de febrero de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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