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El autor
HjorgeV es peruano residente en Alemania.
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El siguiente texto no pretende ser riguroso. Se trata de un simple ejercicio
dominical de pensamiento y escritura que busca ocuparse de ciertas preguntas que
me interesan como peruano respecto a Europa y su actitud frente a Latinoamérica.
¿Por qué no progresa Latinoamérica?
Esta es una pregunta con la que tarde o temprano nos vemos confrontados los
latinoamericanos independientemente del lugar donde vivamos.
Bien sea porque llegamos nosotros mismos a ella o porque nos la hace gente de
otros continentes.
Muchas veces en forma de una insistente y reclamante querella.
¿Por qué carajo no progresa Latinoamérica?
En mi último viaje a mi país de origen, el Perú, me recomendaron un libro que,
en principio, también se ocupa de este tema:
Cuentos chinos, El engaño de Washington, la mentira populista y la esperanza
de América Latina, de Andrés Oppenheimer.
Se trata de un periodista argentino nacido en Buenos Aires en 1951, afincado
desde 1973 en EEUU y con la nacionalidad de este país.
Reproduzco parcialmente la presentación de la contraportada del libro:
¿Qué países están logrando reducir la pobreza y aumentar el bienestar de su
población y qué países están simplemente contando “cuentos chinos”?
Oppenheimer presenta su visión sobre el mundo del siglo XXI: qué países
latinoamericanos tienen las mayores posibilidades de progresar, y cuáles están
encaminados al fracaso en el nuevo contexto internacional marcado por el
surgimiento de China como segunda potencia mundial.
No es fácil reconocerlo a primera vista, pero Oppenheimer tampoco responde a la
pregunta inicial planteada.
Su receta, a grandes rasgos, es que si queremos progresar como otros países y
regiones del mundo lo han hecho a velocidades impensables apenas un par de
décadas atrás –China, India, Taiwan, Singapur, Vietnam–, es necesario atraer más
inversiones productivas más o menos como sea y dejarnos de lamentos.
No voy a poner en tela de juicio aquí si esta es la verdadera o mejor solución:
la de concentrarse en atraer inversiones a nuestros países, más o menos a
cualquier precio.
Me interesa aquí ocuparme de la pregunta inicial.
¿Es correcta la pregunta así formulada?
¿Por qué diablos no progresa Latinoamérica?
Primera constatación: la pregunta no es correcta.
¡Claro que progresamos! Y se puede demostrar.
Así planteada, la pregunta, es una falacia, porque lo que pasa no es que no
progresemos como países, sino que lo hacemos demasiado lentamente. Con
desesperante lentitud.
De tal manera que me veo obligado a reformular lo planteado y preguntar:
¿Por qué es así?
Racismo implícito, negativo e inútil
Varias han sido las veces en las que me han hecho la pregunta inicial aquí en
Alemania.
Varias las veces, también, pasando a ilustrar mis experiencias en este mi
segundo país, en las que he sentido y compartido la gran frustración que
experimentan muchos alemanes después de haber viajado por nuestros países y
constatado que seguimos siendo en muchos casos como definió el sabio italiano
Raymondi al Perú:
Un mendigo sentado sobre un banco de oro.
Casi tirándose de los cabellos, de pura desesperación, cuántas veces no me
habrán hecho las preguntas que nosotros mismos, como latinoamericanos, nos
hacemos también:
¿Por qué no avanzamos?
¿Por qué no progresamos?
¿Por qué no trabajamos más por ello?
Estas preguntas son más complejas de lo que se pudiera creer. Ni siquiera me
refiero necesariamente a sus posibles respuestas.
Para muchos alemanes, por ejemplo, se podrían resolver con un simple: Porque los
latinoamericanos no queremos.
-Miren a Alemania -parecen querer decirte con su actitud, pero sin llegar a
atreverse a hacerlo-. De las cenizas, hemos hecho un gran país.
-¿Tú crees que la gente pobre no quiere salir de la pobreza? –he tenido que
preguntarles muchas veces.- ¿Tú crees que esa gente marginada no quisiera vivir
bien?
-¡Claro! –ha sido la respuesta inequívoca de mis conciudadanos.
-Entonces, no se puede afirmar que los latinoamericanos no queramos progresar,
porque eso sería equivalente a afirmar que somos flojos y enemigos del trabajo.
Y de allí al racismo implícito, negativo e inútil, no hay mucho trecho.
Si es, entonces, más o menos obvio que nadie desea la pobreza, es menester, por
tanto, buscar las causas de esa aparente desidia y abulia para enfrentar
nuestros problemas y nuestro futuro.
Las causas tienen que ser otras.
Más profundas, más complejas y menos obvias.
¿Qué es progreso?
No es del todo inconveniente, tampoco, hacer aquí un paréntesis y preguntarnos
qué significa lo que denominamos ‘progreso’.
Estoy convencido de que en la suposición de que significa lo mismo para todos y
que es lo mismo que todos desean, está también parte de nuestros grandes
problemas.
¿Qué es progreso?
Otra pregunta de difícil respuesta.
Tal como conozco y entiendo el mundo, actualmente, lo que se entiende por
progreso es la participación con más o menos cierto buen resultado en cifras, en
una carrera mundial escandalosamente desigual en la que compiten unos pocos
países con increíbles ventajas de todo tipo, contra otros que forman la mayoría
y que apenas pueden ocuparse de sus más acuciantes problemas: como el hambre, la
pobreza en general y la ignorancia.
En esta competencia, por un lado, están los llamados países del Primer Mundo que
sacan su mayor y mejor tajada del pastel, entre otras cosas porque crearon,
impusieron, dominan y pueden defender sus reglas en esa carrera.
Por el otro, el resto de los países, en clara inferioridad de condiciones y que
tienen que contentarse más o menos con lo que queda.
(Mi Lector Atento desea saber ahora quién define cuándo un progreso es demasiado
lento. Cuando el hambre y la pobreza, en general, siguen cundiendo, podría ser
la respuesta inmediata. Si un país no combate adecuadamente el hambre acuciante
de su población, se podría afirmar que no progresa, para tomar el parámetro más
importante.
-Entonces –afirma mi Lector Atento- no progresa el mundo porque se sabe que casi
el 40% de los víveres que se adquieren en los países del llamado Primer Mundo
van a parar a la basura.
Y hay que darle la razón.
Desde ese punto de vista, nuestro Mundo visto como un todo, no progresa,
efectivamente.
Es más, es un desastre: cada tres segundos muere un niño como producto del
hambre o de la pobreza, en general, en algún lugar de este mismo mundo.
-¿Cómo puede entonces puede vanagloriarse el llamado Primer Mundo de su
‘progreso’ que ha sido obtenido y se obtiene, por lo demás, con el concurso del
resto de los países? -se pregunta mi Lector Atento, sin que pueda yo darle una
respuesta.)
Pero regresemos a nuestra pregunta concreta y supongamos que el Progreso es algo
sobre cuyo significado hay consenso.
La pregunta, entonces, repito, sería una falacia.
Y se puede demostrar.
La versión completa de este artículo está
disponible
aquí
Publicado en el blog
Cuaderno Contable el 17
de febrero de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
86 el 27 de febrero de 2008. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |