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Eduardo Gudynas es director del Centro Latinoamericano de Ecología Social (CLAES),
con sede en Montevideo, Uruguay. Es un experto en temas de desarrollo sostenible
y trabaja como consultor e investigador en varios países del continente. En
Ecuador se ha publicado su manual “Economía, Ecología y Ética del Desarrollo
Sostenible” (AbyaYala), y es co-editor con Alberto Acosta de la colección de
ensayos “Libre comercio: mitos y realidades” (AbyaYala). La semana pasada
mantuvo encuentros con los integrantes de las mesas constituyentes de Recursos
Naturales y Biodiversidad (5), Régimen de Desarrollo (7) y Soberanía, Relaciones
Internacionales e Integración Latinoamericana (9). Fue expositor en el Desayuno
Conversatorio “Innovaciones Constitucionales: Soberanía, ambiente y desarrollo”,
invitado por la Asamblea Constituyente en coordinación con el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, y la Agencia Española de Cooperación
Internacional, AECI. En este contexto, le formulamos las siguientes inquietudes.
¿Es posible hablar de Soberanía Alimentaria en una realidad como la ecuatoriana?
Entiendo que no sólo es posible, sino que es indispensable. Países como Ecuador
poseen todas las potencialidades para asegurar la mejor dieta a sus habitantes,
y que a la vez eso sirva para sostener un vigoroso sector productivo y elevar la
calidad de vida de la población rural. El problema que se vive en muchos países
es que la producción agroalimentaria es manejada como si se tratase de exportar
minerales o hidrocarburos, y por lo tanto se enfatiza en la explotación
agroindustrial volcada esencialmente al comercio internacional, desatendiendo
los mercados internos y generando la expulsión de campesinos y pequeños
productores rurales.
Volver los ojos al desarrollo de nuestros mercados internos es la clave
entonces... ¿Cómo podría una Constitución, como la que se está construyendo en
el Ecuador, garantizar la inclusión de la soberanía alimentaria como uno de los
ejes para el nuevo modelo de desarrollo?
Sin duda, por la relevancia del tema, se requiere que éste sea contemplado en
cualquier constitución. La soberanía alimentaria no puede ser mencionada apenas
como una aspiración o un deseo, sino que deben darse algunos pasos más: por
ejemplo, insertar la soberanía alimentaria dentro de un marco de desarrollo
rural. La producción de alimentos no puede quedar restringida a una mera
actividad empresarial, sino que es parte de un desarrollo rural que también debe
proteger a los campesinos y a los pequeños productores rurales, amparar sus
estilos de vida y asegurar la calidad de vida de la familia rural. Estas metas
apuntan a un nuevo estilo de desarrollo.
¿Cómo vio el trabajo de nuestros asambleístas en este sentido? Usted mantuvo
reuniones con las mesas de Recursos Naturales, Régimen de Desarrollo y
Soberanía...
Por el trabajo que he visto en la Mesa 7, sobre Régimen de Desarrollo, se están
discutiendo con profundidad las alternativas posibles. También debemos reconocer
que no es posible pensar en soberanía alimentaria ni en desarrollo rural si a su
vez no se protege el suelo y el agua (Mesa 5), si a su vez no se conserva la
base de recursos naturales sobre la que descansa la agricultura y la ganadería.
Otros pasos implican reconocer las particularidades de la economía agropecuaria.
En varios países se está cayendo en una visión reduccionista, donde se enfatiza
únicamente su papel como proveedora de productos de exportación. En lugar de
exportar minerales o hidrocarburos, se exportan granos o carne. Se desatienden
los mercados internos para priorizar las exportaciones, y en especial por los
altos precios que se obtienen en los mercados internacionales. A su vez, esto
arrastra un aumento de los precios de la canasta básica de alimentos. Por lo
tanto la soberanía alimentaria debe atender con mucho cuidado las fuerzas del
comercio internacional. En muchos países, las estrategias nacionales quedan
totalmente subordinadas a los vaivenes de los precios internacionales, por
ejemplo determinados en la Bolsa de Chicago, y no en nuestras capitales. Por lo
tanto, a mi modo de ver, cualquier cambio en el régimen de desarrollo debe
brindar claras orientaciones en materia de política exterior e inserción
internacional.
¿Se torna urgente, por lo tanto, pensar en la implementación de nuevos modelos
de desarrollo en los procesos constituyentes de nuestros países?
Ese es justamente uno de los asuntos centrales. Por supuesto que una
Constitución no necesariamente debe llegar a los detalles que se esperan en las
leyes nacionales o en un plan de desarrollo a mediano plazo, pero debe encauzar
y ofrecer un marco sobre el estilo de desarrollo al que se aspira. En general ha
primado la idea de desarrollo como crecimiento económico. Frente a esto, algunas
de las propuestas en discusión entre los asambleístas en Montecristi apelan a la
noción del “buen vivir”, lo que es bienvenido ya que ello exige regresar a
objetivos basados en la calidad de vida y el bienestar de las personas. No
quiero negar la importancia de los procesos económicos, o del papel del sector
empresarial, sino que deseo subrayar que éstos son mediaciones para alcanzar las
metas de bienestar. La crisis económica en marcha en Estados Unidos es un
ejemplo que nos debe servir de advertencia, ya que es producto de una
desregulación y falta de vigilancia sobre bancos y agentes financieros. Su
resultado hace que casi todos los economistas, incluso los más ortodoxos, están
llamando a mejorar los sistemas de control y regulación. Por lo tanto, los
circuitos económicos tradicionales deben ser fortalecidos y expandidos por su
indudable contribución al desarrollo, pero es necesario ponerlos bajo una
regulación social para que sirvan genuinamente al bienestar de las personas y de
la sociedad toda.
En algún momento, el también académico e investigador Alberto Acosta, hoy
presidente de la Asamblea Constituyente del Ecuador, planteó la necesidad de
abrir un debate sobre nuevas economías: “post petroleras”, decía él. ¿Estamos
hablando de un cambio de época, es el momento de trascender de la la economía
extractivista, y fundar con ello las nuevas formas de concebir el desarrollo?
Esa es una de las cuestiones claves. En el caso de los sectores extractivistas
tradicionales como la minería o el petróleo, que son recursos no renovables,
sólo es posible una práctica de extracción del recurso. No hay otras opciones.
Pero en la agropecuaria es muy diferente, ya que son recursos renovables, y por
lo tanto puedo llegar a nuevos equilibrios donde es posible cosechar la riqueza
de la naturaleza dentro de sus propios límites y capacidades de regeneración. El
problema actual es que la producción agroindustrial de exportación se comporta
como si fuera un sector extractivista: extrae los recursos del suelo, los
erosiona, los contamina con agroquímicos y exprime esa riqueza, generando
crecientes niveles de erosión, desertificación y cambios ambientales que son
irreversibles. También existen consecuencias económicas ya que habría que restar
del PBI (Producto Bruto Interno) agropecuario las pérdidas de capital por
erosión, contaminación o pérdida del agua. Es así que un análisis económico
serio, que toma en cuenta todas las ganancias pero también todas las pérdidas,
se da la mano con la perspectiva del desarrollo sostenible, y desemboca en la
necesidad de alentar un nuevo modelo de desarrollo rural. A mi modo de ver
existen muchas mayores opciones, tanto económicas, como sociales y ambientales,
en la alternativa de una nueva agropecuaria que en seguir insistiendo con los
sectores extractivistas convencionales.
La soberanía alimentaria empieza a ser bandera también de las organizaciones
indígenas y campesinas de Ecuador. De una u otra forma, este discurso siempre ha
estado presente en sus proclamas. ¿Cuál es el papel de las campesinas y
campesinos en este proceso?
Son los actores fundamentales. El nuevo desarrollo rural los pone en primer
lugar, no sólo a ellos, sino a toda la familia rural. La soberanía alimentaria
no es posible sin campesinos. Por lo tanto son actores que son tanto el punto de
partida como el punto de destino de las reformas en el campo.
Finalmente, ¿cuáles son las implicancias de los acuerdos de libre comercio para
la articulación de estas nuevas nociones de desarrollo: economías post
extractivistas, soberanía alimentaria, desarrollo sostenible…?
Cualquier acuerdo comercial tiene implicancias potenciales enormes para el
sector agroalimentario. Por ejemplo, un acuerdo de liberalización unilateral
frente a grandes productores y exportadores, sea Estados Unidos o Brasil, puede
significar el desplazamiento de la producción nacional por importaciones. Eso
usualmente desemboca en desplazar a los campesinos, que no logran competir
frente a productos importados, mientras que la producción agropecuaria
sobreviviente se concentra en unos pocos productos que logran cierta
competitividad exportadora. Justamente en procesos de este tipo, la consecuencia
es dependencia alimentaria. Se cae en la paradoja de que un país debe exportar
más de otros productos primarios, como minerales o petróleo, para obtener los
dineros que le permiten comprar alimentos en el exterior o establecer planes de
ayuda estatales para los pobres del campo. Frente a esto es necesario generar
acuerdos comerciales que sean parte de un proceso de integración más amplio, y
que por lo tanto incorporen una articulación de la producción agropecuaria, y
permitan mantener los programas que eviten el empobrecimiento en el medio rural.
Asamblea Constituyente del Ecuador,
Ciudad Alfaro, 1 abril 2008
Publicado en la página de la
Asamblea Nacional
Constituyente del Ecuador el 1 de abril de 2008. Reproducido en el
semanario Peripecias Nº 91 el 9 de abril de 2008. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |