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N. Castro es catedrático y escritor
panameño.
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La agenda internacional destaca tres temas que están estrechamente vinculados y
que, además, son muy críticos en la región centroamericana. Estos son, en primer
término, el de la crisis energética destapada por el rápido encarecimiento del
petróleo y el de la crisis alimentaria, seguidas de cerca por el amenazador
cambio climático. Las dos últimas son, en gran parte, consecuencias de la
cuestión energética. En los tres casos, la inversión y tecnología de los países
más desarrollados –que están entre los principales causantes del problema–
pueden ayudarnos a construir soluciones.
Como se sabe, los precios del petróleo continuarán en alza por tres razones
concurrentes: a) la demanda mundial continúa subiendo, junto a la escasez de
nuevos yacimientos y de capacidades para refinar crudo pesado, que seguirá
restringiendo la oferta; b) esta restricción de la oferta es agravada por la
existencia de conflictos en importantes zonas de extracción de petróleo; c) en
el encarecimiento del crudo y los refinados hay un importante componente
especulativo que agrava toda la situación.
El desproporcionado aumento de la demanda rebasa lo que pudiera atribuirse al
aumento de la población mundial y la industrialización. De hecho, gran parte
viene del estilo despilfarrador del consumo norteamericano. Asimismo, las
situaciones de conflicto en algunas de las principales zonas petrolíferas se
agravaron con la política intervencionista de la Administración Bush en dichas
áreas. Lo cual da pábulo dicho componente especulativo, que enriquece a unos
pocos y arruina a la mayor parte de la humanidad.
Así, por un lado ese estilo de consumo, y la hegemonía del uso de combustibles
fósiles, generan contaminación ambiental e inestabilidad del clima en perjuicio
de la agricultura. Por otro lado, el precio de los hidrocarburos incrementa el
costo de los productos agrícolas, al encarecer tanto los insumos que requiere
(fertilizantes, pesticidas, etc.) como el procesamiento y transporte de esos
productos.
Ello da sobradas razones a la demanda centroamericana y brasileña de que estos
problemas se discutan con la mayor prontitud y seriedad en las Naciones Unidas y
en los demás organismos internacionales competentes. Porque se trata de una
cuestión que agrede inmerecidamente las economías nacionales y el modo de vida
de los pueblos, sobre todo a las economías y poblaciones de los países en
desarrollo que no somos productores de hidrocarburos. Esto es, a quienes
constituimos la mayor parte de la humanidad.
La gravedad del problema implica que su discusión no puede ni diferirse ni
quedar sin decisiones prácticas. Porque, en el más estricto sentido de la
palabra, los precios del petróleo y sus derivados, así como sus consecuencias
sobre los costos y la oferta de alimentos, ya constituyen una amenaza a la paz y
la seguridad internacionales. Por lo tanto, es un asunto que Naciones Unidas
debe asumir con urgente prioridad.
En el interín, los países en desarrollo carentes de hidrocarburos tenemos una
apremiante necesidad de ampliar la producción de otras formas de energía, que
nos permitan disponer de recursos propios y ser menos dependientes del petróleo
y de quienes controlan su mercado. Esto es, debemos generar fuentes de energía
accesibles, renovables y limpias, que no amenacen con encarecer, ni dañen el
ambiente.
A la vez, tenemos apremiante necesidad de incrementar la producción y oferta de
alimentos sanos y accesibles para una creciente población, cuya seguridad
alimentaria es indispensable garantizar. La exigencia de una mayor producción de
alimentos no deriva solo de la pobreza sino también del progreso: tan pronto se
logra ofrecer más empleos e ingresos decentes, la población naturalmente demanda
mejor alimentación, como es su legítimo derecho.
Además, el exagerado costo de los hidrocarburos estimula la demanda y la
producción agrícola de biocombustibles. Desde siempre una parte de la
agricultura ha proporcionado materias primas a la industria, pero ahora se
agrega este uso adicional de las tierras agrícolas. Mientras eso permita
aprovechar los suelos depredados o en desuso sin reducir la producción de
alimentos ni afectar las reservas forestales, esa opción es bienvenida, pues
ayuda a reducir nuestra dependencia del petróleo y contribuye a la
industrialización rural.
Todo lo anterior resalta dos campos de cooperación que deben encabezar la
demanda centroamericana de asistencia internacional: desarrollar la producción
de formas alternas de energía, y fortalecer la productividad y producción de
alimentos. Ambas cosas, por supuesto, requieren desterrar las políticas que la
ideología neoliberal y los burócratas internacionales nos impusieron hasta
reciente fecha, por las cuales la agricultura quedó expuesta al juego
especulativo.
Por consiguiente, al jerarquizar la colaboración e inversiones foráneas,
sobresalen las relativas a infraestructura y energía, especialmente la
construcción de hidroeléctricas y de líneas de interconexión eléctrica. Las
hidroeléctricas conllevan mejores aprovechamientos de nuestros recursos
hidráulicos, como el riego y la acuicultura en el renglón alimentario. Lo
asimismo implica descartar la tesis reaccionaria que, con pretextos ecológicos,
pretende que las hidroeléctricas son indeseables, lo que condena a las
poblaciones rurales a seguir en su vieja miseria, y a las naciones a renunciar a
su soberanía energética.
Adicionalmente, algunos países centroamericanos tienen buen potencial
geotérmico, cuyo aprovechamiento tiene aplicaciones tanto energéticas como
agrícolas. Otros tienen potencial en energía eólica. A la vez, toda la región lo
tiene en energía solar, un excelente campo de colaboración internacional.
Finalmente, la producción de combustibles biológicos también puede incluir el
procesamiento de desechos orgánicos.
En todos los casos esa cooperación no solo es útil en lo que toca a inversiones,
sino también necesaria en lo relativo a transferir tecnología y capacitación,
especialmente para gestionar proyectos en ambos campos: la productividad
agrícola, y la generación de formas alternas y sustentables de energía.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
106 el 23 de julio de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. |