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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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Se dice desde hace mucho que la política es el arte de lo posible. En esa misma
perspectiva, cabría decir que la administración es el arte de crear las
condiciones que hagan posible aquello que el desarrollo de la sociedad revela ya
como necesario. Comprender de esta manera el vínculo entre administración y
política tiene especial importancia en países en los que el desarrollo se
manifiesta en formas heterogéneas y contradictorias, que tienden a acentuar los
conflictos internos sin llegar a crear realmente las premisas para su pronta
solución. Y aunque esto no es privativo de los países más afectados por las
asimetrías de la interdependencia global, es en ellos donde esos conflictos
suelen manifestarse de manera más aguda y más compleja.
Esta situación se acentúa en casos como el de Panamá, donde está en curso un
proceso de transición entre un país que ya no existe, y otro que aún se
encuentra en construcción. Aquí, en efecto, la sociedad y su administración
pública se encuentran desde hace ya una década en el proceso de pasar de un
Estado concebido para promover un estilo de desarrollo protegido al margen de un
enclave de capital monopólico estatal extranjero –no fue otra cosa la antigua
Zona del Canal– a otro, nuevo, que fomente un estilo de desarrollo abierto,
organizado a partir de la Plataforma de Servicios Transnacionales que viene
tomando forma en el entorno de la vía interoceánica.
Hoy, los desencuentros y las diferencias de ritmo entre los diversos sectores de
la vida nacional en el marco de dicho proceso explican los graves problemas que
hoy aquejan a los servicios públicos que el Estado debe ofrecer en materia de
educación, salud, seguridad y transporte. Esos servicios, en efecto, se
encuentran a cargo de instituciones que fueron diseñadas para cumplir sus
funciones en una circunstancia social, económica, cultural y demográfica que ya
no existe, y tendrán que ser una re - creación, de un alcance no menor –y de una
complejidad mucho mayor– que el de los esfuerzos equivalentes llevados a cabo en
el pasado por las administraciones encabezadas por estadistas como Belisario
Porras, Harmodio Arias y Omar Torrijos Herrera.
De lo que se trata hoy, en efecto, no es tanto de administrar con mayor
eficiencia una estructura consolidada, sino y sobre todo de fomentar y orientar
de manera eficaz la formación de las nuevas estructuras de gestión que el
desarrollo del país requiere. Son muchos ya los problemas que el viejo Estado ya
no puede resolver, pero el mayor de todos consiste, sin duda alguna, en que las
estructuras de gestión pública –y las mentalidades correspondientes a las
mismas– perdieron hace mucho la capacidad que alguna vez tuvieron para propiciar
la formación de tejido social nuevo, que permita al Estado actuar en acuerdo de
conjunto con la ciudadanía, y que permita a la ciudadanía ejercer un verdadero
control social de la gestión estatal.
En esta circunstancia, convendría empezar por un examen atento de experiencias y
logros muy valiosos que ya han sido obtenidos en esta transición. En lo que
respecta a la cooperación entre el ámbito privado y el sector público para
ofrecer soluciones innovadoras a problemas nuevos, la Ciudad del Saber es un
caso destacado. Otro es el del INADEH, en cuanto a la cooperación entre los
sectores público y privado para la pronta solución de problemas de gran
importancia social y económica. Y otro más es el de la Autoridad Nacional del
Ambiente, en lo relativo a la creación de la cultura y los mecanismos necesarios
para llevar adelante una gestión compartida de los desafíos ambientales que
enfrenta el país, a partir de una política de conservación para el desarrollo
sostenible.
Hay mucho que hacer, en verdad, y mucho que aprender. Para encarar con éxito el
desafío de la transición hacia un Estado nuevo, conviene recordar que el mejor
camino es el que nos lleve desde lo que somos a lo que aspiramos a ser. Aquí,
ahora, no basta crecer en el mundo. Hay que ir más allá. Hay que crecer con el
mundo, para ayudarlo a crecer y cambiar de un modo que nos permita colaborar a
todos en la superación de las estructuras globales, regionales y locales que
generan la desigualdad en el acceso a los frutos del progreso, y renuevan sin
cesar –entre nosotros y en torno nuestro– los obstáculos al desarrollo que
surgen de la pobreza, la incultura y el atraso.
Esto tiene especial importancia, además, porque nuestros problemas ya no son
administrativos, sino políticos. Por lo mismo, demanda la creación –justamente–
de las condiciones necesarias para establecer una administración nueva, mucho
más ágil, mucho más participativa: en breve, mucho más democrática. Hasta ahora,
en campos como los de la provisión de servicios de educación y de salud, el
esfuerzo nacional se ha orientado mucho más a preservar que a transformar las
estructuras de gestión que hemos heredado del viejo Estado proteccionista. Y
esto nos ha llevado al intento imposible de encarar, contra los vientos y mareas
de los tiempos nuevos, los problemas del mañana desde las mentalidades del
anteayer.
Ante todo esto, hay que ser creativos, sin duda alguna. Pero la creatividad sólo
será útil en la medida en que sea auténtica, esto es, en que hunda sus raíces en
la realidad que debemos transformar. Hay que tener extremo cuidado aquí con la
transformación de las experiencias de otros en modelos a imitar por nosotros. A
ese cuidado se debe, por ejemplo, el gran éxito de Singapur y de Corea del Sur.
El primero, por haber adoptado la estrategia de desarrollo más adecuada para una
economía que carece de agricultura y de una amplia reserva de mano de obra
barata. El segundo, por haber resuelto primero en un mismo empeño los problemas
–íntimamente relacionados entre sí– del atraso agrario y el atraso industrial,
mediante una reforma agraria que garantizó el abastecimiento de alimentos para
los trabajadores de la industria urbana, y creó al mismo tiempo un mercado de
trabajo para los hijos de los campesinos, y un mercado rural para la producción
industrial. Y ambos, además, llevaron a cabo la tarea gracias a la consolidación
de un Estado nacional que ha sido fuerte en la medida en que ha sido eficaz.
¿Cómo será el nuevo Estado panameño? Es difícil imaginarlo en detalle en las
actuales circunstancias, tan marcadas por el conflicto entre lo nuevo que
emerge, y lo viejo que se resiste a desaparecer. Aun así, cabe imaginar que no
será simplemente el Estado que resulte más adecuado no sólo para llevar a su
culminación los primeros grandes logros de nuestra transición –como la creación
de una verdadera plataforma de servicios transnacionales en torno al Canal, y la
proyección de un nuevo lugar de Panamá en la economía mundial que hoy se
reconstituye en torno a la cuenca del Pacífico Norte. Además, y sobre todo,
deberá ser el Estado que resulte más capaz de encarar, encauzar y convertir en
una fuerza transformadora toda la enorme energía social que surge de la
acentuación de las desigualdades y los conflictos internos de nuestra propia
sociedad. Este ha de ser, por necesidad, el punto de partida de un debate que
entre nosotros apenas empieza.
Publicado el semanario Peripecias Nº 116 el
1 de octubre de 2008. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. |