Peripecias Nº 116 - 1 de octubre de 2008

DESARROLLO

 

 

Crecer con el mundo, para ayudarlo a crecer

 

Carmen A. Miró

 

 

C. Miró es demógrafa panameña, nacida en 1919. Directora del Centro Latinoamericano de Demografía, Santiago de Chile, 1958 – 1974. Premio Mundial de Población de las Naciones Unidas, 1982. Comparte el Doctorado Honoris Causa de FLACSO con Fernando Henrique Cardoso, Ricardo Lagos y Juan Carlos Portantiero.

 

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Palabras al recibir el Doctorado Honoris Causa otorgado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Panamá, Salón Bolívar del Ministerio de Relaciones Exteriores.

 

Al aceptar el honor que aquí se me ofrece, debo hacerlo no solo en mi propio nombre, sino en el de todos aquellos con los que tuve el privilegio de concurrir, hace más de cincuenta años, a la tarea de sentar las bases de la moderna ciencia social latinoamericana. No estábamos solos entonces, como no lo están ahora quienes han seguido el mismo camino. Nos precedía una notable cohorte de pensadores que, desde el argentino Domingo Faustino Sarmiento hasta el peruano José Carlos Mariátegui, pasando por el cubano José Martí, habían planteado ya el enigma de la pobreza de tantos en medio de tanta abundancia de recursos humanos y naturales, tan característico de la América Latina.

 

A mi generación le correspondió encarar ese enigma, también, y lo hicimos desde una esperanza y un concepto que, partiendo de nuestra América, ayudó de manera decisiva a dar forma y sentido al mundo que emergía de las cenizas de la II Guerra Mundial. Me refiero naturalmente al concepto de desarrollo, en todo su largo y fecundo camino desde su definición inicial por Raúl Prebisch como “el progreso técnico y sus frutos”, hasta la visión que tantos compartimos de sociedades renovadas que, sin perder su identidad de origen, alcanzaran por sus propios medios una situación en la que el crecimiento económico sostenido se traducía en bienestar social creciente, que a su vez animaba una participación política de amplitud cada vez mayor.

 

Fue en el marco de aquella visión que los gobiernos latinoamericanos acordaron crear una Facultad de Ciencias Sociales capaz de formar los intelectuales y los directivos que requería la tarea de comprender en toda su complejidad el enigma latinoamericano, y encontrar los caminos de su solución. Y el prestigio de que hoy disfruta esta Facultad se debe, en una importante medida, a la excelencia con que supo cumplir en su momento esa misión.

 

Por lo mismo, hoy podemos decir que nunca fue tan necesaria como ahora una Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, porque el viejo enigma se ha renovado de la década de 1980 a nuestros días, y su solución ha venido a ser más urgente y más compleja que nunca.
Aquella fue llamada la “década perdida”, que siguió al “decenio del desarrollo” establecido por las Naciones Unidas en 1970, en buena medida al calor de los logros que venía obteniendo nuestra América en la tarea de conocerse, ejercerse y crecer.

 

Aun así, aquel nombre, tan cargado de desesperación ante el derrumbe de las que habían sido nuestras mejores esperanzas, quizás termine finalmente por resultar injusto.

 

Perdimos, sin duda, algunas, quizás muchas, de nuestras certidumbres de origen. Perdimos quizás también aquella capacidad de vincular el quehacer de las ciencias sociales a las demandas y esperanzas más sentidas de nuestras propias sociedades. Pero no perdimos a nuestros pueblos, que con su empuje supieron preservar y culminar importantes logros del período anterior - como el proceso de descolonización de Panamá, pactado en 1977 y culminado en 1999 -, para reiniciar en el siglo XXI la tarea titánica de hacer del Nuevo Mundo de ayer el mundo nuevo de mañana, que ya se anuncia nuevamente desde el Caribe y la Amazonía hasta los Andes y el extremo Sur americano.

 

Será a la luz de su capacidad para encarar y comprender este renacimiento latinoamericano, y para contribuir a orientarlo hacia el bien mayor de la región, como será juzgada la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en los años por venir. Ese juicio tendrá que poner en la balanza la crítica que en algún momento le ha sido hecha a la Facultad al señalar que a lo largo de las últimas dos décadas ha tendido a menudo a ejercerse como un centro superior de formación de administradores para Estados sin rumbo propio, que han tendido a poner a sus propios ciudadanos al servicio del mercado, antes que a hacer del mercado una herramienta del desarrollo.

 

Yo no tengo dudas del resultado de ese juicio. La Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales expresó en su momento el carácter de los Estados que acordaron crearla, y si ese carácter cambia ahora en una dirección más cercana a la de su concepción original, la Facultad sabrá sin duda expresarlo también. Más aun: tendrá que hacerlo, porque nuestra América necesita a esta Facultad para encontrar respuestas nuevas a su viejo enigma, para saber cuál ha de ser el lugar de América Latina en el mundo que emerge de los conflictos y transformaciones de la globalización, y sobre todo para saber si en ese lugar seremos capaces nuevamente de contribuir a iluminar al mundo, o nos conformaremos con ser sombras de otras sombras, seres de una ajena circunstancia.

 

Nuestra generación no fue ni mejor ni peor que la que hoy tiene a su cargo – o a su carga – las respuestas que nuestra América demanda. Si algún mérito tuvimos, fue el de creer en la capacidad de nuestros propios pueblos para enfrentar el desafío de reconstituirse y progresar después de los terribles males de la crisis de 1930 y de los desastres que acarreó a la Humanidad entera la II Guerra Mundial.

 

No están tan lejanos aquellos desafíos de los de este tiempo. Y aun así, la tarea de hoy tiene un elemento de complejidad que quizás ya existía entonces y nosotros no supimos reconocer con toda la claridad necesaria. No basta crecer en el mundo: hay que ir más allá, hay que crecer con el mundo, para ayudarlo a crecer en su Humanidad misma, hasta alcanzar aquel estadio en que la equidad en las relaciones de los seres humanos entre sí y con su entorno natural deje de ser una meta, para convertirse en la forma normal de ser de nuestras sociedades. Entonces sabremos que está cumplida la tarea de origen de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, y que quienes la fundaron, como quienes la hicieron crecer y persistir, han entrado a formar parte de lo mejor del patrimonio cultural y moral de nuestra América.

 

Muchas gracias.

 

Pronunciado al recibir el Doctorado Honoris Causa otorgado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Panamá, Salón Bolívar del Ministerio de Relaciones Exteriores, 10 de septiembre de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 116 el 1 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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