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E. Leff es un ambientalista mexicano,
doctorado en Economía del Desarrollo en París. Trabaja en los campos
de la Epistemología, la Economía Política, y la Educación Ambiental.
Desde 1986 es Coordinador de la Red de Formación Ambiental para
América Latina y el Caribe en el Programa de las Naciones Unidas para
el Medio Ambiente.
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La apuesta por el decrecimiento
Los años 60 marcaron una época de convulsiones del mundo moderno. Al tiempo que
irrumpieron movimientos emancipatorios y contraculturales (sindicales,
juveniles, estudiantiles, de género), explotó la bomba poblacional y sonó la
alarma ecológica. Por primera vez, desde que la maquinaria industrial y los
mecanismos del mercado fueran activados en el capitalismo naciente en el
Renacimiento, desde que Occidente abriera la historia a la modernidad guiada
por los ideales de la libertad y el iluminismo de la razón, se fracturó uno de
los pilares ideológicos de la civilización occidental: el principio del progreso
impulsado por la potencia de la ciencia y de la tecnología, convertidas en las
más serviles y servibles herramientas de la acumulación de capital, y el mito de
un crecimiento económico ilimitado.
La crisis ambiental vino así a cuestionar una de las creencias más arraigadas en
nuestras conciencias: no sólo la de la supremacía del hombre sobre las demás
criaturas del planeta y del universo, y el derecho de dominar y explotar a la
naturaleza en beneficio de “el hombre”, sino el sentido mismo de la existencia
humana fincado en el crecimiento económico y el progreso tecnológico: de un
progreso que fue fraguando en la racionalidad económica, que se fue forjando en
las armaduras de la ciencia clásica y que instauró una estructura, un modelo;
que fue estableciendo las condiciones de un progreso que ya no estaba guiado por
la coevolución de las culturas con su medio, sino por el desarrollo económico,
modelado por un modo de producción que llevaba en sus entrañas un código
genético que se expresaba en un dictum del crecimiento, de un crecimiento
sin límites!
Los pioneros de la bioeconomía y la economía ecológica plantearon la relación
que guarda el proceso económico con la degradación de la naturaleza, el
imperativo de internalizar los costos ecológicos y la necesidad de agregar
contrapesos distributivos a los mecanismos desequilibrantes del mercado. En
1972, un estudio del MIT y el Club de Roma señaló por primera vez Los Límites
del Crecimiento. De allí surgieron las propuestas del “crecimiento cero” y
de una “economía de estado estacionario”. En ese mismo tiempo, Nicholas
Georgescu Roegen estableció en su libro La Ley de la Entropía y el Proceso
Económico, el vínculo fundamental entre el crecimiento económico y los
límites de la naturaleza. El proceso de producción generado por la racionalidad
económica que anida en maquinaria de la revolución industrial, le impulsa a
crecer o morir (a diferencia de los seres vivos que nacen, crecen y mueren, y de
las poblaciones de seres vivos que estabilizan su crecimiento. El crecimiento
económico, el metabolismo industrial y el consumo exosomático, implican un
consumo creciente de naturaleza –de materia y energía–, que no solo se enfrenta
a los límites de dotación de recursos del planeta, sino que se degrada en el
proceso productivo y de consumo, siguiendo los principios de la segunda ley de
la termodinámica.
Cuatro décadas después de la Primavera Silenciosa, la destrucción de los
bosques, la degradación ecológica y la contaminación de la naturaleza se han
incrementado en forma vertiginosa, generando el calentamiento del planeta por
las emisiones de gases de efecto invernadero y por las ineluctables leyes de la
termodinámica que han desencadenado la muerte entrópica del planeta. Los
antídotos que han generado el pensamiento crítico y la inventiva tecnológica,
han resultado poco digeribles por el sistema económico. El desarrollo
sostenible se muestra poco duradero, porque no es ecológicamente
sustentable!
El sistema económico, en su ánimo globalizador, continuó soslayando y negando el
problema de fondo. Así, antes de internalizar las condiciones ecológicas de un
desarrollo sustentable, la geopolítica del “desarrollo sostenible” generó un
proceso de mercantilización de la naturaleza y de sobre-economización del mundo:
se establecieron “mecanismos” para un “desarrollo limpio” y se elaboraron
instrumentos económicos para la gestión ambiental que han avanzado en el
establecer derechos de propiedad (privada) y valores económicos a los bienes y
servicios ambientales. La naturaleza libre y los bienes comunes (el agua, el
petróleo), se han venido privatizando, al tiempo que se establecen mecanismos
para dar un precio a la naturaleza –a los sumideros de carbono–, y para generar
mercados para las transacciones de derechos de contaminación en la compraventa
de bonos de carbono.
Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el
Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los GEI al nivel
alcanzado en 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del
crecimiento y emerge el reclamo por el decrecimiento. Este retorna como un
boomerang, más que como un eco de añejas propuestas de un ecologismo
romántico. Los nombres de Mumford, Illich y Schumacher vuelven a ser evocados
por su crítica a la tecnología, su elogio de “lo pequeño que es hermoso” y el
reclamo del arraigo en lo local. El decrecimiento se plantea ante el fracaso del
propósito de desmaterializar la producción, del proyecto impulsado por el
Instituto Wuppertal que pretendía reducir por 4 y hasta 10 veces los insumos de
naturaleza por unidad de producto. Resurge así el hecho incontrovertible de que
el proceso económico globalizado es insustentable; que la ecoeficiencia no
resuelve el problema de una economía en perpetuo crecimiento en un mundo de
recursos finitos, porque la degradación entrópica es ineluctable e
irreversible.[1]
La apuesta por el decrecimiento no es solamente una moral crítica y reactiva;
una resistencia a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto; una
manifestación de creencias, gustos y estilos alternativos de vida. El
decrecimiento no es un mero descreimiento, sino una toma de conciencia sobre un
proceso que se ha instaurado en el corazón del proceso civilizatorio que atenta
contra la vida del planeta vivo y la calidad de la vida humana. El llamado a
decrecer no debe ser un recurso retórico para dar vuelo a la crítica de la
insustentabilidad del modelo económico imperante, sino que debe fincarse en una
sólida argumentación teórica y una estrategia política. La propuesta de detener
el crecimiento de los países más opulentos pero de seguir estimulando el
crecimiento de los países más pobres o menos “desarrollados” es una salida
falaz. Los gigantes de Asia han despertado a la modernidad, y tan solo China y
la India están alcanzando y estarán rebasando los niveles de emisiones de gases
de invernadero de Estados Unidos. A ellos se suman los efectos conjugados de los
países de menor grado de desarrollo llevados por la racionalidad económica
hegemónica y dominante.[2]
El llamado al decrecimiento no es tan sólo un slogan ideológico contra un mito,
un mot d’ordre para movilizar a la sociedad contra los males generados
por el crecimiento, o por su desenlace fatal. No es una contraorden para huir
del crecimiento como los hippies pudieron abstraerse de la cultura dominante, ni
un elogio de las comunidades marginadas del “desarrollo”. Hoy ni siquiera las
comunidades indígenas más aisladas están a salvo o pueden desvincularse de los
efectos de la globalización insuflada por el fuelle del crecimiento económico.
Pero ¿Cómo desactivar el crecimiento de un proceso que tiene instaurado en su
estructura originaria y en su código genético un motor que lo impulsa a crecer o
morir? ¿Cómo llevar a cabo tal propósito sin generar como consecuencia una
recesión económica con impactos socioambientales de alcance global y planetario?
Pues si bien la economía por sus propias crisis internas no alcanza a crecer lo
que quisieran jefes de gobierno y empresarios, frenar propositivamente el
crecimiento es apostar por una crisis económica de efectos incalculables. Por
ello no debemos pensar solamente en términos de decrecimiento, sino de una
transición hacia una economía sustentable. Ésta no podría ser una
ecologización de la racionalidad económica existente, sino Otra economía,
fundada en otros principios productivos. El decrecimiento implica la
desconstrucción de la economía, al tiempo que se construye una nueva
racionalidad productiva.
Economistas ecólogos, como Herman Daly han propuesto sujetar a la economía de
manera que no crezca más allá de lo que permite el mantenimiento del capital
natural del planeta, es decir la regeneración de los recursos y la absorción de
sus desechos (tesis de la sustentabilidad fuerte), pero la economía simplemente
no es consciente y no consiente con tal receta de los ecológicos. No se trata de
ponerle corsé a la gorda economía y de ponerla a dieta de naturaleza para
evitarle un infarto por obesidad. Se trata de cambiarle el organismo, de pasar
de la economía mecanizada y robotizada –de una economía artificial y contra
natura–, a generar una economía ecológica y socialmente sustentable.
Decrecer no solo implica des-escalar (downshifting) o des-vincularse de
la economía. No equivale a des-materializar la producción, porque ello no
evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando
naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad del planeta. La
abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan
la manía de crecimiento instaurada en la raíz y en el alma de la
racionalidad económica, que lleva inscrita el impulso a la acumulación del
capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización
del mercado y a la concentración de la riqueza. Saltar del tren en marcha no
conduce directamente a desandar el camino. Para decrecer no basta bajarse de la
rueda de la fortuna de la economía; no basta querer achicarla y detenerla. Más
allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso
desconstruir la economía. Las excrecencias del crecimiento –la pus que brota
de la piel gangrenada de la Tierra, al ser drenada la savia de la vida por la
esclerosis del conocimiento y la reclusión del pensamiento–, no se
retroalimentan al cuerpo enfermo de la economía. No se trata de reabsorber sus
desechos, sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis que corroe a la
economía no habrá de curarse inyectando mayores dosis de alcohol a la máquina de
combustión de las industrias, los autos y los hogares.
Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía
La estrategia economicista que intenta contener el desbordamiento de la
naturaleza conteniéndola en la jaula de racionalidad de la modernidad,
sujetándola con los mecanismos del mercado, sometiéndola a las formas de
raciocinio e interés prevalecientes, ha fracasado. De la angustia ante el
cataclismo ecológico y el descrédito de la eficacia y la moral del mercado, nace
la inquietud por el decrecimiento.
La transición de la modernidad hacia la postmodernidad significó pasar de los
movimientos anti-culturales inspirados en la dialéctica, a proponer el
advenimiento de un mundo “post” –post-estructuralismo, post-capitalismo– que
anunciaba algo nuevo en la historia, pero aún sin nombre, porque solo hemos
sabido nombrar positivistamente lo que es, y no lo por-venir. La
filosofía posmoderna inauguró la época “des”, abierta por el llamado a la
des-construcción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la
desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que
oriente la construcción de la sustentabilidad.
La desconstrucción de la economía no significa tan sólo un ejercicio mental para
desentrañar y descubrir las fuentes del pensamiento y los intereses sociales que
se conjugaron para dar a luz a la economía, hija del Iluminismo de la razón y de
los intercambios comerciales del capitalismo naciente, sino de un ejercicio
filosófico, político y social mucho más complejo. La economía no sólo existe
como teoría, como supuesta ciencia. La economía es una racionalidad –una forma
de comprensión y actuación en el mundo– que se ha institucionalizado y se ha
incorporado en nuestra subjetividad. La pulsión por “tener”, por “controlar”,
por “acumular”, es ya reflejo de una subjetividad que se ha constituido a partir
de la institución de la estructura económica y de la racionalidad de la
modernidad.
Desconstruir a la economía insustentable significa cuestionar el pensamiento, la
ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de
racionalidad de la modernidad. La racionalidad económica no es una mera
superestructura a ser indagada y desconstruida por el pensamiento; es un modo de
producción de conocimientos y de mercancías. El proceso económico no se implanta
en el mundo como un árbol que echa raíces en la tierra y se alimenta de su savia
nutriente. Es como un dragón que va dragando la tierra, clavando sus pezuñas en
corazón del mundo, chupando el agua de sus mantos acuíferos y extrayendo el oro
negro de sus pozos petroleros. Es el monstruo que engulle la naturaleza para
exhalar por sus fáusticas fauces flamígeras bocanadas de humo a la atmósfera,
contaminando el ambiente y calentando el planeta.
No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una
naturaleza finita: sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el
carbón, que son transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de
la economía familiar en bióxido de carbono, el principal gas causante del efecto
invernadero y del calentamiento global que hoy amenaza a la vida humana en el
planeta tierra.
El problema de la economía del petróleo no es solo, ni fundamentalmente, el de
su gestión como bien público y o privado. No es el del incremento de su oferta,
explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos, para
abaratar nuevamente el precio de las gasolinas que han sobrepasado los 4 dólares
por galón. El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente,
sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la
naturaleza; del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en
forma de CO2, de gases de efecto invernadero. La búsqueda del equilibrio de la
economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la
maquinaria industrial (y agrícola por la producción de agro-bio-combustibles),
pone en riesgo la sustentablidad de la vida en el planeta… y de la propia
economía.
La despetrolización de la economía es un imperativo ante los riesgos
catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 550 ppm de
gases de efecto invernadero, como vaticina el Informe Stern y el Panel
Intergubernamental de Cambio Climático. Y esto plantea un desafío tanto a las
economías que dependen fuertemente en sus recursos petroleros (México, Brasil,
Venezuela en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por
su contribución al cambio climático al alimentar la economía global.
El decrecimiento de la economía no solo implica la desconstrucción teórica de
sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la
subjetivización de los principios que intentan legitimar a la racionalidad
económica como la forma suprema e ineluctable del ser en el mundo. Sin embargo,
las diversas razones para desconstruir la racionalidad económica no se traducen
directamente en un pensamiento y en acciones estratégicas capaces de desactivar
la maquinaria capitalista. No se trata tan sólo de ecologizar a la economía, de
moderar el consumo o de incrementar las fuentes alternativas y renovables de
energía en función de los nichos de oportunidad económica que se hacen rentables
ante el incremento de los costos de energías tradicionales. Estos principios,
aun convertidos en movimiento social no operan por si mismos una desactivación
de la producción in crescendo, sino una normatividad y una fuga del
sistema, una contracorriente que no detiene el torrente desbordado de la máquina
del crecimiento. Por ello precisamos desconstruir las razones económicas a
través de la legitimación de otros principios, otros valores y otros potenciales
no económicos; debemos forjarnos un pensamiento estratégico y un programa
político que permita desconstruir la racionalidad económica al tiempo que se
construye una racionalidad ambiental.
Desconstruir la economía resulta ser una empresa más compleja que el
desmantelamiento de un arsenal bélico, el derrumbamiento del muro de Berlín, la
demolición de una ciudad o la refundición de una industria; no es la
obsolescencia de una máquina o de un equipo o el reciclaje de sus materiales
para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital
que preconizaba Schumpeter, no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo
interno de la economía que la lleva a “programar” la obsolescencia y la
destrucción del capital fijo para reestimular el crecimiento económico insuflado
por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del
capital.
Más allá del propósito de desmantelar el modelo económico dominante, se trata de
destejer la racionalidad económica entretejiendo nuevas matrices de racionalidad
y abonando el suelo de la racionalidad ambiental. Esto lleva a una estrategia de
desconstrucción y reconstrucción; no a hacer estallar el sistema, sino a
re-organizar la producción, a desengancharse de los engranajes de los mecanismos
del mercado, a restaurar la materia desgranada para reciclarla y reordenarla en
nuevos ciclos ecológicos. Mas esta reconstrucción no está guiada simplemente por
una “racionalidad ecológica”, sino por las formas y procesos culturales de
resignificación de la naturaleza. En este sentido la construcción de una
racionalidad ambiental capaz de desconstruir la racionalidad económica, implica
procesos de reapropiación de la naturaleza y de reterritorialización de las
culturas.
El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El
emblemático PIB con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías
nacionales, no mide sus externalidades negativas. Pero el problema fundamental
no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida –con
las “cuentas verdes”, el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un
“índice de desarrollo humano” ó un “indicador de progreso genuino”. Se trata de
desactivar el dispositivo interno (el código genético) de la economía, y hacerlo
sin desencadenar una recesión de tal magnitud que genere mayor pobreza y
destrucción de la naturaleza.
La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá
de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes
socioambientales, como pudo sugerir Latouche al poner en la mira la apuesta por
el decrecimiento. La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha
incorporado en nuestra forma de ser en el mundo: el homo economicus. Se
trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que
estalle en el cuerpo minado del mundo. La economía realmente existente no es
desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social
revolucionario. No basta con moderar a la economía incorporando otros valores e
imperativos sociales, para crear una economía socialmente y ecológicamente
sostenible. La desconstrucción implica acciones estratégicas para no quedarnos
en un mero teoricismo, dando palos de ciegos. Pues, si tenemos suerte le damos a
la piñata y nos caen dulces del cielo... pero también corremos el riesgo de que
nos caiga la piñata en la cabeza. Por ello es necesario forjar Otra economía,
fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas;
en los principios y valores de una racionalidad ambiental.
El límite del crecimiento, la resignificación de la producción y la construcción
de un futuro sustentable
El límite es el punto final desde el cual se construye la vida. Desde la muerte
reorganizamos nuestra existencia. La ley límite ha refundado a las ciencias. El
mundo está sostenido por sus límites, desde el espacio infinito suspendido en el
límite de la velocidad de la luz que descubriera Einstein, en la ley de la
cultura humana con la que se tropezara Edipo, que escenificara Sófocles, y que
resignificaran Freud y Lacan como la ley del deseo humano.
Ante este panorama de la cultura y del conocimiento del mundo, nos preguntamos
cual sería ese extraño designio que ha hecho que la economía haya tratado de
burlar el límite y querido planear por encima del mundo como un sistema mecánico
de equilibrio entre factores de producción y de circulación de valores y precios
de mercado. El límite a este proceso desenfrenado de acumulación no ha sido la
ley del valor-trabajo ni las crisis cíclicas de sobreproducción o subconsumo del
capital. El límite lo marca la ley de la entropía, descubierta por Carnot para
eficientizar el funcionamiento de la máquina, reformulada por Boltzmann en la
termodinámica estadística, y puesta a funcionar como ley límite de la producción
por Georgescu Roegen.
La ley de la entropía nos advierte que todo proceso económico, en tanto proceso
productivo, está preso de un ineluctable proceso de degradación que avanza hacia
la muerte entrópica. Que significa esto? Que todo proceso productivo (como todo
proceso metabólico en los organismos vivos) se alimenta de materia y energía de
baja entropía, que en su proceso de transformación genera bienes de consumo con
un residuo de energía degradada, que finalmente se expresa en forma de calor. Y
este proceso es irreversible. No obstante los avances de las tecnologías del
reciclaje, el calor no es reconvertible en energía útil. Y es esto lo que se
manifiesta como el límite de la acumulación de capital y del crecimiento
económico: la desestructuración de los ecosistemas productivos y la saturación
en cuanto a la capacidad de dilución de contaminantes de los ambientes comunes
(mares, lagos, aire y suelos), que en última instancia se manifiestan como un
proceso de calentamiento global, y de un posible colapso ecológico al traspasar
los umbrales de equilibrio ecológico del planeta.
Mientras que la bioeconomía enraíza la producción en las condiciones de
materialidad de la naturaleza, la economía busca su salida en la
desmaterialización de la producción. La economía se fuga hacia lo ficticio y la
especulación del capital financiero. Sin embargo, en tanto el proceso económico
deba producir bienes materiales (casa, vestido, alimento), no podrá escapar a la
ley de la entropía. Es ello lo que marca el límite al crecimiento económico. El
único antídoto a este camino ineluctable a la muerte entrópica, es el proceso de
producción neguentrópica de materia viva, que se traduce en recursos naturales
renovables.
La transición hacia esta bioeconomía significaría un descenso de la tasa de
crecimiento económico tal como se mide en la actualidad y con el tiempo una tasa
negativa, en tanto se construyen los indicadores de una productividad
ecotecnológica y neguentrópica sustentable y sostenible. En este sentido, la
nueva economía se funda en los potenciales ecológicos, en la innovación
tecnológica y en la creatividad cultural de los pueblos. De esta manera podría
empezar a diseñarse una sociedad post-crecimiento y una economía en equilibrio
con las condiciones de sustentabilidad del planeta. Empero, de la racionalidad
ambiental no sólo emerge un nuevo modo de producción, sino una nueva forma de
ser en el mundo: nuevos procesos de significación de la naturaleza y nuevos
sentidos existenciales en la construcción de un futuro sustentable.
Notas
[1] Siguiendo a Georgescu Roegen se ha fundado el Institut d'Études
Économiques et Sociales pour la Décroissance Soutenable; un Congreso
sobre el Decrecimiento Sostenible se llevó a cabo en París los días 18 y 19
de abril del 2008; el número 35, el más reciente de la revista Ecología
Política fue dedicado igualmente al decrecimiento sostenible.
[2] Como ha señalado Stiglitz recientemente, los países que aplicaron políticas
neoliberales no sólo perdieron la apuesta del crecimiento, sino que, cuando sí
crecieron, los beneficios fueron a parar desproporcionadamente a quienes se
encuentran en la cumbre de la sociedad.
Texto preparado en ocasión del V Coloquio, La
Transición Energética en México: hacia la era postpetrolera, Ecomunidades,
Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México, 24 de julio de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 117 el
8 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |