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F. Fernández Buey es filósofo español.
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I
En los cursos que vengo impartiendo en la universidad sobre controversias
ético-políticas en el mundo contemporáneo he tenido la oportunidad de comprobar
que los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes de
humanidades y ciencias sociales, en estos últimos años, son el papel de los
medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de
decrecimiento. Si lo primero es fácilmente explicable al tratarse de un tema que
está en la calle, el entusiasmo por la controversia acerca del decrecimiento es
en cierto modo una sorpresa, ya que el término decrecimiento es
relativamente reciente y la literatura existente en nuestro país al respecto es
todavía bastante limitada. Pero, por lo que he podido ver y escuchar, la idea de
decrecimiento suscita tanta simpatía como escepticismo la posible aplicación
práctica de la misma.
La simpatía observada proviene, sin ninguna duda, del aumento de la conciencia
medioambiental entre los jóvenes, siempre por comparación con las generaciones
inmediatamente anteriores. Y el escepticismo que provoca la puesta en práctica
de la idea de decrecimiento viene, en cambio, de la desconfianza, también en
aumento, que existe hoy en día respecto de los agentes políticos y sociales que
tendrían que materializarla. En muchos casos este escepticismo se expresa a
través de una sospecha más profunda, que se suele manifestar de la manera
drástica, a saber: que, siendo una buena idea, esta del decrecimiento, choca con
lo que algunos llaman naturaleza humana y otros condición humana históricamente
configurada por la civilización europea moderna. De ahí brota una afirmación,
que he escuchado muchas veces, según la cual el decrecimiento es una utopía en
el sentido peyorativo de la palabra, una ilusión irrealizable. Creo que el
contraste existente entre aquel entusiasmo y este escepticismo merece una
reflexión.
Aunque la palabra decrecimiento se ha empezado a popularizar hace relativamente
poco tiempo, la idea no es del todo nueva. Se la puede considerar como una
variante radical de la idea de crecimiento cero o de la propuesta
de detención del crecimiento, surgidas ambas al calor de las discusiones sobre
la crisis ecológica hace más de treinta años. La idea de frenar o detener lo que
se venía llamando crecimiento en las sociedades industriales autodenominadas
avanzadas estuvo directamente relacionada con la observación en curso de las
nefastas consecuencias que el tipo de crecimiento económico cuantitativo estaba
produciendo en el entorno medioambiental. Ya a finales de la década los sesenta
algunos ecólogos y científicos sensibles empezaron a divulgar la observación de
que las llamadas fuerzas productivas se estaban convirtiendo de hecho en fuerzas
destructivas o biocidas, con lo que el modelo de crecimiento imperante en las
principales potencias del mundo bipolar de entonces iba a acabar poniendo en
peligro la base natural de mantenimiento de la vida misma sobre el planeta
Tierra.
A partir de esta observación, y precisamente como forma de hacer frente a la
crisis ecológica que se venía venir, brotó en los inicios de la década siguiente
la idea de frenar o detener el crecimiento. Es significativo que esa idea pasara
ya al título mismo de la versión francesa del primero de los informes al Club de
Roma. Se puede expresar así: si hemos de reconocer que hay límites naturales al
crecimiento económico que hemos conocido en los últimos siglos, lo razonable,
para evitar el riesgo de crisis ecológica, es actuar en consecuencia y frenar,
parar o detener ese tipo de crecimiento económico de la misma manera que habría
que detener el crecimiento urbanístico desordenado que hace inhabitables
nuestras ciudades y contribuye a destruir su medio ambiente natural.
Pero la mayoría de los gobiernos de entonces (y también la mayoría de los medios
de comunicación) trataron de quitar hierro al asunto de la crisis ecológica y
consideraron "catastrofistas" o "apocalípticas" las, por otra parte, moderadas
conclusiones del análisis de los científicos informados y de las primeras
organizaciones ecologistas. Gobiernos y medios incluso ironizaron frecuentemente
a su costa. Al tratar de las propuestas encaminadas a detener el crecimiento, y
no digamos al ocuparse de la noción de crecimiento cero, aquellos gobiernos y
los medios de comunicación vinculados a ellos pasaron de la ironía al insulto.
Las hemerotecas de todos los países están plagadas de manifestaciones de
dirigentes políticos, parlamentarios y periodistas en este sentido. La
consecuencia fue que por entonces apenas se hizo nada para detener el tipo de
crecimiento biocida. Y sin embargo, por una de esas paradojas que son habituales
en la historia, mientras se estaba ridiculizando a los partidarios de detener
aquel tipo de crecimiento desordenado y biocida, los principales indicadores del
crecimiento de las economías dominantes en las grandes potencias empezaron a
descender, rozando el cero, como consecuencia de la crisis del petróleo.
En vez de reflexionar sobre el sentido de la paradoja, los gobiernos
desarrollistas y las grandes instituciones internacionales, inspirados en la
teoría económica standard y con una orientación predominantemente
neo-liberal (aunque no sólo) prefirieron salirse por la tangente. Ya entonces se
argumentó en los medios oficiales que la idea de detener el crecimiento era una
utopía y se reafirmó con ello la confianza en las mismas tecnologías que estaban
en la base del peligro. Hubo que esperar otra década más para que las
instituciones internacionales acabaran reconociendo la gravedad del peligro,
aceptaran la crítica a la noción de crecimiento establecida por la teoría
económica imperante y empezaran a hablar de desarrollo sostenible.
Como se sabe, esta otra idea aparece por primera vez en el documento titulado
Nuestro futuro común, que fue elaborado en 1987 por la entonces Primera
Ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland. En este documento se definía como
sostenible “aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente sin
comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias
necesidades”. La definición recogía lo que desde algunos años antes se venía
diciendo ya en la Comisión Mundial de la ONU sobre el Medio Ambiente y el
Desarrollo y con ella se aceptaba, indirectamente al menos, parte de las razones
aducidas desde veinte años antes por científicos informados y economistas
críticos.
De acuerdo con esta filosofía, la sociedad habría de ser capaz de satisfacer sus
necesidades en el presente respetando el entorno natural y sin comprometer la
capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. A partir de ahí
se fueron asentando los principios básicos de lo que empezó a denominarse
desarrollo sostenible, poniendo el acento, al menos en un principio, en la
vertiente ambiental del mismo. En líneas generales estos principios básicos, que
concretan la ambigüedad de la definición dada en Nuestro futuro común, y
en el resumen que hizo en su momento Jorge Riechmann, son: a) consumir recursos
no-renovables por debajo de su tasa de substitución; b) consumir recursos
renovables por debajo de su tasa de renovación; c) verter residuos siempre en
cantidades y composición asimilables por parte de los sistemas naturales; d)
mantener la biodiversidad; y e) garantizar la equidad redistributiva de las
plusvalías.
Lo que más llama la atención al analizar el proceso histórico que ha conducido
desde la crítica al tipo de crecimiento standard al reconocimiento
oficial de la idea de desarrollo sostenible es el lapso de tiempo que se ha
necesitado, sobre todo si lo comparamos con la brevedad del lapso de tiempo que
ha sido necesario para pasar, por ejemplo, de algunos de los descubrimientos
básicos en biología molecular a sus aplicaciones tecnológicas. Ya es sintomático
que se tardara mucho menos en deshacer lo que se aprobó en la célebre reunión de
Asilomar (liquidando una línea de prudente moratoria en el ámbito de la
ingeniería genética) que en aceptar oficialmente las consecuencias de la idea de
sostenibilidad. Sintomático porque revela el dominio del optimismo tecno-científico
frente a los razonables llamamientos a la prudencia y a la aplicación del
principio de precaución.
Pero la cosa es aún peor cuando se observa que, de hecho, la idea misma de
desarrollo sostenible ni siquiera es respetada, al cabo de los años, por los
principales gobiernos, y que el camino hacia la aplicación de los acuerdos de
Kyoto ha estado plagado de obstáculos y zancadillas por parte de los mismos
gobiernos que decían defender la idea de desarrollo sostenible.
Es en este contexto en el que ha cobrado fuerza la idea de decrecimiento, que,
insisto, con esa perspectiva histórica, se puede interpretar como una
radicalización de la noción de crecimiento cero, propuesta en su momento para
hacer frente a las primeras manifestaciones de la crisis ecológica. Y se
comprende que así haya sido porque treinta años después de las primeras
denuncias de la crisis ecológica la situación medioambiental del planeta es
manifiestamente peor que la que existía cuando de lo que se hablaba era sobre
todo de contaminación de la atmósfera, mares, ríos, lagos y ciudades. La
sucesión de catástrofes medioambientales que se han producido desde entonces y
el análisis de los efectos previsibles del cambio climático y del calentamiento
global han llevado a que, hoy en día, algunas personalidades próximas a las
instituciones estén proponiendo medidas de contención parecidas a las que
proponían hace muchos años los primeros denunciantes de la crisis. Sólo que,
mientras tanto, las personas mejor informadas no han dejado de insistir en que
el peligro de crisis ecológica global aumentaba por lo que ya no caben parches
calientes.
II
Esto último, o sea, la convicción de que ya no caben parches calientes, es lo
que está en el transfondo del paso de la idea de crecimiento cero a la idea de
decrecimiento para hacer frente a la crisis medio-ambiental. Para decirlo
plásticamente: ya no basta con echar el freno al móvil; hay que poner la marcha
atrás para evitar el abismo. Eso es lo que se deduce al menos del desarrollo
reciente de la idea de decrecimiento impulsada por autores como Serge Latouche,
Vincent Cheynet, François Schneider, Paul Ariés o Mauro Bonaiuti, la mayoría de
los cuales suele citar, entre sus fuentes de inspiración, la bioeconomía de
Georgescu-Roegen, quien, entre otras cosas, distinguió hace ya tiempo entre
“alta entropía” (o energía no disponible para la humanidad) y “baja entropía” (o
energía disponible).
Es cierto que algunos de estos teóricos, como por ejemplo Clémentin y Cheynet,
parecen asumir como objetivo del decrecimiento que llaman sostenible una
definición de sostenibilidad muy parecida a la que se daba en el Informe
Brundtland, de manera que podría pensarse que, al menos en teoría, no hay
demasiada diferencia entre las nociones de desarrollo sostenible y
decrecimiento. Pero concluir eso sería tergiversar el pensamiento de los autores
mencionados, los cuales insisten en que, en la práctica de los gobiernos, las
nociones de crecimiento y desarrollo son intercambiables. Para precisar más al
respecto estos autores distinguen entre decrecimiento “sostenible” e
“insostenible” o caótico. Y aducen que un ejemplo de decrecimiento caótico o
insostenible es el que ha tenido lugar en Rusia desde 1990, como consecuencia de
la desindustrialización no buscada o deseada. A partir de ese ejemplo, y de su
critica, se puede equiparar el decrecimiento “sostenible” a economía sana,
entendiendo por tal un tipo de decrecimiento que, en sus palabras, no habría de
generar “una crisis social que pusiera en cuestión la democracia y el
humanismo". Habrá que volver sobre esto.
Otros teóricos del decrecimiento todavía han matizado más a la hora de
distinguir entre “desarrollo sostenible” y “decrecimiento”; y también matizan a
la hora de aducir razones a favor de este último. Así, por ejemplo, Serge
Latouche, después de llamar la atención acerca de la multiplicidad de acepciones
en que ha venido empleándose la expresión “desarrollo sostenible” desde que
apareció en el Informe Brundtland, declara a continuación que el desarrollo
sostenible es como el infierno, que está empedrado de buenas intenciones. Para
Latouche, “desarrollo” se ha convertido “una palabra tóxica” o, como dirían los
teóricos de la Escuela de Frankfurt, "deshonrada", porque cuando se engancha el
adjetivo sostenible al concepto de desarrollo lo que en realidad se está
haciendo es no poner en cuestión el tipo de desarrollo actualmente existente
sino simplemente añadir un componente ecológico espureo. Según él, es más que
dudoso que eso baste para resolver los problemas a los que hay que hacer frente
en la actualidad.
Desde este punto de vista, la reivindicación de la bioeconomía de Georgescu-Roegen
vendría a oponerse, precisamente por el carácter radical de la misma, al
ecologismo meramente reformista que sigue defendiendo el concepto de
“desarrollo”. Se sugiere así que en el mundo actual hay ya ecologismos de
distintos tipos y que el decrecimiento es necesario para un ecologismo
consecuente, pues no podemos seguir produciendo refrigeradores, coches o aviones
a reacción mejores y más grandes sin producir al mismo tiempo también residuos
"mejores" y más grandes. Lo que significa, como afirmaba Georgescu-Roegen, que
el proceso económico es de naturaleza entrópica.
Y siendo eso así, ¿qué tipo de economía oponer a las economías aún dominantes?
Lo que los teóricos del decrecimiento llaman economía sana o decrecimiento
sostenible se basaría en el uso de energías renovables (solar, eólica y, en
menor grado, biomasa o vegetal e hidráulica) y en una reducción drástica del
actual consumo energético, de manera que la energía fósil que actualmente se
utiliza quedaría reducida a usos de supervivencia o a usos médicos. Esto
implicaría, entre otras cosas, la práctica desaparición del transporte aéreo y
de los vehículos con motor de explosión, que serían sustituidos por la marina a
vela, la bicicleta, el tren y la tracción animal; el fin de las grandes
superficies comerciales, que serían sustituidas por comercios de proximidad y
por los mercados; el fin de los productos manufacturados baratos de importación,
que serían sustituidos por objetos producidos localmente; el fin de los
embalajes actuales, sustituidos por contenedores reutilizables; el fin de la
agricultura intensiva, sustituida por la agricultura tradicional de los
campesinos; y el paso a una alimentación mayormente vegetariana, que sustituiría
a la alimentación cárnica.
En términos generales todo esto representaría, en suma, un cambio radical de
modelo económico, o sea, el paso a una economía que, en palabras de los teóricos
del decrecimiento, seguiría siendo de mercado, pero controlada tanto por la
política como por el consumidor. La economía de mercado controlada o
regulada tendría que evitar todo fenómeno de concentración, lo que, a su vez,
supondría el fin del sistema de franquicias; potenciaría el fomento de un tipo
de artesano y de comerciante que es propietario de su propio instrumento de
trabajo y que decide sobre su propia actividad. Se trataría, pues, de una
economía de pequeñas entidades y dimensiones, que, además –y esto es otro
punto fuerte de la actual teoría del decrecimiento– no tendría que generar
publicidad. Esto pasa por ser una conditio sine qua non para el
descrecimiento sostenible. La producción de equipos que necesita de inversión
sería financiada por capitales mixtos, privados y públicos, también controlados
desde el ámbito político. Y el modelo alternativo introduciría, además, la
prohibición de privatizar los servicios públicos esenciales (acceso al agua, a
la energía disponible, a la educación, a la cultura, a los transportes públicos,
a la salud y a la seguridad de las personas).
La economía del decrecimiento estaría orientada hacia un comercio justo real
para evitar así la servidumbre, las nuevas formas de esclavitud que se dan en el
mundo actual y el neocolonialismo. En la mayoría de las aproximaciones recientes
a la idea de decrecimiento se postula que éste tendría que organizarse no sólo
para preservar el medio ambiente sino también para restaurar aquel mínimo de
justicia social sin el cual el planeta está condenado a la explosión, porque
supervivencia social y supervivencia biológica están siempre interrelacionadas.
III
He dicho ya en el punto anterior que algunos de los teóricos del decrecimiento
se curan en salud descartando un decrecimiento caótico o no deseado como el que
produjo en Rusia después de 1990 y que al mismo tiempo postulan un tipo de
decrecimiento que no tendría que generar “una crisis social que pusiera en
cuestión la democracia y el humanismo". Con ello entramos en el debate sobre las
utopías realizables.
Lo primero que habría que decir al respecto es que, en sus formulaciones más
inteligentes y elaboradas, la idea de decrecimiento no se presenta como un mero
concepto sin conexión con la praxis socio-política, pero tampoco como un
programa definido para la construcción de alternativas a las sociedades de
crecimiento, como un programa político cerrado, como una receta o como una
panacea. Ni siquiera se presenta como un ideal en sí o como el objetivo
único para las sociedades que han de salir de la ideología del crecimiento. El
decrecimiento aparece más bien, en esas formulaciones, como un horizonte, como
el horizonte aglutinador frente a la imposibilidad material del crecimiento que
conocemos y frente a la insostenibilidad de nuestro modelo actual de desarrollo.
Lo que dice Mauro Bonaiuti, por ejemplo, es que la idea de decrecimiento puede
llegar a convertirse en algo así como un horizonte interpretativo largamente
compartido en el ámbito de las alternativas (en plural) al capitalismo global.
Este planteamiento permite concretar un poco más. De la misma manera que la
defensa del crecimiento no implica que todo tenga que crecer, así también la
admisión de la idea de decrecimiento tampoco implica que todo tenga que
decrecer. Lo que se propone que disminuya, en el momento y en la situación
actuales, es el consumo de materia y energía, o sea, principalmente lo que se
llama producto interior bruto. La idea de decrecimiento apunta, pues, a la
producción y reproducción de valor y felicidad en las sociedades humanas
reduciendo en ellas de una manera progresiva la utilización de materia y
energía. Se descarta que eso sea un objetivo alcanzable por la vía exclusiva de
la tecnología, se dan pistas para hacer frente al reto en el ámbito de las
tecnologías alternativas y se reafirma la conciencia de las contradicciones que
hemos de superar. En última instancia, todo eso implica, obviamente, un cambio
radical en la forma de producir, de consumir y de vivir, una nueva forma de
organizarnos social y económicamente.
Por ahí enlaza la idea de decrecimiento con las utopías sociales anteriores en
la historia de la humanidad, particularmente con aquellas que tomaron sus
distancias respecto del crecimiento indefinido de las fuerzas productivas, como
sugiere la propuesta de Serge Latouche cuando éste resume expectativas de muchos
y vías que ya se están prospectando colectivamente: primar la cooperación y al
altruismo sobre la competencia y el egoísmo; revisar nuestra manera de
conceptualizar la pobreza y la escasez; adaptar las estructuras económicas a la
medida del ser humano, en lugar de hacer entrar con calzador al ser humano en
estructuras económicas impuestas; redistribuir el acceso a los recursos
naturales y a la riqueza; limitar el consumo a la capacidad de carga de
bioesfera; potenciar los bienes duraderos; conservar, reparar y reutilizar los
bienes para evitar el consumismo; potenciar la producción a escala local y en un
sentido sostenible; primar los cultivos agro-ecológicos, etc.
Los teóricos del decrecimiento no sólo vinculan la bioeconomía inspirada por
Geoergescu-Roegen a la crítica de la teoría económica standard sino
también al ecologismo social o socio-político. Y en ese sentido no ignoran las
dificultades que actualmente existen para la aplicación de las medidas que
proponen en el mundo de los ricos, puesto que éstas representarían un giro hacia
la frugalidad, la sobriedad, la austeridad y la contención de los consumos. Pero
en lugar de poner el acento en aseveraciones abstractas y reiterativas acerca de
la naturaleza o la condición humana o de quedarse en la idea de que el ser
humano sólo ha aprendido históricamente por choque directo con la realidad, se
fijan mayormente en las resistencias reales que opondrán al decrecimiento los
sectores actualmente más favorecidos.
De ahí que estén aduciendo a favor de la propuesta por una parte datos y por
otra una nueva filosofía. Datos del tipo siguiente, a saber: que ahora mismo el
80% de los humanos vive sin automóvil, sin refrigerador y sin teléfono; que el
94% de los humanos no ha viajado nunca en avión; que la tercera parte de la
población norteamericana y una parte creciente de la población de la Unión
Europea es obesa y que una dieta mejor y más austera sería mejor solución para
resolver ese problema que aumentar el gasto dedicado a investigar sobre el gen
de la obesidad, como actualmente se hace. La filosofía alternativa o la
sabiduría de la vida que se postula viene a decir que el bien y la felicidad se
pueden obtener con un coste económico-ecológico menor y con la contención de las
necesidades.
Algunos autores partidarios del decrecimiento, como el ya citado Mauro Bonaiuti,
economista de la Universidad de Módena, admiten que la denominada economía
ligera o el capitalismo on line de hoy, basado en las tecnologías
informáticas, a diferencia del industrialismo fordista, está en condiciones de
producir renta con menos recursos naturales. A pesar de lo cual, no creen que
estas nuevas tecnologías (u otras por venir) sean sustitutivas o vayan a
resolver el problema. Bonaiuti matiza, eso sí, la relevancia de la aplicación de
las leyes de la termodinámica, y en particular de la ley de entropía, a la
economía, al proceso económico. Lo ha hecho en estos términos: “Defender el
decrecimiento –en términos de cantidades físicas producidas– corre el peligro de
ser interpretado como una eutanasia del sistema productivo, lo que privaría de
un consenso necesario a la vía de la economía sostenible”.
Ya con esto se suscita una interesante controversia sobre dónde poner los
acentos a la hora de elaborar una política económico-ecológica alternativa: si
únicamente en una fuerte reducción del consumo o más bien en una revisión
profunda de las preferencias. Frente a otros partidarios del decrecimiento
Bonaiuti argumenta que con la actual distribución de las preferencias la
reducción drástica del consumo provocaría malestar social, desocupación y, en
última instancia, el fracaso de la política económico-ecológica alternativa.
Propugna, en consecuencia, desplazar los acentos hacia lo que llama “bienes
relacionales” (atenciones, cuidados, conocimientos, participación, nuevos
espacio de libertad y de espiritualidad, etc.) y hacia una economía solidaria.
Se entiende, pues, que el decrecimiento material tendría que ser un
crecimiento relacional, convivencial y espiritual. Lo que en cierto modo
daría respuesta a la preocupación acerca del futuro de la democracia y el
humanismo en el horizonte del descrecimiento.
Todo esto trae a la memoria aquello que Bloch llamaba utopía concreta para
diferenciarla de la utopía abstracta: la utopía realizable como horizonte. El
horizonte sería, en este caso, la sostenibilidad ambiental y la justicia social,
lo cual no precisa de una respuesta técnica sino más bien política y filosófica:
cambios profundos en el tejido cultural de nuestras sociedades. Conviene
subrayar aquí la presentación que se está haciendo de la noción de decrecimiento
como una necesidad, y no como mero ideal, sobre todo porque, en
principio, la palabra misma puede funcionar como un mero negativo del
crecimiento. Pues si ha ocurrido en el pasado reciente que el crecimiento
cero (o casi cero) y el decrecimiento caótico se produjeron históricamente sobre
la base de políticas económicas neo-liberales, sin control estatal o por
desorganización completa del estado, habría que llegar a la conclusión de que la
peor de las utopías, la más negativa, es precisamente la política económica que
se ha estado presentando a sí misma como la más "realista".
De donde se sigue, una vez más, que la utopía posible, el buen lugar
potencialmente realizable, el horizonte al que acercarse, se alcanzará, también
esta vez, a partir de la crítica de la crítica y cuando ésta se haya
consolidado. O dicho con otras palabras: si hay una utopía concreta que se puede
prospectar y esa utopía es el descrecimiento, entonces cualquier aproximación a
ella (y nos va mucho en el asunto) pasa por conocer los caminos que conducen al
infierno (el crecimiento tóxico, que se dice) para evitarlos.
Publicado en el Nº 100 de la revista Papeles de
relaciones ecosociales y cambio global, Madrid, 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 117 el
8 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |