Peripecias Nº 118 - 15 de octubre de 2008

DESARROLLO

 

 

Para qué sirve un Banco o ¿dónde está mi dinero?

 

Manuel Ortiz

 

 

M. Ortiz es periodista y docente español, autor del blog Apuntes de bolsillo

 

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La pregunta es la siguiente: ¿Para qué sirve un Banco? Observe el lector inteligente que hemos escrito Banco con inicial mayúscula para atajar cualquier posible confusión: todo el mundo sabe que un banco con minúscula es ese asiento alargado, con o sin respaldo, en el que duermen los borrachos en los parques sus excesos de Don Simón. He de hacer constancia –ahora que todavía estamos a tiempo–, de que en esta sección de economía imbécil será habitual que aparezcan los nombres de muchas empresas y marcas. Y al hilo de lo que pretendemos explicar en un futuro, nada mejor que sea Don Simón la primera que quede reseñada. Aclaradas, pues, estas pequeñas cuestiones preliminares, procedamos a reformularnos la pregunta que de verdad nos trae aquí. Decíamos: “¿Para qué sirve un Banco?”.

 

Pese a que algunos no terminen de verlo muy claro, es obligado precisar desde el primer momento que un Banco es una cosa tan inútil como apenas descriptible. La Real Academia de la Lengua Española se encarga además de añadir su tradicional toque de mayor confusión cuando dice que un Banco es un “establecimiento público de crédito, constituido en sociedad por acciones”.

 

“¿De crédito?”, nos preguntarán algunos. “Pero si a mí no me han concedido un crédito jamás”, dirán. “¿Público?”, nos interrogarán igualmente los más aviesos. “¿No habíamos quedado en que el 99% de los bancos eran empresas privadas?”, seguirán argumentando, enarcando inteligentemente las cejas mientras cargan la pipa con una nueva remesa de tabaco. “¿Acciones?”, nos dirán algunos más, para añadir a renglón seguido: “¡Si no hay cosa más inmovilista que los bancos!”.

 

“Bueno”, les diremos nosotros –todos nosotros–, añadiendo más azúcar al café, “tampoco hay que tomarse las cosas tan al pie de la letra, pero es verdad que tienen ustedes buena parte de razón”. Y alguien dirá entonces: “¿Letras, a qué tipo de letras se refieren?”.

 

Miro primero fijamente a los ojos del graciosillo que ha hecho esta última pregunta. Miro después a mi alrededor, tratando de encontrar gente a mi lado que complete el coro. Y reconozco esta vez que el uso del plural mayestático puede jugarme a veces ciertas malas pasadas. Así que a partir de ahora hablaré en singular, asumiendo enteramente toda mi responsabilidad civil subsidiaria, incluso en previsión de daños a terceros.

 

Porque, amigos míos, en efecto: los bancos –aclaradas las cosas, ya puedo regresar a las minúsculas– son una cosa tan inútil como inescrutable. Por eso, bien es cierto que a veces resulta bastante complicado explicar su función, sobre todo cuando es el caso de ese señor de allí, que ha dicho antes que a él jamás le habían concedido un crédito. Y es que, efectivamente, si uno no posee un crédito bancario, aparte de ser considerado como una piltrafilla económica y fiscal, y el hazmerreír de la comparsa, ¿de qué le sirve tener allí el dinero, con lo cómodo que es guardarlo en tu propia casa en una sencilla caja fuerte o, en su defecto, en un metálico envase de almendrados? ¿Qué sentido tiene estar buscando un cajero automático como un poseso a las cuatro de la madrugada en una noche de frío, viento y nieve, caminando junto a –seguro– peligrosos malhechores, para sacar 50 miserables euros y encima tener que pagar una insultante comisión?

 

Bien, no es éste el caso de la mayoría de la gente, que sí ha solicitado no uno, sino tres, cuatro, cinco, seis créditos o más para colmar sus sueños de misérrima opulencia, de burguesa hambruna. Y para ellos, un banco es entonces el lugar aparentemente más fiable donde domiciliar su nómina, la hipoteca, el seguro de vida y las letras de la Vespa de la niña. Atención, porque entramos aquí ya de lleno en la clave del juego de la sociedad económica capitalista y, por ende, de las entidades bancarias: nosotros guardamos en los bancos el dinero que no tenemos para que ellos lo inviertan en operaciones fantasmas.

 

A partir de este momento, masas ingentes de no dinero comienzan a circular por todo el orbe, en una sinfonía desmelenada de acciones e inversiones, créditos y pagarés, pólizas e hipotecas, fianzas y comisiones. A partir de la presencia de ese dinero inexistente, se articula todo el sistema financiero mundial. De manera que no es extraño que, como está ocurriendo ahora, algunos bancos se hayan visto con el agua al cuello a la hora de tener que hacer real lo que era hasta la fecha tan sólo un ente abstruso.

 

En consecuencia, cabe decir que un banco es una entidad artificial que especula con la confianza que la gente deposita en ella. Y por eso, a algunos les joroba tanto que el señor banquero de turno les niegue un simple crédito para comprar una lavadora, cuando es aquél precisamente quien está viviendo de la nómina del que le solicita ese crédito. Y resulta aún mucho más molesto que nos sean exigidos infinidad de avales, cuando el cliente ya de por sí debería constituir el mejor aval: sin él –sin ellos, los clientes– el banco no es nada, sólo una fachada con un luminoso rótulo ridículo y gente muy aburrida en su interior.

 

Como se observará, esta aguda reflexión nos lleva a concluir –y ahora sí utilizo el plural porque esto nos compete a todos– que son los bancos quienes nos deben a nosotros y no nosotros quienes debemos a los bancos. Pero no: por la misma extraña razón que consiguen hacernos creer que son propietarios de un bien que no poseen, piensan también que gozan de la prerrogativa de concedernos o no ese crédito para comprar la lavadora o la moto de la niña. Y nosotros, pobres idiotas, vamos y no sólo nos lo tragamos, sino que todavía les lloramos para solicitarles, en el peor de los casos, que nos concedan graciosamente un adelanto sobre nuestra nómina, es decir, que nos presten un dinero que siempre ha sido nuestro.

 

Pero la realidad, que es sabia y tozuda, ha venido ahora a poner las cosas en su sitio: ni los bancos se fían de la gente, ni la gente se fía tampoco de los bancos. Por no hacerlo, ni siquiera los propios banqueros confían en los otros bancos. Con lo cual, llevamos el exótico camino de regresar a una sociedad preindustrial, en la que no cabría descartar el trueque como futura y única moneda de cambio.

 

A nadie debe extrañarle, en consecuencia, que el pasado martes negro 30 de septiembre tan sólo un único valor subiera más de un cuartillo en el índice Dow Jones: las sopas Campbell. Y es que la gente –como ha quedado dicho– afortunadamente cada vez se fía menos de los bancos y prefiere apostar en tiempos de crisis –es comprensible– por la sopa boba. Que siempre ha sido mucho más rentable.

 

Publicado originalmente en Libro de Notas, el 14 de octubre de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 118 el 15 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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