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M. Ortiz es periodista y docente
español, autor del blog
Apuntes de bolsillo
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La pregunta es la siguiente: ¿Para qué sirve un Banco? Observe el lector
inteligente que hemos escrito Banco con inicial mayúscula para atajar cualquier
posible confusión: todo el mundo sabe que un banco con minúscula es ese asiento
alargado, con o sin respaldo, en el que duermen los borrachos en los parques sus
excesos de Don Simón. He de hacer constancia –ahora que todavía estamos a
tiempo–, de que en esta sección de economía imbécil será habitual que aparezcan
los nombres de muchas empresas y marcas. Y al hilo de lo que pretendemos
explicar en un futuro, nada mejor que sea Don Simón la primera que quede
reseñada. Aclaradas, pues, estas pequeñas cuestiones preliminares, procedamos a
reformularnos la pregunta que de verdad nos trae aquí. Decíamos: “¿Para qué
sirve un Banco?”.
Pese a que algunos no terminen de verlo muy claro, es obligado precisar desde el
primer momento que un Banco es una cosa tan inútil como apenas descriptible. La
Real Academia de la Lengua Española se encarga además de añadir su tradicional
toque de mayor confusión cuando dice que un Banco es un “establecimiento público
de crédito, constituido en sociedad por acciones”.
“¿De crédito?”, nos preguntarán algunos. “Pero si a mí no me han concedido un
crédito jamás”, dirán. “¿Público?”, nos interrogarán igualmente los más aviesos.
“¿No habíamos quedado en que el 99% de los bancos eran empresas privadas?”,
seguirán argumentando, enarcando inteligentemente las cejas mientras cargan la
pipa con una nueva remesa de tabaco. “¿Acciones?”, nos dirán algunos más, para
añadir a renglón seguido: “¡Si no hay cosa más inmovilista que los bancos!”.
“Bueno”, les diremos nosotros –todos nosotros–, añadiendo más azúcar al café,
“tampoco hay que tomarse las cosas tan al pie de la letra, pero es verdad que
tienen ustedes buena parte de razón”. Y alguien dirá entonces: “¿Letras, a qué
tipo de letras se refieren?”.
Miro primero fijamente a los ojos del graciosillo que ha hecho esta última
pregunta. Miro después a mi alrededor, tratando de encontrar gente a mi lado que
complete el coro. Y reconozco esta vez que el uso del plural mayestático puede
jugarme a veces ciertas malas pasadas. Así que a partir de ahora hablaré en
singular, asumiendo enteramente toda mi responsabilidad civil subsidiaria,
incluso en previsión de daños a terceros.
Porque, amigos míos, en efecto: los bancos –aclaradas las cosas, ya puedo
regresar a las minúsculas– son una cosa tan inútil como inescrutable. Por eso,
bien es cierto que a veces resulta bastante complicado explicar su función,
sobre todo cuando es el caso de ese señor de allí, que ha dicho antes que a él
jamás le habían concedido un crédito. Y es que, efectivamente, si uno no posee
un crédito bancario, aparte de ser considerado como una piltrafilla económica y
fiscal, y el hazmerreír de la comparsa, ¿de qué le sirve tener allí el dinero,
con lo cómodo que es guardarlo en tu propia casa en una sencilla caja fuerte o,
en su defecto, en un metálico envase de almendrados? ¿Qué sentido tiene estar
buscando un cajero automático como un poseso a las cuatro de la madrugada en una
noche de frío, viento y nieve, caminando junto a –seguro– peligrosos
malhechores, para sacar 50 miserables euros y encima tener que pagar una
insultante comisión?
Bien, no es éste el caso de la mayoría de la gente, que sí ha solicitado no uno,
sino tres, cuatro, cinco, seis créditos o más para colmar sus sueños de
misérrima opulencia, de burguesa hambruna. Y para ellos, un banco es entonces el
lugar aparentemente más fiable donde domiciliar su nómina, la hipoteca, el
seguro de vida y las letras de la Vespa de la niña. Atención, porque entramos
aquí ya de lleno en la clave del juego de la sociedad económica capitalista y,
por ende, de las entidades bancarias: nosotros guardamos en los bancos el
dinero que no tenemos para que ellos lo inviertan en operaciones fantasmas.
A partir de este momento, masas ingentes de no dinero comienzan a circular por
todo el orbe, en una sinfonía desmelenada de acciones e inversiones, créditos y
pagarés, pólizas e hipotecas, fianzas y comisiones. A partir de la presencia de
ese dinero inexistente, se articula todo el sistema financiero mundial. De
manera que no es extraño que, como está ocurriendo ahora, algunos bancos se
hayan visto con el agua al cuello a la hora de tener que hacer real lo que era
hasta la fecha tan sólo un ente abstruso.
En consecuencia, cabe decir que un banco es una entidad artificial que
especula con la confianza que la gente deposita en ella. Y por eso, a
algunos les joroba tanto que el señor banquero de turno les niegue un simple
crédito para comprar una lavadora, cuando es aquél precisamente quien está
viviendo de la nómina del que le solicita ese crédito. Y resulta aún mucho más
molesto que nos sean exigidos infinidad de avales, cuando el cliente ya de por
sí debería constituir el mejor aval: sin él –sin ellos, los clientes– el banco
no es nada, sólo una fachada con un luminoso rótulo ridículo y gente muy
aburrida en su interior.
Como se observará, esta aguda reflexión nos lleva a concluir –y ahora sí utilizo
el plural porque esto nos compete a todos– que son los bancos quienes nos deben
a nosotros y no nosotros quienes debemos a los bancos. Pero no: por la misma
extraña razón que consiguen hacernos creer que son propietarios de un bien que
no poseen, piensan también que gozan de la prerrogativa de concedernos o no ese
crédito para comprar la lavadora o la moto de la niña. Y nosotros, pobres
idiotas, vamos y no sólo nos lo tragamos, sino que todavía les lloramos para
solicitarles, en el peor de los casos, que nos concedan graciosamente un
adelanto sobre nuestra nómina, es decir, que nos presten un dinero que siempre
ha sido nuestro.
Pero la realidad, que es sabia y tozuda, ha venido ahora a poner las cosas en su
sitio: ni los bancos se fían de la gente, ni la gente se fía tampoco de los
bancos. Por no hacerlo, ni siquiera los propios banqueros confían en los otros
bancos. Con lo cual, llevamos el exótico camino de regresar a una sociedad
preindustrial, en la que no cabría descartar el trueque como futura y única
moneda de cambio.
A nadie debe extrañarle, en consecuencia, que el pasado martes negro 30
de septiembre tan sólo un único valor subiera más de un cuartillo en el índice
Dow Jones: las sopas Campbell. Y es que la gente –como ha quedado
dicho– afortunadamente cada vez se fía menos de los bancos y prefiere apostar en
tiempos de crisis –es comprensible– por la sopa boba. Que siempre ha sido mucho
más rentable.
Publicado originalmente en
Libro de Notas, el 14 de octubre de
2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 118 el
15 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |