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Si, ya se que puedo ser acusada de ignorante o irracional o hasta perversa; no
importa. La verdad es que me provoca mucha gracia ver como todo Wall Street
entra en más pánico cada día. Cada vez que veo una noticia en la TV no puedo
evitar sonreírme. Y no crean que desconozco los efectos (presentes y
potenciales) que dicha crisis traerá a los países latinoamericanos, pero el sólo
hecho de ver a los dueños del mundo a punto de perderlo todo, saca a flote mi
perversidad.
Y es que si se piensa fríamente, Estados Unidos ha llegado a la actual crisis
por dos razones: la codicia de sus especuladores de querer tener más y el no
haber cumplido con sus propias recetas económicas; aquellas que por años y años
han obligado a implementar en nuestros países.
La buena noticia es que la crisis ha logrado cosas que eran impensables en esta
última etapa de la carrera electoral estadounidense. Por ejemplo ha puesto de
acuerdo a Bush, Mc Cain y Obama en que los contribuyentes norteamericanos deben
aportar 700.000 millones de dólares al sistema financiero o la caída de la
economía real será aún más imparable. ¿Le suena un pedido conocido? Y si, parece
que también a las crisis del primer mundo las hacen los ricos y las pagan los
pobres.
A la clase media baja norteamericana no le ha gustado nada la idea de entregar
una cantidad fabulosa de dinero a sujetos viciosos que en los años últimos
aprovecharon las oportunidades brindadas por los mercados para adquirir fortunas
basadas en castillos de naipes, de ahí lo difícil que les ha resultado al
presidente actual y a los dos aspirantes a sucederlo lograr que los legisladores
aprueben lo que en opinión de muchos sería una estafa intolerable. Tal vez desde
los países en desarrollo, cansados de sufrir una y otra crisis financiera,
podríamos darle algunas lecciones al pueblo norteamericano que hemos aprendido
con la experiencia:
1) La crisis la hacen los ricos, pero ustedes la van a terminar pagando. Eso es
un hecho, no se resistan, lo van a terminar haciendo.
2) Ustedes demoraran varios años en recuperar su nivel de vida pero los
especuladores volverán a especular en breve.
3) ¿Vieron que a ustedes también les podía pasar?
Muchos periodistas afirman por estos días que en los Estados Unidos, la gente se
ha rebelado contra la elite representada por los jefes políticos, los
economistas profesionales y las estrellas mediáticas prestigiosas. Esto es una
noticia pésima para Obama, quien debería arrasar en las elecciones
presidenciales de noviembre pero que aún no ha conseguido aventajar por mucho a
McCain. También es mala noticia para este si por los motivos que fueran
protagoniza un batacazo, ya que el próximo presidente de la superpotencia
heredará un lío económico fenomenal que le impedirá gastar tanto como quisiera
sin contar con el respaldo pleno de su propio partido. ¿Tendrá la autoridad
moral precisa para tomar medidas firmes que con toda seguridad enojarán a un
buen grupo de sus compatriotas sin intentar cubrirse, asumiendo una postura
decididamente nacionalista? Es muy poco probable.
Sin embargo hay algo que, más allá de ironías, debe quedarnos claro: Estados
Unidos seguirá siendo el país más poderoso del mundo y habrá capitalismo liberal
para rato. Pero como es sabido en economía, las percepciones importan, y la idea
compartida por muchos norteamericanos de que la superpotencia esté rodando
cuesta abajo, incide obviamente en la conducta de una multitud de personas
influyentes repartidas por el mundo entero.
La locura financiera continuará hasta que los mismos financistas restauren la
confianza en el sistema financiero, ya que hoy en día nadie confía en nadie. Los
banqueros sospechan que sus colegas están mintiendo cuando juran que sus
carteras no contienen sorpresas desagradables, razón por la que son reacios a
prestarles dinero. Tampoco creen que las empresas privadas sean tan solventes
como dicen sus jefes o, en todo caso, que lo serán el año que viene. Los
ciudadanos desconfían de los políticos; en los Estados Unidos, los creen ya
aliados de los buitres rapaces que a su entender son los operadores de Wall
Street, ya populistas más interesados en su imagen que en el bienestar común. Y
en el mundo en su conjunto, los gobiernos están tratando de defenderse
preventivamente contra las protestas que no tardarán en proliferar imputando la
crisis a los Estados Unidos. Sin embargo, y dejando ironías de lado, aunque la
realidad es que todos los países disfrutaron de los buenos tiempos mientras
duraron, atribuyendo la expansión económica resultante a su propia sabiduría.
En este sentido, el grupo de los 20, conformado por países de economías en
desarrollo, aceptaron el plan de salvataje norteamericano al tiempo que
exigieron que fuera rápido y tajante. A la vez no escatimaron en críticas a la
imprevisión y falta de humildad del FMI. También se solicitó a Bush, quien
participó también del encuentro, que es prioritario empezar a dar liquidez,
comprar las acciones de los bancos en riesgo y garantizar a los inversores
minoristas que no perderán sus depósitos. Durante toda la reunión sobrevoló la
idea de que en el futuro será necesario un nuevo sistema financiero global; tema
que no es nuevo pero que no ha tenido (ni tendrá) andamiaje.
Como escribió Michael Moore hace unos días: “Voy a ir directamente al grano.
El mayor robo en la historia de este país se está llevando a cabo mientras
ustedes leen esto”. Si bien es verdad, a los latinos eso no nos asombra;
estamos acostumbrados a que nos saqueen una y otra vez a lo largo de la
historia. Sin embargo hay algo que por este lado del mundo hemos aprendido y que
es bueno refrescar en sus memorias: las filiales de los bancos que operan en
nuestros países no tienen “nada que ver” con sus casas matrices; eso fue lo que
éstas dijeron una y otra vez hasta el cansancio durante el 2001 cuando miles de
ahorristas se quedaron encerrados en los corralitos financieros. Siguiendo esta
lógica, es de esperar entonces que por ese lado estemos mas o menos tranquilos.
¿Podremos?
Publicado en el semanario Peripecias Nº 118 el
15 de octubre de 2008. Se permite la reproducción del artículo
siempre que se cite la fuente. |