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J. Schuldt es un destacado economista
peruano.
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Una y otra vez nos vienen repitiendo que la debacle financiera que se desató el
año pasado en EEUU, al explotar la burbuja hipotecaria, habría sido
consecuencia de procesos de especulación irresponsable, de extendida
inmoralidad, de ceguera arrogante, de regulación laxa, de codicia irrefrenable,
entre otras bellezas que son todas válidas en referencia a lo que ha venido
sucediendo en los mercados financieros desde 2002. Lo mismo se decía cuando
–después de inflarse por una década– reventó inesperadamente la burbuja
tecnológica (dot.com) en 2000. Desafortunadamente, tales análisis son
superficiales y parciales, aparte que confunden causas con efectos. Lo que se le
escapa a ese tipo de diagnósticos es que esas ‘burbujas’ son lo que su nombre
indica: efervescencias que activan artificialmente la actividad productiva,
tapando temporalmente las deficiencias estructurales del proceso de acumulación,
en el marco de tasas descendentes de ganancia en los sectores propiamente
productivos.
En tal sentido es ingenua la creencia de que los recientes super-paquetes
financieros de salvataje sacarán de la recesión al Imperio y sus aliados. Bien
lo ha dicho Phil Roth, un analista de Miller Tabak: “La gente puede decir,
‘¡Puff, hemos sobrevivido la crisis financiera!’. Pero a continuación tenemos la
cuestión de la recesión y no sabemos qué tan profunda será” (WSJ, octubre 14).
Más aún, habría que añadir que ella será bien prolongada porque: ¿Sobre qué
bases productivas se podría sustentar una recuperación de la inversión y del
crecimiento económico de largo plazo en los países ‘desarrollados’, de los que
tanto seguimos dependiendo? ¿Sería la industria de automóviles, del acero, de la
energía, de las telecomunicaciones y similares, cuando bien sabemos que están en
franco declive? Ahí es donde radica el quid del asunto, pero que para entenderlo
nos obliga a remitirnos a las bases sobre las cuales se desarrolla
inexorablemente el capitalismo y que motoriza las inversiones en manada,
provenientes de los ‘espíritus animales’ de los empresarios y de las condiciones
materiales e institucionales de producción.
Para entender las afirmaciones precedentes resulta indispensable adoptar un
enfoque histórico-sistémico, por más pretencioso que suene. Aplicando algo
mecánicamente el paradigma de las ‘ondas largas’ del capitalismo (Kondratieff-Schumpeter-Mandel),
coincidimos con la opinión de que el sistema –desde la Revolución Industrial– ha
progresado en forma oscilante por extendidos ciclos de entre 40 y 60 años de
duración, cada uno de los cuales se sustentó en una serie de ‘innovaciones’. Una
compleja combinación de éstas (nuevas tecnologías, productos, materias primas,
fuentes de energía, mercados y similares), apoyada por sustanciales créditos,
despertaban los ‘espíritus animales’ del empresariado y daban lugar –en la fase
ascendente ‘A’– a una manada de inversiones que llevaron a la bonanza
macroeconómica por un periodo de veinte a treinta años.
Después de tales auges, y como consecuencia de la sobreproducción a que dan
lugar, se agotaban las posibilidades de expansión –lo que se reflejaba en la
reducción de la tasa de ganancia– y se pasaba a una etapa –nuevamente de veinte
a treinta años– de menor crecimiento económico, deflación y desempleo (fase
‘B’), en que el capital financiero tiende a dominar sobre el propiamente
productivo (véase el Gráfico I, en que se observa la exageradamente elevada
relación entre los precios de las acciones y las ganancias netas que rinden: si
esa relación P/E está por encima de 15 es señal de ‘exuberancia irracional’ y,
hasta cierto punto, permite pronosticar las debacles financieras, siguiendo la
hipótesis de Robert Shiller).
Gráfico I: Relación precios acciones sobre ganancias, 1935-2008

En la última onda larga, la que se inicia en el periodo de la posguerra, hemos
transitado a esta fase ‘descendente’ (en la que seguimos atorados) después de
los ‘Treinta Años Gloriosos”, que se agotaron en 1971-73. De manera que, durante
los últimos 35 años, en ausencia de bases reales para la innovadora acumulación
productiva, las economías altamente desarrolladas –comenzando por EEUU– se han
expandido a tasas relativamente bajas, comparadas con las de los ‘Años Dorados’.
Estos últimos culminaron en una notoria sobreproducción, la que se reflejó en
una reducción paulatina de la tasa de ganancia en los EEUU, que se explica
además por el ingreso al mercado global de países como China, India, Rusia y
similares. En efecto, como ha mostrado Walden Bello, la rentabilidad del capital
–que en los años sesenta del siglo pasado alcanzaba el 7,15% en EEUU– fue
encogiéndose paulatinamente: en los ochenta bajó a 5,3%, en los noventa a 2,3%
y, en lo que va del siglo XXI, por debajo del 2%. Nótese, sin embargo, el
espectacular avance de las ganancias financieras, que llegaron a rebasar el 30%
de todas las utilidades corporativas, a pesar de que su contribución al PBI
generó un escaso 15% (ver Gráfico II, donde se constata además que las
remuneraciones del sector financiero no llegaron ni al 10% del valor agregado
corporativo).
Gráfico II: Ganancias del sector financiero, 1970-2007

Se trata, por tanto, de un periodo decadente caracterizado por ciclos
coyunturales relativamente cortos, azuzados artificiosamente por el empuje que
se dio a las inversiones por efecto de las guerras, la duplicación de la fuerza
laboral mundial, las ilusas esperanzas en progresos técnicos revolucionarios y
de las bajas tasas de interés, pero que –por eso mismo– se materializaron en
auges espurios y, por tanto, en recesiones recurrentes en EEUU (1980-82,
1990-91, 2001-03 y la actual 2008-…?). Podría decirse que se estimuló la
economía, la que saltó de burbuja en burbuja, gracias a los lobbies
militar-industriales y, sobre todo, a la sobredimensionada dinámica del sector
financiero-hipotecario, la que solo podía ser temporal y ficticia, en el sentido
que no se nutría de innovaciones profundas de corte tecnológico-productivo, que
habrían permitido incrementar sostenidamente la productividad y la tasa de
ganancia de las corporaciones no financieras.
De ahí que las economías avanzadas, particularmente EEUU, se haya mantenido a
flote durante las tres décadas pasadas gracias a una serie de medidas
geopolíticas y financieras truculentas para estimular la demanda doméstica, con
lo que lograron vivir –consumir e invertir– más allá de sus posibilidades
reales, generando déficit fiscales y externos descomunales, financiados por
ahorro externo (especialmente por parte de Japón, China y la UE), en ausencia de
ahorros domésticos personales y del gobierno.
Personalmente creíamos que se iba a iniciar una nueva onda larga en 1992, la que
vendría propulsada por diversas innovaciones revolucionarias (informática,
telecomunicaciones, biotecnología, robótica, energía atómica y similares), las
que no llegaron a cuajar y que probablemente –en una década, en el mejor de los
casos– permitirían el inicio de un renovado ciclo expansivo de recuperación y
auge de varias décadas en el mundo altamente industrializado.
En los próximos días seguramente Bernanke volverá a reducir la tasa de interés
de referencia. Sin embargo, por más que las Bolsas muestren signos de
recuperación (y una preocupante volatilidad), lo que hasta ahora no se nota,
será escaso el flujo de créditos que soltarán los bancos (a pesar de que acaban
de recibir US$ 250.000’ de oxígeno), porque uno se preguntaría: ¿adonde iría ese
dinero para fines de inversión o consumo, en una economía altamente endeudada y
sin posibilidades de rentabilidades apreciables? No parecen existir bases reales
prometedoras para hacerlo. En ese contexto, la crisis financiera habrá de
impactar con fuerza aún mayor los sectores reales; lo que no nos debe hacer
olvidar que el origen último de la debacle norteamericana y la de sus socios
radica precisamente en la osteoporosis productiva a falta de innovaciones
tecnológicas sustanciales. No son, pues, muy auspiciosos los tiempos que nos
esperan.
Publicado por ALAI
(Agencia Latino Americana de Información), el 20 de octubre de 2008. Reproducido en
el semanario Peripecias Nº 119 el 22 de octubre de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. |