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A principios de
los 90, en buena parte de América Latina, incluido el Perú, se llevaron a
cabo reformas legales e institucionales en las actividades extractivas
–minería, petróleo, gas natural–.
quince años después, queda claro que ésta se ha
agotado.
Para atraer la inversión extranjera se dio una serie de incentivos legales
(convenios de estabilidad jurídica), económicos y tributarios (depreciación
acelerada, reinversión exonerada del impuesto a la renta). Asimismo, se
permitió la virtual eliminación de la obligación de abastecer el mercado
interno (petróleo), libre disponibilidad de divisas y arbitraje
internacional para la solución de controversias, entre otros.
El eje central de la reforma consistió en aumentar la “competitividad
tributaria”: cada país cobraría menos impuestos y regalías que su vecino.
Comenzó así una “carrera hacia el fondo del pozo” (“race to the bottom”).
En términos simples: a menos impuestos, más inversión extranjera. Pero los
países estaban equivocados: esa competitividad tributaria es espuria y nada
tiene que ver con la competitividad real.
Pero los inversionistas extranjeros no desaprovecharon la oportunidad de
pagar pocos impuestos. La inversión sí vino a los países en la década del
90, con las diferencias inherentes a la dotación de recursos de cada país y
a su particular juego de políticas.
Pasada la euforia inicial y, sobre todo, cuando comenzó la recesión
1998-2002 (por la salida de capitales y la crisis rusa), los países
constataron que el crecimiento por sí mismo no trae desarrollo y que, por el
contrario, puede profundizar las desigualdades. Luego, cuando los precios
aumentaron –desde el 2004– los incentivos tributarios pasaron su factura: el
país recaudaba poco en relación a los recursos naturales extraídos.
Esto no quiere decir que, en algunos casos, los impuestos no hayan
aumentado. La cuestión radica en que el reparto de la torta aumentó en su
desigualdad, llevándose las empresas una mayor proporción del alza de los
precios internacionales.
Comenzó entonces un proceso desordenado pero con un solo objetivo: recuperar
la renta cedida en los 90. En Chile, el Presidente Lagos se puso al frente
del “royalty” a las mineras, lo que logró. En Argentina, hasta ahora
lamentan haber vendido YPF y se ha creado una nueva estatal petrolera. En
Bolivia y Venezuela, el movimiento ha ido tan lejos como conocemos y en
Ecuador está planteado aumentar la participación del Estado en la producción
de petróleo.
En Perú, en el 2000, se eliminó la reinversión de utilidades mineras
exonerada de impuesto a la renta y en el 2004 se aprobaron las regalías
mineras (que no están pagando las empresas que tienen contratos de
estabilidad tributaria).
Recientemente, se ha planteado renegociar el contrato de Camisea para evitar
el alza de precios del gas natural y también está sobre el tapete el cobro
de impuestos a las sobreganancias petroleras y mineras, lo que implica
renegociar los contratos de estabilidad tributaria.
Cada uno de estos temas tiene su particularidad, como se puede apreciar en
este informe. En todos los casos, sin embargo, el objetivo es claro: se
trata de aprovechar la renta diferencial que otorgan los recursos naturales,
es decir, la diferencia entre el costo de producción y el precio de venta
internacional.
Por ejemplo, el costo de producción de un barril de petróleo es de US$
8/barril (el costo total es algo mayor pues se añaden los costos
administrativos y financieros), mientras que su precio internacional hoy es
de US$ 70/barril. De su lado, el costo de producción de cobre para Southern
Peru es de US$ 0,48/libra y el precio hoy es US$3,99/libra. Mientras que el
costo de producción del oro en Perú está alrededor de US$ 120/onza y su
precio internacional ha superado los US$ 700/onza.
En todos los casos, el alza de precios se debe a factores exógenos
económicos (crecimiento de China y Estados Unidos) ó
geopolíticos (guerra en Irak, problemas con Irán). Por tanto, en esta
coyuntura es legítimo el Impuesto a las Ganancias Extraordinarias, como lo
hizo Ronald Reagan en EEUU en la década del 80.
Un país pobre como el Perú debe aprovechar al máximo esta oportunidad de
elevar su recaudación tributaria (lo que no hace este gobierno), que apenas
alcanza el 13,7% del PBI (una de las más bajas de América Latina), monto
insuficiente para atender las demandas sociales y de infraestructura. Sin
embargo, el comportamiento del gobierno de Toledo ha sido, en esta materia,
igual al seguido por el régimen fujimorista: no ha mantenido el equilibrio
entre las necesidades de la población y la búsqueda de ganancias por parte
de las empresas. Pero también debe haber un adecuado
uso productivo –y social– de esta renta.
Actualmente, una porción de los recursos provenientes del canon minero,
petrolero y gasífero está empozado porque existen pocos proyectos de
inversión y/ó porque son escasas las capacidades de gestión y administración
de los mismos.
Aquí la responsabilidad recae en la política de desmantelar el Estado y
reducir su capacidad de inversión. Durante los 90, bajo Fujimori, se eliminó
el Instituto Nacional de Planificación y sus oficinas sectoriales y se
desactivó la descentralización. El centralismo limeño dirigió todo el
proceso desde las CTARes y, a través de organismos como Foncodes y
Pronamachcs, promovió las dádivas del caudillo neoliberal.
Pero hoy, desde el Estado, los funcionarios culpan a los gobiernos
regionales y locales de una deficiente “capacidad de gestión”, la que no fue
corregida por este gobierno (aunque han habido iniciativas para superarla).
Para tratar de “quitarle presión” al movimiento que clama por un mejor
reparto de la renta –y desacreditarlo-, ahora se destaca que los gobiernos
locales hacen “obras
improductivas” (plazas de toros, monumento al lagarto, entre otras), sin
mencionar que éstas constituyen una pequeña porción del total, lo que no
quiere decir que, evidentemente, no deben ser realizadas.
La recuperación de la renta de los recursos naturales –y su uso adecuado– es
uno de los ejes del cambio económico que reclama el país y que se ha
expresado con fuerza en la votación de abril, sobretodo en el sur. Eso no
tiene nada de “populista” ni “estatista”. Lo que pasa es que quienes no
quieren cambiar nada para que nada cambie, se esfuerzan en mostrar “cucos”
donde no los hay, para quedarse con el íntegro de las sobreganancias, sin
compartirlas con el dueño del recurso, la Nación peruana. Lo que está en la
agenda es salir del dogma neoliberal y poner el péndulo económico al medio.
Ya es hora.
El presente artículo fue publicado en la revista
Actualidad Económica de
Perú. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
5 el 12 de julio
2006. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |