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El hombre se acercó a mí en la calle y dijo con voz
rasposa:
–Maestro, ¿sale una chapa p’al vino?
Con tal de que siguiera su sinuosa ruta saqué un par
de monedas del bolsillo y se las di.
–Maestro –insistió–, usté’s una buena persona. ¿No
le sobran unos miles de dólares?
Pensé que como el tipo estaba ebrio me tomaba por
imbécil.
–Yo le voy a enseñar la manera de que gane el doble
o tal vez mucho más –agregó.
–¿Y se puede saber cómo? –pregunté.
–Otra chapa.
–Vaya a hacerle el cuento a algún infeliz por ahí.
Buenas tardes.
–Deme la plata recién después de que le diga cómo.
Fui corredor de bolsa.
–Y yo de bicicletas.
–Señor: no se deje engañar por mi astrosa presencia,
el alcohol en la sangre y la falta de un buen baño. Si no hubieran fusilado a
Ceaucescu, en vez de estos trapos yo llevaría un traje italiano.
Estábamos en una esquina modesta de un barrio venido
a menos, volaban los papeles y las bolsas de plástico y algún ómnibus pasaba
bufando por una calle cercana. El tipo utilizaba un léxico más complejo que lo
esperable de su facha; la pelambre ocultaba facciones desgastadas pero alguna
vez bien atendidas y el nombre de Ceaucescu en ese contexto era como un objeto
obsceno.
–¿Qué es lo de Ceaucescu?
–Rumania, el fusilamiento en Timisoara. ¿Sabe de qué
le hablo?
Quedé en desventaja. Comenté que recordaba vagamente
haber visto algo en la televisión...
–Cuando lo fusilaron nos liquidaron.
–¿A quiénes?
–A los poseedores de títulos de deuda, amigo,
emitidos por el rey Carol.
Entonces comprendí: el tipo estaba loco, por el
alcohol o por neuronas fundidas o lo que fuere, pero loco. La conclusión me dio
tranquilidad. Gestos y discurso no eran agresivos; incluso la situación me
divertía y decidí echar más leña al fuego:
–¿Usted dice Carol el cuánto? ¿Segundo, cuarto?
–¿Sabe, realmente, de qué estamos hablando? Dacia,
Transilvania, los comunistas con Dimitrov en el país de al lado... A lo mejor
usted es un ignorante, y no es su culpa, qué le va a hacer...
Esto era absurdo. No supe quién de entre nosotros
era el burlador. Las referencias históricas no sonaban descabelladas; tampoco
podía juzgar su exactitud. Jugué fuerte:
–Muy bien, adelante. Es más; le ofrezco diez pesos
por el cuento.
–Estimado contertulio: diez pesos son menos de
treinta centavos de euro según la cotización del día. Mejore su oferta, por
favor.
Me negué; amenazó con marcharse; regateamos; transé
en cincuenta pesos. Después de todo, la suma no alcanzaba ni para una entrada de
cine. Estaba bien invertida.
–Los títulos de deuda pública del rey Carol no
valían ni el material en que estaban impresos; compré por casi nada. Cuando
cayera Ceacescu, el nuevo gobierno pagaría esa deuda y el Fondo Monetario
hubiese soltado millones directo a mis bolsillos.
–Especular con deudas sale siempre mal.
–¿Quién le dijo? Hasta la deuda de Haití está en
venta. ¿Qué pasó con la deuda de Irak, la de Saddam? ¿Se enteró?
–Debo reconocer que no tengo la menor idea.
–Usted no consulta la prensa con la atención debida.
Son 50 mangos más...
–¡Es una estafa! Le doy 20.
–Señor, usted ignora con qué clase de negociador
está hablando: no haga el ridículo.
Después de todo, un billete menos no era una
catástrofe. Estaba colaborando con la literatura en su vertiente oral, entregaba
una ayuda solidaria a un semejante en situación de calle y me moría de
curiosidad ante esa historia tan loca. Acepté el trato, qué iba a hacer...
–Quienes compraron las obligaciones estatales de
Saddam –explicó– ganaron el 100 por ciento. Los estadounidenses obligaron al
Estado ocupado y al gobierno títere a reconocer esa deuda y punto; fue un
negocio redondo. Mejor todavía salió la cosa con los bonos de Bosnia: parecían
un clavo remachado, pero han duplicado ganancias cada año desde 2002. No hay
como una buena guerra, capital ocioso y nervios de acero.
–Usted parece saber mucho. ¿Dónde invertiría hoy?
El hombre se rió. No era una risa sana; la dirigió a
mí; me clavó los ojos:
–Suelte 200 mangos. Un consultor le cobraría
fortunas por esto que le confiaré de puro bueno que soy.
–¿Y cómo sé que usted es serio?
–¿Y cómo lo sabe del consultor? Por 250 cerramos
trato. ¿Cuánto tiene para invertir?
–No, yo... Curiosidad nada más, en realidad yo...
–Comprendo. Usted es el hombre de paja de algún
capitalista de la economía negra: 400 pesos, entonces, y basta. Permítame
comprar un par de botellas de buen cabernet y no ese líquido de oscuro origen
que habita envases de cartón.
Tal cantidad de dinero seguramente emparejaba lo que
yo tenía en el bolsillo, pero a lo mejor este tipo me quitaba una venda de los
ojos y yo podía, quién sabe, de todos modos... Acepté. Dijo una sola palabra:
–Cuba.
–¿Cuba qué?
–Por favor, abóneme mis honorarios.
–Señor, esto es una extorsión.
–Tómelo como quiera.
Comprendí que protestar sería perder tiempo. Sin más
dilación vacié mis bolsillos. Agradeció y dijo:
–Compre deuda cubana de la de antes de la
revolución. Si Castro no sobrevive a sus líos de salud hay grandes perspectivas
de que desde Miami le encajen a Cuba un nuevo gobierno y lo obliguen, como al de
Irak, a pagar viejas deudas. Esa deuda hoy vale basura, pero puede ser una
enorme fuente de riquezas. Seguro que ya la están comprando los chicos de Wall
Street o los Chicago boys y ha subido el precio. Algunos diarios financieros
europeos recomiendan hacer justo ese negocio.
Esto no podía ser cierto; tanto cinismo no cabe en
el mundo y yo había pagado 400 pesos para escuchar puras abominaciones. Era
tarde para protestar, pero... ¿el hombre me habría engañado? Dije en un
balbuceo:
–Usted no tiene moral, ética, escrúpulos,
convicciones...
–No, y capital tampoco, lamentablemente.
Publicado en el semanario Peripecias Nº 15 el 20 de
setiembre 2006. Se permite la
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