Peripecias Nº 15 - 20 de setiembre de 2006

HUMOR

 

La verdad de los cuentos del tío

 

 

José da Cruz

 

 

José da Cruz es geógrafo y novelista, y analista en CLAES D3E.

 

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El hombre se acercó a mí en la calle y dijo con voz rasposa:

 

–Maestro, ¿sale una chapa p’al vino?

 

Con tal de que siguiera su sinuosa ruta saqué un par de monedas del bolsillo y se las di.

 

–Maestro –insistió–, usté’s una buena persona. ¿No le sobran unos miles de dólares?

 

Pensé que como el tipo estaba ebrio me tomaba por imbécil.

 

–Yo le voy a enseñar la manera de que gane el doble o tal vez mucho más –agregó.

 

–¿Y se puede saber cómo? –pregunté.

 

–Otra chapa.

 

–Vaya a hacerle el cuento a algún infeliz por ahí. Buenas tardes.

 

–Deme la plata recién después de que le diga cómo. Fui corredor de bolsa.

 

–Y yo de bicicletas.

 

–Señor: no se deje engañar por mi astrosa presencia, el alcohol en la sangre y la falta de un buen baño. Si no hubieran fusilado a Ceaucescu, en vez de estos trapos yo llevaría un traje italiano.

 

Estábamos en una esquina modesta de un barrio venido a menos, volaban los papeles y las bolsas de plástico y algún ómnibus pasaba bufando por una calle cercana. El tipo utilizaba un léxico más complejo que lo esperable de su facha; la pelambre ocultaba facciones desgastadas pero alguna vez bien atendidas y el nombre de Ceaucescu en ese contexto era como un objeto obsceno.

 

–¿Qué es lo de Ceaucescu?

 

–Rumania, el fusilamiento en Timisoara. ¿Sabe de qué le hablo?

 

Quedé en desventaja. Comenté que recordaba vagamente haber visto algo en la televisión...

 

–Cuando lo fusilaron nos liquidaron.

 

–¿A quiénes?

 

–A los poseedores de títulos de deuda, amigo, emitidos por el rey Carol.

 

Entonces comprendí: el tipo estaba loco, por el alcohol o por neuronas fundidas o lo que fuere, pero loco. La conclusión me dio tranquilidad. Gestos y discurso no eran agresivos; incluso la situación me divertía y decidí echar más leña al fuego:

 

–¿Usted dice Carol el cuánto? ¿Segundo, cuarto?

 

–¿Sabe, realmente, de qué estamos hablando? Dacia, Transilvania, los comunistas con Dimitrov en el país de al lado... A lo mejor usted es un ignorante, y no es su culpa, qué le va a hacer...

 

Esto era absurdo. No supe quién de entre nosotros era el burlador. Las referencias históricas no sonaban descabelladas; tampoco podía juzgar su exactitud. Jugué fuerte:

 

–Muy bien, adelante. Es más; le ofrezco diez pesos por el cuento.

 

–Estimado contertulio: diez pesos son menos de treinta centavos de euro según la cotización del día. Mejore su oferta, por favor.

 

Me negué; amenazó con marcharse; regateamos; transé en cincuenta pesos. Después de todo, la suma no alcanzaba ni para una entrada de cine. Estaba bien invertida.

 

–Los títulos de deuda pública del rey Carol no valían ni el material en que estaban impresos; compré por casi nada. Cuando cayera Ceacescu, el nuevo gobierno pagaría esa deuda y el Fondo Monetario hubiese soltado millones directo a mis bolsillos.

 

–Especular con deudas sale siempre mal.

 

–¿Quién le dijo? Hasta la deuda de Haití está en venta. ¿Qué pasó con la deuda de Irak, la de Saddam? ¿Se enteró?

 

–Debo reconocer que no tengo la menor idea.

 

–Usted no consulta la prensa con la atención debida. Son 50 mangos más...

–¡Es una estafa! Le doy 20.

–Señor, usted ignora con qué clase de negociador está hablando: no haga el ridículo.

 

Después de todo, un billete menos no era una catástrofe. Estaba colaborando con la literatura en su vertiente oral, entregaba una ayuda solidaria a un semejante en situación de calle y me moría de curiosidad ante esa historia tan loca. Acepté el trato, qué iba a hacer...

 

–Quienes compraron las obligaciones estatales de Saddam –explicó– ganaron el 100 por ciento. Los estadounidenses obligaron al Estado ocupado y al gobierno títere a reconocer esa deuda y punto; fue un negocio redondo. Mejor todavía salió la cosa con los bonos de Bosnia: parecían un clavo remachado, pero han duplicado ganancias cada año desde 2002. No hay como una buena guerra, capital ocioso y nervios de acero.

 

–Usted parece saber mucho. ¿Dónde invertiría hoy?

 

El hombre se rió. No era una risa sana; la dirigió a mí; me clavó los ojos:

 

–Suelte 200 mangos. Un consultor le cobraría fortunas por esto que le confiaré de puro bueno que soy.

 

–¿Y cómo sé que usted es serio?

 

–¿Y cómo lo sabe del consultor? Por 250 cerramos trato. ¿Cuánto tiene para invertir?

 

–No, yo... Curiosidad nada más, en realidad yo...

 

–Comprendo. Usted es el hombre de paja de algún capitalista de la economía negra: 400 pesos, entonces, y basta. Permítame comprar un par de botellas de buen cabernet y no ese líquido de oscuro origen que habita envases de cartón.

 

Tal cantidad de dinero seguramente emparejaba lo que yo tenía en el bolsillo, pero a lo mejor este tipo me quitaba una venda de los ojos y yo podía, quién sabe, de todos modos... Acepté. Dijo una sola palabra:

 

–Cuba.

 

–¿Cuba qué?

 

–Por favor, abóneme mis honorarios.

 

–Señor, esto es una extorsión.

 

–Tómelo como quiera.

 

Comprendí que protestar sería perder tiempo. Sin más dilación vacié mis bolsillos. Agradeció y dijo:

 

–Compre deuda cubana de la de antes de la revolución. Si Castro no sobrevive a sus líos de salud hay grandes perspectivas de que desde Miami le encajen a Cuba un nuevo gobierno y lo obliguen, como al de Irak, a pagar viejas deudas. Esa deuda hoy vale basura, pero puede ser una enorme fuente de riquezas. Seguro que ya la están comprando los chicos de Wall Street o los Chicago boys y ha subido el precio. Algunos diarios financieros europeos recomiendan hacer justo ese negocio.

 

Esto no podía ser cierto; tanto cinismo no cabe en el mundo y yo había pagado 400 pesos para escuchar puras abominaciones. Era tarde para protestar, pero... ¿el hombre me habría engañado? Dije en un balbuceo:

 

–Usted no tiene moral, ética, escrúpulos, convicciones...

 

–No, y capital tampoco, lamentablemente.

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 15 el 20 de setiembre 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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