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A. Acosta es Presidente de la Asamblea Constituyente
del Ecuador.

El presente texto es el prólogo al libro Integración
y comercio. Diccionario latinoamericano de términos y conceptos,
de Eduardo Gudynas y Mariela Buonomo, publicado por CLAES D3E. El
mismo está disponible gratis en Internet.
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“Formémonos una patria a toda costa
y todo lo demás será tolerable”
Simón Bolívar
El sueño de nuestros libertadores no puede ser vano. La idea de la unión
regional surgió justo en el momento de la separación de las metrópolis
dominantes, y que al poco tiempo se caracterizaría por una independencia
fragmentada y fragmentadora de las antiguas colonias. Fue un nacimiento
republicano doloroso y contradictorio. En lugar de permanecer unidos para
fortalecerse en el contexto internacional, nuestros países se dividieron
facilitando nuevas formas de dominación. Y desde entonces, el mensaje de unión
de nuestros libertadores apenas ha sido un texto ritual en cada encuentro
internacional.
Pero como no hay mal que dure por siempre, la América Latina de hoy nos trae
vientos nuevos y renovadores. Parece que se acerca el momento de superar falsos
fines, como aquel de conformar grandes mercados como sinónimo de integración.
Parece que se ha entendido que la integración requiere ciudadanos más que
consumidores. Desde la ciudadanía, mucho más que desde el negocio, se construirá
esa gran nación latinoamericana, vigorosa y solidaria para enfrentar los retos
de la globalización y para poder caminar con identidades y fortalezas propias.
Para avanzar en la integración de la región, que permita defender nuestros
intereses comunes en el concierto político mundial, es necesario conocernos e
incluso reconocernos desde perspectivas amplias y no sólo económicas. Los cada
vez más profundos y vertiginosos acuerdos comerciales, financieros y energéticos
en marcha deben acompañarse con lecturas políticas. En medio de la maraña de
acuerdos, convenios y tratados, atravesados a su vez por las siempre presentes
presiones imperiales del ideologizado “libre comercio”, nos falta hacer un
ejercicio de traducción y unificación de términos y conceptos. Nos falta
entender mejor de qué estamos hablando cuando discutimos sobre desarrollo e
integración. No se trata simplemente de enlistar definiciones aisladas en un
glosario. Más que eso, se requiere entender el contenido político de palabras
muchas veces conocidas, pero sobre todo manipuladas al antojo de las
circunstancias.
Este diccionario, entonces, como se plasma en su introducción, asume partido.
Enfoca especialmente la situación y los problemas de América Latina. Ofrece
visiones alternativas, confrontándolas con las concepciones convencionales. Es
una suerte de diccionario con vida, no una simple colección de definiciones
aisladas que sirven ocasionalmente para aclarar un punto independiente.
Impulsar la elección directa del Parlamento Latinoamericano (PARLATINO), en cada
uno de nuestros países, podría ser un buen paso político. Igual reflexión cabe
para las organizaciones latinoamericanas, como son CAN, MERCOSUR, UNASUR,
Tratado de Cooperación Amazónico. Sin embargo, no se trata de fortalecer
numéricamente estos organismos, muchos de los cuales se encuentran en una
profunda crisis y por lo tal deben ser repensados. La integración, para que sea
el motor del desarrollo, debe ser rediseñada íntegramente. No puede ser
impulsada desde la sola visión de estos organismos. No se trata de racionalizar
las actuales estructuras burocratizadas y de profundizar las mismas prácticas de
una integración que ha priorizado lo comercial dejando de lado lo social,
cultural, ambiental y sobre todo lo político. De ser preciso, uno o varios de
los organismos existentes deberían desaparecer para dar paso a nuevas
estructuras e instituciones verdaderamente integracionistas.
La tarea pasa por priorizar como objetivo la unidad y la integración política
latinoamericana a partir de la convergencia de sus políticas económicas y
sociales, de la complementariedad de sus aparatos productivos y de la
solidaridad regional. No se tiene en mente la misma forma de integración
impulsada hasta ahora. Requerimos una integración diferente, autonómica,
sustentada en bases económicas, sociales, políticas y culturales a partir de las
diversas realidades ambientales existentes en la región. Hay que alentar la
constitución de soberanías regionales a partir de los ahora estrechos márgenes
nacionales.
De la misma manera, es preciso alentar mecanismos de negociación que reconozcan
la realidad del desarrollo desigual y las relaciones solidarias entre los socios
en vez de plantear una ficticia igualdad entre los países. El cuestionamiento a
un Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos no cierra las puertas
a otros tratados bilaterales o multilaterales, siempre que éstos no constituyan
la imposición de condiciones adversas al desarrollo nacional y regional. Nuestra
América debe multiplicar sus esfuerzos para insertarse activa e inteligentemente
en el mundo. La tarea es establecer vínculos con la mayor cantidad de economías
relevantes, tanto las vecinas, como con otras, por ejemplo China, India, en
Europa y, por cierto, hay que comerciar también con los EE.UU. Esto implica
buscar una sostenida diversificación e incluso sustitución de las exportaciones,
no depender de pocos mercados y menos aún de uno solo. El comercio debe
orientarse y regularse desde la lógica social y ambiental, no exclusivamente
desde la lógica de acumulación del capital; así, por ejemplo, el comercio
exterior no puede poner en riesgo la soberanía alimentaria, la soberanía
energética y el empleo.
En lugar de quitar poder al Estado, como ocurre con un TLC, se deberá
transformar de raíz y fortalecer el Estado nacional como actor del desarrollo.
La misma CEPAL, que ha terminado por alinearse a la mayoría de los
planteamientos del Consenso de Washington, considera que ya es hora de disminuir
el sesgo contra la inversión pública. Simultáneamente habrá que modernizar los
mercados como espacio de construcción social que requieren ser controlados y
normados por la misma sociedad y el Estado. También se tendrá que impulsar la
participación activa del poder ciudadano en el Estado y en los mercados, como
actor y controlador de los mismos.
Establecer reglas claras y estables para todos los inversionistas: extranjeros,
nacionales y el Estado mismo, es otra tarea urgente. Con la crítica al TLC con
los Estados Unidos no se está cerrando la puerta a la inversión extranjera que
contribuya al desarrollo. Tampoco se está aseverando que toda la inversión
nacional se ajusta a las necesidades de dicho desarrollo, pues, no podemos
ocultar, que parte importante de la pobreza y el atraso nacional se debe a una
sistema local de acumulación de capital rentístico, oligopólico e incluso
oligárquico, en el que no funcionan adecuadamente los mercados. La seguridad
jurídica debe ser para todos, incluyendo para las empresas estatales y por
cierto para las comunidades, no sólo para el capital extranjero. Y esto a partir
de la premisa de que el eje es el ser humano vinculado a la naturaleza por lo
cual deben respetarse los acuerdos y convenios internacionales debidamente
suscritos.
Uno de los mayores escollos de la integración ha sido su conceptualización como
un ejercicio económico, mayormente de tipo mercantil. Debemos superar lo que
Mario Palomo considera “el síndrome de los Picapiedras y los Supersónicos”. Es
decir, como afirma Mario Roberto Morales, “suponer que el consumismo es el
propósito de la vida, desde las cavernas hasta la era espacial”.
Por lo tanto, la integración no solo debe servir para relanzar una estrategia
exportadora de inspiración transnacional o para conseguir un simple acercamiento
a la economía norteamericana en medio de un proceso de reordenamiento
geopolítico complejo, cuyo resultado no está claro. La integración,
latinoamericanista tiene que apuntar a objetivos más amplios y profundos en un
esfuerzo concertado por vencer al subdesarrollo y fortalecer la democracia. Ya
es hora de pensar en la posibilidad de una supresión pacífica de las monedas
nacionales y en un acercamiento real de nuestras políticas económicas, tal como
sucede en Europa, como parte de una estrategia de cesión voluntaria de parte de
nuestras soberanías nacionales a cambio de la construcción de una soberanía
regional más amplia y eficiente. Hay que hacer posible el establecimiento y la
vigencia de esquemas de acumulación y reproducción nacionales y regionales que
se sustenten en una mayor participación ciudadana y que excluyan los regímenes
autoritarios y represivos, que superen los dogmas y contradicciones
neoliberales, para lo cual se tendrá que avanzar en las transformaciones
económicas, sociales y políticas que cada sociedad requiere.
A nivel del desarrollo local-territorial, especialmente en las zonas fronterizas
o de su influencia, los efectos de la integración pueden causar transformaciones
profundas, en la medida que las poblaciones tradicionalmente marginadas no sean
simples espectadores de las grandes transacciones comerciales y financieras, u
objeto de políticas clientelares. Cómo transformar a estos grupos humanos,
respetando sus características, en actores de la integración, luego de haber
sido las principales víctimas socioeconómicas de enfrentamientos o ancestrales
olvidos de los poderes centrales, es uno de los desafíos planteados.
La tarea es eminentemente política. Pasa por rescatar la política y repolitizar
la sociedad, incluyendo la economía.
El presente texto es el prólogo al libro
"Integración y comercio. Diccionario latinoamericano de términos y
conceptos", de Eduardo Gudynas y Mariela Buonomo, publicado por CLAES D3E.
El mismo está disponible gratis en Internet.
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Reproducido en el semanario Peripecias Nº
88 el 12
de marzo de 2008. Se permite la reproducción del artículo siempre que se
mencione la fuente. |