Peripecias Nº 125 - 3 de diciembre de 2008

INTEGRACIÓN

 

Perú

 

El APEC, Alan García y la crisis

 

 

Nelson Manrique

 

 

 

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El desarrollo del Foro APEC que hoy concluye ha desplazado a un segundo plano, al menos temporalmente, los temas que han venido marcando la coyuntura nacional: los destapes en torno a la corrupción en el gobierno aprista, las cada vez más exasperadas movilizaciones populares, el incremento del costo de vida, etc. Es de reconocer el empeño puesto por el presidente García para que este evento tuviera el mayor impacto posible. Pero, como en tantas otras oportunidades, su incontrolable verbo termina siendo su talón de Aquiles. Los temas con que asombró al mundo están resumidos en declaraciones que prestó al diario El Comercio (“Alan García mira al 2016: ‘Me gustaría ser presidente del Perú por tercera vez’”, El Comercio, 20 de noviembre de 2008).

 

Según Alan García, el APEC debía ser “la oportunidad de analizar las razones de esta crisis de una manera que el G-20 reunido en Washington no ha hecho ... En el G-20 no ha habido un consenso para comprender que esta es una crisis de crecimiento. Es un relanzamiento del mercado. Es una crisis de riqueza mundial. Jamás ha tenido el mundo en los bancos tantos recursos financieros como hoy”. Esta conclusión es de su estricta cosecha personal, como modestamente lo subraya: “Creo que el G-20 en Washington, y a pesar de todos sus grandes pensadores, no ha logrado entender eso. El tema es administrar una crisis de crecimiento”.

 

Aparentemente el Dr. García no está enterado de que precisamente uno de los elementos fundamentales que caracteriza a la presente crisis es que una ingente cantidad de recursos financieros se acumulan en poder de los bancos y no tienen cómo colocarse rentablemente, debido a la recesión del sistema productivo que está en marcha. Que los bancos tengan tantos recursos financieros no es la solución, sino el problema.

 

La especificidad de las crisis capitalistas

 

Las crisis en todos los sistemas productivos anteriores al capitalismo eran crisis de escasez: allí donde una sequía provocaba una caída de la producción agrícola, por ejemplo, sobrevenía una crisis. Pero las crisis capitalistas no son crisis de escasez sino de abundancia: el sistema se paraliza porque hay demasiada producción, y demasiado de todo.

 

¿Cómo puede provocar una crisis la sobreproducción? Esto es así porque en el capitalismo no basta con producir mercancías sino que éstas tienen que encontrar un comprador. Si soy un industrial del calzado, por ejemplo, luego de cada campaña productiva, para reiniciar el nuevo ciclo, necesito previamente vender los zapatos que he producido, para disponer de capital para iniciar la siguiente campaña. Si no consigo venderlos, se paralizará mi empresa.

 

A primera vista esto no debiera ser un problema, porque hay mucha gente en el mundo que necesita zapatos. Pero por desgracia el mercado sólo está formado por la demanda solvente: no por los descalzos, sino por quienes tienen dinero para comprar zapatos. Y si el mercado se satura y si no consigo vender mis zapatos, luego de agotar algunas alternativas temporales (por ejemplo producir correas, hasta que este nuevo sector se sature, y así sucesivamente, hasta que se sature toda la economía), me veré obligado a reducir mi producción. Esta alternativa agrava aún más la situación, porque obliga a despedir trabajadores, y cada nuevo desempleado es un consumidor menos, con lo que el mercado se contrae aun más, lo que agudiza la recesión y así sucesivamente, abriéndose el camino a la cadena de quiebras empresariales que el mundo comienza a ver. Sigue entonces una contracción violenta de los salarios, provocada porque una gran cantidad de desempleados buscando trabajo presionan hacia abajo el precio de la fuerza de trabajo, etc.

 

El resultado de esta dinámica se vio en 1929: millones de desempleados mendigando para comer (en Estados Unidos quienes han solicitado acogerse al seguro de desempleo hoy superan ya los 4 millones), miles de empresas quebradas (está sucediendo, y la situación sería mucho más grave si los neoliberales fueran consecuentes con su rollo y no recurrieran a que el Estado invierta billones de dólares para salvar empresas quebradas), una caída fatal de los precios de las materias primas (hoy el precio del zinc ha caído a la cuarta parte en dos años, en los últimos meses el precio del cobre ha caído a la mitad y el del petróleo a la tercera parte, etc.).

 

De esta manera, una crisis capitalista como la presente se manifiesta inicialmente a través de un exceso de capitales, que no encuentran dónde colocarse productivamente para generar utilidades. Prosigue después en forma de un exceso de producción (demasiadas mercancías), lo que a su vez obliga a despedir obreros (exceso de trabajadores). A medida que avanza la crisis las empresas que no tienen acceso a créditos para atender a sus demandas van quebrando (exceso de empresas). Y así hasta tocar fondo. Sólo después, luego de años de gran sufrimiento, es posible reiniciar un nuevo ciclo de expansión. Esta es la dinámica de una crisis de sobreproducción y así ha sido el capitalismo desde sus inicios. Es sólo la enorme ignorancia de los neoliberales en materia de historia lo que hace que les sorprenda semejante derrotero.

 

¿Es todo esto algo novedoso? En realidad son los conocimientos que debieran dominar los estudiantes de economía de los primeros grados. Por eso causa vergüenza ajena ver al presidente del Perú pontificando sobre temas que, siendo abogado de profesión, no está obligado a conocer, pero sobre los cuales debiera asesorarse, si es inevitable que hable en foros internacionales, y no puede aprovechar la extraordinaria oportunidad de guardar silencio.

 

Aparentemente Alan García no ha tenido mucho éxito en convencer a sus interlocutores de que un esplendoroso porvenir aguarda al capitalismo a la vuelta de la esquina, puesto que Japón, Alemania –y en general Europa– han optado por declararse oficialmente en crisis, el presidente de China ha dicho que el porvenir de la economía mundial es sombrío y en Estados Unidos la industria más emblemática, la automovilística, acaba de declarar formalmente que no puede sobrevivir si no viene el Estado a socorrerla (nuevamente, las utilidades son privadas, pero las pérdidas deben pagarlas todos los ciudadanos: el comunismo de los ricos).

 

Me confieso incompetente para evaluar estas declaraciones del presidente García: “Aquí tenemos dos tipos de personajes. Los nuevos conversos que gritan viva el libre mercado y que antes fueron mercantilistas. Y los otros son los que siempre han creído en el Estado. Lo que falta es fe y consistencia psicológica”. ¿Querrá evaluarlas Jorge Bruce?

 

Publicado en Espacio Compartido el 24 de noviembre de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 125 el 3 de diciembre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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