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El desarrollo del
Foro APEC que hoy concluye ha desplazado a un segundo plano, al menos
temporalmente, los temas que han venido marcando la coyuntura nacional: los
destapes en torno a la corrupción en el gobierno aprista, las cada vez más
exasperadas movilizaciones populares, el incremento del costo de vida, etc.
Es de reconocer el empeño puesto por el presidente García para que este
evento tuviera el mayor impacto posible. Pero, como en tantas otras
oportunidades, su incontrolable verbo termina siendo su talón de Aquiles.
Los temas con que asombró al mundo están resumidos en declaraciones que
prestó al diario El Comercio (“Alan García mira al 2016: ‘Me gustaría ser
presidente del Perú por tercera vez’”, El Comercio, 20 de noviembre de
2008).
Según Alan García, el APEC debía ser “la oportunidad de analizar las razones
de esta crisis de una manera que el G-20 reunido en Washington no ha hecho
... En el G-20 no ha habido un consenso para comprender que esta es una
crisis de crecimiento. Es un relanzamiento del mercado. Es una crisis de
riqueza mundial. Jamás ha tenido el mundo en los bancos tantos recursos
financieros como hoy”. Esta conclusión es de su estricta cosecha personal,
como modestamente lo subraya: “Creo que el G-20 en Washington, y a pesar de
todos sus grandes pensadores, no ha logrado entender eso. El tema es
administrar una crisis de crecimiento”.
Aparentemente el Dr. García no está enterado de que precisamente uno de los
elementos fundamentales que caracteriza a la presente crisis es que una
ingente cantidad de recursos financieros se acumulan en poder de los bancos
y no tienen cómo colocarse rentablemente, debido a la recesión del sistema
productivo que está en marcha. Que los bancos tengan tantos recursos
financieros no es la solución, sino el problema.
La especificidad de las crisis capitalistas
Las crisis en todos los sistemas productivos anteriores al capitalismo eran
crisis de escasez: allí donde una sequía provocaba una caída de la
producción agrícola, por ejemplo, sobrevenía una crisis. Pero las crisis
capitalistas no son crisis de escasez sino de abundancia: el sistema se
paraliza porque hay demasiada producción, y demasiado de todo.
¿Cómo puede provocar una crisis la sobreproducción? Esto es así porque en el
capitalismo no basta con producir mercancías sino que éstas tienen que
encontrar un comprador. Si soy un industrial del calzado, por ejemplo, luego
de cada campaña productiva, para reiniciar el nuevo ciclo, necesito
previamente vender los zapatos que he producido, para disponer de capital
para iniciar la siguiente campaña. Si no consigo venderlos, se paralizará mi
empresa.
A primera vista esto no debiera ser un problema, porque hay mucha gente en
el mundo que necesita zapatos. Pero por desgracia el mercado sólo está
formado por la demanda solvente: no por los descalzos, sino por quienes
tienen dinero para comprar zapatos. Y si el mercado se satura y si no
consigo vender mis zapatos, luego de agotar algunas alternativas temporales
(por ejemplo producir correas, hasta que este nuevo sector se sature, y así
sucesivamente, hasta que se sature toda la economía), me veré obligado a
reducir mi producción. Esta alternativa agrava aún más la situación, porque
obliga a despedir trabajadores, y cada nuevo desempleado es un consumidor
menos, con lo que el mercado se contrae aun más, lo que agudiza la recesión
y así sucesivamente, abriéndose el camino a la cadena de quiebras
empresariales que el mundo comienza a ver. Sigue entonces una contracción
violenta de los salarios, provocada porque una gran cantidad de desempleados
buscando trabajo presionan hacia abajo el precio de la fuerza de trabajo,
etc.
El resultado de esta dinámica se vio en 1929: millones de desempleados
mendigando para comer (en Estados Unidos quienes han solicitado acogerse al
seguro de desempleo hoy superan ya los 4 millones), miles de empresas
quebradas (está sucediendo, y la situación sería mucho más grave si los
neoliberales fueran consecuentes con su rollo y no recurrieran a que el
Estado invierta billones de dólares para salvar empresas quebradas), una
caída fatal de los precios de las materias primas (hoy el precio del zinc ha
caído a la cuarta parte en dos años, en los últimos meses el precio del
cobre ha caído a la mitad y el del petróleo a la tercera parte, etc.).
De esta manera, una crisis capitalista como la presente se manifiesta
inicialmente a través de un exceso de capitales, que no encuentran dónde
colocarse productivamente para generar utilidades. Prosigue después en forma
de un exceso de producción (demasiadas mercancías), lo que a su vez obliga a
despedir obreros (exceso de trabajadores). A medida que avanza la crisis las
empresas que no tienen acceso a créditos para atender a sus demandas van
quebrando (exceso de empresas). Y así hasta tocar fondo. Sólo después, luego
de años de gran sufrimiento, es posible reiniciar un nuevo ciclo de
expansión. Esta es la dinámica de una crisis de sobreproducción y así ha
sido el capitalismo desde sus inicios. Es sólo la enorme ignorancia de los
neoliberales en materia de historia lo que hace que les sorprenda semejante
derrotero.
¿Es todo esto algo novedoso? En realidad son los conocimientos que debieran
dominar los estudiantes de economía de los primeros grados. Por eso causa
vergüenza ajena ver al presidente del Perú pontificando sobre temas que,
siendo abogado de profesión, no está obligado a conocer, pero sobre los
cuales debiera asesorarse, si es inevitable que hable en foros
internacionales, y no puede aprovechar la extraordinaria oportunidad de
guardar silencio.
Aparentemente Alan García no ha tenido mucho éxito en convencer a sus
interlocutores de que un esplendoroso porvenir aguarda al capitalismo a la
vuelta de la esquina, puesto que Japón, Alemania –y en general Europa– han
optado por declararse oficialmente en crisis, el presidente de China ha
dicho que el porvenir de la economía mundial es sombrío y en Estados Unidos
la industria más emblemática, la automovilística, acaba de declarar
formalmente que no puede sobrevivir si no viene el Estado a socorrerla
(nuevamente, las utilidades son privadas, pero las pérdidas deben pagarlas
todos los ciudadanos: el comunismo de los ricos).
Me confieso incompetente para evaluar estas declaraciones del presidente
García: “Aquí tenemos dos tipos de personajes. Los nuevos conversos que
gritan viva el libre mercado y que antes fueron mercantilistas. Y los otros
son los que siempre han creído en el Estado. Lo que falta es fe y
consistencia psicológica”. ¿Querrá evaluarlas Jorge Bruce?
Publicado en
Espacio Compartido el 24 de noviembre de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 125 el
3 de
diciembre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |