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L. A. Estrella Faria es miembro de la Fundación de
Economía y Estadística (FEE) y profesor de la Universidad Federal do
Rio Grande do Sul (UFRGS) en Porto Alegre.
La versión completa de este artículo
fue publicada en la Revista del Sur No 166, julio-agosto 2006. Puede
descargarla en formato pdf de nuestro sitio sobre Integración Regional
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Si en el ámbito
regional el proceso de integración carece de un proyecto común de desarrollo
compartido de las naciones sudamericanas que le de un norte y una
perspectiva histórica, en los ámbitos bilaterales y en el multilateral la
coordinación entre países en desarrollo tiende a enfatizar los intereses en
torno a las exportaciones de productos primarios. Esa posición refuerza una
especialización regresiva y profundiza, en lugar de reducir, el abismo que
separa el grupo de países desarrollados de los dos demás.
Durante la mayor parte del siglo XX, Brasil se consideró a sí mismo el país
del futuro, un futuro de modernidad que tenía en la industria su motor
económico. El agotamiento del modelo primario exportador fue acompañado por
la Revolución de 1930, que promovió una serie de profundos cambios en la
sociedad brasileña. Un nuevo consenso económico se formó desde entonces,
cuya idea central era la industrialización como el camino para el
desarrollo.
Desafortunadamente, desde 1981 ese camino se agotó. Las tasas de crecimiento
cayeron a menos de una tercera parte de lo que habían estado en los cuarenta
años anteriores y el peso de la industria en el PIB se redujo. Pasados
veinticinco años de un cuadro de crisis en el cual, más allá del mal
desempeño de la estructura productiva, la inflación y el desequilibrio en la
balanza de pagos originado por la deuda externa generaran una circunstancia
de permanente estancamiento, donde la suba de las exportaciones aparece como
principal elemento de una mejora en el cuadro gris de la economía nacional.
Así, en el alba del nuevo siglo, las expectativas de crecimiento económico
están depositadas en el comercio exterior, principalmente de productos
primarios. Es como si el futuro se encontrase en el pasado.
En esta época, la sociedad brasileña se vio involucrada en el proceso
mundial de financiación capitalista, donde las altas finanzas pasaron a
ejercer una hegemonía sobre las estructuras del poder económico y político
en escala planetaria. Ese proceso tuvo su epicentro en el endeudamiento
externo y su contracara con la deuda pública. Por esto se ha consolidado la
ascensión del rentismo como condición fundamental de acumulación de riqueza
por parte de una oligarquía brasileña asociada al gran capital
internacional, propietarios de activos en el país o dueños de posiciones
acreedoras sobre el endeudamiento nacional. La acumulación rentista se hace
posible por una sorprendente capacidad de las estructuras productivas de
soportar el peso de esa transferencia de valor y por la no menos
sorprendente capacidad recaudatoria del Estado, que alcanzó a elevar la
carga tributaria de 28 a 36 por ciento del PIB entre 1994 y 2004 para hacer
frente a los costos de la deuda pública. La política monetaria
extremadamente amigable a las finanzas (intereses elevados, cambio libre,
baja tributación y débil reglamentación) atrajo inversionistas extranjeros
lo que, sumado a los buenos resultados del comercio exterior, mantiene la
estabilidad de las cuentas externas.
En los actuales escenarios de negociación comercial, se observa que en el
caso de la integración en América del Sur, todas las fuerzas sociales
involucradas en el tema la apoyan. Pero la integración aún está restringida
al comercio y materias relacionadas, pese a los notables avances en la
aproximación con sus vecinos, reflejado en la ampliación del número de
miembros asociados, el progreso de las negociaciones con la Comunidad Andina
o el ingreso de Venezuela al Mercosur como miembro pleno.
Su agenda está repleta de disputas sobre desequilibrios comerciales, pedidos
de salvaguardias y acusaciones de dumping y otras prácticas
desleales, que no son más que la música que acompaña el enlentecimiento de
los flujos de comercio. En las negociaciones intrarregionales, los
productores de bienes industrializados durables y no durables son los más
importantes grupos de intereses, con algunas intervenciones localizadas del
agronegocio, pues, para esos sectores, el mercado regional es un destino
prioritario de sus exportaciones.
En lo que respecta a las negociaciones en que el Mercosur está involucrado
como bloque, el tema del acceso a mercados para productos primarios es
predominante, lo que refleja la influencia del agronegocio en las posiciones
negociadoras. En Argentina ese sector es casi el único sobreviviente del
fundamentalismo neoliberal que llevó a ese país a la devastadora crisis de
2001.
Si bien la estructura institucional del Tratado de Asunción permite la
participación de la sociedad civil en la definición de las agendas y
proposiciones en todas las fases del proceso de integración, la presencia de
representaciones del campo popular ha sido poco efectiva, en la medida en
que la agenda ha estado ocupada por los temas comerciales y los asuntos de
mayor interés de esos sectores, como la libre circulación de los
trabajadores, han avanzado muy poco en virtud del insuficiente desarrollo
institucional del Mercosur.
Se lega así a una situación donde el triunfo del neoliberalismo no solo ha
consolidado la alta finanza como grupo hegemónico de las clases dominantes,
sino que también erosionó el compromiso del gran capital del sector
productivo con cualquier proyecto de desarrollo nacional. La fracción
superior de lo que otrora se ha llamado burguesía nacional está resignada a
un papel secundario, esperando que las inversiones extranjeras lideren sus
movimientos. Con respecto al comercio exterior, la posición de esa nueva
correlación de fuerzas suena como el eco de la vieja concepción ricardiana
de las ventajas comparativas del agronegocio y de las exportaciones de
bienes industriales estandardizados.
Si en el ámbito regional el proceso de integración carece de un proyecto
común de desarrollo compartido de las naciones sudamericanas que le dé un
norte y una perspectiva histórica, en los ámbitos bilaterales y en el
multilateral la coordinación entre países en desarrollo tiende a enfatizar
los intereses en torno a las exportaciones de productos primarios. Esa
posición refuerza una especialización regresiva y profundiza, en lugar de
reducir, el abismo que separa el grupo de países desarrollados de los demás.
Incluso la inclusión de tópicos como los textiles o la siderurgia no cambia
mucho este esquema, pues no ayuda a reducir esas distancias. La prevalencia
de esas posiciones representa, de hecho, una repetición del pasado primario
exportador de América del Sur, lo que, para quien ya cumplió diversas etapas
de su industrialización, apunta para el regreso de lo que un día fue el
futuro.
Para países pobres o de ingreso intermedio, desarrollo significa
diversificación económica, lo que todavía quiere decir industrialización,
acceso a nuevas tecnologías y por lo tanto lo opuesto del aprovechamiento de
ventajas comparativas. Eso está escrito en el Tratado de Asunción bajo la
forma del principio del equilibrio y que torna concreta la idea de que, en
las relaciones internacionales, nuestro norte es el Sur.
Este artículo es un resumen de la presentación
ofrecida en el Taller de Capacitación sobre Comercio, Integración y
Desarrollo Sostenible en América del Sur, organizado por CLAES en abril de
2006.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
8 el 2 de agosto 2006. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones. |