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John Howland Rowe
(1918-2004), Doctor en Historia y Antropología de América Latina en la
Universidad de Harvard. Profesor de la Universidad de Berkeley desde
1948 y profesor honorario de Popayán, del Cuzco, de la Universidad
Brown y de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Peruanista de
reconocida trayectoria, tiene numerosas publicaciones sobre la
arqueología, cronología y etnohistoria de los Andes Centrales.
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A raíz del reciente fallecimiento del antropólogo John V.
Murra reproducimos, a modo de homenaje, una entrevista realizada por otra
figura de la disciplina, también fallecida, el profesor John Howland Rowe.
John Murra es un antropólogo que ha dedicado gran parte de su carrera
profesional al estudio de la etnología histórica de los incas y de otros
pueblos andinos de Ecuador, Perú y Bolivia, mediante la utilización de
fuentes y métodos históricos. En el transcurso de su quehacer científico ha
editado una serie de documentos de la mayor importancia e interés para los
historiadores, ha realizado una cantidad sustancial de trabajo de archivo y
ha tratado más que nadie de acercar a historiadores y antropólogos de tres
continentes y de mantener el diálogo entre ellos. Lo que ha incentivado su
investigación de archivo es la convicción de que para
lograr un mayor conocimiento de la etnología histórica andina es menester
encontrar nuevas fuentes. Siempre ha prestado especial atención a los
problemas de orden económico. Lo que a Murra le interesa es averiguar cómo
funcionaba el Estado inca, u otra organización política andina, en los años
inmediatamente anteriores a 1532, particularmente en el campo económico.
Para esta labor, ha dependido de documentos históricos. Me he referido a lo
que él hace como "etnología histórica". Su hipótesis sobre el "archipiélago
vertical" ha estimulado la investigación y la discusión entre estudiosos
interesados en los Andes comprendidos entre Ecuador y Bolivia.
En 1963, Murra recibió una importante subvención de la National Science
Foundation para un proyecto de tres años que buscaba suministrar contexto
antropológico a la visita de Huánuco de 1562. Se trataba de conformar un
equipo de arqueólogos, etnólogos, un etnobotánico y otros especialistas, con
el fin de realizar investigaciones en la zona descrita por la visita. Según
Murra, los proyectos anteriores habían surgido del interés de arqueólogos o
etnógrafos en regiones específicas, y la búsqueda de documentos históricos
referentes a ellas se realizaba con posterioridad. Debido a la irregular
preservación de los documentos históricos, era frecuente que hubiera pocos
documentos disponibles para la zona escogida. La visita de Huánuco ofrecía
una oportunidad, posiblemente única en el Perú, para organizar un proyecto
de investigación regional en el que la documentación histórica, o al menos
la parte de ésta que interesaba a Murra, ya estaba a la mano. Para los
historiadores, el aspecto más importante del proyecto era la publicación de
una nueva y asequible edición de la visita y la acumulación de información
contextual para ella.
Después de concluir el proyecto de Huánuco, en 1966-1967, Murra fue becario
posdoctoral de la National Academy of Sciences destacado ante la Smithsonian
Institution. En 1968 fue nombrado profesor de antropología en la Universidad
de Cornell, puesto que ocupó hasta su jubilación, en 1982. Su incansable
búsqueda de nuevos contactos personales y de estímulo intelectual lo llevó a
servir como profesor visitante en Yale entre 1961 y 1963; como investigador
del Instituto para Estudios Avanzados de Princeton entre 1974 y 1975; como
profesor en Francia en Nanterre y París entre 1975 y 1976,
y en el Instituto
Nacional de Antropología e Historia de México en la primavera de 1977; entre
1978 y 1979 pasó su año sabático trabajando en el Archivo de Indias de
Sevilla y en la primavera de 1980 adelantó investigaciones de tiempo
completo en Lima, mientras que en la de 1981 fue profesor visitante en John
Hopkins.
La jubilación de Murra no ha resultado en una disminución de sus actividades
académicas. En 1982 y 1983 fue consultor del Banco Nacional de Bolivia,
comisionado de tiempo completo en el Museo Nacional de Etnografía de la Paz,
y de 1983 a 1984 fue becario Guggenheim.
En 1969, Murra fue seleccionado para dictar la conferencia en honor de Lewis
Henry Morgan en la Universidad de Rochester y ha desempeñado la presidencia
de la American Society of Ethnohistory (1970-1971), de la American
Ethnological Society (1972-1973) y del Institute of Andean Research de Nueva
York (desde 1977). Actualmente colabora con los consejos editoriales de
Histórica de Lima; Historia Boliviana, de Cochabamba; Changara de Arica, y
HAHR.
Antecedentes
[ Nota de Peripecias: los siguientes párrafos son escritos
por Murra, luego de ellos se ofrece la entrevista realizada por Rowe ]
En Rumania, donde nací, las vocaciones literarias gozaban de gran aprecio
entre mis compañeros; leíamos mínimo en dos idiomas: rumano y francés. A los
diecisiete, cuando ni se me había ocurrido que alguna vez visitaría este
país, ya traducía la trilogía U.S.A. de John Dos Passos. A los quince ya
tenía trabajo fijo como aprendiz para las páginas deportivas de un diario.
Al terminar mi educación secundaria tenía mi propia columna y hasta algo de
salario. El convertirme en cronista deportivo adulto era aceptable para mí,
pero no para mis mayores. Si la oportunidad de asistir a la Universidad de
Chicago (de lo que hablaré más adelante) no se hubiera presentado,
seguramente me habría transado, como lo hicieron muchos de mis compañeros,
por estudiar en la escuela de leyes, a la que, en la Rumania de antes de la
guerra, se ingresaba directamente después de la secundaria, como se hace
hoy día en hispanoamérica.
A la postre, nunca estudié en una universidad rumana. En
mi último año de liceo fui expulsado por pertenecer a las juventudes de la
socialdemocracia,
una organización legal. Finalmente me presenté a los exámenes nacionales
para mi bachillerato como estudiante particular. Mientras tanto, primero en
Rumania y luego en Croacia, mi padre me consiguió trabajo como aprendiz en
fábricas de papel. Él creció en un orfanato y a la edad de doce años ya
había comenzado a trabajar; aunque nunca realizada, su fantasía perenne fue
la de convertirse en el primer fabricante de papel para cigarrillos del
país. Yo estaba destinado a ser su técnico.
El trabajo en las fábricas de papel fue una importante experiencia
educativa; me gusta pensar que me preparó para el trabajo de campo
etnográfico. Conocí la primera generación de trabajadores industriales
balcánicos, quienes, en su mayoría, eran campesinos serranos arrancados de
sus fincas. En Croacia trabajaban turnos de doce horas con descansos de
veinticuatro, lo que les permitía contar con luz solar para atender sus
cultivos, día de por medio. En ambas naciones era cosa de rutina que mis
compañeros de trabajo me invitaran a sus casas, donde la conversación giraba
alrededor de los cultivos, las ceremonias de cosecha, la reforma agraria de
1918. También conocían los sindicatos, legales en Rumania y clandestinos en
Croacia. En Rumania todos los obreros eran varones; en Croacia, país al que
yo veía como "europeo", también las mujeres trabajaban en las plantas.
El señalar tales diferencias parecía tan natural como la permanente
conciencia de la etnicidad: los serbios y los croatas podían hablar el mismo
idioma, pero mis compañeros de trabajo constantemente insistían sobre las
diferencias. La brecha étnica entre ellos era tan amplia, que no recuerdo
situación alguna en la que fuese pasada por alto. Sin embargo, de hecho, se
me había preparado desde la infancia para advertir tales diferencias. Sólo
las mujeres gitanas vendían maíz y nadie más cargaba bultos sobre la cabeza;
el yogur llegaba a casa todas las tardes y sólo los búlgaros lo repartían;
los dulces eran hechos por sajones o griegos. Los húngaros de mi edad
hablaban rumano con frecuencia, pero ninguno de los rumanos que conocía
admitía saber húngaro, a pesar de que entre nosotros vivían tres millones de
hablantes nativos de esa lengua. A los dieciocho yo no tenía ni idea de que
el clasificar tales diferencias podía ser una ocupación, que uno podía
ganarse la vida observando la diversidad étnica.
También resultaron aleccionadoras algunas breves detenciones entre 1933 y
1934: los prisioneros se segregaban, no sólo por grupo étnico, sino también
por credo político. Decenios más tarde, la novela carcelaria de José María
Arguedas El sexto me pareció conmovedoramente familiar. El ascenso de Hitler
al poder estimuló a la Guardia de Hierro rumana a exigir "pureza racial": se
oían muchas versiones de lo que esto podía significar en un país tan
multiétnico. Una vez pasé un mes en una cárcel de provincia, donde yo era el
único "rojo" entre unos veinticinco miembros de la Guardia de Hierro que
acababan de asesinar al primer ministro. Me escapé de algunas de las palizas
que se me venían encima cuando se supo que yo era experto en jugadores y
tácticas de fútbol.
Inesperadamente, y sin que yo tuviera nada que ver con ello, todo esto
terminó en diciembre de 1934, cuando me fui a Chicago para asistir a la
Universidad de Robert Maynard Hutchins. El hermano de mi padre, un virtuoso
del contrabajo, había venido a los Estados Unidos diez años antes como
integrante de una banda gitana y había terminado por pertenecer a la
Sinfónica de Chicago. Al leer en el Chicago Tribune de lo radical que se
había vuelto la universidad bajo la dirección del señor Hutchins, mi tío
decidió que este era el lugar preciso para un joven inquieto. En 1934, dadas
las circunstancias, habría ido a cualquier parte, ya que no había ningún
lugar en particular en el que deseara estar. Todo lo que sabía era que el
estudio de la química del papel en Grenoble, la preferencia de mi padre, no
constituía una posibilidad real. Así que la decisión fue por Chicago.
La investigación académica es una actividad que nunca tomé en cuenta con
anterioridad a 1935: antes de venir a la Universidad de Chicago no había
tenido noticia de nadie dedicado a ella. Seguramente sabía que tal labor
existía en el mundo adulto cercano a mí, pero en Rumania, único país que
conocía, una carrera académica no había descollado como opción.
Me fui inclinado hacia las ciencias sociales, de cuya existencia misma más
allá del marxismo tenía sólo una vaga idea; tanto la antropología como la
historia eran materias obligatorias para los estudiantes de tercer año,
nivel en el que se me situó en la universidad debido a mi baccalauréat de
estilo francés. Pensaba que los cursos exigidos eran lentos y aburridos; mi
promedio de notas en la universidad fue sistemáticamente una humilde C. Pero
el alcance comparativo mundial de la antropología fue una revelación; tal
como la enseñaba el doctor Fay-Cooper Cole, especialista en etnología
filipina, nunca perdía su dimensión histórica. Cole había estudiado con
Franz Boas y había creado un departamento de antropología en Chicago, al que
traía diversidad de personajes tales como Edward Sapir, de Ottawa, en
lingüística, y A. R. Radcliffe-Brown, de Australia, en antropología social.
En el doctor Cole admiraba al hombre y al organizador; por intermedio de él
conocí una clase de estadounidense del medio oeste, cuya integridad y
equidad intelectual no tenían antecedentes en mi experiencia. Mirando hacia
atrás, otro hombre que desempeñó un papel decisivo en mi determinación de
hacerme antropólogo profesional fue el arqueólogo de la Florida Charles H.
Fairbanks, quien más tarde organizó esta disciplina en su estado natal.
Sin embargo, gran parte de su influencia quedó en el subconsciente incluso
después de graduarme en junio de 1936, poco antes de cumplir los veinte
años. Ese año, nada en la vida académica podía compararse con las exigencias
de la política. En el otoño, cuando en las universidades de la nación se
inició el reclutamiento para formar una brigada internacional que fuera a la
guerra civil española, estaba preparado para enrolarme. Y es justo lo que
hice, y fue así como aprendí castellano y cómo llegué a convertirme en
estudioso del mundo andino.
Tres años más tarde, cuando logré regresar a la Universidad de Chicago, mi
interés en la política se estaba desvaneciendo. Pocas experiencias pueden
ser más benéficas que la participación en una guerra civil moderna para
explorar las realidades del centralismo "democrático" o la presión ejercida
por los lazos nacionales y étnicos sobre la posición de clase. Como miembro
polígloto, aunque subalterno, de la plana mayor de las brigadas
internacionales en Albacete, fui testigo de cómo las decisiones que
afectaban a miles de personas las tomaban gente que no era española y cuyo
rango y autoridad venía de fuera de la República, de sus respectivos comités
centrales. Si bien es cierto que en el frente los líderes militares eran
frecuentemente promovidos en el campo de batalla y que algunos eran
excelentes comandantes, los de la contraparte política eran abrumadoramente
incompetentes. De los comisarios británicos, canadienses y estadounidenses a
quienes serví durante el primer año de la guerra, sólo retengo a uno en la
memoria como capaz de llevar a cabo sus funciones especializadas: Steve
Nelson, croata de Pensilvania, cuya autobiografía demasiado desteñida y
defensiva, con pretensiones de "historia oral", fue publicada hace algunos
años. Se merece algo mejor.
Lo ganado en los dos años de participación en el estado mayor y en la línea
de combate (1937-1938) fue una valoración, compartida por pocos académicos,
del talento que implica la destreza militar y una permanente admiración por
el pueblo español; de haber triunfado la República, dudo que hubiera
regresado a los Estados Unidos.
Hacia noviembre de 1938, la mayoría de los extranjeros que estaban de
nuestro lado y que provenían de países democráticos fueron repatriados; sin
embargo, el mayor número de voluntarios era de ciudadanos de regímenes
dictatoriales de Europa Oriental, los Balcanes, Italia y Alemania. No se nos
admitió en Francia hasta febrero de 1939 y fuimos entonces encerrados tras
alambradas de púa en las playas al este de Perpiñan.
Después de unos seis meses en varios campos, logré regresar a Chicago. La
antropología emergió ahora como algo más que un pasatiempo; tenía un nuevo
viso, debido especialmente a que el doctor Cole me había dado la bienvenida.
Entonces me parecía que se ocupaba en alternativas humanas fundamentales que
en mi anterior activismo no había analizado a fondo. Periódicamente desde
entonces, hace más de cuarenta y cinco años, he redescubierto esta
trascendencia y siempre es una experiencia mágica y vigorizante.
¿Cómo se inició su interés por la etnohistoria?
Cuando yo era estudiante de postgrado en Chicago, no veíamos la etnohistoria
como subdivisión institucional de la antropología, aunque mucha gente en los
Estados Unidos la practicaba. En la década del treinta, Fay-Cooper Cole
había iniciado un estudio sobre los indios Illinois y uno se podía ganar la
increíble cantidad de un dólar la hora si era capaz de leer y evaluar
relatos franceses sobre los aborígenes del estado. A pesar de que algunos de
mis profesores en Chicago consideraban que el interesarse por la historia de
poblaciones ágrafas era un ejercicio perdido, normalmente enfocado a validar
prioridades o intereses étnicos muy posteriores. Fay-Cooper Cole, Fred Eggan,
otro de mis profesores, y yo no nos desanimamos por ello.
A principios de la década del cuarenta considerábamos que nuestro trabajo
era esencialmente histórico, aunque se practicara independientemente de los
departamentos de historia existentes. Cualquier información sobre los otoes,
los illinois o los shawnees y, más allá de nuestro territorio, acerca de
cualquier grupo étnico ágrafo del mundo era bienvenida. Para el estado de
Illinois esta información se podía conseguir mediante excavaciones o
escudriñando los setenta tomos de las Relations des Jésuites
(1). En anterior
oportunidad, cuando estudiaba la etnología de las Filipinas, Cole hizo uso
de la arqueología, los relatos tempranos de testigos españoles y la
comparación de grupos étnicos que aún vivían en las tierras altas de ese
archipiélago. En los Estados Unidos la antropología surgió de un interés por
pueblos como los illinois o los igorotes y no de un compromiso con un
propósito académico en particular.
En 1943, Wendell C. Bennett, quien estaba entonces en Yale, encargó dos
artículos sobre los grupos indígenas del Ecuador para el Handbook of
Southamerican Indians. Donald Collier preparó el referente a la arqueología
de los Andes del norte; él había dirigido un estudio en la región el año
anterior. A mí se me solicitó analizar los relatos tempranos de testigos
europeos relacionados con la misma zona periférica de los Andes. Esta fue mi
primera incursión en la etnohistoria andina, emprendida cuando sólo tenía un
conocimiento mínimo de las fuentes. Con el tiempo Bennett se convirtió en mi
otro maestro que, aunque extraoficial, compartía mi interés por los Andes y,
de alguna forma, comprendí que yo disfrutaría descifrando la escritura de
los observadores del siglo XVI. Al igual que Cole, de quien había sido
alumno diez años antes, Bennett recibía con beneplácito cualquier
información sobre su región, bien fuera ésta arqueológica, histórica o de
etnografía contemporánea.
Estas fuentes las leí en la Biblioteca del Congreso, en Washington, donde
tuve la suerte de conocer a José Antonio Arze, el investigador boliviano, y
a Alfred Métraux, el inspirador del Handbook y en muchos sentidos su
redactor principal. Los tres reflexionábamos acerca de la organización
social y económica de los incas. Debatíamos sobre el "modo de producción"
que considerábamos había predominado en el Cusco antes de 1532, aunque a la
vez estábamos de acuerdo en que las fuentes disponibles eran
demasiado limitadas para permitir un veredicto confiable. Ninguno de
nosotros era "etnohistoriador", entrenados en países
muy diferentes, lo que nos unía era nuestra dependencia de los relatos
administrativos y de testigos presenciales del siglo XVI. A la postre,
concluí que el Estado inca era feudal, idea que resultó ser falsa y que me
tomó hasta 1955 retirar formalmente.
¿Podría darnos una idea de la magnitud de sus viajes al exterior? ¿En el
campo de la etnohistoria, han existido vínculos con el extranjero de
particular importancia para usted?
Si no contamos como "viaje" mi emigración a los Estados Unidos ni mi
servicio militar en España, el viaje decisivo fue la ida al Ecuador en 1941
como asistente de Donald Collier del Field Museum. El propósito del viaje
era un estudio arqueológico; Collier ya había realizado investigaciones en
los Andes y su objetivo era explorar los límites septentrionales del
Horizonte Chavín Temprano (algunos siglos antes de Cristo).
Este propósito inicial debió ser abandonado cuando el ejército peruano
invadió el sur del Ecuador ese año, pero nos reacomodamos rápidamente: había
mucho por hacer y la entidad que nos auspiciaba, el Institute of Andean
Research, estuvo de acuerdo. Mientras buscábamos supuestas influencias mayas
en los Andes del norte, aprendí a montar a caballo y a dudar de mi vocación
como arqueólogo. También descubrí que mis conocimientos sobre la estructura
social balcánica eran útiles en Hispanoamérica. La consecuencia más
importante de mi trabajo de campo en el Ecuador fue mi descubrimiento de la
civilización andina como logro humano fundamental, y de mi interés por
estudiarla y, además, en ser su partidario.
Poco después de regresar de Cañar y Quito se me pidió dictar clases en
reemplazo de personas que se habían ido a la guerra (las heridas recibidas
en España me habían dejado por fuera de la segunda guerra mundial). Disfruté
la repentina responsabilidad, particularmente debido a que el doctor Cole (y
Chicago) me dio amplia libertad respecto a la manera de hacerlo. Cuando la
guerra terminó, la SSRC me otorgó una beca para regresar a los Andes, esta
vez como etnólogo, a investigar sobre la "anómala" historia del éxito
económico de los campesinos andinos de siete parcialidades en los
alrededores de la ciudad de Otavalo.
Cuando estaba listo para partir, descubrí que el gobierno de los Estados
Unidos no me dejaría viajar y que el departamento de Justicia no permitiría
mi nacionalización. La guerra civil española y anteriores asociaciones
obstaculizaban mi expediente. Mi solicitud fue rechazada en varias
ocasiones; incluso después que la Corte de Circuito Federal dispuso mi
nacionalización en 1950, el departamento de Estado retuvo mi pasaporte hasta
1956. Así que mi regreso a los Andes se demoró y algunos buenos años de
trabajo de campo se perdieron.
Sin embargo, esto me llevó a un interludio en el Caribe: algunos años como
docente en la Universidad de Puerto Rico, cuando esa institución empezó a
ofrecer sus cursos en castellano, más varias temporadas de campo en
vacaciones de verano en otros lugares del Caribe, especialmente Jamaica y
Martinica. Todo esto fue agradable, además de instructivo, pero todo el
tiempo supe que pertenecía a los Andes. En 1958 comencé a trabajar en los
archivos del Cusco, mientras disfrutaba de un año sabático otorgado por
Vassar College, donde había sido nombrado en 1950. Durante los últimos
veinticinco años he buscado documentación andina en los archivos de Sucre,
Sevilla, Buenos Aires, Lima y Madrid. Me propongo continuar.
Fue entre 1958 y 1959 cuando conocí a mis primeros colegas andinos después
de J. A. Arze. Don Luis Valcárcel, cuyas Memorias fueron publicadas
recientemente en Lima, fue el primero en utilizar el término etnohistoria
para describir el estudio de los relatos de testigos presenciales del siglo
XVI sobre la invasión europea. El descubrió estas fuentes en el primer
decenio del siglo, en la Universidad del Cusco, y pasó una vida entera
estudiándolas y redactando ediciones mejoradas de algunas crónicas. Otra de
las personas que conocí fue doña María Rostoworowski, la investigadora
andina más imaginativa en el uso de documentos etnohistóricos: hasta sus
trabajos más tempranos están llenos de ideas que permanecen
insuficientemente exploradas. En 1960, traté de atraer la atención del mundo
académico de los Estados Unidos hacia su trabajo, mediante la traducción y
publicación en el Southwestern Journal of Anthropology de un artículo con su
explicación del incesto real entre los incas; no tuvo ningún eco en este
país. Desde entonces, ella se ha concentrado en la historia de grupos
étnicos de la costa andina y lo ha hecho sumamente bien. Finalmente, me
gustaría llamar la atención sobre el trabajo de Emilio Choy, cuya
familiaridad con las fuentes e implacable cuestionamiento al que las sometió
fue todo un descubrimiento. Pudimos estar en desacuerdo sobre la
interpretación de las fuentes (Choy estaba convencido de que el modo de
producción del Tahuantinsuyu era esclavista), pero su conocimiento de la
información empírica era de primera.
Entre los muchos lugares que ha visitado, ¿cuál le ha producido la mayor
impresión estética?
Indudablemente, el macizo andino y la puna en toda su majestuosidad. Los he
cruzado y vuelto a cruzar durante cuarenta años, pero nunca han perdido su
poder para deslumbrarme.
Aunque me pregunto si este deslumbramiento será una "impresión estética".
Cuando contemplo el paisaje andino, siempre pienso en el reto que éste
imponía al hombre andino y en su habilidad para lograr una densa población y
una alta productividad en circunstancias físicas tan extremas. Así que es
posible que la categoría "estética" no sea la adecuada y, en ese caso, no
tengo respuesta alguna para su pregunta.
¿Ha habido escritores en particular –filosóficos,
histórico-filosóficos o incluso literarios– que lo
hayan influido considerablemente?
En mi juventud y durante la década del cuarenta, el marxismo
fue la metodología que más me ayudó. De ahí la preocupación por adivinar el
"modo de producción" correcto para describir a los incas que alimentó el
debate entre Arze, Métraux y yo en 1943. Diez años más tarde rectifiqué
formalmente la caracterización de "feudal" que había propuesto en el
Handbook. No lo hice porque tuviera información adicional que me alentara a
cambiar de manera de pensar, sino porque el problema en sí, la idea misma de
meter en cajón de sastre a las sociedades preindustriales de todo el mundo,
de forzarlas dentro del limitado conjunto de posibilidades humanas propuesto
por Friedrich Engels, se había vuelto improductiva.
La ruta que tomé implicó dos caminos diferentes: mi participación en la
guerra española me 'había distanciado de la ortodoxia estalinista, pero más
importante aún fue mi descubrimiento de las grandes monografías de los
antropólogos sociales británicos. Me encontré con estudios de campo de
reinos africanos que fueron invadidos y vencidos hacia finales del siglo XIX,
por lo que las tradiciones orales y las ideologías del pasado preeuropeo aún
eran vividas como fuerza real. Los trabajos de E. E. Evans-Prichard sobre
los azandes, de Rattray, Danquah y Fortes sobre los ashantis, y de Max
Gluckman sobre los barotses y los zulúes, fueron todo un descubrimiento.
Nadie había enseñado este material en Chicago desde que Radcliffe-Brown se
retiró en 1937, así que en 1944 le sugerí al doctor Cole la posibilidad de
ofrecer tal curso. Yo nunca había estado en África pero me hallaba
convencido de que, una vez terminada la guerra, los estudios africanos
cobrarían mayor importancia para los pueblos implicados y también para
efectos comparativos. Si uno quería entender las organizaciones sociales
precapitalistas ágrafas del mundo entero, motivación de mi estudio sobre el
Estado inca, era necesario plantearse nuevas preguntas y tener en cuenta la
nueva información de fuera del continente americano.
Nunca he trabajado tan duro como cuando preparé mi primer curso de
"etnología africana" y pocos han sido los esfuerzos que me han dado tanta
satisfacción. Desde entonces lo he dictado en la Universidad de San Marcos,
en Lima, en la Universidad de Puerto Rico y en la Universidad de París-X (Nanterre),
como también en Vassar College, en la Universidad de Columbia y en la New
School for Social Research. No me volví africanista, en un sentido
profesional, pero me he mantenido al día con los Cahiers d'Etudes Africaines
y el Journal of African History, y con el trabajo de Jan Vansina o Kwame
Arhin, Paul y Laura Bohannan, Françoise Heritier e Ivor Wilks.
En algunos círculos antropológicos se oye con frecuencia el argumento de que
los antropólogos sociales británicos no se interesaban por la historia, ya
que provenían de una declarada perspectiva ahistórica. Me parecía que esto
no tenía ninguna importancia, dados los resultados, y que incluso no era
cierto en el caso de los estudios sobre los azandes de Evans-Prichard o
sobre los zulúes de Gluckman. Lo que Bronislaw Malinowski y Raymond Firth
lograron antes de 1940 fue un nuevo modelo para el trabajo etnográfico de
campo: se exigía un conocimiento de las lenguas vernáculas y un contacto
repetido con la gente estudiada.
En la década del treinta, dado lo reciente de la invasión europea, era
posible todavía encontrar personas que recordaban a los primeros europeos
que habían conocido. La política colonial había afectado, pero no eliminado,
las luchas por la sucesión real y las múltiples formas de acceso a la tierra
y a la energía humana. Los antropólogos informaron sobre tales asuntos, aun
cuando profesaban no estar interesados en "la historia". Me pareció que en
los trabajos de Melville J. Herskovits, Audrey Richards, Sigfried Nadel e
Isaac Schapera había material que me ayudaría en la búsqueda de
regularidades históricas. Los cambios desde la invasión europea habían sido,
sin duda, profundos, pero estos fueron frecuentemente manejados por la gente
local, en contextos locales, particularmente en las inmensas regiones de
África donde nunca hubo asentamientos europeos permanentes.
Algo que observé en ese entonces y que también considero pertinente es que
la generación de antropólogos entrenados o influidos por Malinowski en
Londres no incluía ni un sólo varón inglés: eran neozelandeses,
sudafricanos, centroeuropeos, e incluso estadounidenses. Un buen porcentaje
estaba constituido por mujeres y judíos. Lo que ellos lograron estableció un
nuevo y muy alto nivel para el trabajo de campo, que luego habría de
convertirse en modelo para el resto del mundo.
Estaba dispuesto entonces, y aún lo estoy, a aceptar aproximadamente una
generación más de posturas ahistóricas en la antropología, si los resultados
se fundamentan en un trabajo de campo concienzudo y llevado a cabo en la
lengua local. Y hacia 1960, inclusive los antropólogos sociales británicos
habían decidido que sus procedimientos eran compatibles con intereses
diacrónicos. También en 1960 los historiadores africanos formalmente
rechazaron el término etnohistoria como etiqueta para su trabajo.
Adicionalmente, una guía comparable (aunque separada) fueron los estudios de
M. l. Finley y Jean-Paul Vernant sobre la historia
y antropología del mundo clásico. Los debates que dirigieron en el
decenio del sesenta se asemejaban a nuestras inquietudes sobre los "modos de
producción" azteca e inca; a la larga, ellos también superaron los intereses
sectarios. La reciente publicación en homenaje de sir Moses Finlev, titulada
Trade in the Ancient Economy y, que versa sobre las sociedades esclavistas
del Mediterráneo temprano, es buen ejemplo del tipo de "etnohistoria" que yo
encuentro útil en los Andes.
Es dentro de estos lineamientos donde yo situaría la orientación teórica que
he dado a la información andina. El materialismo histórico que me nutrió, no
ha desaparecido; lo he interiorizado y sale a flote en el tipo de prioridad
que doy al estudio de los derechos sobre la tierra, de las
complementariedades macroeconómicas y los mecanismos de intercambio, de las
relaciones entre el Estado y los grupos étnicos. Los críticos han observado
que no hago contribución alguna al estudio de la religión y del simbolismo
andinos, ni a problemas estructuralistas de mayor amplitud, y me declaro
culpable.
Al releer mi respuesta, de repente dudo haber abordado en algo la pregunta.
Tal vez debí comenzar por declarar que no leo filósofos. Los temperamentos
más cercanos al tipo de investigación con el que congenio y de los que puedo
resistir una relectura han sido Montaigne y Rousseau, Marc Bloch y Raymond
Aron, Harry Stack Sullivan y Frieda Fromm-Reichmann. La obra literaria que
consideré "mía" desde aproximadamente 1935 hasta 1955 fue la condition
humain de André Malraux. Nada ha logrado reemplazarla.
Su notable reputación como etnohistoriador se basa en gran medida
–aunque, ciertamente, no de
manera exclusiva– en sus estudios sobre el período
colonial. ¿Cómo ve usted personalmente las consecuencias a largo plazo de la
experiencia colonial en América Latina? ¿Hasta dónde
se ha reflejado el legado colonial en los periodos
nacional y republicano?
Creo que la pregunta me atribuye un dominio demasiado amplio. Supone que mi
versión de la "etnohistoria" incluye el período colonial. Lo hace sólo
indirectamente, en la medida en que la ausencia de fuentes andinas escritas
me obliga a basarme casi exclusivamente en fuentes coloniales, en los
testimonios que del mundo andino dieron observadores europeos.
Si la arqueología de los Andes disfrutara de la prioridad nacional que
merece, si tuviéramos más fuentes de escritores andinos como Waman Puma
(2) ,
si Ludovico Bertonio nos hubiera dejado la descripción etnográfica implícita
en su diccionario (3) , no seríamos tan dependientes de los documentos
coloniales. Pero dado que las fuentes en aimará y quechua son tan escasas
(aun al compararlas con las fuentes en náhuatl) uno se ve forzado a depender
de las observaciones europeas. Debo anotar aquí que la mayoría de los etnohistoriadores que trabajan en los Andes no cuentan con un registro
adecuado de las instituciones españolas pertinentes o del marco colonial
montado en las Américas. Estudios como el de Silvio Zavala sobre las
encomiendas y la minería, el de James Lockhart sobre los hombres de
Cajamarca, o relatos como el de Josep M. Barnadas sobre los primeros años en
Charcas, conforman un inicio, aunque toquen los grupos andinos sólo
tangencialmente. Por ejemplo, no existe un buen estudio sobre las
reducciones, los protocolos de quienes las dirigieron, o la resistencia a
esta exitosa imposición de "pueblos estratégicos" en el paisaje andino. El
trabajo de Alejandro Málaga Medina constituye un buen comienzo
(4), pero es
indispensable esforzarse mucho más, en colaboración con antropólogos, para
rescatar la información etnográfica. necesariamente contenida en tales
protocolos.
Las consecuencias a largo plazo de la experiencia colonial en las Américas
fueron no sólo destructivas sino, en términos de N. Wachtel, "desestructurantes".
La total aniquilación física, para 1560, de los indígenas de la costa
andina, la cual estaba densamente poblada y era altamente civilizada,
constituye apenas una de las dimensiones de esta experiencia.
En el altiplano, donde un porcentaje sobrevivió protegido por la altura, se
observa de todas formas la temprana desaparición de la macroorganización: la
construcción y mantenimiento de la red de caminos de aproximadamente 25.000
kilómetros, la capacidad administrativa reflejada físicamente en los miles
de gigantescos depósitos y almacenes puestos al servicio de la burocracia y
los ejércitos, los dispositivos ideológicos y administrativos que permitían
que un Estado de tal multietnicidad perdurara, todo esto se ha ido y no
podrá ser rescatado para la historia universal sin una importante,
consciente y real inversión por parte de las repúblicas andinas.
Dentro de este contexto, impresiona observar cuántos elementos de
continuidad funcionan aún a escala local: estudios recientes han documentado
la vitalidad de la herencia andina en la producción agropecuaria, en la
religión y la cosmología, en la percepción del paisaje natural y artificial,
en la iconografía del principal arte andino: el tejido. El estudio de la
herencia europea no me es indiferente, pero me inclinó más hacia la
utilización del legado andino, aunque soy muy consciente de que son
frecuentemente inseparables.
Si tuviera que escoger uno de sus libros como su principal contribución a la
disciplina, ¿cuál destacaría y por qué lo coloca por encima de los demás?
He producido dos tipos de trabajos. En primer término, hay análisis
interpretativos del logro andino, y entre estos me parece que Formaciones
económicas y políticas del mundo andino es satisfactorio, ya que está más al
día, en lo referente tanto a la información utilizada cuanto a mi propia
habilidad para desentrañar el mundo andino.
Dentro de esa colección prefiero "El control vertical" de un máximo de pisos
ecológicos en las sociedades andinas", porque es una explicación aproximada
del éxito andino, planteada en circunstancias bajo las cuales la
historiografía europea y las cajitas evolucionistas son más bien impotentes.
De todo mi trabajo, este es el ensayo que mayor debate ha provocado en los
países andinos; la "complementariedad ecológica" puede tener implicaciones
en la formulación de políticas contemporáneas. De este ensayo se han
publicado versiones en italiano y rumano, pero la traducción al inglés no ha
encontrado acogida.
En segundo término, también he enfatizado en la necesidad de nuevas fuentes
y de mejores ediciones de las viejas. Desde 1964 he publicado varias
colecciones con información administrativa, de litigios, censos y otros
datos "en bruto", con índices y comentarios analíticos. Entre lo que he
editado, a lo que mayor cariño le tengo es al trabajo más reciente: la Nueua
coronica y buen gouierno [1615] de Waman Puma, cuya preparación nos tomó más
de veinte años, ya que fue muy difícil encontrar el traductor apropiado para
los textos en quechua, el doctor Jorge L. Urioste. Rolena Adorno fue
coeditora.
¿A qué proyectos se dedica actualmente?
Durante el período 1983-1985 espero completar lo siguiente:
- Una actualización, con nueva información y comentarios, del ensayo sobre
"complementariedad ecológica" ya mencionado, profundizando en algunos
aspectos que no se tocaron en 1972 y que buscan explicar la densa población
y la alta productividad andinas. -Un estudio sobre los grupos étnicos
andinos y sus relaciones con el Tahuantinsuyu, el Estado inca, que tendrá la
magnitud de un libro, será escrito en inglés y estará dirigido a un público
más amplio que el del lector especializado;
- La publicación de un número adicional de ediciones mejoradas de viejas
fuentes para la historia del Collasuyu, que posteriormente se convirtió en
la Audiencia de Charcas. Una de ellas presentará el texto, con índices y
comentarios, de una inspección, casa por casa, en una instalación estatal
para el cultivo de la hoja de coca en las yungas de La Paz, en Sonco. La
otra (en colaboración con Gunnar Mendoza, Tristan Platt y Thierry Saignes)
será una selección de litigios, censos y otros materiales descriptivos sobre
grupos aimaraes de lo que es ahora el norte de Potosí.
Una vez listo lo anterior, mi intención es iniciar un nuevo proyecto cuyo
propósito consiste en la búsqueda de datos, en los archivos de España,
acerca de dos hombres que tuvieron excelente comprensión de la sociedad
andina: Domingo de Santo Tomás, dominico, obispo de Charcas y autor de la
primera gramática y diccionario quechuas, y Juan Polo de Ondegardo, su
principal adversario público, abogado de Carlos V y Felipe 11. Supongo que
esta búsqueda me convertirá finalmente en historiador.
¿Cuál considera que ha sido su mayor influencia sobre sus estudiantes de pregrado y de posgrado?¿Siente que ha tenido un resultado notablemente mejor
con un grupo que con el otro?
Entre 1944 y 1963 enseñé principalmente a estudiantes de pregrado, cuyo
principal campo de interés no era la antropología. En las Universidades de
Chicago, Puerto Rico, Yale y en Vassar College hice hincapié en detalles
etnográficos y en la diversidad humana, como también en la importancia de
esta variabilidad para la comprensión del pasado indígena anterior a la
invasión europea. Mis antecesores, Alfred L. Kroeber (especialmente en su
Handbook of California Indians) y Paul Radin, fueron frecuente punto de
referencia en esta labor. El descubrimiento de sus trabajos lo había hecho
por mi cuenta, ya que mis profesores en Chicago no les dieron importancia.
Fui un buen profesor de pregrado. Mis colegas en las ciencias sociales con
frecuencia consideraban que yo exageraba la extensión potencial de la
variabilidad cultural, y admito que encuentro la diversidad de soluciones
humanas más seductora que la estricta clasificación contemplada por otros.
Cuando recientemente un crítico, ex alumno,
exasperado, me llamó "casi boasiano", no me sentí
ofendido, como era su pretensión.
Los pueblos y regiones en que centré mi interés fueron Norteamérica
indígena, los Andes y África. Algunos de los estudiantes de pregrado de las
cuatro instituciones siguieron carreras profesionales. En ocasiones creí
observar que en sus trabajos utilizaban mi mismo enfoque, pero no hay un
grupo identificable de investigadores de esos primeros veinte años. Más que
una posición teórica, lo que yo ofrecía era un antropología como compromiso
y reto pedagógico.
Entre las pocas oportunidades que tuve de dictar clases a estudiantes de
postgrado se cuentan los cursos de etnología africana en Chicago, en los
cuales la presencia de colegas como Mark Hanna Watkins o St. Clair Drake
sirvió para cotejar importantes diferencias de opinión en las aulas. Mi
verdadero debut en la enseñanza a profesionales lo hice cuando regresé a los
Andes. En San Marcos, en Lima (1958-1959 y 1965-1966) y en la Universidad de
Chile, en Santiago (1965), todos tenían una orientación profesional y había
menos interés por mi estilo de etnología comparada. Aunque deploraba el
profesionalismo estrecho, las nuevas obligaciones me llevaron a reconsiderar
mi manera de enfocar la antropología. La carencia total de traducciones al
español de las grandes monografías de la etnología británica hizo que mis
métodos de enseñanza habituales fueran inoperantes y dio un énfasis
diferente a la clase de conferencias que era posible dictar. Algunas de las
personas a quienes enseñé en esa época siguen siendo hoy en día,
colaboradores y amigos, pero nuestras interpretaciones comunes son bastante
diferentes de las que tengo con antropólogos de los Estados Unidos.
Enseñé en la Universidad de Cornell entre 1968 y 1982; de 1974 en adelante,
lo hice sólo durante el semestre de otoño. Para entonces casi todos mis
alumnos eran de postgrado, y tengo conciencia de una menor efectividad: como
ha dicho A. L. Kroeber, a ningún antropólogo se le debería solicitar que
enseñe después de los cincuenta años de edad. No sólo me estaba
envejeciendo, sino que además me encontraba molesto con los cambios de la
época en la antropología de los Estados Unidos: la decuplicación del número
de antropólogos, la falta de interés en las civilizaciones aborígenes de
América, el rechazo al concepto de cultura. Todo esto me dificultó ponerme a
tono con las necesidades de los estudiantes y me obsesionó con las
tendencias en la investigación andina. En este período, se escribieron en
Cornell algunas tesis excelentes sobre los Andes; me siento orgulloso de que
prácticamente todas se publicaran en las repúblicas andinas. Pero el hecho
es que durante este período dirigí, por lo menos, tantas tesis en otras
universidades de los Estados Unidos y de Europa, como en Ithaca. Desde que
comencé a trabajar aquí, opiné ante mis colegas que cualquier departamento
de antropología debería asumir la obligación de entrenar investigadores
calificados de las regiones del mundo donde sus docentes estuvieran
realizando trabajo de campo. Esta idea parece ser más aceptable hoy que hace
quince años.
La nueva tarea docente que asumí en Cornell, espero que con éxito, fue
dictar un curso de historia de la antropología en los Estados Unidos vista
como institución y oficio, y no como compendio rutinario de teoría
etnológica. En este país nuestra disciplina ha seguido caminos sin paralelo
en ninguna otra parte y, puesto que hoy en día la gran mayoría de
antropólogos en el mundo son estadounidenses, ejercen influencias y
encuentran resistencias que ameritan atención intercultural. Hasta el
momento no me ha sido posible dictar este curso en la región andina, pero lo
he ensayado en Francia y en España.
¿Le importaría revelarnos el concepto en que se basa para seleccionar,
entrenar y emplear a sus estudiantes de postgrado?
Yo haría una distinción entre los estudiantes de las repúblicas andinas y
los de Estados Unidos y Europa Occidental. Estos últimos normalmente me han
seleccionado. A comienzos de mi trabajo docente en Cornell, propuse la
admisión de dos candidatos de los Estados Unidos que habían estado asociados
a mis esfuerzos de investigación y publicación en los Andes desde hacía
tiempo. Fueron rechazados porque el departamento "no aceptaba talleres". Es
cierto que ninguno de los dos era muy joven y que su calificación para
ingresar al postgrado no llegaba a los ochocientos puntos, pero ambos
contaban con años de experiencia en trabajo de campo y en archivos. Había
confiado en que pudieran beneficiarse de una formación de postgrado y que, a
su vez, harían aportes originales a las tareas andinas.
Así que he tenido que contentarme con el ocasional estudiante estadounidense
o canadiense de postgrado que me ha escogido y, además, ha logrado
satisfacer los criterios de admisión de la computa dora. Algunos de ellos
son ahora profesionales creativos. De todos ellos solamente dos vinieron de
los Andes y ambos eran de la clase alta, estaban bien relacionados y en
situación de conseguir fuentes de financiación por fuera de Cornell. Ninguno
de los dos hablaba las lenguas andinas; de hecho, les era más difícil
aprenderlas que a los estudiantes de postgrado de los Estados Unidos. Ya
hice mención de las tesis sobre temas andinos escritas en otros lugares de
los Estados Unidos y en Europa Occidental, especialmente en Francia.
Las mayores desilusiones las tuve cuando excelentes candidatos oriundos de
los Andes no lograron llenar los requisitos financieros y de admisión en
este país. Durante el tiempo que he trabajado en los Andes, con frecuencia
he conocido gente joven que necesitaba y estaba en capacidad de obtener el
conjunto de beneficios ofrecido por una escuela de postgrado. El primer
candidato andino que trajimos a los Estados Unidos vino a la Universidad de
Chicago en 1943. Si bien es cierto que fue mucho más difícil lograrlo
entonces, todavía hoy el proceso sigue siendo complicado.
En 1966, algunos tratamos de establecer una escuela de postgrado en la
Universidad de La Plata (Argentina), donde se pudieran adiestrar
antropólogos de las cinco repúblicas andinas. En 1972, Angel Palerm pudo
llevar un grupo de investigadores jóvenes de cuatro países a participar en
un seminario comparativo en México; en 1973, Luis G. Lumbreras y yo
nuevamente los reunimos a casi todos en un seminario de campo alrededor del
lago Titicaca; en 1977, la Comisión Fulbright nos ayudó a traer un grupo más
joven de estos países para un "otoño andino" en Ithaca.
Generalmente, tales esfuerzos se veían como una afición personal. No fue
hasta que el escándalo Camelot irrumpió amenazante cuando la American
Anthropological Association creó un comité de relaciones con nuestros
colegas en el continente, del cual Gonzalo Aguirre Beltrán y yo fuimos
codirectores. Nuestras recomendaciones sobre cursos de especialización y
publicaciones fueron pasadas por alto (véase Anuario indigenista, 1967).
Ya que me pregunta sobre mis métodos de selección, me remontaré a los
lejanos días de la guerra civil española, cuando trabajé para la comisión de
cuadros. Descubrí que estaba dotado de intuición para distinguir a las
personas con posibilidades de sacar provecho de la escuela de oficiales.
Pura casualidad. No tengo idea sobre los criterios que utilicé, lo que
resulta más misterioso aún, habida cuenta de que el frente de batalla me
producía tanto miedo, que era incapaz de dirigir a nadie. He puesto en
práctica la misma confianza en mis predicciones de éxito en la preparación
de investigadores andinos. Un ejecutivo de la Fundación Ford en Lima
preguntó una vez cómo podría objetivar mis criterios -después de todo, la
Fundación no quería apoyarse tan sólo en mi juicio-. No pude darle luces al
respecto.
En cuanto a la colocación laboral: en tiempos mejores, uno tenía influencia
y poder de decisión, lo que le permitía ayudar a la gente a conseguir
trabajo en museos, archivos o como docentes. Eran tiempos en que me hallaba
familiarizado con la estructura social de la antropología en los Estados
Unidos. Aprendí casi todo al respecto observando a dos expertos: Fay-Cooper
Cole y Wendell Bennett. Hace veinte años, yo conocía personalmente a la gran
mayoría de antropólogos activos, gozaba de la confianza de muchos de ellos y
a veces podía prever las necesidades de sus instituciones, lo que, en fin de
cuentas, constituye el secreto de un buen sistema de empleo.
En los últimos años, la situación descrita ha variado casi totalmente. Se
necesitan ingentes esfuerzos para conseguir cualquier tipo de trabajo. Hasta
donde recuerdo, en los últimos cinco años sólo un candidato logró, con mi
ayuda, colocarse milagrosamente en el puesto perfecto para él; lo había
esperado durante varios años de ocupaciones marginales en una renombrada
universidad estatal.
¿Cuál considera que ha sido su mayor satisfacción como
antropólogo etnohistoriador?
La mayor satisfacción personal fue el descubrimiento, casi accidental, del
mundo andino. Lo que sobre él conocía, antes de iniciar mi trabajo de campo
allí era lo que un antropólogo "sabe" sobre el Tibet o Laponia a partir de
los tópicos –o lugares comunes– que se aprenden de oídas en la escuela de
postgrado.
Cuando terminé el trabajo de campo y una vez familiarizado con la literatura
del siglo XVI, se produjo en mí una reacción directa e íntima, una profunda
conmoción por lo descubierto y su inmediata aceptación. Aun cuando un
compromiso tan personal y emotivo puede afectar negativamente el trabajo de
uno, creo que en mi caso reforzó el interés académico, particularmente
durante los años "secos" (1947-1956) en los que se me impidió regresar a los
Andes. El hecho de considerar mi trabajo como algo que implica, no sólo la
recuperación del pasado, sino además pertinencia para el futuro de la
población andina, es algo que también ayuda.
La etnohistoria latinoamericana ha recorrido un largo camino desde que usted
se inició en ese campo. ¿Tendría algún inconveniente en mencionar uno, dos o
tres contemporáneos suyos que, en su concepto, hayan hecho contribuciones de
particular importancia a dicha disciplina?
Se me ocurren dos dimensiones en las que el trabajo de otros me ha inspirado
y enseñado. En primer lugar, están las personas que admiraba por su
familiaridad con las fuentes del siglo XVI y su habilidad para manejarlas.
Dado que quienes llegamos a la historia andina desde la antropología
frecuentemente carecíamos de un entrenamiento serio en historiografía, no se
puede dar por hecho el uso diestro y sutil de tales fuentes. Gunnar Mendoza,
John H. Rowe, María Rostworowski y Nathan Wachtel son colegas de dos
generaciones y cuatro países, cuyo trabajo y perspicacia utilizo
permanentemente.
En segundo término, están aquellos a quienes posiblemente no les interesa
hacer aportes al corpus de fuentes andinas, pero que sí nos ofrecen análisis
e interpretaciones que ayudan en la formulación de preguntas más adecuadas.
Durante mucho tiempo, las sociedades andinas han sido objeto de fantasías
europeas que las definen como "socialistas", "feudales" y demás (en época
tan tardía como la década del cuarenta, aparecieron libros en los Estados
Unidos que indicaban que Utopía de Thomas More había sido escrita con base
en relatos de testigos presenciales). El rebasar las interpretaciones
eurocéntricas, al enfrentar las civilizaciones americanas, africanas y del
Pacífico, ha sido una labor estimulante pero muy difícil. Aquí nombraría a
Angel Palerm y Friedrich Katz para Mesoamérica, Sidney Mintz para el Caribe
y M. I. Finley para el mundo clásico.
¿Tiene alguna opinión sobre los caminos que está tomando la disciplina, o
alguna sugerencia sobre la manera como usted considera que debería
desenvolverse?
En 1970 publiqué un artículo en la Latin American Research Review y en la
Revista del Museo Nacional de Lima, en el que hacía un inventario de las
investigaciones del momento y sugería algunos de los rumbos hacia los que yo
consideraba que podían dirigirse nuestros esfuerzos. Durante el siguiente
decenio, Franklin Pease, García Yrigoyen y Frank Salomon, publicaron
inventarios y recomendaciones análogos. En la década del setenta, Irene
Silverblat añadió una nueva e importante dimensión: el papel de la mujer en
la sociedad inca.
Hemos logrado algún éxito en la localización de nuevas fuentes,
especialmente documentos administrativos, litigios y censos; ejemplos de
esto son los descubrimientos de Wachtel en los archivos de Cochabamba
(5) ,
los materiales de Pease sobre los collaguas (6) y los análisis demográficos de
Sánchez Albornoz y N. David Cook (7). Sin embargo, una de mis sugerencias de
1970: la recuperación de los relatos de testigos presenciales del siglo XVI
que se encuentran "perdidos", no ha recibido la atención que merece; entre
éstos se cuentan la historia de los incas de Cristóbal de Molina, la segunda
parte de las entrevistas de Betanzos, hechas en 1548 a miembros de la
nobleza sobreviviente en Cuzco, y los manuscritos de Diego Álvarez.
La colaboración entre etnohistoria y arqueología evoluciona lentamente, pero
es ya una realidad; de ahí que estén próximos a publicarse el estudio de
Craig Morris (8) sobre un centro administrativo inca de Huánuco Pampa y el de
John Hyslop sobre la red de caminos incas. Algún día los arqueólogos
emplearán a los etnohistoriadores como procedimiento normal.
Un derrotero sobre el que no insistí en el inventario y hacia el cual el
trabajo etnohistórico fluyó exitosamente en el decenio del 70 fue su
articulación con la etnología contemporánea. La lectura e interpretación de
las fuentes por R. T. Zuidema ha estimulado el trabajo sobre la región del
Cuzco en la Universidad de Illinois. Se ha visto una inesperada pero
sugestiva continuidad en etnoastronomía, regadío y organización de la
comunidad.
Lo que aún falta por hacer, que atrae pocas contribuciones, es el trabajo
comparativo, tanto con Mesoamérica como con otros continentes.
¿Cuál cree que ha sido el papel de los escritos históricos en la evolución
de Latinoamérica?
No me siento calificado para responder esta pregunta, fuera de mencionar la
redefinición propuesta por Franklin Pease, la cual fue aceptada en el nuevo
programa de maestría de la Flacso, en Quito, donde se propone una historia
andina que cobije las dimensiones indígena y colonial-republicana. Pienso
que esto se asemeja al rechazo de la "etnohistoria" planteado en 1960 por
historiadores africanos en Dakar.
¿Podría comparar el papel de los antropólogos e historiadores de los Estados
Unidos con el de su contraparte en Latinoamérica y Europa?
Mucho más que la historia, la antropología en los Estados Unidos difiere de
las variantes europeas. La inclusión de la arqueología, la lingüística, la
biología humana, la etnología histórica y el estudio comparado de las
civilizaciones como parte de la antropología es algo que no se comparte en
casi ningún país europeo. Fue mi experiencia como docente en Francia, Gran
Bretaña y Rumania la que me llevó al estudio de la historia de la
antropología de los Estados Unidos, al que me referí anteriormente. En 1846,
Henry Rowe Schoolcraft vio claramente la idea unificadora detrás de todas
esas diferentes tácticas: en esa época los antropólogos de los Estados
Unidos estaban interesados en los aborígenes americanos. Para los estudiosos
de los mismos, todo lo que se relacionara con su pasado era de interés: la
biología, las lenguas, las creencias y las organizaciones políticas y
sociales. Mientras los antropólogos estadounidenses se han apartado de las
prioridades de Schoolcraft, éstas siguen siendo dominantes en muchos países
de América.
¿Tiene alguna sugerencia sobre la manera como nosotros, los que vivimos en
Estados Unidos, podríamos mejorar nuestras relaciones con los científicos
sociales de Latinoamérica?
En 1967, a raíz de Camelot, hubo una reunión en Burg Wartenstein,
patrocinada por las fundaciones Ford y Wenner Gren. A ella asistieron cuatro
antropólogos estadounidenses y cuatro europeos, pero la mayoría eran
latinoamericanos provenientes de países donde existían activos grupos de
antropólogos.
Centramos la discusión en las discrepancias entre docencia e investigación,
cosa que parecía constituir el punto sensible del momento. Nuestros colegas
consideraban que la mayor parte de las condiciones en que debían impartirla
enseñanza a los investigadores nacionales eran excepcionalmente difíciles:
bibliotecas deficientes, escasez de profesores de tiempo completo,
inestabilidad dentro de las universidades y los museos. Mientras se veían
forzados a abandonar la investigación, ésta era adelantada por extranjeros,
financiados con fondos extranjeros, frecuentemente aislados de los
investigadores nacionales y de las prioridades del país. Claro está que la
situación ha mejorado en los últimos quince años, especialmente la
participación latinoamericana en las deliberaciones y decisiones del SSRC y
de la Inter-American Foundation, así como a través de las comisiones
Fulbright que fueron establecidas.
Sin embargo, las principales quejas ventiladas en 1967 traspasan las
diferencias nacionales sobre objetivos y estilo. A los investigadores
extranjeros les cuesta trabajo interesarse en las instituciones y
publicaciones del país: no aceptan nombramientos en las primeras, ni siempre
colaboran con los consejos editoriales de las últimas. A diferencia de los
estudiantes japoneses y alemanes que he conocido en la Universidad de San
Marcos, los nuestros no obtienen grados académicos en el país ni publican
sus monografías traducidas. En esto también ha habido alguna mejoría, pero
la frecuente presencia de antropólogos estadounidenses al sur de la frontera
despierta sospechas y, algunas veces, conduce a la prohibición de sus
trabajos de campo.
Espero que en el futuro la etnohistoria como enfoque, si no como etiqueta,
desempeñe un importante papel en el acercamiento de historiadores y
antropólogos, tanto en los Andes como en Mesoamérica. Al igual que en otras
antiguos territorios coloniales, es posible que la etiqueta se vuelva
inaceptable, pero la investigación que dé prioridad al enfoque diacrónico de
las instituciones de América aborigen parece estar asegurada. Este tipo de
historia no puede seguir avanzando sin las herramientas conceptuales creadas
por la antropología moderna: los conceptos de linaje y división dual,
diarquía, matrilinealidad, redistribución como alternativa frente al
comercio, nesting en la organización social y la función del
parentesco en las sociedades de clase más antiguas están aquí para quedarse,
como también lo está el uso sistemático de las lenguas vernáculas.
Bibliografía escogida
(En orden cronológico)
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1943.
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(1967); 32 (1970); 34 (1972); 36 (1974); 38 (1976); 40 (1978); 42 (1980); 44
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Research Review, 4 (1970).
Formaciones económicas y políticas del mundo andino. Lima, 1975.
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"La guerre et les rébellions dans l'expansion de l'état inka", Annales (ESC),
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History. Nueva York,1982. Versión castellana en Chungas, No. 12, Arica,
Chile.
Nueua coronica y buen gouierno, de Waman Puma. Editada con Rolena Adorno.
Ciudad de México, 1980.
"Early European Utilizations of Andean Organizational Patterns", en Homenaje
a William H. Sears. En imprenta.
Notas:
(*) Las preguntas corresponden a un cuestionario enviado por los redactores de
Hispanic American Historical Review, que Murra respondió por escrito. La
entrevista fue originalmente publicada en HAHR, en 1984. La presente
traducción fue revisada por el profesor Murra y presenta algunas variaciones
con respecto al original.
(1) Reuben G. Thwaites (ed.), The Jesuit Relations and Allied Documents:
Travel and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610 1791.
3 vols., Cleveland, 1896-1901.
(2) Felipe Waman Puma de Avala, Nueua Coronica y Buen Gouierno (1615).
(3) Ludovico Berumio, Vocabulario ele la lengua aimará (1612)
(4) Alejandro Málaga Medina, "Las reducciones en el Perú (1532(600)", en
Historia y Cultura, (Lima), 8 (1974), 141-172.
(5) Nathan Wachtel, "The mitimas of the Cochabamba Valley: The Colonization
Policy of Huayna Capac" en Historia Boliviana, 2 (1981), Cochabamba.
(6) Franklin Pease G. Y. et. al., Collaguas I, (Lima, 1977).
(7) Nicolás Sánchez-Albornoz, Indios y Tributos en el Alto Perú, (Lima, 1978).
(8) John V. Murra y Craig Morris, "Dynastic Oral Tradition, Administrative
Records and Archaeology in the Andes", en número especial de World
Archaeology, (Londres), 7:3 (1975), 269-279..
La versión original de este
artículo "An Interview with John V. Murra" fue publicada en el
Hispanic American Historical Review,
Vol. 64, No. 4 (Nov., 1984), pp. 633-653.
Traducido al español por
Martha León Urdaneta. La versión en español que reproducimos fue publicada en la página de la
Biblioteca Luis Angel Arango de
Colombia.
Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 20 el 25 de
octubre 2006. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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