|
El Exaltado llegó a la tertulia del café con su amigo el
Periodista y lo presentó ante nuestro pequeño tribunal de apelaciones para
causas más que perdidas.
–Che, éste estuvo en la guerra –dijo en voz muy alta,
agarrándolo de un brazo. El pizzero, allá atrás junto a la boca de su horno,
dejó la pala de madera y se volvió para mirar el escándalo.
En la mesa estábamos Tomás, el que siempre duda, Cambalache,
gran descreído, y este servidor; la decoraban vasos de agua y tazas vacías
de capuchino, orladas de espuma seca pegada a la loza. Dos televisores que
no miraba nadie decían estupideces como siempre, y nosotros más o menos. Las
lámparas de bajo consumo daban al local un tono lunar y depresivo. El
hombre, entonces, había estado en la guerra... La guerra, como si todas
fueran una sola y a lo mejor lo son. Pregunté:
–¿En cuál guerra?
–Bueno... –dijo el Periodista.
–Estuvo en la guerra como Alan Ladd, que se tiraba en
paracaídas entre los alemanes y ni siquiera se le despeinaba el jopo...
–gruñó Cambalache.
Hablaba de películas en blanco y negro, cuando él usaba
pantalones cortos en la Era Pre Jeans. Agregó gestos y rezongos como para
que el visitante se sintiera incómodo y a disgusto. Lo logró.
–El amigo aquí exagera un poco –se excusó el Periodista,
señalando al Exaltado.
–Vos estuviste más cerca de la guerra que esta manga de
viejos croquetas aquí reunidos –lo defendió el Exaltado.
–¿Estuviste en Irak, en el Líbano, dónde? –insistí.
–Visité a las tropas de paz de Naciones Unidas, nada más.
–Como exclusiva de guerra no es mucho –gruñó Cambalache.
Grande la hizo aquel colega tuyo que anunció que en el cielo había aparecido
la inscripción In hoc signo vinces. Ese sí que logró un buen titular,
je je. ¡Qué scoop! Pero era fotógrafo.
Se rió solo.
–La guerra ha cambiado de esencia –dijo el Periodista con la
mirada perdida en un auto que pasó haciendo un ruido espantoso, cuya imagen
emborronada se mezcló en la vidriera con nuestros reflejos– y cada vez mata
más civiles, cada vez es más cruel, más cínica y más destructiva.
–¿Y tuviste que viajar para darte cuenta de eso? –preguntó
Santo Tomás.
–Lo comprendí cuando vi a 50 niños mutilados, juntos, en una
escuela medio hundida por las bombas, aprendiendo a leer y escribir. Para el
enemigo es mejor un mutilado que un muerto: va a tener dificultades y
limitaciones toda la vida. ¿Acuerdos contra minas antipersonales,
prohibiciones, tratados? Todo es mentira. Cien años de convenciones de
Ginebra y tribunales, armas bacteriológicas, gases, uranio empobrecido,
fósforo blanco, y ahora cañones láser para cegar a los pilotos en vuelo...
–Ya lo dijeron –acotó Cambalache– que es un arma como
cualquier otra y que la ceguera es una mutilación como cualquier otra, así
que su uso no puede ser penalizado.
–De todos modos no es penalizado –gritó el Exaltado– pues no
hay capacidad coactiva en los organismos...
–Pero che –rezongó Cambalache–, te olvidás que la guerra es
cosa de caballeros. La presión es moral, entre profesionales honorables. Hay
que entregar al enemigo los planos de los campos minados; hay que matar con
el menor sufrimiento, como en los frigoríficos... Los tanques alemanes usan
catalizadores en el escape para cuidar el ambiente, las balas son más chicas
para que atraviesen tu cuerpo de lado a lado y den heridas limpitas.
–Hasta la Primera Guerra Mundial morían diez soldados por
cada civil –comentó el Periodista, y logró silenciar a los contertulios–
pero entonces vinieron la aviación y la artillería de largo alcance, y el
número se emparejó. En la Segunda Guerra ya murieron diez civiles por cada
soldado, en Corea y Vietnam más, en Irak un mínimo muy mínimo de 50 000 por
2 500, ahora en el Líbano dicen que 130 a 1 200, pero seguro que fueron
muchísimos más. La guerra ideal es sin bajas propias: pregúntenle al
Pentágono. Gasta 430 000 millones de dólares por año en guerras, pero esa
plata queda en los States, ¿o se creen que van a comprar armas a los
traficantes internacionales? Es un despojo a quienes pagan impuestos, nada
más. ¿Bajas? ¿Qué son 2 500 en un ejército de 130 000? Nada. ¿Y cuántos
militares tienen para mantener bases en más de cien países? Millones. Todo
está a su favor. Pronto, en Irán, es probable que utilicen alguna bomba
atómica...
–¿Y qué ejército los va a parar? –aventuró Santo Tomás.
–Ninguno, y lo saben. La desigualdad militar es aplastante.
El problema les llega después, cuando la población ocupada ofrece
resistencia guerrillera y suicida. Por eso hay que desmoralizarla con un
holocausto, en el sentido más estricto de sacrificio. El terror es
fundamental; ya no hay más guerra, hay matanzas. Los infernales bombardeos
sobre Bagdad se llamaron Operación Conmoción y pavor, y eso después de una
década de desangre del país. Supongo que la minuciosa destrucción del Líbano
tuvo un nombre parecido, o tal vez alguno gracioso, de historieta: es
importante banalizar la crueldad y el asesinato. Decían jóvenes tanquistas
estadounidenses que desde adentro de su vehículo la guerra en Irak era como
un juego de video, incluso con música de rock a todo volumen. Querían matar
a toda esa mierda que los rodeaba, decían, y estaban excitados y contentos.
Quedamos en silencio, pesando las palabras del Periodista.
Nunca más Hiroshima o Nagasaki, ¿pero no les tocaría a Teherán o Isfahan...?
–¿Se van a servir algo? –preguntó el camarero,
interrumpiendo.
–Sí –dijo el Exaltado–, para mí un té. Para los nervios.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 29 el 27 de diciembre 2006.
Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.
Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
|