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La comparación de estos dos procesos nos puede dar luces para comprender
mejor el momento que estamos viviendo actualmente, salvando las distancias
de época y de contexto, claro está.
El principal cambio que generó la Revolución Industrial fue el pasar de una
economía agrícola tradicional a otra caracterizada por procesos de
producción mecanizados para fabricar bienes a gran escala. Esta honda
transformación comenzó en Gran Bretaña (1760-1830). Por aquella época, el
perfeccionamiento de la máquina a vapor de Watt (1763), el telar mecánico de
Cartwright (1785) y las innovaciones de la siderurgia fueron inventos que
dieron lugar a la concentración de la mano de obra en las fábricas, el
crecimiento de los centros industriales, la división del trabajo y la
aparición del capitalismo.
La Primera Revolución Industrial supuso una profunda transformación en la
economía y sociedad británicas. Los cambios más inmediatos se produjeron en
los procesos de producción: se transformó cómo y dónde se producía, e
incluso lo que se producía. El trabajo se trasladó de la fabricación de
productos primarios a la elaboración de manufacturas y servicios. El número
de productos manufacturados se incrementó de manera espectacular gracias al
aumento de la eficacia técnica. La aplicación sistémica de nuevos
conocimientos tecnológicos y una mayor experiencia productiva favoreció la
creación de grandes empresas en áreas geográficas reducidas. Esta Primera
Revolución Industrial tuvo como consecuencia una mayor urbanización y, por
tanto, procesos migratorios desde las zonas rurales a las zonas urbanas.
Los cambios más importantes que esta revolución dio lugar afectaron a la
organización del proceso productivo. Las fábricas aumentaron su tamaño y
modificaron su estructura organizativa. En general la producción empezó a
realizarse en grandes empresas o fábricas en vez de pequeños talleres
domésticos y artesanales, aumentó la especialización laboral. Su desarrollo
dependía de una utilización intensiva de capital y maquinarias destinadas a
aumentar la eficiencia productiva. La aparición de nuevas máquinas y
herramientas de trabajo especializadas contribuyeron a incrementar los
niveles de producción. La mayor especialización y aplicación de bienes de
capital a la producción industrial creó nuevas clases sociales en función de
quién contrata y quién tiene la propiedad de los medios de producción.
Como la Revolución Industrial se originó en Gran Bretaña, este país se
convirtió durante un buen tiempo en el primer productor de bienes
industriales del mundo. Sin embargo, durante los siglos XIX y XX se produce
la llamada Segunda Revolución Industrial caracterizada tanto por el
desarrollo de nuevas tecnologías físicas y químicas como por su expansión
hacia otros países.
La Segunda Revolución Industrial florece en medio de la era de la energía
eléctrica , que comienza con los descubrimientos de Michael Faraday (1814),
continúa con las aplicaciones prácticas de la química (utilización de los
fertilizantes plásticos, celulosa, etc.) y la física, particularmente la
nuclear, que rivaliza con la química en las aplicaciones prácticas. Como lo
hemos mencionado, de la mano con esta Segunda Revolución Industrial se
produce una expansión revolucionaria que le quita el monopolio a Inglaterra.
Los estudiosos parecen estar de acuerdo en que Francia, Bélgica, Alemania y
Estados Unidos experimentaron procesos parecidos a mediados del siglo XIX;
en Suecia y Japón se produjo a finales del mismo siglo; en Rusia y en Canadá
a principios del siglo XX; en algunos países de América Latina, Oriente
Próximo (Asia central y meridional) y parte de África a mediados del siglo
XX.
Cada proceso de industrialización tiene características distintas en función
del país y la época. Al principio, la industria británica no tenía
competidores. Cuando se empezaron a indutralizar otros países tuvieron que
enfrentarse a la ventaja acumulada por Gran Bretaña, pero también pudieron
aprovecharse de su experiencia. En cada caso, el éxito del proceso
industrializador dependía del desarrollo de nuevos métodos de producción,
pero también de la modificación de las técnicas utilizadas para adaptarlas a
las condiciones imperantes en cada país. Adicionalmente, el Estado juega un
rol fundamental al promulgar legislación que reducía aranceles permitiendo a
la importación de maquinarias a muy bajo costo. El lamentable costo social
de esta política estatal es que perjudica a otros sectores sociales como los
campesinos, que veían como sus productos debían competir con similares
importados y más baratos. Lo cierto es que políticas públicas de ese tipo
fueron importantes para el éxito industrial británico y mucho mayor aún en
el caso alemán, ruso y japonés durante el siglo XX.
El proceso de globalización también está marcado por transformaciones
económicas determinadas por avances tecnológicos. Hoy el cambio fuerte no se
da en términos de los procesos de producción, pues aún el modelo económico
imperante es el capitalista. El cambio fuerte de estos últimos 20 años es el
increíble desarrollo de las tecnologías de la información que permiten una
extensión de los mercados y las empresas a tal punto que sobrepasan las
fronteras nacionales. Así como la Revolución Industrial no se puede entender
sin tener en cuenta los grandes inventos anteriormente mencionados, la
globalización no puede ser entendida sin dos grandes hechos: el gran
desarrollo de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) y la
mayor movilidad internacional de las personas . El inmenso poder con el que
hoy en día cuentan reconocidas empresas transnacionales, es producto del
impacto de estos dos hechos en sus procesos productivos.
El qué, cómo y dónde se produce ha cambiado drásticamente. Lo que producen
las transnacionales de mayor influencia mundial, en su mayoría, son
productos relacionados con el almacenamiento y procesamiento de información.
Es muy significativo que, según un estudio realizado por la consultora Hay
Group en el 2000, seis de las diez mejores empresas del mundo ofrecen
productos relacionados a las comunicaciones . Además, en ese mismo año
William H. III Gates fue el número uno en el ranking de las personas con más
dinero en el mundo; esto es muy relevante, pues él es el creador del imperio
Microsoft, empresa dedicada a la producción de software para
computadoras, que en suma está orientado a almacenar y procesar información.
Si nos detenemos a observar el cómo, podremos ver que estas empresas ya no
necesitan gran cantidad de obreros concentrados en un solo lugar, como en la
época industrial, pues con computadoras, unos cuantos empleados lo
suficientemente capacitados y obreros diversificados a lo largo del mundo a
muy bajo costo pueden desarrollar sus procesos de producción mucho más
barata y de mayor calidad. Finalmente, si nos fijamos en dónde se lleva a
cabo este proceso, veremos que no existe un lugar específico, da lo mismo
que sea China, India o Taiwán, lo importante es en qué lugar las persona
están dispuestas a trabajar por un menor sueldo. La producción es por partes
y en diferentes países; luego, estas partes se unen y dan como resultado el
producto final.
En la globalización los cambios más importantes se están dando a nivel de
conocimientos. Si bien la tendencia de los mercados y empresas a extenderse
sobrepasando fácilmente las fronteras nacionales es un hecho eminentemente
económico, éste está marcado por la fluidez y rapidez con la que hoy la
información es enviada de un país a otro. No obstante el sistema que marca
el paso de la economía mundial sigue siendo fundamentalmente el capitalista,
heredado de la Revolución Industrial. El uso de capital y herramientas de
trabajo especializadas de producción y la presencia de un mercado de bienes
y servicios en el cual se llevan a cabo las transacciones de estos
productos, siguen siendo elementos clave en la dinámica de la economía
mundial, sin embargo las orientaciones son otras.
La preocupación ya no es el producir la mayor cantidad de productos en
serie; en lugar de producir en cantidad, estas empresas se preocupan por la
calidad y variedad de sus productos y en qué medida estos se ajustan a los
gustos y necesidades de determinados grupos de personas. Los productos van
dirigidos específicamente a las personas, aquella gran producción para las
masas ha quedado fuera de lugar, acentuándose la concepción que el sujeto y
objeto económico es individual y no colectivo.
En vista de que los cambios producidos hasta la fecha no han trastocado el
corazón del sistema capitalista, podemos constatar que nos encontramos ante
un proceso de globalización, sí, pero podría considerarse como una Tercera
Revolución Industrial, marcada por el desarrollo de las TICs y la mayor
facilidad de movilidad internacional.
Publicado en la bitácora del
autor titulada ConCienciaSocial.
Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 51 el 6 de junio de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos.
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