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José da Cruz es geógrafo y novelista, y analista en
CLAES D3E.
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Argentina, Bolivia, el sur del Brasil, Chile, Paraguay, Perú
y Uruguay, han debido soportar un período desacostumbrado de temperaturas
muy bajas, temperaturas como para un invierno en el norte de Europa. Los
efectos del frío no se distribuyeron democráticamente, pues como siempre la
riqueza da seguridad mientras la pobreza significa incertidumbre.
En nuestro continente la mayoría de la población es pobre o
muy pobre, la mayoría de las viviendas son malas o muy malas, un elevado
porcentaje de la población no puede alimentarse ni abrigarse como debería.
Tales fríos son una excepción que ocurre más o menos una vez cada siglo,
pero las irregularidades climáticas son, a largo plazo, más o menos
“regulares”. Si no lo tomamos en cuenta, el desastre se hará normalidad:
debemos esperar que de vez en cuando haya un pico extremo de temperaturas,
para un lado o para otro, así como sequías e inundaciones. La forma de
protegerse es vivir, todos los días, en armonía con el entorno. Estamos
terriblemente lejos de ese ideal.
Los periódicos y la televisión festejaron la belleza
paisajística de los edificios nevados en Buenos Aires, nunca tan parecida a
París para quienes sueñan con Europa. En las villas miserables se produjeron
cientos de refugiados e importantes daños a la salud de la población
expuesta.
En el sur de Chile hubo temperaturas de 20 grados bajo cero.
Una hora de exposición a temperaturas tan bajas compromete el equilibrio
térmico del cuerpo y pone en riesgo la vida. Al menos seis personas
murieron. En Santiago se registraron casi cinco grados bajo cero y un fuerte
aumento de las enfermedades respiratorias, especialmente entre los niños. No
conocemos datos sobre incendios de viviendas, pero suelen ocurrir cuando se
recurre a formas de calefacción primitivas e inseguras, que además producen
humos tóxicos, y que es necesario mantener en funciones días enteros para
sobrevivir.
En Perú se lanzó una campaña nacional por abrigos para
pobladores de zonas rurales muy expuestas. Hubo 67 niños menores de cinco
años fallecidos por neumonía en el segundo trimestre de 2007, cuando apretó
el frío. En los Andes se esperan temperaturas de 22 grados bajo cero en la
primera semana de agosto.
En el altiplano boliviano las nevadas provocaron el colapso
de las comunicaciones. Veinte centímetros de nieve bloquearon el aeropuerto
de El Alto, por ejemplo. En Uruguay los refugios para personas sin hogar
estuvieron repletos y el efecto del intenso frío se acentuó por una
momentánea falta de combustibles. Desde el departamento de Maldonado se
informó de la ocurrencia de seis muertes, y una en el de Paysandú. Otra
muerte ocurrió en Porto Alegre, Brasil, y se espera una disminución de las
cosechas en Rio Grande do Sul. Finalmente, un programa de apoyo a personas
en situación de calle se desarrolló en la cálida ciudad de Asunción,
Paraguay, recurriendo a recursos militares. Estos datos fueron tomados de la
lista Salud Ambiental.
Ya sea que le echemos la culpa al Niño, a la Niña o al
escasamente efectivo Protocolo de Kyoto, las explicaciones del cambio
climático se suman en montón, así como crece en olas la polémica sobre las
causas adjudicables a la metamorfosis. Mientras tanto, y entre nosotros,
cada año la primavera y el otoño son más cortos, los inviernos más fríos y
los veranos más calientes.
Mientras tanto, la polémica sigue: ¿qué causa el cambio
climático? Según la British Royal Society, una de las academias científicas
más antiguas, fundada en 1660 y lejos de toda sospecha de ir en contra de
las sacrosantas empresas multinacionales, no puede haber dudas de que el
cambio climático ha sido provocado por la actividad industrial y de
transportes basada en el consumo de combustibles fósiles. El argumento más
reciente para negar el hecho fue que el cambio se debe a variaciones en la
actividad radioactiva del sol, pero las investigaciones demostraron que en
los últimos 20 años las variaciones que podrían explicar el cambio apuntaron
en dirección contraria a las tendencias climáticas vigentes. Es decir, los
cambios del sol debieron de haber significado una baja promedial de la
temperatura, y no su aumento.
El 10 de julio pasado, la agencia Reuters informaba que para
2007 se espera un aumento de la temperatura que alcanzaría por segunda vez
los niveles más altos alcanzados desde que se lleva el registro, es decir
desde 1860. La actividad solar puede explicar variaciones hasta mediados del
siglo pasado, pero no lo ocurrido desde la década de 1980: los diez años más
cálidos en los últimos 150 se registraron entre 1990 y 2000.
En la página electrónica de la Royal Society está disponible
un documento que refuta las falacias más comunes utilizadas en el debate.
Esta institución comenta la existencia de una minoría que trata
deliberadamente de confundir a la opinión pública acerca del cambio
climático, a pesar de que los 2 500 científicos que componen el panel de
Naciones Unidas sobre el tema declaró recientemente que es “muy probable”
que el cambio se deba a la actividad humana, y no a causas naturales.
Para este siglo, el panel de la ONU estima un aumento
promedio de entre 1, 8 y 4 grados. Eso no significa que pronto veamos brotar
las palmeras y las piscinas en nuestro entorno: hablamos de promedios. Los
inviernos y veranos largos y crueles continuarán acentuándose, y si en
nuestro continente carecemos agudamente de medios para cubrir las
necesidades básicas diarias de toda la población, menos habrá para cubrir
contingencias. Claro, planes, proyectos, medidas, declaraciones, acuerdos y
convenios entre autoridades florecerán en mesas de reuniones y pantallas de
televisión, pero la realidad seguirá siendo otra cosa.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 59 el
1 de agosto
de 2007.
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