Peripecias Nº 59 - 1 de agosto de 2007

MUNDO

 

Paraguay: tierra y pueblo

 

Una breve experiencia de guerra, selva y gente

 

Barsabás Ríos

 

 

B. Ríos fue un médico uruguayo que prestó servicios en la Guerra del Chaco (1932-1935) entre Paraguay y Bolivia.

 

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Hace cuarenta años se iniciaba la guerra del Chaco, que presencié parcialmente, integrando la Sanidad Militar Paraguaya, en calidad de médico voluntario. Testigo del patriótico denuedo de un pueblo en tremenda lucha por su tierra, me permito reeditar una conferencia dicha a invitación del Ateneo de Rivera, en 1935, todavía frescas las emociones vividas entre gentes nobles y sencillas, en afanoso trajín. Esa disertación que en oportunidad se publicara en "El Pueblo" de Tacuarembó, en "La Palabra" de Rivera y en Asunción del Paraguay, y que por años tuve extraviada, vuelve a mí, descubierta por mi hermano Solano en añosos infolios del periódico que entonces dirigía.

 

Releyéndola he renovado sentimientos de lejana juventud y encontrado apreciaciones que acaso sean aún válidas. Con esta publicación pretendo reiterar mi homenaje al heroico pueblo paraguayo y honrar la memoria de los doctores Calixto Pereira, uruguayo, que tanto hizo en y por el Paraguay; y Fernando Abente Haedo, paraguayo, y médico prócer de Florida, que sirvió siempre con igual devoción a las dos patrias, la de origen y la adoptiva. A esos grandes amigos, hoy fallecidos, que componen un magnífico paradigma del apoyo y el afecto que pueden vincular a nuestros pueblos –incipiente promesa de una efectiva integración latinoamericana cada vez más necesaria– debo el mayor aliento a mi humilde faena en tierra paraguaya.

 

Tacuarembó (Uruguay), setiembre 1972

B.R.

 

 

I

 

Cuando se me pidió que hablara en Rivera del Paraguay que he visto, tuve mis grandes dudas. Sobre muchos pequeños escrúpulos, uno insalvable, se presentaba a mi ánimo. No fui, en efecto, en tierra paraguaya, el mero observador intelectual, frío, sutil, desaprensivo, que acopia datos precisos sobre cosas y hechos y puede hacer luego un relato cabal de lo visto. Fui en la lucha un servidor extranjero de la salud –si cabe atribuir patria al dolor– desde luego tratado con especial consideración que me libró de todo riesgo; pero eso sí, vinculado de alma a las cosas y a las vidas circundantes. Por eso comprendí, al repasar para ustedes mis recuerdos, que no podía despojarme de las emociones que en el Paraguay me hice, y que traje conmigo incorporadas para siempre a lo más íntimo de mi acervo espiritual.

 

Es lamentable, pero lo que yo diga no podrá ser una correcta versión, una crónica cinemática de cosas vistas, será –y perdónenlo ustedes– como una confesión íntima de impresiones traídas de allá, de sentimientos vividos en medio de un pueblo americano que estaba perdiendo sangre y ganando gloria.

 

Ha sido menester, para que yo pudiera hablaros sin violencia, que os supusiera a todos vosotros gente mía, que me interrogara al retornar a la casa, no sobre lo que vi, sino sobre lo que sentí, sobre cómo me fue. Supuesto que espero quepa holgadamente en vuestra reconocida cordialidad y gentileza.

 

Viaje delicioso de Buenos Aires a Asunción. Varios días deslizándose con placidez sobre aguas mansas en un barco pequeño y confortable. Se inicia la primavera de 1932. Conocimiento, observación superficial de las gentes que van a bordo, somero trato ocasional. Parejas de recién casados que viajan a las cataratas del Iguazú en luna de miel. Estudiantes paraguayos de las universidades de Buenos Aires y Montevideo que van a incorporarse al ejército de su patria. Sensación inevitable y penosa de contraste ante esos destinos dispares, de los novios venturosos y de los muchachos que van a ser soldados, quebrado su porvenir por un tremendo quién sabe.

 

Costa verde –todos los tonos del verde– que se acerca al barco o se aleja a la distancia en un amplio brazo de agua del gran río heraclitano, como el de Emilio Oribe. Rosario, la gran ciudad argentina con cientos de miles de habitantes. Sensación de vitalidad, de energía, de fuerza. El primer puerto granero del mundo, de enorme extensión y explotado –según se nos dice– por una compañía extranjera. Y uno que sigue su viaje pensando si algún día aprenderá esta América nuestra a hacerse dueña de lo suyo.

 

Encanto de la navegación fluvial en el despejado amanecer del río, en la limpia mañana, en la tarde quieta. Noches en el cielo, en las aguas, en las costas. Noches claras oscuras, las lucecitas de las boyas que alumbran tan poco e iluminan tanto. Alta sugestión de las perspectivas pasajeras, del panorama fugitivo, de las cosas que se alcanzan y se dejan; goce delicado, sutil, de llegar y pasar, goce que no alegra, que a veces duele un poco, pero que cala hondo en el alma y hace bien siempre. Apariencia y verdad. Choque en el espíritu entre lo que uno ha estado imaginando y lo que ahora va viendo. Encauzamiento sin violencia de la fantasía; lo real más puro, más bello que lo soñado. Prestigio inusitado de la mujer joven, bella, grácil, que vemos por poco tiempo y que ahora deja el barco en un pueblecito de la ribera.

 

La confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. Trasborde. Separación definitiva de las suertes diversas. Rumbos distintos. Al Paraná las parejas felices, venturosas, realizado su amor, para asistir a la fiesta de aguas de las cataratas. Al Paraguay los muchachos que cerraron sus libros para asistir a la tragedia de fuego del Chaco. Los que van a la felicidad ríen. Los que van no se sabe adónde, ríen también. Sugestión que encuentran las vidas nobles en dar alguna oportunidad a la muerte. Más y mayor derecho a una existencia plena cuando se ha corrido generosamente el albur de perderla.

 

Aguas paraguayas. Humaitá. Ruinas solemnes; un paredón altísimo que el tiempo no abate nunca, como si aquella piedra quisiera decir a las gentes alguna tremenda verdad histórica ignorada u oculta.

 

Dos pasajeros de más. De incógnito se habían introducido en el barco, en un puerto argentino, dos hombres humildes que desean servir al Paraguay como voluntarios de guerra. No tenían trabajo. Sienten hambre. No hay quien pague la fuerza de sus brazos, van a ofrecer su sangre para poder vivir. Suscripción entre los viajeros para costear el pasaje a los polizones, y que cumplan su destino, si puede llamársele tal a la suerte que cabe sobre la tierra a los hombres sin trabajo.

 

Llegada al puerto acogedor de Asunción. Una ciudad de cuatro siglos vividos a marcha lenta. Vieja ciudad madre, dio los primeros pobladores a Buenos Aires, Santa Fe, Santa Cruz de la Sierra.

 

El tiempo se ha ido quedando allí en todas las cosas, en el pavimento de las calles, en la fachada de las casas, en la digna y sobria arquitectura del Congreso, de la Catedral, del Palacio de Gobierno, etc. La obsesión de Azorín, el tiempo detenido, diluido en el ambiente de Asunción y cayendo sobre las cosas y las gentes en forma de serenidad, con apariencia de paz hasta en la misma guerra.

 

Apariencia de paz. Se ha detenido el tranvía en que vuelvo al puerto en busca de algo olvidado. Oigo una charanga tristísima y pasa ante mí una caravana de diez féretros de caídos en Boquerón. Espectáculo agrio. Escozor del alma. Fallida apariencia de paz.

 

En la Sanidad Militar, el director general doctor Díaz León. Los médicos paraguayos deben incorporarse a la Sanidad del Ejército con el grado de teniente. A mí se me quiere conceder el de capitán. Yo pretendo diferirlo; no deseo distinciones ni privilegios, anhelo que se me trate como a los demás. Imposible; soy un médico uruguayo con un cargo técnico en mi país, el coronel Díaz León ya tiene referencias mías; debo aceptar el grado que se me otorga, y mis hombres se verán abrumados con el alto honor de las tres estrellas que distinguen a un capitán.
Hablan los diarios de mi llegada y mentan en torno a mi simple gesto no sé que supuestas gallardías; un colega paraguayo, ex-compañero de estudios en la Facultad de Medicina de Montevideo, les ha llevado la información. Desencanto de no poder salirse un poco de sí mismo. Necesidad insalvable de ser, allá como acá, lo que se es o se nos supone siendo, cargando siempre el lastre penoso de su individualidad. Lamentable fracaso de una ocasión propicia a galvanizar la propia existencia con la sacudida tónica de una imprevista suerte.

 

Espectáculo angustiante de las mujeres que vienen a buscar a la Dirección General de la Sanidad datos de sus familiares: combatientes. Misterio de los soldados que no figuran con los vivos, ni están entre los muertos identificados, ni aparecen en la lista de heridos. Habrán muerto y no se sabe dónde. Vivirán y se ignora cómo. Solidaridad con el callado dolor de esas mujeres abnegadas.

 

Uniforme exiguo, no quise esperar el de medida, gorra que no le va a mi cabezota, equipo incompleto, ignorancia absoluta de todo lo referente a la milicia, hago yo un militar deplorable y vergonzante. Pero la licencia obtenida en Uruguay sólo dura tres meses y úrgeme aprovecharla. A los tres días de llegado a Asunción, consigo se me envíe a Concepción, con la promesa de que me harán seguir al Chaco una vez que se haya adaptado mi organismo al clima extraño de la región.

 

Concepción, lo digo y parece que nombro algo mío. Amigos en el puerto. Los doctores Calixto Pereira y Abente Haedo. Quiero nombrarlos. Para ustedes los nombres. Para mí la emoción renovada de esas amistades queridas y amplias. Para ellos que no sabrán de esto, lo que pueda caber de mi infinita gratitud en las vanas palabras.

 

La casa paraguaya de Calixto Pereira, mi compueblano –como dicen allá– tiene para mí calor de hogar propio. El Hospital Regional, con Abente Haedo, se vuelve mi hospital.

 

Concepción va a ser mi pueblo. Aquí siento el sabor de la tierra paraguaya; aprendo a conocer a sus hijos y mi corazón se ensancha con nuevos y sanos afectos. A los pocos días Abente Haedo sigue al Chaco. Yo soy designado para sustituirle como jefe de cirugía y director provisorio del hospital. A fin de servir mejor mis funciones paso a alojarme en el mismo establecimiento con otros profesionales sanitarios. Tarea ímproba; asistencia continua a civiles y militares. Cuatro, seis intervenciones quirúrgicas al día. Con frecuencia entramos a la sala de operaciones a las siete de la mañana y nos retiramos a las dos de la tarde. Emoción del trabajo intenso, complacencia en la acción cotidiana, lucha fervorosa por el rescate de vidas, faena sin pausas de las manos y de la mente.

 

Salas repletas. Convertimos nuestras habitaciones en dos salitas para mujeres operadas. El hospital flotante nos deja periódicamente cantidad de nuevos heridos. Camillas con heridos que colman salas, pasillos, corredores. Enfermos con afecciones quirúrgicas crónicas que esperan turno para ser operados, se instalan al aire libre, bajo los árboles.

 

Doña Anselma, viejecita, administradora del hospital, con su casa a los fondos. Nosotros, los técnicos, hospedados ahora en su casa. La abnegación, el cariño; la actividad ilimitada de esta viejecita; su previsión sobre las cosas, su bondad sobre los enfermos y los sanos del hospital.

 

Revisión sanitaria frecuente de civiles que van a incorporarse al ejército. Mocetones animosos que hacen ostentación de su salud y quieren rehusar el examen médico; enfermos que ocultan sus males anhelosos de luchar por la patria. Pesada responsabilidad ante el prójimo que requiere nuestro visto bueno para marchar tal vez a la muerte.

 

El doctor Santos Canillas, director titular del hospital, ilustrado médico español con 25 años de ejercicio de la profesión radicado en Concepción, volviendo de prestar servicio en el Chaco. Un viejo con vigor y alma de joven. Comprensión plena, amistad franca con este excelente colega que, pese a la agotadora labor compartida, selecciona con empeño entre su clientela civil casos de interés quirúrgico para nosotros.

 

Orquesta improvisada de inválidos que convalecen y cánticos, dulces cantares guaraníes de hombres y mujeres en el atardecer y en las noches del hospital. En las noches hasta la madrugada. Y uno prendido a estos cánticos, a esta música que casi no se oye, y que se va metiendo en el alma, incorporándose entrañablemente al propio ser. Obsequios de todas las gentes, frutas variadas que no conocemos ni sabemos comer, cigarros que no hemos de fumar, vinos, licores, confituras para la buena mesa común y, más que todo eso, el aprecio, la gratitud de un pueblo generoso por la ínfima parte de su dolor que, con nuestras exiguas posibilidades, procuramos aliviar. Y mis plazos que se cumplen; solicitudes a Montevideo de nuevas licencias que no se resuelven pero que doy por resueltas.

 

Han pasado cuatro meses, cortos, ligeros de estada en la ciudad norteña, pero que han llenado mi alma de inefable satisfacción.

 

Parto para el Chaco.

 

El Chaco. Yo no quiero, ni conviene a mi tema de ahora referir denuedos, ni penurias, ni horrores. Me voy a reservar mis personales vivencias de allá porque cualquier mención de ellas, cosa pequeña, supondría ufana irreverencia al enorme caudal de vidas, cosa grande, agotado en la selva trágica.

 

Tiene que ser muy alta la voz que mente la hecatombe chaqueña, para que no mancille la ofrenda de sangre hecha sobre el propio corazón de América, en grandiosa transfusión heroica. Voz que ha de decirse con un vigor tal que logre sacudir la conciencia americana, para que comprenda de una vez y para siempre y se alce contra él, blasfemante y resuelta, que el imperialismo yanqui, con la Standard Oil Company a la cabeza, nos está matando, como lo dijo el senador Long en pleno senado norteamericano, mostrando documentariamente dónde está la responsabilidad mayor de la guerra que termina, afirmación rotunda y condenatoria que finalmente costó la vida al eminente hombre público.

 

Sólo quiero decir para que conste sin equívoco alguno mi pensamiento al respecto, que ya vendrá el día en que habrá de comprenderse y proclamarse en digno gesto reivindicatorio, que no ha sido contra sus hermanos bolivianos, nobles y valientes, sino contra el imperialismo yanqui, que peleó el pueblo paraguayo esta guerra, sentando el más cabal precedente histórico de dignidad nacional y humana.

 

A lo largo de la historia fue siempre en todas partes, el coraje, las penurias, y el sacrifico de las gentes hontanar inagotable para la gran literatura. Ya aparecerán conmovedoras descripciones relativas a cuanto acaeciera en el Chaco, durante estos desdichados tres años. Pero sólo será mera literatura, sin valor humano efectivo, cuanto se diga si se ignora o se elude las causas reales, y la significación ineluctable para el destino americano de este holocausto multitudinario.
Ya vuelvo del Chaco cumplidos seis meses de permanencia en el Paraguay, agotadas las licencias concedidas y no concedidas, fracasada una mediación del coronel doctor Ydoyaga, jefe supremo de sanidad en campaña, solicitando a Montevideo, tras honroso elogio de mi actuación, una prórroga a mi licencia.

 

Voy haciendo la última etapa del viaje de vuelta a Puerto Casado. El trencito precario en sí, inmenso en la función que ha estado llenando, cumple los quilómetros finales de su trayecto. Repentinamente se me llenan los ojos de lágrimas. Mis primeras, mis únicas lágrimas del Paraguay, que las confieso a ustedes sin saber lo que quisieron llorar al dejar, con infinita amargura, la vasta selva del heroísmo y la desolación. Otra vez Concepción, ahora de paso. Algunas operaciones más a gente amiga. Un almuerzo en mi honor. Damas gentilísimas que ponen en mis manos un álbum colmado de firmas, fina expresión del agradecimiento de aquel pueblo querido. Cálidos, afectuosos homenajes que pesan en el ánimo de uno, que ni los puede rehusar, ni los alcanza a merecer.

 

Asunción al regreso. Otras demostraciones de simpatía y cariño. Amigos paraguayos que estudiaron en Montevideo con nosotros, autoridades de la sanidad, prensa, colegas que hemos conocido en las distintas etapas de nuestra estada. Gente cordial, sencilla, de alma pura y abierta, tan fácil a la amistad y a la bienquerencia como al callado sacrificio. Y la vuelta; emoción honda por cuanto se deja y cuanto se lleva de un lugar en que se ha estado de paso, pero donde se hizo algo con las manos, con la mente, con el corazón.

 

II

 

Y bien, señores, ya ven ustedes cómo en mi estar y en mi andar militante por tierra paraguaya, fui aprehendiendo con mantenida emoción, el modo de las cosas, el tono de la vida y el ser y sentir de las gentes de allá.

 

De esto procuraré decir algo ahora, intentando para ustedes una modesta síntesis de la interesante psicología de aquel pueblo que merece hoy más que nunca, la especial atención de América.

 

Yo no vi a los paraguayos en el heroísmo enardecido del combate, cuando el enemigo a la vista y el riesgo permanente exaltan el ánimo, galvanizándolo con fiera indignación patriótica. Yo los vi en el otro heroísmo, en el que se necesita, pasado ya el calor de la lucha, para recibir a la muerte en la mezquina camilla del precario hospital de campaña. Y en ese otro heroísmo el alma paraguaya luce sublimada en valores eternos. Es que se muere con gracia cuando se vive con gracia. Y el paraguayo tiene un noble sentido ético de la vida, compatible por otra parte con la más humilde existencia, y hontanar perenne de su valor e hidalguía.

 

Yo no sé si será por heredada condición racial, o a consecuencia de la gran desventura histórica que pesó sobre el Paraguay, que aquel pueblo parece haber estado viviendo años y años de sí y para sí, en una actitud de ensimismamiento colectivo. Serán tal vez, ambas cosas.

 

Una tendencia contemplativa, sentimental, de indígena melancolía, propiciada por el desastre tan inmenso como injusto de la guerra del 65, sobrevenida en pleno y avasallante florecimiento, y que dejó a aquel pueblo solo ante la ruina de su grandeza, el aniquilamiento de su poderío, la pérdida del 80 por ciento de su mejor población y, peor que todo eso, dubitativo de la fraternidad humana y descreído del sentimiento solidario de las naciones latinoamericanas.

 

La envidia, el encono, la ambición de vecinos pérfidos que formaron la Triple Alianza, suscribiendo expresamente un “pacto de conquista y repartición del Paraguay”, palabras de ellos mismos, baldón de la historia americana, que culminó en horrenda tragedia abatiendo a un país noble y vigoroso, con la secuela lógica de una desolación irreversible.

 

Después de aquello el tiempo inmóvil, como anquilosado entre las ruinas de cosas y gentes; el tiempo detenido para el progreso económico y social, y para las realizaciones culturales e industriales. Como si los muertos innúmeros reclamaran desde sus tumbas una quietud permanente, larga, total. Y un vivir estático, tardígrado, introvertido, que a fuerza de ahondar en el propio ser descubre al fin su prístina esencia en beneficio de una mayor intensidad espiritual.

 

Así parece haber vivido largamente el pueblo paraguayo, haciéndose por ello de una fisonomía propia y vigorosa, de singular tono racial, en contraste con otros pueblos americanos que ni conocen, ni comprenden, ni defienden su propia modalidad de ser, si es que la tienen. Pueblos valetudinarios que se conforman con ser lo que se quiere que sean, o se van desdibujando, esfumando sin ideales y sin elegancia, diluidos en el cosmopolitismo.

 

Yo ignoro si conviene o no a la moral de los pueblos jóvenes mantener un nexo vivo con su indígena condición, sin perjuicio de asimilarse la cultura y civilización exteriores. Pero presiento que dentro de una humanidad que no ha encontrado aún el norte de su ventura, o si lo ha encontrado lo ha vuelto a perder, dentro de una humanidad que sigue experimentando con la suerte de sus pueblos, ese modo propio de ser, basado en una real autoctonía, puede significar para las naciones pequeñas una posible salvación.

 

Si así fuera, el Paraguay, a pesar de la enorme sangría que acaba de sufrir, estaría salvado del mal, de la crisis del ser, que amenaza a todos estos jóvenes pueblos de América. Esta vinculación estrecha del pueblo paraguayo a su raza y a su tierra, causa supuesta de su relativo atraso material, es también la causa gloriosa de esa gallarda y tesonera defensa de su suelo que acaba de asombrar al mundo.

 

El notorio sentimiento paraguayo de sus cosas, de su raza, de su destino, tiene su más amable y grata expresión en las manifestaciones populares del arte, tocado allí de algo tan propio.

 

Yo de música sé apenas sentirla un poco. Me compensa de tanta ignorancia el supuesto algo absurdo pero bastante cómodo, de que la apreciación del arte es menester más de sentir que de saber, supuesto que los no técnicos debemos tomar irremediablemente por válido. Y bien, la música popular paraguaya tiene un potencial de emoción indefinible. Se la oye siempre allá unida a los cánticos en guaraní. Yo alcancé el privilegio de algunas traducciones al piano de esas músicas más genuinamente populares, y el efecto en mi ánimo fue maravilloso.

 

Es un encanto especial, parece como si aquello fuera hecho con tiempo, con aire de ambiente, y con algún noble material de la tierra, todo ello ligado por un sutil nexo de alma. Es como la expresión de un padecimiento que no alcanza al dolor, o de un dolor que se va aliviando, dulcificando, como esas penas que uno va queriendo vencer con alguna tímida ilusión. Pero no la creo música sensiblera, sino verdad de sentimientos, a veces complejos, dicha en música. Es tan de allá que acaso no tolere el transplante.

 

Siento, en efecto, que la música paraguaya que brindan las radios porteñas no es aquello. No alcanza, por lo pronto, a renovar en mi espíritu las sensaciones logradas oyendo las retretas en las tardes de Arce, junto al río Verde, o las guitarras de Boquerón o Isla Poí; o aquella orquestita de inválidos en Concepción, que mezclaba su música encantada a esos ruidos tan peculiares de los hospitales en las altas noches.

 

Oyendo música popular paraguaya –me pasó ello en las audiciones de piano de Concepción que tenían lugar en un ambiente de cultura artística– ese inquisitivo afán intelectual de conocer la fuente originaria de lo bello le hace preguntar a uno por el autor de la obra. Generalmente no se nombra a nadie. El pueblo sufrido, autor incógnito, es el padre legítimo de casi todas esas músicas. Un día nacieron, vaya a saberse de qué dolorosas gestaciones, y ahí anduvieron, de arpa a guitarra, entre aldeas centenarias y ruinas majestuosas, enlazadas a cantares guaraníes, llevadas y traídas con penas y alegrías, hasta alcanzar su plena sazón de terruño y su cálido sabor autóctono. Agustín Barrios, aquel excelente guitarrista y compositor paraguayo que tanto paseó por nuestra tierra su bohemia lírica, dejó obras como sus famosas Melodías de América, de singular valor. Y bien, él lo decía, muchas de sus obras eran arreglos de temas populares paraguayos, su más preferida fuente de inspiración.

 

Canciones guaraníes. No se sabe qué dicen pero se comprende qué son, se siente lo que quieren, como cuando se oyen las canciones populares rusas. No importa la traducción de las palabras. Al contrario, acaso resulte más favorable a la percepción artística de la canción y a la toma de su mensaje espiritual, recibirla así, liberada –por el desconocimiento del idioma– de su particular motivo temático. Se cantan generalmente estas canciones populares en dúo y a voz muy baja, siendo así mayor su efecto de exquisita dulzura. Parece como si estos cánticos tan sutiles quisieran metérsele a uno en el alma sin que los sentidos se apercibieran.

 

Y si son eminentemente populares en su origen estas músicas y canciones lo son más aun en sus ejecutores. Véanlo ustedes. En Arce, celebrando no sé que fausto, se organiza una audición de música y canto a cargo de un trío de muchachos. Escucho embelesado y cuando procuro identificar a los cantores, me encuentro entre ellos a mi propio asistente, un soldadito inutilizado ya para el servicio activo y de magra presencia. Tanto me sorprendió aquello que de pronto pensé traer al muchacho a lucir su arte en Uruguay, lírica ocurrencia desde luego desechada. En Concepción oía siempre en las mañanas desde mi pieza, un dulcísimo cántico de mujer. Cerca trajinaban unas planchadoras del hospital. Más de una vez me asomé a la ventana, con la renovada ilusión de que fuera una joven beldad la dueña de tan exquisita voz. Y siempre el mismo chasco, la emisora no era joven y menos aun beldad, y hube de retornar una y otra vez a la prosaica realidad, transido como El Quijote de ausencias de Dulcinea.

 

Debo regularizar el muñón a un valeroso soldadito amputado. Me creo en el caso de anunciarle al muchacho que pronto tendrá una pierna artificial para sustituir la perdida. Será, contesta sin amargura, pero mientras tanto con esta guitarra iré cantando. Y con su guitarra y sus canciones ponía a diario en la sala de heridos una melancolía más, pero de virtud tal que aliviaba y dulcificaba las otras melancolías del ambiente hospitalario.

 

Me cupo observar en el puerto de un pueblo ribereño a un hombre maduro, afectado de cierto impedimento físico, que explotaba con buen provecho su habilidad artística. Con un clavo candente grababa en mates el retrato de los pasajeros que distraídos seguían desde la borda del “Pingo”, barquito fluvial, el laboreo de carga y descarga. El dibujante lograba tal parecido que los retratados adquirían satisfechos los mates, retribuyendo con largueza al artista.

 

Podría referir muchos casos semejantes pero basta lo que he venido diciendo para dar una pauta de la condición artística innata de aquel pueblo. Las labores de mano, ajuares, mantelería, tejidos en hilos de elaboración artesanal y primorosamente ejecutadas se ven por doquier, como el clásico ñandutí. Son típicos los ponchos indios confeccionados con hebras de fabricación casera coloreadas con tintas selváticas.

 

Son admirables las estatuitas de terracota que representan a vendedoras de chipa del mercado de Asunción, en diversas actitudes o cabalgando un borrico, o a otros personajes populares característicos, que suelen lucir la prestigiosa firma de Marsal, pero que asimismo son con frecuencia producción de artistas ignotos. En fin, se percibe ahí un espontáneo fluir del arte sin buscarle, con la misma prodigalidad de aquella exuberante naturaleza cálida, que pone frutas para el viajero a la vera de todos los caminos.

 

Parece como si fuera la expresión artística el instrumento que usa el paraguayo, ensimismado, introvertido, para acusar su humana presencia al prójimo transeúnte. El lenguaje popular es desde luego el guaraní o un castellano sui géneris. El guaraní, idioma habitual del pueblo más humilde es, parejamente, lujo de dicción para los intelectuales, que hacen del conocimiento a fondo de la lengua autóctona, cuestión de rivalidad y motivo de orgullo.

 

Al parecer el guaraní ofrece gran riqueza de expresión y permite sutilizar mucho en la versión de los diversos estados anímicos. A consecuencia de esto me vi más de una vez defraudado, oyendo relatos paraguayos –suelen ser excelentes narradores– iniciados en correcto castellano, y continuados en guaraní en el momento más culminante.

 

Cierta vez un soldadito, herido convaleciente, bastante ladino, narraba en castellano el desastroso efecto que les produjo una bomba de avión. Éramos treinta y rodeábamos la olla en la hora del rancho, decía, la bomba nos hizo daño a todos. ¿Cómo? preguntaron incrédulos los circunstantes, que habitualmente se mofaban de los júnqueres bolivianos. El muchacho respondió en guaraní, con teatral gesto de desolación, haciendo reír, muy de grado, a su auditorio. Indagué la respuesta. Ellos se habían refugiado en el monte, la bomba dio cuenta de olla y contenido: el daño general fue al estómago.

 

Un colega paraguayo, mayor de sanidad, muy pintoresco, narra en rueda el casito ejemplarizante que debió hacer aplicar a unos soldados que se permitieron no sé qué abusos con unas indias. Mi capitán –dijo al jefe en presencia de los delincuentes– le pido que les haga dar diez, azotes a cada uno de estos hombres por tal causa y continuó en guaraní, festejado con grandes risas. Como el caso no me pareció muy gracioso, pregunté lo que había dicho. Traducción: Y vea, mi capitán, antes de darle los azotes, hágales quitar los calzones, que no tienen la culpa de lo que ellos han hecho. En cuanto al castellano sui géneris del pueblo humilde, es, desde luego, un castellano alterado pero que no daña al oído. Me sorprendieron muchos modos de decir de aquellas gentes, pero jamás sentí allá la sensación deplorable que causa a mi espíritu, por ejemplo, el lunfardo porteño tan difundido y que yo, respetando todos los gustos, detesto.

 

El castellano del pueblo medio, y en especial de la mujer paraguaya, es algo así como una melodización del idioma. Léxico reducido pero que se diría formado con un fino instinto selectivo, que hubiera ido eligiendo las palabras más dulces y de más grata sonoridad. Graciosa agilidad al decir, pronunciación muy correcta y una peculiar manera de alargar determinados sonidos como para que les quepa más alma.

 

A esta altura me he echado encima un gran compromiso. Mencioné a la mujer paraguaya y ustedes van a querer que les diga cómo son y acaso cómo aman. Mi conocimiento de ellas es limitado, breve trato de hospital. Son, desde luego, esposas, madres, hermanas, seguramente novias amantísimas y abnegadas. Damas distinguidas y buenas mujeres del pueblo, compartían los menesteres de la sanidad en los hospitales de este lado del río y mismo en los del Chaco. De amplio corazón humanísimo, atendían con igual solicitud y cariño a heridos paraguayos y bolivianos. ¿Lindas? Las hay y muchas. ¿Sus maneras? Muy exquisitas y muy femeninas.

 

Tuve oportunidad de operar a muchas chicas, maestras en su mayoría. Y son como las enfermitas de acá, de una deliciosa impertinencia. Que no quieren que se les duerma. Que les va a doler si no se les duerme. Que el corte sea pequeño. Que la cicatriz sea invisible. Y al otro día de operadas, un acicalamiento de novias; ropas de cama y personales con unas labores primorosas, coloretes, etcétera. Y autorización para beber champaña, la moda, vale decir orden suprema, que asimismo incluía invitación al cirujano, favorecido siempre con la mayor dosis, por obvias motivaciones dietéticas. ¿Cómo aman? Yo no alcancé a saberlo. Tengo para mí, por otra parte, que es tonta presunción de los hombres eso de querer decir ciertamente cómo aman las mujeres.

 

Apenas si podríamos algunas veces –tristes de nosotros– decir cómo nos hacen creer que aman. Supongo que esto es una verdad de todos los tiempos aquí, en el Paraguay, y en cualquier lugar poblado por mujeres y hombres.

 

Se ha venido hablando, algunas veces en forma desdeñosa, con piedad hiriente otras, de un Paraguay turbulento, rencoroso, de incipiente cultura y opuesto a los requerimientos de la civilización.

 

Yo niego la turbulencia de aquel pueblo y afirmo, por lo contrario, su ferviente anhelo de tranquilidad y paz. Y hago hablar a un hecho. En enero de 1933 llegaba el presidente Ayala en hidroavión al puerto de Concepción luego de conferenciar en el frente con el alto comando. Un bote le trajo a la costa. Se le invitó a un almuerzo que rehusó por falta absoluta de tiempo. Despidióse de su pueblo y, cuando ya se marchaba, se volvió con lágrimas en los ojos diciendo así: "No puedo llevarme el secreto; antes de diez días una noticia bendita correrá por nuestra patria, para felicidad y alegría de todos". Se estaba en los prolegómenos de las reuniones de Mendoza. La paz se consideraba un hecho. Yo presencié la ansiedad del ejército y del pueblo en aquella hora. La suerte acercó la paz, pero se la llevó de nuevo. No fue culpa de aquel pueblo.
Yo niego el rencor paraguayo. Y hago hablar a otros hechos. Este buen herido paraguayo, alarga la mano que le queda para obsequiar al amigo boliviano del lecho vecino, con las confituras que le ha enviado su madrina de guerra. Estigarribia acaba de poner en manos de Peñaranda, la pistola que le acompañó durante toda la campaña del Chaco.

 

Yo niego la incultura paraguaya. Aquél es un pueblo ingénitamente fino y cordial. De innata sencillez y modestia, la natural amabilidad de aquella gente, gana sin obligar. Viven en gracia de arte y poseen el arte supremo de hacerse querer.

 

Niego también el atraso de aquel pueblo en cuanto al intelecto atañe, o a desarrollo mental se refiere. En ese sentido, se encuentran los paraguayos tan al día con la civilización como puede estarlo cualquier pueblo americano. Cierto, eso sí, su atraso material. Pero téngase en cuenta que en el año setenta, al terminar la guerra de la Triple Alianza, el Paraguay quedó asolado y con doscientos mil habitantes, en su mayoría mujeres, de un millón que tenía al comenzar la lucha. De esto hace sólo sesenta y cinco años, mucho para una vida humana, poco para ,la vida de una nación.

 

Ahora todo anunciaba, sin embargo, un formidable resurgimiento de aquel noble pueblo rehecho y vigorizado. El Paraguay debía al extranjero al iniciarse la guerra del Chaco, la insignificante suma de tres millones de pesos, cincuenta veces menos que nosotros en la misma época. Era la nación menos empeñada de América y por lo tanto la más dueña efectiva de lo suyo. Estudiaba, dentro de un régimen de paz, libertad y orden, obras de verdadero aliento, que habrían de significarle mejoras de fondo. Y vino esto, esto que ahora pasó. Si no es un engaño creer que pasan de veras las guerras, cuando callan metrallas y cañones. No, señores, lo que pasa es la muerte, pero queda tras todas las guerras, una terrible secuela de dolor, invalidez, miseria y desolación.

 

Que América lo sienta y lo comprenda. Que América en hermoso gesto solidario, si es cierto que abrió su corazón alborozado ante esta paz, abra todos sus puertos, suprimiendo aranceles aduaneros en favor de esos dos pueblos nuestros, que se desangraron sobre el mismo corazón de América, en copiosa transfusión heroica.

 

El presente artículo fue publicado en 1935 en los diarios uruguayo. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 59 el 1 de agosto de 2007.

 

 

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