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Introducción
El problema contemporáneo del lenguaje
Un esbozo sesgado
No cabe duda, el lenguaje ha crecido, su potencia aumenta y con ella, las
posibilidades que se abren a las mentes de todo género para jugar el juego
de pensarse originales. Como muchas de las grandes novedades de la
modernidad, el lenguaje parece haber adquirido vida propia, es una marioneta
cuyas articulaciones ya no obedecen a sus titiriteros, con nervio, en
especial nosotros, quienes nos preciamos de conocerla y manejarla, vemos
desde arriba del escenario que la marioneta nos voltea a ver con una sonrisa
siniestra, y lo que se anunciaba proféticamente hace poco más de un siglo,
comienza a suceder: somos tenidos por el lenguaje. Nosotros no lo tenemos.
No es tarea de este ensayo indagar este desarrollo. Baste apuntar, por un
lado, que no es que antes de Dilthey, Heidegger o Wittgenstein no hubiera
lenguaje sino que las preguntas que se plantearon lo llevaron a un estatuto
inédito. Y por el otro, que dicho estatuto se inscribe dentro de una cierta
organización social y que una vez formulado ha influido explícitamente en
ella de manera radical. Así, podemos decir que los efectos del llamado “giro
lingüístico” han sido polivalentes y multidireccionales, en cierto sentido
caóticos. No quiero, entonces, aparecer como un apologeta de la metafísica,
ni del ser ni de la realidad, la existencia me cuesta trabajo. Tampoco
quiero negar el enorme impacto en la dinámica social que ha tenido este
nuevo paradigma. Como hijo de mi tiempo, me atrevo a decir que me gusta que
el lenguaje sea mi posibilidad de pensar y que me gusta no tenerlo. Lo
anterior hace soñar un desorden global del que entrevemos ya los primeros
síntomas y que promete diversión extrema.
En todo caso, lo que me gustaría hacer en este ensayo es mirar debajo de la
falda del lenguaje, asomarme a su lado oscuro, verle los pelos y las
verrugas, las várices y la celulitis. Ponderar aquellas situaciones en que
el malentendido viene por el lenguaje mismo sin necesidad de postular
referentes, especialmente aquellas en que la elongación de la comunicación
no hace sino enredar más las cuestiones. Porque, así como me parece
innegable que la nueva dinámica comunicativa abre un universo de
posibilidades inéditas en donde el acento está puesto en la capacidad de
comprender, y por tanto en la necesidad de interactuar con suficiencia; es
igualmente evidente que hay veces que uno quisiera no haber dicho y hoy,
querer no haber dicho, equivale en cierta forma a querer no ser.
Lenguaje y poder. Control y resistencia
A modo de hipótesis, que no es más que un pretexto, quisiera sugerir que el
poder se asienta en el control de la comunicación. Poder y lenguaje copulan
constantemente al aire libre. Una vez despierto el poder a la sugerencia de
que los enunciados hacen cosas, no hubo marcha atrás. Así, contamos con
monstruosas instituciones compuestas de lenguaje que para reproducirse lo
codifican. Y, si como dice Wittgenstein, no existe lenguaje privado, en
cierto modo esa enorme y esquiva vaca que todos alimentamos todos los días
con kilos y kilos de palabras, nos constituye y controla siempre
interesadamente.
Ahora bien, esto no es grave, en todo caso hay múltiples posibilidades de
jugar distintos juegos, lo que hoy por hoy constituye la principal
resistencia. En sinnúmero de ocasiones es posible voltearle la jugada al
sistema y salirnos con la nuestra. Lo único complicado es, en todo caso,
hacernos a la idea de que nuestra identidad deviene [1]
en configuraciones esporádicas e inestables en vez de ser ese asiento fijo,
único y trascendente [2]
de nuestra más pura e inviolable esencia, y esto es así porque de otra forma
podrían decirnos, y en el decir, hacernos como se les diera la gana.
No obstante lo anterior, la organización social a la que apenas abrimos los
ojos con espanto, tiene sus estrategias homologadoras y cuando estas son
demasiado perversas, se pueden convertir en peligros graves. Como ejemplos
de esto tenemos una amplia gama que va desde todos los artilugios inventados
desde la psicología para definir perfiles de personalidad (tests de revistas
incluidos), hasta el acta de nacimiento y los documentos de identificación
que los Estados Nación contemporáneos implantan en los nacidos, impúberes,
púberes, adultos, adultos mayores, cadáveres, etc. Sin olvidar, desde luego,
las historias financieras, el hi 5 , el myspace, la cuenta de correo
electrónico, la sección del club social del Reforma, y, en suma, todo
aquello donde nuestro modesto sobrevivir deja huellas incompletas que sirven
para rastrearnos, confiarnos, vendernos, comprarnos, premiarnos,
castigarnos, secuestrarnos, matarnos, extorsionarnos, definirnos,
conocernos, querernos, desearnos, admirarnos, suprimirnos y leernos. Vivimos
como murió el gran Jean Baptiste Grenouille, protagonista de la novela El
perfume: en trozos, masticados por multitudes anónimas, atraídas en este
caso por nuestro olor a consumidor y a ciudadano.
Lo políticamente correcto. Una caracterización no neutral ni objetiva, sino
más bien hastiada e irritada
Uno de los casos arquetípicos de las trampas más complejas y menos obvias
urdidas por el poder a través del lenguaje (o por el lenguaje a través del
poder), es el de lo políticamente correcto. Con él como pretexto comienzo
una indagación que queda abierta de los extremos y que me he prometido
continuar posteriormente buscando otros ejemplos.
Hay algo molesto en el hecho de que no pueda yo decir “tu piel es café” sin
transpirar un leve tufo a sospecha. Inmediatamente los mecanismos de censura
y autocensura empiezan a girar desorbitados y la mirada de la sociedad
cambia de lentes para observarme. La polisemia de la palabra que permite
refundar mundos en donde sólo hay devastación y reencantar comunidades
enteras mediante un trabajo de alquimia verbal, juega en estos casos
incómodos como radar de la censura.
Y hay algo decididamente perverso en que la única solución al cortocircuito
sea tener que seguir explicando, con pocas probabilidades de éxito, el
enunciado que desató todo. Así, la atención se convierte en esclava del
malentendido porque no hay manera de dejar el asunto por la paz. A esta
codificación particular del discurso se le ha llamado de distintos modos, de
los cuales, el más conocido, pero no por ello menos problemático es el de
“lo políticamente correcto”.
El principal problema del concepto es que se juega a distintos niveles. Hay
quienes lo instituyen en cultura, y así podemos hablar, por ejemplo, de la
cultura norteamericana de lo políticamente correcto. Hay quienes lo asimilan
con la “tolerancia” y así podemos hablar de gente tolerante y gente
intolerante. Hay para quienes se convierte en la vocación de una vida entera
como oposición al racismo, la homofobia, la intolerancia religiosa o la
discriminación por razón de malformaciones (¡ojo, cuidado, sé neutral,
escoge las palabras!) de nacimiento mutilaciones en vida, o discapacidades.
Incluso en ocasiones, lo políticamente correcto sirve como parámetro para
medir el nivel de respeto por los derechos humanos en las sociedades
“desarrolladas”.
Las valoraciones generalizadoras del fenómeno son ambivalentes, hay quienes
lo ven como un “avance” de la civilización, mientras que hay quienes lo
tachan de franca ridiculez. Los mecanismos de lo políticamente correcto han
sido directrices en debates sobre la libertad de expresión, fundamentos de
normas jurídicas que regulan el insulto, referentes de una cultura del
apaciguamiento.
Del otro lado, tenemos una preocupación atendible. Si los enunciados tienen
el poder de hacer, y se eliminan los mecanismos mediante los cuales la
sociedad controla el tono del discurso, es probable que quienes ostentan más
poder puedan eliminar con facilidad a quienes ostentan menos, sólo a través
de la palabra. En contra de todo lo argumentado hasta el momento, me resulta
imposible negar que hay palabras que pueden destruir gente. Esto dejaría al
discurso de lo políticamente correcto en condición de mal necesario, en la
lógica de que es preferible un malentendido bochornoso que la posibilidad de
orquestar un acto de aniquilación verbal.
Parece que nos hemos topado con una aporía. Pero sólo parece. No basta con
decidir una o la otra opción, y desgraciadamente en esto, como en casi todo
lo demás no hay un punto medio exacto. Aunque podríamos pensar que el
argumento a favor de lo políticamente correcto parece tener más peso, si
llevamos su lógica al extremo nos daremos cuenta de que su potencial dañino
es también enorme. Pongo un caso simple: ¿Qué es el antisemitismo? ¿Quién
juzga al antisemita?
Ciertamente no es una ficción, nada más lejano a mis intenciones que se
interprete mi pregunta de esa manera. Sólo creo que, en el caso del
antisemitismo nos topamos con un concepto sobredeterminado a extremos
increíbles. Mi pregunta no es retórica, aunque sé perfectamente que el odio
sistemático contra los judíos es deleznable y mi postura personal pretende
ser absolutamente coherente con este juicio, si pregunto por el
antisemitismo es porque hay muchísimas cosas que no sé de él. Entre ellas,
la más importante, sus límites. Y es que, en ciertas circunstancias, para
ser antisemita ha bastado con criticar ciertas políticas del Estado de
Israel mientras que en otras, ataques descarados en contra de comunidades
judías, han pasado convenientemente desapercibidos.
Ahora bien el problema surge porque yo no tengo una experiencia del
antisemitismo, mi realidad no se ha gestado en torno a ese debate, ni soy
judío ni soy ni conozco a nadie que haya sido nazi, por ejemplo. No he
vivido en Europa o en Estados Unidos lo suficiente como para entender sin
tener que preguntar los matices de la cultura del antisemitismo. Y aunque sé
que es un problema del que no puedo sustraerme, en tanto que constituye un
punto nodal de mi preocupación por el lenguaje, no siento que tenga la
obligación de estarme reafirmando como anti antisemita. Nunca he tenido un
problema concreto de antisemitismo, pero de alguna manera sé que entre más
trate el problema de manera abstracta, mis probabilidades de incurrir en
antisemitismo aumentan. ¿Por qué?
Traslademos esto a otro ejemplo: el antiamericanismo. [3]
Quizá el caso más dramático del uso perverso del discurso de lo
políticamente correcto. La sola percepción (explicitación) de que se es
antiamericanista puede acarrear la muerte. En ciertos contextos un
comentario, una broma, una simple mueca pueden desembocar en la
caracterización de quien dijo, bromeó o gesticuló como terrorista,
sospechoso a todas luces, y por tanto, peligroso, castigable, encerrable,
torturable, maltratable, multable. Relaciones diplomáticas han dado giros de
ciento ochenta grados por el argumento del antiamericanismo y a la fecha no
hay quien haya generado una explicación coherente del antiamericanismo, la
única noción con la que contamos es la cara del presidente norteamericano
diciendo “no me gusta”.
A diferencia del antisemitismo, cuyo referente histórico tiene una carga
simbólica considerable y cuyos opositores lo han explicitado en algunos
casos brillantemente; [4]
el antiamericanismo parece ser una cuestión de capricho. Una situación
artificiosa que evidencia el manejo estratégico con fines de control y de
evasión de responsabilidad, del lenguaje de lo políticamente correcto.
En todo caso, lo que me parece peligroso del discurso de lo políticamente
correcto, es la lógica en la que involucra a la comunicación. Me parece
bastante claro que aplasta mi derecho a equivocarme, pero, más grave aún, me
impide resarcir la equivocación de manera directa. El perdón se difiere y su
posibilidad se hunde debajo de capas y capas de explicaciones, demandas,
nuevos malentendidos y, en ocasiones, violencia. Quien me otorga el perdón
no es el ofendido sino las instituciones que controlan el límite del
insulto. Una mala frase a un compañero se puede convertir en un insulto
grave en contra de todo un grupo de gente a quien nunca he visto la cara
pero al que tengo que implorar perdón y pagar tributo. Sin duda es una
trampa del lenguaje para atrapar al imprudente.
Jugar con las reglas de lo políticamente correcto inscribe al jugador en una
lógica sin fondo, en un viaje directo al vacío. El problema sustantivo
pierde toda entidad y el acento se pone en salir del paso. Resulta falso que
el resultado de un altercado verbal termine en algo positivo, todo es
negatividad. Cero significado, cero comprensión, cero aprendizaje, cero
creación y pura reacción.
Apariencias y sugerencias
La regla prefabricada vs. el caso concreto
Dos vías se ofrecen como obvias ante el problema y ambas son preventivas: la
hipocresía y el eufemismo. En el primer caso basta con que el lenguaje con
el que se formula un pensamiento no se haga explícito en ciertos contextos
aunque en otros se le pueda dar rienda suelta. El éxito de la estrategia
reside en la capacidad de leer el poder de la censura (ser paranoico). En el
segundo caso se requiere un poco de práctica. Como parte de su retórica, el
discurso de lo políticamente correcto, continuamente somete a revisión
pública su catálogo de fórmulas para hablar de temas espinosos. Es una
especie de diccionario bilingüe en el que puedes cambiar frases
extremadamente ofensivas como “el puto ese” por “el peculiar compañero
homosexual” o “mi primo discapacitado” por “mi pariente en segundo grado con
capacidades especiales”. Basta con aprenderse cada dos años más o menos, las
nuevas tendencias en la moda del lenguaje de la tolerancia, para nunca
meterse en problemas.
Y ese es el problema. Tanto la hipocresía como el eufemismo nos impiden
meternos en problemas, nos lo prohíben terminantemente. Entonces los
problemas quedan a salvo porque nadie puede entrar. Y permanecen acumulando
capas y capas de lenguaje vacío formando verdaderos tumores en la red de
comunicación. Lo que se trataba de evitar con el discurso de lo
políticamente correcto se convierte en problema sin solución. Así, racismo,
homofobia, antisemitismo, antiamericanismo, discriminación por motivos
físicos, intolerancia religiosa, duermen un dulce sueño, rebosantes de
vitalidad, en el fondo del océano de discusiones superfluas que se enfocan
en códigos que les son, en tanto problemas, completamente ajenos e
indiferentes.
Lo que propongo, en todo caso, es darnos cuenta de que el conflicto es
siempre a nivel sistémico. El odio sistemático contra los judíos, por
retomar el ejemplo, se vigila de manera sistemática con parámetros
sistemáticos: un sistema contra otro sistema en un choque de fuerzas que, en
tanto habitantes de una cotidianidad, nos sobrepasan absolutamente. Eso es
sentirse peón en un juego de ajedrez, y es ahí donde no podemos ser
originales.
Bien, el lenguaje no es privado, de acuerdo, pero su uso a nivel de pasto
siempre es inédito. Hay que particularizar, hay que hacer experiencia de la
interacción y del lenguaje cuantas veces sea necesario, hay que equivocarnos
y pedir perdón y, si es necesario, agarrarnos a guamazos, pero siempre uno
contra uno. Alejandro contra Luis, Luis contra Paco, Mariela contra Julieta,
Julieta contra su prima, pero nunca El Negro contra el Blanco, o el Indio
contra el Mestizo, o el Gay contra el Heterosexual.
Cada conflicto es historizable e historizar equivale a particularizar. Sólo
entonces podemos tomar postura y sólo entonces se nos puede demandar
coherencia con ella. El caso autoriza a hablar. Sólo el caso, porque no hay
responsabilidad posible si no hay caso.
Quiero recapitular.
O, de querer saber dónde estamos parados en cada caso.
"Eres un cabrón ≠
eres un cabrón"
Como vimos ya, el lenguaje de lo políticamente correcto genera una cierta
oscuridad en torno a la experiencia. Incluso podemos decir que la pervierte.
Ya antes dije que habría que tolerar el lenguaje de lo políticamente
correcto como un mal necesario, y ahora quiero ahondar en esa sugerencia.
Hay dos problemas principales que han quedado insinuados y que deben
explicitarse antes de buscar una postura.
En primer lugar tenemos mi propuesta de ir al caso, pero esta evidentemente
choca con la objeción de que nunca llegamos al caso completamente desnudos.
Es muy probable, en esta tesitura, que lo que identificamos como un caso no
sea, entonces, más que una ficción, porque, en realidad, lo que parecería
una experiencia particular de malentendido, no sea más que la aplicación de
fórmulas preestablecidas desde el sistema y en cuanto tal, sea perfectamente
estandarizable y convertible a estadística. “Le dije negro a un negro y
luego me disculpé y le dije perdón señor afroamericano o afroafricano o
afroeuropeo” no es más que una jugada dentro del tablero y de acuerdo con
las reglas prescritas desde el sistema. Ahí no hubo experiencia porque no
hubo decisión y no hubo decisión porque no hubo conflicto. En suma, no hubo
caso.
En segundo lugar está la cuestión de que aún cuando hubiera caso –y a esto
volveré más adelante– su resultado no deja de situarme de uno u otro lado de
la ecuación. O apliqué las reglas de lo políticamente correcto y evité el
conflicto reafirmando y protegiendo el problema, o de plano abandoné toda
sutileza y ofendí. Parece difícil a primera vista surfear la cresta de la
ola sin caer delante o quedar detrás.
Y es que, antes de deconstruirlo sistemáticamente hay que interrogar las
condiciones de posibilidad del lenguaje de lo políticamente correcto.
El lenguaje de lo políticamente correcto tiene un auge desde la segunda
mitad del siglo XX en adelante, que es posibilitado por experiencias
históricas muy concretas. Sin que quiera por ello establecer relaciones
causales, propongo el colapso del sistema imperialista a principios de
siglo, el Holocausto, el Apartheid, las luchas por los derechos civiles en
Estados Unidos durante la década de los cincuentas y las liberaciones
sexuales de los sesentas en la mayoría de las sociedades occidentales, como
hitos en la nueva codificación del uso discursivo. Como es notable, todas
son experiencias que no me ha tocado vivir directamente y quizá sea por ello
que hoy sólo puedo poner el énfasis en un uso perverso de algo que surgió
como respuesta urgente a un mundo que se colapsaba y se reconstituía a
velocidades vertiginosas.
Lo anterior sin duda califica al lenguaje de lo políticamente correcto como
una estrategia clave en los mecanismos que la sociedad de entonces utilizó
para mantener el orden y evitar (a medias) el colapso. Transgredir este
juego discursivo por el sólo placer de hacerlo, me parece tan perverso como
hacer de él un mecanismo de evasión.
Así, me parece que la cuestión a resolver en este ensayo puede quedar
enunciada como sigue: querríamos convertir cada malentendido en un verdadero
conflicto (en un caso) tal que su resultado no nos sitúe ni en el eufemismo
ni en la ofensa.
Y me parece que una primera respuesta es una amistad radical que se
desmarque de las definiciones y se sitúe en el devenir. Sería, tal como la
planteé, la única posibilidad (paradójica) de siempre surfear la cresta y de
que la ola siempre fuera distinta.
Explico con un ejemplo: hay una enorme diferencia entre que mi novia me diga
“eres un cabrón” después de que la he tratado con la punta del zapato y que
me diga “eres un cabrón” después de una buena racha en que todo lo que he
hecho la ha puesto feliz. Pero la distinción es imposible si sólo nos
fijamos en el momento puntual de la enunciación. El signo ? que resulta
fundamental para este caso sólo aparece en el devenir de una relación de
amistad en donde sean los matices y todo lo no dicho los que marquen la
diferencia. Esa es la manera de escapar a la trampa de lo políticamente
correcto, porque el sistema en el que se sustenta este uso discursivo es
incapaz de distinguir el devenir, porque el devenir es un estar siendo que
en el momento en que se intenta definir desaparece. Y en cierto modo, esta
es mi propia experiencia de la amistad: un estar siendo ininteligible.
Así, yo sabría que estoy escapando al lenguaje de lo políticamente correcto
cuando fuera amigo de un homosexual al que le pudiera decir “pinche puto”
sin que se ofenda porque entre nosotros ya no sea necesario explicar que no
lo digo en tono de ofensa. Y si esto parece una quimera hay que observar lo
que hace gente como Chris Rock quien siendo negro, y en una presentación
pública dentro de una entrega de premios con millones de televidentes, hace
chistes despectivos hacia los propios negros arrancando carcajadas a negros,
blancos, cafés, amarillos y rojos por igual.
Ningún agente a nivel sistémico es capaz de lidiar con esta amistad radical
en el devenir porque no importa qué calificación o respuesta dé desde el
sistema, siempre estará equivocado. Si censuran a Chris Rock, él puede
alegar discriminación hacia su persona por motivo de raza, si lo aplauden,
la comunidad afroamericana en pleno se les va encima porque, a diferencia de
Rock, el sistema no está (nunca puede estar) en el caso.
Así, sabré que escapé a la trampa cuando pueda ser un cabrón de miles de
distintas formas posibles y en relación con multitud de interlocutores, pero
sobre todo, sabré que he escapado cuando esto ya no sea tema y se pueda no
hablar de él.
Notas
[1] Para ampliar el
concepto de devenir, recomiendo la lectura de las primeras páginas de Lógica
del sentido de Gilles Deleuze, tr. Miguel Morey, Barcelona, Paidós, Surcos,
2005, pp. 27 y ss.
[2] Trascendente aquí
está usado de manera secular en el sentido de una posición respecto a la
observación como un afuera desde el que mirar sin prejuicios.
[3] No el de fútbol,
sino el de odio hacia Estados Unidos.
[4] Pienso, por ejemplo
en Hannah Arendt o en Jacques Derrida.
Publicado en la revista mexicana
Fractal No 42 (2006).
Reproducido en el
semanario
Peripecias Nº 64 el 5 de
setiembre de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos.
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