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José da Cruz es geógrafo y novelista, y analista en
CLAES D3E.
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Lo escuché decir del palacio de Carondelet, donde reside el
Poder Ejecutivo ecuatoriano, y también lo escuché del palacio de gobierno en
el Zócalo de la Ciudad de México. Algo similar se comenta sobre la Estación
Central de La Paz en Bolivia, hoy destinada a terminal de ómnibus, sobre la
de Santiago de Chile y sobre el Mercado del Puerto de Montevideo. Más que
probablemente igual leyenda se refiera de otros edificios públicos.
El mismo perro aparece con dos collares. En la Versión Uno,
el edificio Tal y Cual se construyó según planos que en realidad estaban
destinados al edificio Cual y Tal, o a otra cosa completamente distinta; en
la Versión Dos, para la construcción Tal y Cual se utilizaron materiales
enviados desde Europa con un fin diferente, incluso destinados a otro país,
pero resultaron abandonados, perdidos, embargados, y ya que estaban ahí...
Los palacios de México y Ecuador son obras coloniales. La
tipología de ambos edificios reproduce lo habitual: patios internos rodeados
de habitaciones. De ambos se dice que para alzarlos se siguieron planos
militares de almacenes o cuarteles, debido a algún factor confuso que la
leyenda no aclara. Es cierto que hospitales, escuelas, conventos o lo que
fuere se construían más o menos con la misma planta básica. Si realmente
existió un “reciclaje” de planos hubiera desembocado en una construcción
parecida.
La conclusión del Carondelet tomó cien años; durante todo
ese siglo nadie denunció que no se tratara del proyecto correcto. El
edificio mexicano tiene 200 metros de largo y en ese enorme volumen nadie
advirtió nunca equivocaciones de orientación o de realización. Por lo menos
los relatos populares no lo indican; hablan del hecho, pero no explican más.
Se escudan en el “se dice...”.
En los pocos ejemplos que reuní de memoria hay tres
construcciones del siglo XIX. Son productos industriales destinados a fines
prácticos, armados como quien juega con un mecano. Las dos estaciones son
del ingeniero Eiffel. Se parecen, pero se parecen también a otras cien
estaciones a lo ancho del mundo, brotadas al galope de la expansión
fenomenal de los trenes.
Es muy fácil pensar que siguen un modelo estandarizado;
tampoco sería extraño que se hubieran basado en algún ejemplo previo. De ahí
a que los planos se hubieran traspolado o que los materiales llegaran a
nuestro continente con otros fines, hay un abismo. Salvo en el caso de
unidades pequeñas, difícil es trasplantar un edificio a otro espacio que el
original.
La leyenda insiste en que las estructuras de hierro del
Mercado del Puerto iban en realidad destinadas a una estación ferrocarrilera
en Chile pero el navío que las transportaba naufragó en el río de la Plata,
y por esa causa se habrían utilizado en Montevideo. Ahora bien, hablamos de
mediados del siglo XIX, de un proyecto bien conocido y hay documentos que
hacen constar que el proyectista, un ingeniero de nombre Mesures, viajó a la
Union Foundry de Liverpool a supervisar la producción de las armazones
estructurales. No es tan romántico como el naufragio.
Era la época de los prefabricados. En países de grandes
bosques se vendían casas de madera, completas, para armar, que se enviaban
por tren a Kentucky, Trondheim, Munich o Novosibirsk; en países de prestigio
arquitectónico, la “arquitectura” se compraba en forma de fachadas
prefabricadas según la moda, y luego distribuidas por el mundo. Tal vez las
historias comentadas reflejen a la vez crítica y admiración ante los
prefabricados de hierro, surgidos con brillantez a partir del Crystal Palace.
Ahora bien, sospecho que los mitos circulan en países alguna
vez coloniales, pero no lo hacen en las antiguas metrópolis. No tengo
conocimientos para decir que es así, pero lo sospecho. Nunca escuché que el
Palazzo Venezia hubiera sido concebido como cuadra de panadería, o que el
parlamento inglés se hubiera construido con materiales que en realidad
estaban destinados a una central de bomberos en Alemania. Repito, nunca lo
escuché, pero a lo mejor las mismas leyendas corren también para estos
ejemplos y entonces mi hipótesis cae estrepitosamente.
Si partimos del punto de vista que sostengo, nueva luz cae
sobre la escena. El carozo de la leyenda puede interpretarse como una
crítica: esas sustituciones de materiales o proyectos suceden pues Europa
nos manda basura, a Europa no le importa cómo hacen las cosas en las
colonias, Europa quiere negocios y le importa un pito todo lo demás.
Otro pensamiento posible: nosotros aceptamos cualquier
porquería. En nuestros países no hay seriedad y da igual si el mismo plano
se utiliza para un retrete o una sede de gobierno. Vivimos en una gran
estafa. Un dato más: la tecnología es en el fondo despreciable si las obras
pueden ser intercambiadas.
Esto son especulaciones, disparos al aire a ver si le atino
a algo así sea un Boeing 737, pero me llama la atención toda esa fábula en
torno a construcciones que, pese a quien pese, son parte de nuestra
identidad. Dudamos de la autenticidad de los edificios, tanto como de la
autenticidad de nuestra identidad. ¿O será parte del auto desprecio, la
creencia en que nosotros también somos de segunda, construidos sobre planos
diseñados para algo bien diferente, armados con materiales que sobraban, que
somos proyectos ultramarinos decididos por otros? ¿No será ese uno de los
rumbos del subdesarrollo y a la vez un rumbo hacia un espacio con verdades
más profundas?
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 65 el 12 de setiembre de 2007.
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