Peripecias Nº 65 - 12 de setiembre de 2007

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José da Cruz

 

 

José da Cruz es geógrafo y novelista, y analista en CLAES D3E.

 

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Lo escuché decir del palacio de Carondelet, donde reside el Poder Ejecutivo ecuatoriano, y también lo escuché del palacio de gobierno en el Zócalo de la Ciudad de México. Algo similar se comenta sobre la Estación Central de La Paz en Bolivia, hoy destinada a terminal de ómnibus, sobre la de Santiago de Chile y sobre el Mercado del Puerto de Montevideo. Más que probablemente igual leyenda se refiera de otros edificios públicos.

 

El mismo perro aparece con dos collares. En la Versión Uno, el edificio Tal y Cual se construyó según planos que en realidad estaban destinados al edificio Cual y Tal, o a otra cosa completamente distinta; en la Versión Dos, para la construcción Tal y Cual se utilizaron materiales enviados desde Europa con un fin diferente, incluso destinados a otro país, pero resultaron abandonados, perdidos, embargados, y ya que estaban ahí...

 

Los palacios de México y Ecuador son obras coloniales. La tipología de ambos edificios reproduce lo habitual: patios internos rodeados de habitaciones. De ambos se dice que para alzarlos se siguieron planos militares de almacenes o cuarteles, debido a algún factor confuso que la leyenda no aclara. Es cierto que hospitales, escuelas, conventos o lo que fuere se construían más o menos con la misma planta básica. Si realmente existió un “reciclaje” de planos hubiera desembocado en una construcción parecida.

 

La conclusión del Carondelet tomó cien años; durante todo ese siglo nadie denunció que no se tratara del proyecto correcto. El edificio mexicano tiene 200 metros de largo y en ese enorme volumen nadie advirtió nunca equivocaciones de orientación o de realización. Por lo menos los relatos populares no lo indican; hablan del hecho, pero no explican más. Se escudan en el “se dice...”.

 

En los pocos ejemplos que reuní de memoria hay tres construcciones del siglo XIX. Son productos industriales destinados a fines prácticos, armados como quien juega con un mecano. Las dos estaciones son del ingeniero Eiffel. Se parecen, pero se parecen también a otras cien estaciones a lo ancho del mundo, brotadas al galope de la expansión fenomenal de los trenes.

 

Es muy fácil pensar que siguen un modelo estandarizado; tampoco sería extraño que se hubieran basado en algún ejemplo previo. De ahí a que los planos se hubieran traspolado o que los materiales llegaran a nuestro continente con otros fines, hay un abismo. Salvo en el caso de unidades pequeñas, difícil es trasplantar un edificio a otro espacio que el original.

 

La leyenda insiste en que las estructuras de hierro del Mercado del Puerto iban en realidad destinadas a una estación ferrocarrilera en Chile pero el navío que las transportaba naufragó en el río de la Plata, y por esa causa se habrían utilizado en Montevideo. Ahora bien, hablamos de mediados del siglo XIX, de un proyecto bien conocido y hay documentos que hacen constar que el proyectista, un ingeniero de nombre Mesures, viajó a la Union Foundry de Liverpool a supervisar la producción de las armazones estructurales. No es tan romántico como el naufragio.

 

Era la época de los prefabricados. En países de grandes bosques se vendían casas de madera, completas, para armar, que se enviaban por tren a Kentucky, Trondheim, Munich o Novosibirsk; en países de prestigio arquitectónico, la “arquitectura” se compraba en forma de fachadas prefabricadas según la moda, y luego distribuidas por el mundo. Tal vez las historias comentadas reflejen a la vez crítica y admiración ante los prefabricados de hierro, surgidos con brillantez a partir del Crystal Palace.

 

Ahora bien, sospecho que los mitos circulan en países alguna vez coloniales, pero no lo hacen en las antiguas metrópolis. No tengo conocimientos para decir que es así, pero lo sospecho. Nunca escuché que el Palazzo Venezia hubiera sido concebido como cuadra de panadería, o que el parlamento inglés se hubiera construido con materiales que en realidad estaban destinados a una central de bomberos en Alemania. Repito, nunca lo escuché, pero a lo mejor las mismas leyendas corren también para estos ejemplos y entonces mi hipótesis cae estrepitosamente.

 

Si partimos del punto de vista que sostengo, nueva luz cae sobre la escena. El carozo de la leyenda puede interpretarse como una crítica: esas sustituciones de materiales o proyectos suceden pues Europa nos manda basura, a Europa no le importa cómo hacen las cosas en las colonias, Europa quiere negocios y le importa un pito todo lo demás.

 

Otro pensamiento posible: nosotros aceptamos cualquier porquería. En nuestros países no hay seriedad y da igual si el mismo plano se utiliza para un retrete o una sede de gobierno. Vivimos en una gran estafa. Un dato más: la tecnología es en el fondo despreciable si las obras pueden ser intercambiadas.

 

Esto son especulaciones, disparos al aire a ver si le atino a algo así sea un Boeing 737, pero me llama la atención toda esa fábula en torno a construcciones que, pese a quien pese, son parte de nuestra identidad. Dudamos de la autenticidad de los edificios, tanto como de la autenticidad de nuestra identidad. ¿O será parte del auto desprecio, la creencia en que nosotros también somos de segunda, construidos sobre planos diseñados para algo bien diferente, armados con materiales que sobraban, que somos proyectos ultramarinos decididos por otros? ¿No será ese uno de los rumbos del subdesarrollo y a la vez un rumbo hacia un espacio con verdades más profundas?

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 65 el 12 de setiembre de 2007. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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