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Ana Claudia Rodríguez es Licenciada en Ciencias de la
Comunicación por la Universidad Autònoma de Barcelona (UAB) y master
en Relaciones Internacionales por la UAB.
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Desde los años noventa, la región de América Latina
experimenta un incremento progresivo en su mercado laboral informal. Así lo
indica el Banco Mundial, que en un estudio reciente responsabiliza al Estado
de esta situación.
El trabajo informal en las zonas urbanas de América Latina y
el Caribe representa actualmente el 55% del total, según datos difundidos
recientemente por el Banco Mundial (BM) en el estudio La informalidad:
escape o exclusión (mayo de 2007).
Venezuela, Uruguay, Honduras y Panamá son los países que
cuentan con un mayor porcentaje de trabajadores empleados en este sector,
según el texto, que, además de distinguir entre el trabajador informal
independiente (24% del total del empleo urbano) y el asalariado (30%),
observa la informalidad desde dos puntos vista: el escape o la exclusión. En
el primer caso, son los mismos trabajadores quienes, después de evaluar los
pros y los contras de la legalidad, deciden cruzar o no hacia la formalidad.
En el segundo caso, el de la exclusión, el trabajador no tiene opción a la
elección, y se ve directamente privado de los circuitos económicos o de los
beneficios estatales.
De cualquier manera, el informe responsabiliza al Estado
latinoamericano de esta situación, al entender que la informalidad “es una
indicación de que éste no estaría cumpliendo con su función reguladora del
sistema de protección y del mercado laboral”. El BM alerta también sobre las
consecuencias del fenómeno -un obstáculo para el crecimiento y el bienestar
social- y traza una serie de soluciones concretas para la erradicación de la
informalidad. Entre ellas, la constitución de una educación equitativa y de
calidad, o la creación de un sistema de protección social global que no esté
relacionado con la condición de “trabajador”. Mayor productividad,
incremento en la inversión o un “cambio cultural” son otras de las medidas
propuestas, que, sin embargo se enfrentan continuamente con la cuestión de
fondo: la poca capacidad de acción del Estado en la región, con falta de
legitimidad y pocos recursos para emprender estas reformas.
Es el mismo informe quien reconoce “la importancia vital de
aumentar la legitimidad del Estado”, y la necesidad de que consiga
eficiencia y justicia y que sea capaz de rendir cuentas a los ciudadanos. Si
bien existe un consenso en responsabilizar a un Estado sobre la condición de
su país, ¿quién sería el responsable de la escasa legitimidad de un Estado?
La debilidad institucional en América Latina es uno de los
problemas más destacados de la región en la actualidad, y también uno de los
más complejos, ya que atiende a factores tanto internos como externos. Rumió
y Salvador establecen cinco elementos internos determinantes: las
consecuencias del sistema presidencialista en el que el candidato determina
el modelo de administración, la falta de identificación de un modelo de
Estado propio para cada país, la copia de modelos administrativos externos
desvinculados de la tradición y de la cultura administrativa local
autóctona, la discontinuidad en la implantación de modelos externos y,
finalmente, la ausencia de un servicio civil de carrera para los
funcionarios.
Respecto a los factores externos –característica que obvia
el informe del BM– los autores distinguen tres puntos fundamentales: en
primer lugar, la presencia de grandes instituciones internacionales en la
región (como el mismo BM o el Fondo Monetario Internacional), que “imponen
unos modelos de estado y unos modelos administrativos en función de las
modas intelectuales del momento y de intereses difícilmente precisables.
Condicionan las ayudas económicas a la implantación de un determinado
modelo”.
Un ejemplo indiscutible de esta idea lo encontramos en la
crisis de la deuda que en los años 80 devastó la región. Tal y como explica
un informe publicado por la CEPAL, los organismos financieros presionaron
para que se llevara a cabo una reforma de corte neoliberal, limitando los
seguros sociales, vistos como una causa del déficit y una fuente potencial
de recursos y ahorro nacional. Aunque la entidad reconoce aspectos positivos
de la estrategia neoliberal, afirma que “la práctica de esta política social
–especialmente la liberalización más radical– ha resultado en recorte severo
del presupuesto social, incremento de la pobreza y de la desigualdad en la
distribución, y una carga no equitativa en la asignación de los costos de la
transición que han recaído principalmente en los trabajadores y grupos de
bajo ingreso”.
Además de aumentar la miseria en América Latina, la carga de
la deuda externa derivada de este período (cuyo importe supone actualmente
el 27% del PIB total en los países en vías de desarrollo), frena la
recuperación de la región. Por un lado, imposibilita la urgente reforma
fiscal que aplique políticas distributivas equitativas; y por el otro,
impide la reforma del mercado laboral (con síntomas de escasa productividad,
bajas remuneraciones y sin protección social, en el caso informal).
El segundo condicionante externo que afecta a la debilidad
estatal según algunos autores, son las consecuencias del fenómeno de la
sociedad de la información y de la importancia de alcanzar un nivel de
competitividad destacado con las Nuevas Tecnologías de la Información y la
Comunicación. Finalmente, el tercer factor viene dado con la globalización,
que “en su dimensión del comercio internacional favorece la competitividad
comercial de los países desarrollados en detrimento de los países en vías de
desarrollo”. Estos factores externos debilitan a las instituciones estatales
y las hacen muy vulnerables en el contexto mundial.
La dependencia de América Latina con respecto a los
circuitos económicos mundiales es un hecho persistente desde el siglo XIX;
así lo explica José Antonio Ocampo, en el texto La América Latina y la
economía mundial en el largo siglo XX, en el que explicita cómo las
exportaciones de materia prima y la inversión extranjera directa han sido
necesidades constantes para el desarrollo de la región. En un primer momento
fueron las potencias europeas las que concentraban toda la atención, pero
Estados Unidos tomó pronto el relevo para convertirse en la potencia más
presente e influyente de Latinoamérica.
Después de la crisis de 1929, EEUU y otras instituciones
internacionales (como el BM o la CEPAL) apoyaban el modelo de desarrollo
latinoamericano basado en el proteccionismo y la industrialización. El
cambio llegó con la revolución cubana, que modificó la concepción de la
política exterior estadounidense, con la creación del Banco Interamericano
de Desarrollo como la manifestación más inminente de este giro en la
estrategia: apoyaba la planificación de una economía mixta, la integración
regional, la reforma agraria, la reforma tributaria y la mayor inversión en
los sectores sociales. Pero, en palabras de Ocampo, el flujo de fondos fue
menor que lo prometido y el carácter condicional de la ayuda estadounidense
se convirtió en una fuente de fricción.
La condicionalidad de la ayuda pudo verse también en la
mencionada crisis de la deuda en los años ochenta, cuando se determinó que
la aportación económica mundial a estos estados se llevaría a cabo solo en
caso de la aplicación de la reforma neoliberal. Por otro lado esta reforma
no hizo más que integrar más profundamente a América Latina dentro de la
economía mundial, lo que se pone en evidencia, por ejemplo, al observar la
presencia progresiva de empresas extranjeras en la zona. Según datos de la
CEPAL, y teniendo en cuenta las ventas de las mil compañías más grandes que
operan en la región, las empresas foráneas representaban un 29,9% en
1990-1992 y un 41,6% en 1998-2000, mientras que la participación de empresas
del sector público bajaba continuamente, de 32,5% a 17,1%.
Uno de los aspectos más problemáticos del cambio estructural
hacia el nuevo orden neoliberal ha sido el débil crecimiento del empleo en
la década de los 90. No sólo afectó en términos cuantitativos (se dispararon
las tasas de desempleo) sino también cualitativos, al incrementarse el
trabajo temporal y disminuir la cobertura de los sistemas de seguridad
social. Este deterioro queda reflejado además en la escalada del sector
informal durante estos años, que pasó del 43% del total al 48,4%.
Según datos recientes publicados por la CEPAL , el empleo
formal en Latinoamérica aumentó un 2,9% en relación con el 2005. Este logro
se vincula a la coyuntura económica por la que pasa la región (con seis años
consecutivos de crecimiento), a su vez impulsada por el favorable desempeño
de la economía mundial. El texto, Estudio económico de América Latina y el
Caribe 2006-2007, se muestra cauteloso ante las perspectivas de futuro. Si
bien es cierto que existe una “relativa fortaleza” de los países
latinoamericanos en los últimos tiempos, se deberá estar atento al papel que
la economía internacional pueda jugar en el desarrollo de la región, cuyas
deficiencias se reflejan en disfuncionalidades como la informalidad.
Como comenta Ayuso, investigadora de la fundación CIDOB, con
respecto al futuro de Latinoamérica, “una parte de los deberes pertenece a
la sociedad latinoamericana misma que deberá construir un pacto social
contra la exclusión y una democracia realmente participativa, con derechos y
deberes de los ciudadanos y que garanticen la independencia de las
instituciones. Otra parte nos toca a todos, desde nuestras casas,
contribuyendo a que la globalización no acentúe las desigualdades entre
regiones y ayudando a construir una democracia mundial capaz de encontrar
fórmulas de cooperación internacional para equilibrar las asimetrías que
incrementan la desigualdad entre países y regiones”.
Publicado por
ORLA (Observatorio de Relaciones con
Latinoamérica) el 4 de setiembre de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 66 el 19 de setiembre de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos.
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