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Me hago esta pregunta en vez de identificarme con la
inquietud expuesta por Fernando Del Mastro Puccio [1], quien titula su
artículo preguntando: ¿por
qué se perdió el gusto de aprender? Me niego rotundamente a reconocer
que niñas y niños, que adolescentes, jóvenes y adultos hemos perdido el
gusto de aprender.
La vida es aprender, perder el gusto por aprender sería
perder el gusto por vivir.
¿No siente usted este inmenso gusto, esta profunda
satisfacción al darse cuenta de haber crecido, de haber desarrollado una
nueva habilidad, de haber construido un nuevo conocimiento, de ser una
persona nueva, de haber superado un problema, de haber resuelto un "clavo"
serio, de poder compartir con las y los demás, de poder escuchar, de poder
extrañarse ante lo desconocido, interpretarlo y poder ubicarlo y comprender,
de identificarse como persona más íntegra, más capaz,...? ¿No siente usted
unas inmensas ganas de saber más, no sólo conocer, sino también saber, saber
hacer, saber crear, saber SER? ¿No es así que cada problema real que
enfrentamos en la vida nos invita a movernos, a "mojarnos" para superarlo, a
cambiar para mejor?
Cada vez de nuevo, al compartir entre estudiantes (igual yo,
sigo siendo uno), me llama la atención su gran capacidad de interpretación,
desde diferentes ángulos, desde diferentes experiencias previas... muchas
veces sorprendentes y siempre meritorias de procesos de intercambio
productivo, siempre indispensables para emprender un proceso de construcción
colectiva de una nueva oportunidad de aprendizaje (P-COA_acem [2]).
En el mencionado artículo se adjudica la pérdida del interés
por aprender a tres factores (dos retomados de un artículo previo de Luis
Pásara y uno propio del autor):
• Un predominio de la imagen y la tecnología en la vida del
niño.
•
La falta de utilidad de la educación para lograr un puesto de trabajo.
•
El sistema educativo ha claudicado en la tarea de impulsar la búsqueda del
propio sentido de vida por parte de estudiantes.
Independientemente que las críticas al sistema educativo
sean reales, no puedo, ni debo, estar de acuerdo con la afirmación de que se
ha perdido o se está perdiendo el gusto por aprender. Más bien quiero
afirmar, con mucha certeza, que a pesar de la falta de utilidad de la
educación, a pesar de que el sistema educativo ha claudicado en la tarea de
impulsar la búsqueda del propio sentido de vida por parte de sus actores
clave, sin embargo sigue siendo muy notorio el gusto por aprender, el cual
constituirá el insumo fundamental, el motor de arranque, siempre y cuando
sepamos construir conjuntamente los contextos que faciliten el aprendizaje.
El autor del texto referido, menciona dos pautas concretas:
•
Evitar que la enseñanza sea vertical.
•
Promover directamente el tema del sentido de la vida.
Dos pautas muy importantes, muy significativas. Me atrevo a
mencionar, con mucho respeto, otras, que también calificaría de
indispensables, e igual "entre otras":
Considerar todo proceso educativo como un proyecto de poder
compartido, de responsabilidades compartidas, ya que se trata de un proyecto
colectivo. No es así que el docente es dueño de su clase... en caso de
hablar de dueños, en todo caso serían todas y todos los actores
involucrados. Como docente, ¿estoy dispuesto, de verdad, a compartir el
poder? En caso que mi respuesta sea sí, entonces, necesariamente la
capacidad de negociación será una de mis principales herramientas para
construir comunicación y relación de igual a igual y lograr resultados donde
todos ganamos. Implicará que la negociación será parte esencial, desde el
inicio, de toda "sesión educativa".
Ubicar en el núcleo de todo proceso educativo al SER, lo que
implica valorar positivamente todo aporte personal al proceso, ya que viene
desde lo más profundo de las personas. Y, aunque aparentemente un aporte
parezca más bien destructivo, sin embargo, disponerse a interpretar y
descubrir el mensaje personal de fondo.
Ubicar al conocimiento en el lugar que le corresponde: un
medio, no el fin. El aprendizaje no pretende la acumulación de
conocimientos, sino el cambio de actitudes, de las cuales el componente
"cognoscitivo" sólo es uno, a la par del componente afectivo, conductual,
psico-motor, ético y volitivo.
Estar consciente que si quiero que cambien las cosas,
entonces lo primero es que tengo que dejar de hacer las cosas tal como las
estaba haciendo. La promoción de un cambio de actitud, como impacto de un
proceso de aprendizaje, también incluye la de su facilitador. La disposición
al cambio, a nivel personal, constituye la piedra angular para su
facilitación en el contexto que vamos construyendo entre todas y todos.
Dejar de identificar el aprendizaje como un producto que se
logre únicamente en la escuela y, al contrario, construir conciencia de la
importancia de los aprendizajes que se construyen en otros espacios que no
sean la "escuela formal". Además, buscar formas de integración activa y
constructiva entre los diferentes espacios y contextos de aprender, no sólo
como producto sino también como proceso. Es importantísimo que la escuela,
como institución, se abra y se proyecte como parte integral e integrada de
nuestra realidad contextualizada, ubicándose como tal: la escuela como
expresión viva de comunidad.
El gusto por aprender no se ha perdido, nunca se perderá. El
desafío nuestro, como educadores, como sistema educativo es, al contrario,
NO negarlo, sino disponernos a percibirlo, identificar y caracterizarlo,
compartir y ampliarlo, incluyendo –y tal vez en primer lugar– para nosotros
mismos.
Es con esta tarea por delante, coincido nuevamente con
Fernando Del Mastro Puccio y concluyo esta reflexión con las mismas y más
palabras de Nietzsche, quien al referirse a los nuevos filósofos –en nuestro
caso los nuevos educadores– plantea que debemos ser: "...curiosos hasta el
vicio, investigadores hasta la crueldad, dotados de dedos para asir lo
inasible, de dientes y estómagos para digerir lo indigerible, dispuestos a
todo oficio que exija perspicacia y sentidos agudos, prontos a toda osadía,
gracias a la sobreabundancia de voluntad libre, dotados de pre-almas y
post-almas, en cuyas intenciones últimas no le es fácil penetrar a nadie con
su mirada, cargados de pre-razones y post-razones que a ningún pie le es
lícito recorrer hasta el final, ocultos bajo los mantos de la luz,
conquistadores, aunque parezcamos herederos y derrochadores, clasificadores
y coleccionadores desde la mañana a la tarde, avaros de nuestra riqueza y de
nuestros cajones completamente llenos, parcos en el aprender y olvidar,
hábiles en inventar esquemas, orgullosos de tablas de categoría, a veces
pedantes, a veces búhos del trabajo, incluso en pleno día; más aún, si es
necesario, incluso espantapájaros – y hoy es necesario, a saber, en la
medida en que nosotros somos los amigos natos, jurados y celosos de la
soledad, de nuestra propia soledad, la más honda, la más de media noche, la
más de medio día..."
Construyéndonos con estas características, no cabe duda que
lograremos percibir, en primera instancia, nuestro propio gusto de aprender,
así como también el gusto de aprender de nuestros estudiantes, madres y
padres, vecinas y vecinosos... de toda la comunidad educativa entera.
Hagamos de toda clase, de toda actividad educativa, un nuevo proyecto
compartido (aprendizaje global significativo) y les aseguro que las ganas y
los gustos por aprender explotarán.
Referencias
[1] Fernando Del Mastro Puccio (2007), ¿Por qué se perdió el
gusto de aprender? La educación y la búsqueda de sentido. Recuperado en:
http://www.tercaopinion.org/art136.htm
[2] P-COA_acem: Procesos de Construcción colectiva de
Oportunidades de Aprendizajes, integrantes de actitudes emprendedoras de
calidad.
Publicado en la bitácora
Educación y Sociedad el 2 de
noviembre de 2007. Reproducido con pequeñas modificaciones en el semanario
Peripecias Nº 72 el 7 de noviembre de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos.
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