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A. Ortiz Niño de Zepeda es integrante de FAO.
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Luego de ver en las noticias que otro niño indígena del
Chaco argentino ha muerto desnutrido y hambriento, es imposible no reconocer
que los esfuerzos hechos hasta ahora por combatir el hambre han sido
insuficientes. Muchas veces observamos estas noticias desde lejos, sin tomar
conciencia de que ese niño indígena tenía madre, padre, 3 años, y un nombre:
Ernesto Andrada.
La muerte de este niño no puede transformarse en una
estadística más de las tantas que circulan en los libros de organizaciones
internacionales y gobiernos. Estas validan la importancia de los números,
porcentajes y metas, pero no miden las penas, las pérdidas y las
consecuencias personales y sociales de estas muertes. La pérdida de un hijo
es una de los dolores más fuertes que una familia puede padecer, y la
pérdida de un niño para una sociedad que goza de bienestar y recursos
abundantes es una vergüenza inaceptable, sobre todo en el marco de los
derechos del niño y del derecho humano a la alimentación.
La muerte de Ernesto, de la etnia wichí, elevó a 20 la cifra
de fallecidos por desnutrición en la provincia de Chaco. El pequeño, según
el Centro de Estudios Nelson Mandela, murió a consecuencia de un grave
cuadro de deshidratación y una severa gastroenterocolitis con desnutrición.
“La muerte de este niño indígena refleja y representa acabadamente el
fracaso completo del sistema sanitario. Este fallecimiento se produjo por la
desidia del sistema”, acusaron desde ese centro, agregando que “la pereza y
el descuido negligente han sido las verdaderas causas de esta muerte,
altamente evitable”, según consigna una nota de United Press International.
Reportes de UNICEF acerca de las disparidades de la
desnutrición deja en evidencia que el panorama de hambre y desnutrición es
alarmante, aún en países prósperos. Argentina, Brasil y México muestran
prevalencias de desnutrición muy desiguales entre distintas zonas, síntoma
típico de la dispar distribución del ingreso. En la región nororiental de
Brasil los índices de desnutrición crónica alcanzan al 17.9 por ciento,
contrastando con la región sur donde llega sólo al 2.9 por ciento. La zona
del Chaco en Argentina tiene una prevalencia de desnutrición de 21.9 por
ciento mientras que en su capital, Buenos Aires, esta cifra alcanza al 5.4
por ciento. En la región sur de México, los índices de desnutrición crónica
alcanzan al 29.2 por ciento, y en la norte sólo un 7.1 por ciento. UNICEF
señala que la Región de América Latina y el Caribe se encuentran en una
crisis, “ya que los niños en el límite de alto riesgo de afrontar la muerte
quedan escondidos bajo los promedios nacionales”.
Los gobiernos de la Región tienen una responsabilidad
inmediata con los niños que mueren de hambre. Mientras Latinoamérica siga
dividida por una línea que separa a los ricos de los pobres, difícilmente se
lograrán resultados efectivos en este combate. Los discriminados se
encuentran marginados de alcanzar una oportunidad para el desarrollo, siendo
olvidados en recónditos rincones de nuestros países. La desigualdad
económica y social de América Latina y el Caribe es una peligrosa ventana de
humo que nos impide ver con claridad lo que sucede al interior de los
países. Mientras unos disfrutan de la riqueza que les otorga el pertenecer
al quintil más rico de la población, otros se pierden en un mar de pobreza
que los deja ciegos de salida alguna.
No debemos quedarnos dormidos en la inmensidad de los
papeles, las reuniones y los acuerdos. Para terminar con las víctimas del
hambre es necesario comprometernos con el futuro de esos niños. De poco
sirve firmar decretos y leyes que aseguren el Derecho a la Alimentación y la
Seguridad o Soberanía Alimentaria si no se complementa con acciones y planes
concretos que atiendan las necesidades más urgentes, al mismo tiempo que se
desarrollan políticas públicas que reduzcan las brechas de desigualdad.
En el corto plazo es fundamental proveer de alimentos y
controles de salud y nutrición para los más vulnerables y marginados, a
través de donaciones y acciones conjuntas de gobierno, organismos de
Naciones Unidas, ONGs, la sociedad civil y el sector privado, llevando
alimento inmediato a estos poblados. Asimismo, es imprescindible que estos
grupos marginados participen en programas de transferencia de renta y
programas de alimentación escolar, para contar con in ingreso mensual y
alimento permanente.
Los más pobres necesitan una infraestructura básica que les
provea de agua limpia, electricidad, vías, carreteras y transporte para
conectarse con los centros escolares, de sanidad y de producción. Una
educación de calidad, un sistema de salud eficiente y un sistema de
seguridad social también son cruciales para su integración y desarrollo. La
implementación de políticas públicas que les aseguren una protección social
adecuada debe contemplar este tipo de programas sociales, pero también debe
asegurarles una vía de salida que les permita recuperar su dignidad a través
de la generación de empleo. La inclusión económica y social necesita ser
acompañada por políticas públicas que les aseguren el respeto y la
protección de la igualdad de género y etnia. Al mismo tiempo, es importante
que los gobiernos de la región impulsen la participación de la sociedad
civil para que puedan informarse y ejercer sus derechos. Dar a conocer los
organismos donde deben acudir a denunciar y las instancias que les apoyarán
en este camino.
El pequeño Ernesto no tuvo acceso a ninguno de estos
derechos y fue marginado de los beneficios del supuesto desarrollo económico
desde que estuvo en el vientre de su madre. La desigualdad que afecta a su
comunidad simplemente le quitó la vida, y si no se toman acciones urgentes
probablemente tomará otras tantas más. Generar conciencia de la gravedad en
que viven los marginados es responsabilidad de todos los que estamos
involucrados en esta tarea. No debemos olvidar que aún hay 53 millones de
personas hambrientas en la Región, ni tampoco que en países que se jactan de
prosperidad, también hay muertos por hambre.
Publicado en
Comunicación y
Pobreza
en
noviembre de 2007. Reproducido con pequeñas modificaciones en el semanario
Peripecias Nº 74 el 21 de noviembre de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos.
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