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F. Trigo, colombiano, es analista en temas de política
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El terrorismo, como las bacterias virales, está en todas
partes.
Hay una diseminación mundial del terrorismo,
que es como la sombra de todo sistema de dominación.
Jean Baudrillard
Los recientes eventos mediáticos relacionados con la
exigencia hecha por el presidente de Venezuela de retirar el calificativo de
terroristas a las FARC y el ELN y otorgarles estatus político y de
beligerancia, deben llamar la atención de los analistas políticos no tanto
por la discusión a favor o en contra, sino por la facilidad con la cual se
ha construido el “concepto” de terrorismo en nuestros discursos. Como bien
lo señalo Jacques Derrida en una entrevista sobre los sucesos del 11 de
septiembre, el terrorismo terminó convirtiéndose en un deíctico, un
señalamiento que se convierte por sí en un juicio y que anula de paso
cualquier posibilidad de interpretación, incluso una interpretación política
como pretenden serlo los discursos humanitarios.
Sorprende entonces la moralidad con la que se quiere seguir
dando la discusión (para que ese no sea el rasero de evaluación de estas
notas, de entrada aclaro que no me pongo en ninguna de las dos posiciones
radicales que han expresado el presidente de Venezuela y los comunicados de
prensa del presidente de Colombia), las posibilidades de interpretación
política del fenómeno del terrorismo también se cierran entonces por el velo
de la lucha entre el bien y el mal.
Como si fuera poco se acude a los juicios que desde los
tribunales y autoridades internacionales se pueden hacer (Departamento de
Estado, Unión Europea, el ecuménico juez Garzón), a las normas vigentes
(tanto a las leyes vigentes en Colombia como al DIH) y a la desprevenida
opinión pública (señor conductor de bus, ama de casa, vendedor ambulante,
¿está de acuerdo con levantarle el estatus de terrorismo a las FARC?), que
es una desfachatez levantar ese calificativo. ¿Calificativo de qué? ¿Qué
significa ser terrorista? ¿Defendiendo qué y en contra de qué se es
terrorista? ¿Ser terrorista es una categoría ontológica, un estatus
político, una condición humana, el nuevo calificativo que deben tener los
malos? No entender qué es lo que se caracteriza o califica cuando se habla
del terrorismo o estar en desacuerdo con la ligereza del calificativo, ¿es
ser terrorista? ¿Se puede dejar de ser terrorista? ¿Quién lo define? ¿Se
puede ser terrorista en un sitio y en otro no?
Todo esto suena un poco a “El traje nuevo del emperador” de
Andersen, sin saber exactamente qué es o cómo es, todo el mundo por miedo al
ridículo de la ignorancia o por temor al desacuerdo terminan aceptando algún
traje invisible para el término terrorismo.
¿Son las FARC terroristas? Tal vez políticamente no alcancen
a serlo. ¿Afirmar que las FARC son terroristas cierra políticamente la
discusión y da por entendido que simplemente son los malos y ya? Claro que
no, allí está la miopía de la utilización del término.
Buena parte del problema de la utilización del término
terrorismo es que su uso se despega de la política y pretende ser un extraño
híbrido entre la moral, lo penal y el derecho internacional, nadie sabe
exactamente qué es el terrorismo pero para la mayoría está claro que este no
es un calificativo halagador.
Un intento de definición, que no voy a hacer, tendría que
llevarnos por lo menos a una interpretación etimológica (dominación por el
terror), a varias interpretaciones históricas (tal vez su origen sea en la
revolución francesa, pero si nos atenemos a la definición etimológica
podemos rastrear conductas terroristas muchos siglos hacia atrás), a varias
interpretaciones jurídicas (muchas en los códigos de cada país, otras en
estatutos internacionales), varias definiciones militares (actos violentos
que generan terror, etc.) y un muy amplio abanico de interpretaciones
políticas. Luego deberíamos ver las clases de terrorismo (selectivo,
focalizado, sistemático), su ámbito de acción (local, nacional,
internacional) y tal vez una lista adicional de características y
precisiones que se podría hacer muy larga. Incluso uno de esos caminos nos
podría llevar a toda la discusión sobre terrorismo de Estado.
Vamos a evadir este camino y afirmar simplemente los dos
sentidos que podría tener hoy el terrorismo en esta discusión. En primer
lugar el terrorismo aparece como la intolerancia, la imposibilidad de
soportar un poder político o un orden hegemónico. Sin importar de qué lado
se está ejerciendo el poder, sin importar quién o desde dónde se impone el
orden hegemónico, el terrorismo sería la forma de manifestación, de lucha
contra esa potencia, y es correlacional a su poder y tamaño. Tal como lo
afirma Baudrillard “De manera muy lógica e inexorablemente el incremento
aluvional de la potencia incrementa la voluntad de destruirla”. En ese orden
de ideas habría que preguntarse si en verdad las FARC están dando la guerra
por su imposibilidad de soportar un poder político hegemónico y, si es así,
cuál es el poder que no soportan y qué pondrían en su reemplazo. ¿Es la
misma lucha de hace treinta años? ¿Han entendido las variaciones de la
dinámica del capitalismo y el funcionamiento de su axiomática? A su vez
habría que preguntarle al gobierno si en verdad cree tener un poder
hegemónico (por encima de los gremios y de las multinacionales por ejemplo)
y si su deseo (y capacidad) es imponerlo en los extensos territorios hoy
dominados militar y políticamente por la FARC. Si la respuesta es sí de
parte y parte, ¡eureka! Tenemos terrorismo, si la respuesta es no, como
creo, las dos partes ni siquiera han entendido porqué están dando la guerra,
crean hechos de guerra para mantenerse en una realidad virtual donde cada
uno tiene una versión moralista del otro. Los dos han abandonado la política
y la guerra no ha sido su continuación sino su anulación.
Segunda opción, el Estado pareciera gozar de la utilización
del calificativo y a las FARC pareciera dolerle mucho la “injusta”
apreciación internacional que se tiene de ellos. A la vez el gobierno se
muestra indignado cuando aparece alguna simpatía internacional y vuelve a
recalcar que son terroristas porque secuestran, matan, destruyen la
infraestructura, etc. La intención del gobierno es que el terrorismo, en
tanto deíctico, se desprende de cualquier interpretación política y anule
una definición más amplia del fenómeno calificado. La intención de las FARC
es intentar convencer con el discurso de que se es una cosa (un grupo
político beligerante) mientras que en los hechos cada día corresponde más a
las descripciones internacionales. Es decir, hay una lucha de imaginarios
que no gana ni pierde ninguna de las dos partes: el gobierno seguirá
calificando a las FARC de terroristas, las FARC seguirán cayendo dentro de
la caracterización que el gobierno hace de terrorismo pero negarán serlo. El
discurso llevará consigo mutuas acusaciones y al final nuevamente la guerra,
esta vez de comunicados de prensa, negará una vez más la posibilidad de la
política. Nosotros seguiremos pensado que algunos deben ser los buenos y
otros los malos.
En conclusión, considero que el escándalo desatado por el
presidente de Venezuela debería servir para reflexionar sobre la necesidad
de desmoralizar la discusión, pensar en la fertilidad política que podría
tener el término terrorismo, ir más allá del señalamiento por un lado y por
supuesto en la urgencia de contemporizar la forma de resistencia contra las
hegemonías, para lo cual no sería malo entender un poco más como funcionan.
La discusión política siempre tiene salidas y hoy, antes que seguir dando la
discusión de buenos y malos, tenemos el imperativo ético de que las más de
700 personas secuestradas puedan rehacer sus vidas en libertad, ese fin sí
justifica muchos medios políticos. Incluso si al final unos se reafirman
como terroristas y los otros como representantes del Estado, se puede
dialogar. Hoy no hay una disculpa racional para no hacerlo.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 81 el 16 de enero de 2008.
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