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O. Fals Borda (1925-2008) fue un destacado investigador
y sociólogo colombiano.
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Una corriente intelectual autónoma se ha ido formando entre
nosotros los del Tercer Mundo en los dos últimos decenios dentro de un marco
crítico común al statu quo, que desafía políticamente a las instituciones
del poder formal. Se ha acumulado tanta información original sobre sectores
de nuestras sociedades como para dar base a una reflexión teórica y
metodológica propia, que modifica nuestra visión sobre los problemas humanos
e influye mucho más allá de la periferia, en Europa y Norteamérica, en los
grandes centros intelectuales. Este desarrollo se acopla a los estudios de
pensadores del Norte, que han alcanzado un mayor respetuoso conocimiento de
nuestras realidades, y que son igualmente críticos de lo establecido, tanto
en el Norte como en el Sur. Los trabajos de unos como de otros tienen, en
últimas, un carácter político y alcance universal.
Hay un fenómeno intelectual que ha venido desarrollándose en
los últimos dos decenios, pero que no ha recibido quizás la suficiente
atención que merece, que trasciende el dominio de todo campo especializado y
toca a tesis sobre la universalidad de la ciencia.
Me refiero a la incidencia sobre determinados grupos
académicos y políticos de Europa y Norteamérica de una contracorriente
intelectual autonómica que se ha formado entre nosotros los del Tercer
Mundo, dentro y fuera de las universidades. Junto a este fenómeno, como
elemento de refuerzo de la misma tendencia, figura un mayor y respetuoso
conocimiento de la realidad cultural y humana de nuestras sociedades
tropicales y subtropicales, adquirido durante este período tanto por
nosotros como por europeos y norteamericanos. Tiendo a pensar que muchos de
estos descubrimientos se han realizado dentro de un marco crítico común, que
invita a retar políticamente a las instituciones del poder formal, así en
los países dominantes como en los dependientes. Pero el orto de este
movimiento, con sus impulsos raizales y remolinos revolucionarios, parece
hallarse más entre nosotros los periféricos que en el mundo desarrollado.
Por supuesto, estas premisas implican varios puntos debatibles. El primero,
que en los últimos años en verdad se ha configurado, en nuestros países
pobres y explotados, un grupo de científicos sociales y políticos retadores
del statu quo, cuya producción independiente ha tenido efectos localmente y
más allá de las fronteras nacionales.
El segundo punto diría que se ha acumulado tanta información
fresca sobre sectores de nuestras sociedades como para dar base a una
reflexión teórica y metodológica propia, que modifica anteriores
interpretaciones, por lo regular exogenéticas o eurocéntricas. Claro que los
trabajos rutinarios no han desaparecido de nuestras universidades, ya que
sus marcos de referencia continúan reproduciéndose por inercia en
instituciones académicas y en medios de comunicación masiva controladas por
personas caracterizables como colonos intelectuales. No obstante, la
producción de estas personas por regla general no ha trascendido las
fronteras nacionales, precisamente por el mimetismo que despliegan.
Todo esto es debatible, pero quizás haya acuerdo general en
que existen pruebas para demostrar en principio las dos premisas sugeridas.
Mas bien me dedicaré a explorar una hipótesis complementaria. Sostendré que
aquella incidencia intelectual del Tercer Mundo tropical sobre grupos
homólogos críticos de países dominantes encuentra acogida en razón de la
crisis existencial que afecta a las sociedades avanzadas de las zonas
templadas, sea por las proclividades auto-objetivantes de la ciencia y la
técnica modernas desarrolladas allí –especialmente en sus universidades–,
sea porque hoy surgen amenazas serias para la supervivencia de todo el
género humano relacionadas con los avances inconsultos de esa misma ciencia
euroamericana fetichizada y alienante.
Los euroamericanos, evidentemente, progresaron y se
enriquecieron con el desarrollo científico-técnico, mucho a expensas de
nosotros los del Tercer Mundo. Pero ello fue también a expensas de su alma y
de los valores sociales, como en el contrato mefistofélico. Ahora, después
de haber botado la llave del arca del conocimiento prístino de donde partió
el progreso, hastiados de éste por la forma desequilibrada que tomó, y
avergonzados de la deshumanización resultante, los nuevos Faustos pretenden
reencontrar la llave del enigma en las vivencias que todavía palpitan en las
sociedades llamadas atrasadas, rurales, primitivas, donde existe aún la
praxis original no destruida por el capitalismo industrial: aquí en América
Latina, en África, en Oceanía.
Si esto fuese cierto, tal constatación de las fallas existenciales e
ideológicas en la zona templada podría darnos todavía más certeza y
justificación a los del Tercer Mundo en la búsqueda autónoma para
interpretar nuestras realidades. Y más seguridad en nuestra capacidad de
saber modificarlas y construir formas alternativas de enseñanza y de acción
política y social para beneficio nuestro y, de contera, también para el de
todos los pueblos explotados y oprimidos de la tierra.
La Frustración del eurocentrismo
No es nuevo lo que sigue: desde comienzos del presente
siglo, y en especial a partir de los desastres materiales y espirituales de
la Primera y Segunda Guerras Mundiales, muchos científicos y filósofos
europeos reconocieron el problema existencial aludido y cuestionaron el
propósito final de sus conocimientos y acumulaciones técnicas, así en las
universidades como en los laboratorios. El inspirador de esas tareas había
sido el cartesianismo analítico, junto con la tentación teleológica de
obtener control sobre los procesos naturales. Además, en lo político se
habían diseñado formas democráticas representativas apuntaladas en un
positivismo funcional y en las ideologías de la libre empresa y la propiedad
absoluta. Como no todo anduvo bien, la sociedad europea se dividió entre
utopistas y realistas, dando origen a esa controversia permanente que parte
de Hobbes y encuentra su nadir en el fascismo.
Al cabo de casi dos siglos de experiencias, la desilusión y
la protesta se convirtieron en alimento diario de aquella sociedad.
Recordemos, entre otras voces díscolas, el pesimismo de Spengler sobre los
resultados de la búsqueda del desarrollo económico, y la crítica
fenomenológica de Husserl sobre el desvío del positivismo, creando escuelas
que desembocaron en revisiones sustanciales de la interpretación ontológica.
Hasta las ciencias naturales experimentaron esta desazón y buscaron una
revisión orientadora. Encabezados por los físicos cuánticos, descubrieron la
infinitud de la estructura interna de las partículas atómicas y dieron el
salto del paradigma mecánico de lo cotidiano, de Newton, al infinitesimal y
relativo de Einstein, complementándolo con la inesperada y herética
constatación (de Heisenberg) sobre la indeterminación del conocimiento
experimental y el papel antrópico del observador.
En el campo filosófico y universitario hubo también
esfuerzos para alejarse del cartesianismo y del positivismo que vale la pena
recordar: entre otros los de la Escuela Crítica de Frankfurt al combinar el
rechazo al nazismo con el rescate antidogmático del marxismo; y el de la
filosofía de la ciencia (Gaston Bachelard). Todos estos esfuerzos fueron de
grandes proporciones para el secuente desarrollo científico y técnico y para
la revisión de actitudes ante el conocimiento y el progreso humanos. En las
universidades del Tercer Mundo, quizás por razones de lenguaje, apenas si
llegaron los murmullos de esa revisión. En lo concerniente a las ciencias
sociales, por ejemplo, éstas siguieron apegadas al cientificismo
positivista, y todavía hoy se hallan allí en la anticuada etapa del
paradigma newtoniano.
Sin embargo, hubo igualmente lastres persistentes en el
desarrollo de la reinterpretación crítica europea. Por lo general, los
intelectuales iconoclastas pretendieron resolver, comprensiblemente, sus
problemas de concepción y orientación todavía dentro de los parámetros del
conocimiento tradicional. Europa seguía siendo el ombligo del mundo, el
modelo a seguir por todos los demás, aunque su sociedad fuera perdiendo
sabor y sentido para sus propios miembros. Se pensó entonces que la solución
de los problemas existenciales de las naciones avanzadas podía alcanzarse si
se desanduviera allí mismo el recorrido hasta retrotraerlo al complejo
cartesiano como reconocido punto de partida del desvío cientificista. Y
luego tomar el perdido rumbo humanista que corregiría los peligros de la
alienación de los intelectuales y de los científicos.
Estas propuestas de enmienda, evidentemente parroquiales,
siguieron discutiéndose por un buen tiempo. Hasta Habermas, la última gran
figura de la Escuela de Frankfurt, cayó en el simplismo de la continuidad
eurocéntrica y del modelo del desarrollo avanzado. Ello limitó las
implicaciones universalistas de sus tesis sobre conocimiento e interés como
fórmula para superar el síndrome de la deshumanización moderna que advirtió,
interpretó y condenó en toda su amplitud.
Desde cierto punto de vista, el eurocentrismo umbilical es
inexplicable, porque la sociedad y la ciencia europeas son en sí mismas el
fruto histórico del encuentro de culturas diferentes, incluyendo las del
actual mundo subdesarrollado. Es natural preguntarse, por ejemplo, si
Galileo y los demás genios de la época hubieran llegado a sus conclusiones
sobre la geometría, la física o el cosmos sin el impacto del descubrimiento
de América, sus productos y culturas, o sin la influencia deslumbrante de
los árabes, hindúes, persas y chinos que bombardearon con sus decantados
conocimientos e invenciones a la Europa rudimentaria del pre-Renacimiento.
La reveza de la vieja corriente colonizadora
Últimamente, los grupos de intelectuales sufrientes de
Euroamérica han tratado de corregir en las universidades y fuera de ellas,
aquella tendencia narcisista y parroquial. Es posible encontrar ahora entre
ellos expresiones de reconocimiento respetuoso del mundo marginal
pauperizado, un querer sentir y comprender empáticamente los valores de las
sociedades tropicales y subtropicales no industrializadas, cierta admiración
nostálgica por la resistencia de los indígenas y campesinos analfabetas y
explotados del Tercer Mundo ante los daños y perjuicios del desarrollo
capitalista y de la racionalidad instrumental.
Evidentemente, tales grupos de protesta intelectual y
científica van más allá de las descripciones de aspaviento de viajeros y
misioneros de siglos anteriores. Pero vale la pena recordar algunas
expresiones notables, y examinar sus lazos o afinidades ideológicas con lo
nuestro. Veremos cómo muchos asuntos principales tratados por ellos se
enraizan en la problemática del Tercer Mundo y se articulan con ella. Esto
demostraría cómo las viejas corrientes intelectuales colonizadoras del Norte
hacia el Sur pudieran estar cambiando parcialmente de curso en estos años
para volverse en dirección contraria, del Sur hacia el Norte, y crear
interesantes olas de convergencia temática inspiradas en la vieja consigna
de conocer para poder actuar bien y transformar mejor. En cuyo caso, lo que
estaríamos observando sería realmente el comienzo de una hermandad universal
comprometida políticamente contra sistemas dominantes, una hermandad
conformada por colegas intensamente preocupados por la situación social,
política, económica y cultural de todos nosotros los que heredamos este
mundo injusto, deforme y violento, allá como acá, y que queremos cambiarlo
de manera radical.
Veamos una expresión de la convergencia temática y
compromiso espiritual y político en quienes han rescatado la cultura popular
e indígena. Con este esfuerzo se ha descubierto otra visión del mundo muy
distinta de la transmitida por culturas opresoras. Como se sabe, para
alcanzar esa visión Claude Lévi-Strauss hizo viajes frecuentes a América
Latina y África, y plasmó en páginas admirativas el "pensamiento salvaje"
que allí detectó. Son las realidades cosmológicas sobre circuitos de la
biósfera y el mecanismo del "eco humano" que comunicaron también los indios
Desana de nuestra Amazonía Gerardo Reichel-Dollmatoff. Estos estudiosos,
como muchos otros autores, recogieron aquella sabiduría precolombina que los
universitarios occidentales habían despreciado, pero que el pueblo común
tercermundista preservó a pesar de todo en sus lejanos caseríos y
vecindarios.
No nos sorprenda que allí, en ese mundo rústico, elemental o
anfibio (el del hombre-caimán y el hombre-hicotea) que ha atraído a los
antropólogos, se haya configurado también el complejo literario del Macondo,
hoy de reconocimiento universal. Científicos e intelectuales del Norte y del
Sur convergieron así creadoramente con novelistas y poetas para abrir surcos
nuevos de comprensión del cosmos y retar versiones facilistas y parciales
del conocimiento que provienen de la rutina académica o universitaria. Los
Macondos, junto con los bosques brujos de los Yaquis, las selvas de los
Mundurucú y los ríos-anaconda de los Tupis son símbolos de la problemática
tercermundista y de la esperanza euroamericana: reúnen lo que queremos
preservar y lo que ansiamos renovar. Retan lo que cada uno cree que piensa
de sí mismo y de su entorno. En fin, lo macondiano universal combate, con
sentimiento y corazón, el monopolio arrogante de la interpretación de la
realidad que ha querido hacer la ciencia cartesiana, especialmente en las
universidades.
Esa desorientación inhumana
Tampoco se salvan de los retos del mundo subdesarrollado los
practicantes de las ciencias naturales, especialmente aquellos que persisten
en ver el universo como si fuese constituido de partículas o bloques
elementales finitos, medibles y matematizables.
La concepción mecanicista del mundo, que heredó el físico
austríaco Fritjof Capra, por ejemplo, empezó a caer cuando éste y sus
colegas analizaron los problemas ecológicos de explotación de la naturaleza
y advirtieron formas no lineales en procesos vitales comunes. Eso no lo
descubrieron solos, sino que lo aprendieron mayormente de comunidades
indígenas y de la sabiduría intuitiva de éstas. Capra protestó por la
desorientación inhumana de la ciencia moderna, y encontró factores de
equilibrio para esa tendencia mortal sólo en "I Ching" y en enfoques
holísticos basados en el yin y el yang y en el misticismo de
los pueblos olvidados del Lejano Oriente. Con base en estos postulados
tercermundistas, presentó su desafiante doctrina del "Punto de retorno" y su
propuesta de una metafísica que comparten otras autoridades científicas (no
todas, por supuesto).
De manera similar, el epistemólogo canadiense Morris Berman
descubrió las limitaciones de los conceptos académicos de circuito, campo de
fuerza, conexión e interacción a través del estudio de la alquimia medieval,
del totemismo y de los cultos a la naturaleza de los indígenas americanos.
Fueron trabajos de africanos (Chinúa Abebe y otros) los que más le
iluminaron para replantear la importancia que tienen para la ciencia moderna
tesis derivadas de esas formas no académicas, y la necesidad de "reencantar
el mundo" con lo que él llamó "conciencia participativa". Así hizo eco a
clamores similares de grupos latinoamericanos e hindúes que planteaban,
desde antes, metodologías innovadoras con esta clase de conciencia.
¿Qué llevó a Foucault, por su parte, a postular la conocida
tesis sobre "insurrección de conocimientos subyugados" en su primera
conferencia de Turín? El mismo lo explica como una reacción a la tendencia
erudita de producir un solo cuerpo unitario de teoría como si fuera la
ciencia, olvidando otras dimensiones de la realidad, especialmente las de
las luchas populares no registradas ni oficial ni formalmente. No sabemos
con exactitud, por su prematura muerte, cuánto incidió en Foucault el
constatar la difícil situación de los indígenas americanos a quienes visitó,
y de quienes alabó sus supervivencias culturales y uno que otro alucinógeno.
No debió ser poco, ya que la homologa con las luchas olvidadas que él mismo
documenta sobre el loco, el enfermo y el preso. De allí se derivan sus
análisis sobre las relaciones entre el saber y el poder político y los
condicionantes sobre el poder científico, análisis que convergen con claras
preocupaciones tercermundistas anteriores y contemporáneas.
Veamos
Puede parecer antipático hacer un examen sobre la
originalidad de las ideas en grupos de intelectuales o universitarios del
Norte y del Sur; pero como la hipótesis complementaria sobre la acogida
existencial e ideológica de los norteños que he venido explorando lleva
hacia allá, voy a intentarlo con la consideración debida. Me parece que los
hechos hablan por sí solos, de modo que procederé no más que a mencionar los
polos temáticos respectivos, declarando fuera de concurso, anticipadamente,
a escritores historiadores latinoamericanos como Eduardo Galeano y Alejo
Carpentier, por las obvias razones de su demostrada universalidad.
La dialógica moderna se propuso primero en el Brasil (Paulo
Freire). Dar voz a los silenciados y fomentar el juego pluralista de voces
diferentes, a veces discordantes, se convirtió en consigna de estudio y
acción para sociólogos influyentes del Canadá (Bud Hall) y Holanda (Jan de
Vries), entre muchos otros, y para todo un movimiento renovador de la
educación de adultos a nivel mundial.
Las teorías de la dependencia y el sistema capitalista
mundial, así como del desarrollo del subdesarrollo, encontraron sus primeros
campeones en Egipto - Senegal (Samir Amin) y América Latina (Fernando H.
Cardoso, Enzo Faletto, Celso Furtado, André Gunder Frank), con replicaciones
posteriores en Europa (Immanuel Wallerstein, Dudley Seers). De la misma
manera han tenido repercusiones los aportes de la Comisión Económica para
América Latina (CEPAL) en las teorías sobre el equilibrio económico
regional, así como la crítica tercermundista de los "economistas descalzos"
(Manfred Max-Neef) que demuestra las graves fallas técnicas y teóricas de
esta disciplina, sus objetivos y alcances.
La propuesta praxiológica de la subversión moral que se
extendió por todo el mundo, incluyendo las universidades de los países
avanzados, tuvo su cuna entre las gentes de nuestras islas y montañas y sus
luchas (Camilo Torres, Che Guevara). Asimismo, y en similares
circunstancias, emergió de nosotros la teología de la liberación (Gustavo
Gutiérrez, Leonardo Boff) que ha llevado a revisar la rutina eclesial
católica y ecuménica. El rescate de las luchas populares y de la
personalidad y cultura de los "grupos sin historia" ha sido iniciativa de
bengalíes, hindúes y srilanqueses (Da Silva, Rahman y otros) con resonancias
posteriores en trabajos euroamericanos (Eric Wolf, Georges Haupt ).
Además del impacto de las revoluciones de Cuba y Nicaragua,
que colocaron a Latinoamérica en su momento a la vanguardia de movimientos
de liberación sociopolítica, registramos el positivo efecto sobre el
marxismo esclerosado de los europeos con aportes concretos de nuestros
investigadores sobre problemas de la periferia en América, África, Asia y
Australia (Bartra, Stavenhagen, González Casanova, Benarjee, Taussing,
Mustafá). El efecto de esta obra es más visible hoy en el mundo del glásnost.
Algo semejante ha ocurrido con las teorías del Estado y la democracia
originadas en el Cono Sur americano (Lechner, O'Donnell); sin olvidar el
extraordinario aporte original de los hindúes a la física cuántica.
El Simposio Mundial de Cartagena de 1977 sobre
investigación-acción participativa (IAP), en el que las voces y experiencias
del Tercer Mundo fueron determinantes, sostuvo tesis sobre recuperación
histórica local, historia en el presente, devolución del conocimiento,
intervención y participación social, que anticiparon, complementaron o
reorientaron trabajos convergentes en Francia, Austria, Suiza, Holanda,
Suecia y EEUU.
El estudio autonómico de nuestros problemas y el
acoplamiento a estos estudios entre los norteños que sufren su propia crisis
existencial e ideológica, es evidente. Asfixiados por sus nubes tóxicas,
basureros radioactivos y lluvias ácidas, aturdidos por la vacuidad juvenil,
asustados por misiles y cohetes militares, los euroamericanos buscan
respuestas, soluciones y equilibrios en nuestros aires frescos y horizontes
vitales. Lo dicho muestra también cómo la corriente del pensamiento del
centro hacia la periferia se ha venido revezando, y cómo ella está tomando
igualmente la interesante derivación Sur-Sur.
Parece que se ha venido formando así, desde hace unos veinte
años, un movimiento conjunto de colegas de diversos orígenes nacionales,
raciales y culturales preocupados por la situación del mundo en su
totalidad, cuyos puntos de vista confluyen a nivel de igualdad de manera
comprometida y crítica contra el statu quo y los sistemas dominantes.
Un reto político universalmente compartido
En últimas, el efecto de todos estos trabajos es de carácter
político y seguramente de alcance universal. Puede verse que la hermandad de
los intelectuales y universitarios críticos del Norte y del Sur propende a
un mundo mejor, en el que queden proscritos el poder opresor, la economía de
la explotación, la injusticia en la distribución de la riqueza, el dominio
del militarismo, el reino del terror y los abusos contra el medio ambiente
natural. Como hemos visto, sobre estos asuntos vitales nos reforzamos
mutuamente los unos a los otros. Por encima de las diferencias culturales y
regionales, reiteramos el empleo humanista de la ciencia y condenamos el uso
totalitario y dogmático del conocimiento. Tratamos de brindar, por lo tanto,
elementos para nuevos paradigmas que recoloquen a Newton y Descartes.
Buscamos dejar atrás a los dos tétricos hermanos: el positivismo y el
capitalismo deformantes, para avanzar en la búsqueda de formas
satisfactorias de sabiduría, razón y poder, incluyendo las expresiones
culturales y científicas que las universidades, las academias y los
gobiernos han despreciado, reprimido o relegado a segundo plano. Es lo que,
en términos generales, se llamó durante el decenio de 1960, "ciencia social
comprometida".
Una revisión detallada de los trabajos mencionados puede
demostrar que existe en todos ellos no sólo el ideal del "compromiso", de
los años 60 y la reacción contra el monopólico paradigma positivista, sino
el afán político de dar un paso más y ofrecer una alternativa clara de
sociedad. Esta propuesta - queda dicho - se alimenta de un tipo de
conocimiento vivencial útil para el progreso humano, la defensa de la vida y
la cooperación con la Naturaleza. Quienes hemos querido ayudar a construir
esta propuesta, hemos hablado de participación cultural, económica y social
desde las bases, la construcción de contrapoderes populares, la proclamación
de regiones autónomas y el ensayo abierto de un federalismo libertario.
Además, la propuesta vivencial alternativa invita a revisar concepciones
antiguas sobre la autodefensa justa, el tiranicidio y el maquiavelismo, sólo
sancionadas antes en España e Italia.
Queremos, pues, fomentar actitudes altruistas que equilibren
la parcial visión hobbesiana de la sociedad del hombre-lobo-para-el-hombre
que nos han transmitido en la escuela europeizante y fuera de ella como
verdad universal y eterna. En fin, queremos sondear las relaciones
dialécticas que existen entre conocimiento y poder y colocarlos al servicio
de las clases explotadas para defender los intereses de éstas.
La propuesta alternativa también se construye como
neutralizador ideológico de las soluciones nazifascistas, xenofóbicas y de
fuerza que acabaron con Europa y amenazan aún a democracias maduras, para
favorecer en cambio salidas pluralistas, tolerantes de diferencias y puntos
de vista diversos construidos con movimientos sociales de base, lo cual ha
sido una contribución específica de esfuerzos populares del Tercer Mundo con
metástasis en el Primero. Paradójicamente, éste era el tipo ideal de
conocimiento y acción, medio utópico quizás, por el que propugnaron los
filósofos principales de los siglos XVII y XVIII, empezando con la
invitación de Sir Francis Bacon de crear una tecnología humanista. Supongo
que Descartes nunca imaginó las distorsiones vivenciales y los desastres
ecológicos que sus tres reglas de análisis positivo impusieron a la
sociedad. Ni que Galileo hubiera querido que la matematización de la
naturaleza iniciada por él, llevara a la bomba atómica.
Aun así, los ideales de bienestar humano de aquellos
filósofos y científicos persisten. Las recientes generaciones de
intelectuales comprometidos del Norte y del Sur, sin volver atrás el reloj
de la historia, han empezado a revisar mitos y tabúes creados desde la
Ilustración alrededor de las instituciones sociales, religiosas y políticas
vigentes, ya que éstas; con el paso de los años, han perdido su espíritu
para tornarse en cosas y fetiches. Tal el caso con los conceptos de
Estado-nación, el partido político, la democracia representativa, la
soberanía y la legalidad del poder público, por una parte; y por otra, los
conceptos de Iglesia-Estado, el concordato eclesial, la prisión, el servicio
militar y el desarrollo económico. El desempeño contagiante de estas
instituciones enfermas y alienantes ha sido claramente denunciado por la
hermandad crítica del Norte y del Sur, aunque del Tercer Mundo se hayan
levantado voces más claras producidas quizás por el efecto empeorado de la
experiencia regional derivada. Porque aquí sí parece que se cumpliera la
tesis leninista sobre el rompimiento del sistema por el eslabón más débil.
Más allá de los dogmas
No es sorprendente, por lo mismo, que estén sobre el tapete
las fórmulas alternativas de democracia y sociedad mencionadas atrás. Ello
invita a ensayar estilos nuevos de hacer política y entenderla, hasta en las
mismas universidades. Por eso, tanto en Europa como en la India y en
Colombia buscamos métodos frescos y alegres de organización popular,
diferentes de los impuestos por los dogmas (así liberales como leninistas)
sobre los partidos con sus solemnes tesis sobre racionalidad, verticalidad
del mando, centralismo de cuadros y monopolio de la verdad, dogmas y tesis
que se han constituido en parte de nuestras crisis actuales. Y salen voces "bacanas"
y luces correctivas desde nuestros países subdesarrollados que iluminan la
potencialidad creadora de los azares de las luchas, de la espontaneidad y de
la intuición de las masas, para ir organizando movimientos regionales
sociales y políticos independientes.
Por último, si esta revisión aquí hecha resultara cierta,
así fuese parcialmente, tendremos que cambiar los viejos mitos heredados
sobre la superioridad del faro intelectual euroamericano, que tanto ha
condicionado nuestra vida política, económica, cultural y universitaria, que
nos mantiene en el atraso y en la pobreza permanentes.
Aun admitiendo la sintonía, positiva con ese faro, sería
triste mantenernos en los paradigmas ya superados por los desarrollos
técnico-científicos modernos, y seguir repitiendo e imitando autores,
filósofos e ideólogos cuya vigencia puede resultar discutible. ¿Para qué
seguir llevando flores a ídolos dudosos, citar acríticamente escritores
obsoletos, o elevar como maestros a colegas cuyo pensamiento ha sido eco o
desarrollo de nuestros propios análisis, un eco a veces ampliado por la
resonancia de aparatos hegemónicos? Si según muchos euroamericanos
prominentes la llave del arca del conocimiento vivencial se encuentra entre
nosotros los de la periferia del Tercer Mundo, ¿no resulta absurdo persistir
en hallarla a través de otros que, por razones histórico-culturales, no
saben bien de los cofres tropicales y macondianos en que pueda estar
escondida?
Estos datos deberían darnos a nosotros los periféricos
todavía más certeza en la interpretación de nuestras realidades, más
seguridad en saber transformarlas, y más confianza en construir
autónomamente nuestros propios modelos alternativos de democracia y
sociedad. Sin embargo, habría que ponernos de acuerdo –los grupos críticos
de todas partes–, por lo menos en una condición de justicia histórica: que
los esfuerzos de interpretación, cambio y construcción de los modelos nuevos
se dirijan prioritariamente a beneficiar al pueblo humilde y trabajador del
Tercer Mundo que celosamente guardó aquella llave del arca vivencial a
través de siglos de penuria, explotación y muerte.
Todavía podemos aprender mucho de las formas de creación y
defensa culturales, así como de las tácticas de resistencia popular, de
nuestros humildes grupos de base. Formas y tácticas que pueden servir para
que todos conjuntamente sorteemos con éxito la época de graves peligros y
oportunidades en que nos ha tocado vivir.
Referencias
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Wolf, Eric, Europa and the people without history. Berkeley.
1982.
Este artículo es una versión
revisada para la revista Nueva Sociedad de la conferencia pública con que O.
Fals Borda reinició sus tareas en la Universidad, después de veinte años de
ausencia, lapso en el que buscó y ensayó formas alternas de obtención y
acumulación de conocimientos, hoy sintetizadas por la escuela de
Investigación- Acción Participativa (IAP).
Publicado en Nueva Sociedad
No. 107 mayo - junio de 1990, pp. 83-91. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 110 el 20 de agosto de 2008. Se
reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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