Peripecias Nº 115 - 24 de septiembre de 2008

MUNDO

 

 

Soy un paria, no tengo Facebook

 

Raúl Acosta

 

 

R. Acosta es un periodista uruguayo especializado en temas de sociedad y cultura.

 

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Todos los días me siento un poco más excluido dentro de mi propio país: no tengo una cuenta en Facebook. La ciudad donde vivo se hace cada vez más extraña, y mis amigos aparecen distantes. Ellos se comunican en el Facebook, y todos los eventos de importancia parece ser que tienen lugar en ese ámbito cibernético.

 

Para tener amigos hay que abrir una cuenta en Facebook donde se pueden inscribir todas las amistades. Antes, en el pasado… que digo: en la prehistoria, la amistad se construía poco a poco, llevaba su tiempo, tenía subidas y bajones, momentos de encuentro y algunos sinsabores en las discrepancias. En el día de hoy es instantáneo: basta hacer un click y listo! Uno ya queda inscripto como amigo. Si no tienes una cuenta la consecuencia es simple y contundente: no tienes amigos.

 

Se dice que lo mejor del círculo de amigos de Facebook es su privacidad, y uno puede decidir si habilita nuevos ingresos o los impide. Pocos días atrás, mi último amigo me dijo unas pocas horas antes de sumergirse en el Facebook, que ese procedimiento era fenomenal ya que uno elegía con quien comunicarse, e incluso a qué hora hacerlo. Nada de llamadas inoportunas en momentos de necesidad o tristeza. Si eran las seis de la tarde, y tenía cinco minutos libres, parece ser que se puede entrar en la cuenta del Facebook y despachar en un dos por tres todos los asuntos que plantean los amigos.

 

No logré volver a hablar con aquel, mi último amigo. Siguió el camino de muchos otros y ahora pasan varias horas mirando la pantalla del computador y ya no conversa conmigo. En caso de necesidad se comunica desde su escritorio por chat, incluso si tiene que decirle algo a alguien que esté en el escritorio de enfrente a dos metros de distancia.

 

De esta manera poco a poco me quedé sin amigos. Tengo conversaciones orales, verbales, usando la boca, en la panadería o en la cafetería, pero son siempre sobre cuestiones menores: “Un café por favor” “¿Cuánto le debo?”. Si deseo ir un poco más allá en la conversación, como por ejemplo con la cajera del supermercado, enseguida me dice: “Mi Facebook es tal y cual, y nos podemos encontrar allí”. Sigo sin entender muy bien cómo me puedo “encontrar” con alguien mirando la pantalla del computador.

 

Mi último amigo, aquel que comenté antes, y que desapareció adentro del Facebook, también me explicó que allí se comparten fotos. Fotos digitales por cierto. A mi me parece espantoso que se haya perdido aquella necesidad donde la gente se miraba cara a cara, donde era importante escudriñar en los ojos del otro, ver su vestimenta, y cosas por el estilo. Ahora nadie mira a nadie, los semblantes están vacíos, y los más activos en esta tendencia aparecen con ojos vidriosos ya que son muy populares dentro del Facebook y pasan horas y horas delante de la pantalla del computador.

 

De esta manera me he quedado solo en mi ciudad. De tanto en tanto cuando alguna de esas otras personas tiene tiempo y energía para observarme, me dedican un gesto de compasión al darse cuenta que no tengo una cuenta en el Facebook y que no entiendo siquiera cómo funciona. Pero eso no resuelve el problema de que sea un paria en esta nueva sociedad, ya que todos me dicen que debo abrir una cuenta en Facebook para resolver mis problemas. Allí también funcionan los grupos de apoyo, las confesiones con el cura de la parroquia, y los monólogos con el psicoanalista.

 

Me rindo. Parece ser que estoy atrapado y no tengo otra salida: ¿cómo hago para abrir una cuenta en Facebook?

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 115 el 24 de septiembre de 2008. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.

 

 

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