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R. Acosta es un periodista uruguayo especializado en
temas de sociedad y cultura.
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Todos los días me siento un poco más excluido dentro de mi propio país: no
tengo una cuenta en Facebook. La ciudad donde vivo se hace cada vez más
extraña, y mis amigos aparecen distantes. Ellos se comunican en el Facebook,
y todos los eventos de importancia parece ser que tienen lugar en ese ámbito
cibernético.
Para tener amigos hay que abrir una cuenta en Facebook donde se pueden
inscribir todas las amistades. Antes, en el pasado… que digo: en la
prehistoria, la amistad se construía poco a poco, llevaba su tiempo, tenía
subidas y bajones, momentos de encuentro y algunos sinsabores en las
discrepancias. En el día de hoy es instantáneo: basta hacer un click
y listo! Uno ya queda inscripto como amigo. Si no tienes una cuenta la
consecuencia es simple y contundente: no tienes amigos.
Se dice que lo mejor del círculo de amigos de Facebook es su privacidad, y
uno puede decidir si habilita nuevos ingresos o los impide. Pocos días
atrás, mi último amigo me dijo unas pocas horas antes de sumergirse en el
Facebook, que ese procedimiento era fenomenal ya que uno elegía con quien
comunicarse, e incluso a qué hora hacerlo. Nada de llamadas inoportunas en
momentos de necesidad o tristeza. Si eran las seis de la tarde, y tenía
cinco minutos libres, parece ser que se puede entrar en la cuenta del
Facebook y despachar en un dos por tres todos los asuntos que plantean los
amigos.
No logré volver a hablar con aquel, mi último amigo. Siguió el camino de
muchos otros y ahora pasan varias horas mirando la pantalla del computador y
ya no conversa conmigo. En caso de necesidad se comunica desde su escritorio
por chat, incluso si tiene que decirle algo a alguien que esté en el
escritorio de enfrente a dos metros de distancia.
De esta manera poco a poco me quedé sin amigos. Tengo conversaciones orales,
verbales, usando la boca, en la panadería o en la cafetería, pero son
siempre sobre cuestiones menores: “Un café por favor” “¿Cuánto le debo?”. Si
deseo ir un poco más allá en la conversación, como por ejemplo con la cajera
del supermercado, enseguida me dice: “Mi Facebook es tal y cual, y nos
podemos encontrar allí”. Sigo sin entender muy bien cómo me puedo
“encontrar” con alguien mirando la pantalla del computador.
Mi último amigo, aquel que comenté antes, y que desapareció adentro del
Facebook, también me explicó que allí se comparten fotos. Fotos digitales
por cierto. A mi me parece espantoso que se haya perdido aquella necesidad
donde la gente se miraba cara a cara, donde era importante escudriñar en los
ojos del otro, ver su vestimenta, y cosas por el estilo. Ahora nadie mira a
nadie, los semblantes están vacíos, y los más activos en esta tendencia
aparecen con ojos vidriosos ya que son muy populares dentro del Facebook y
pasan horas y horas delante de la pantalla del computador.
De esta manera me he quedado solo en mi ciudad. De tanto en tanto cuando
alguna de esas otras personas tiene tiempo y energía para observarme, me
dedican un gesto de compasión al darse cuenta que no tengo una cuenta en el
Facebook y que no entiendo siquiera cómo funciona. Pero eso no resuelve el
problema de que sea un paria en esta nueva sociedad, ya que todos me dicen
que debo abrir una cuenta en Facebook para resolver mis problemas. Allí
también funcionan los grupos de apoyo, las confesiones con el cura de la
parroquia, y los monólogos con el psicoanalista.
Me rindo. Parece ser que estoy atrapado y no tengo otra salida: ¿cómo hago
para abrir una cuenta en Facebook?
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 115 el 24 de septiembre de 2008. Se
permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.
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