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Nils Castro es un analista panameño.
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Por vigésimo tercera ocasión, este mes el Comité Especial de la ONU para la
eliminación del colonialismo concluyó su debate anual llamando al gobierno
de Estados Unidos a resolver el caso de Puerto Rico. Como en los últimos
años, la resolución se adoptó por consenso, es decir, sin oposición de
Washington ni de ningún otro gobierno que lo hiciera por encargo suyo.
Pero ahora el tema mostró nuevos matices. Estos derivan del Informe rendido,
en diciembre pasado, por el Grupo de Trabajo que el presidente de Estados
Unidos designó para dictaminar sobre la cuestión puertorriqueña. Sus
conclusiones fueron que dicha isla aún es una posesión territorial –una
colonia– norteamericana, cuyo status por consiguiente está sujeto a los
poderes del Congreso estadounidense, al cual se le pide adoptar decisiones
apropiadas para resolver la situación.
En otras palabras, un cuarto de siglo después de la Guerra Fría y tras el
cierre de las bases militares en Puerto Rico, para Washington la isla perdió
su antiguo interés geopolítico y económico. Dado que mantener su status
colonial es demasiado costoso, que conservarla tendría indeseables
consecuencias étnico-culturales y puesto que la crisis fiscal y política del
gobierno boricua demuestra que ese régimen ya es insostenible, el
establishment político norteamericano ha puesto sus alternativas en
discusión, en busca del momento y la forma más airosos para deshacerse de
tan incómoda posesión.
Así las cosas, América Latina no puede menos que reasumir sus propias
responsabilidades. Así, a las deliberaciones del Comité Especial de
descolonización esta vez concurrieron el ex presidente argentino Raúl
Alfonsín, por el Comité de América Latina y el Caribe de la Internacional
Socialista (CALCIS), y el político mexicano Gustavo Carvajal, por la
Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL),
las dos principales organizaciones continentales de su género. Ambos
reivindicaron la independencia de Puerto Rico como una aspiración
continental que viene desde los tiempos de Simón Bolívar y José Martí, y que
ahora reúne todas las condiciones para hacerse realidad.
La resolución del Comité de la ONU también demandó la limpieza y
descontaminación de las tierras de la isla que las fuerzas armadas de
Estados Unidos emplearon como áreas de impacto de sus ejercicios militares,
y su entrega al pueblo borinqueño para dedicarlas al desarrollo
socioeconómico. Además, reclama poner en libertad a los puertorriqueños que,
desde hace veinticinco años, purgan condenas en cárceles norteamericanas por causas
relacionadas con la lucha por la independencia de su patria. Asimismo, cesar
las acciones de represión que las corporaciones policiales estadounidenses
realizan contra los independentistas borinqueños.
En su parte más sustantiva, la resolución de la ONU reitera que “el pueblo
puertorriqueño constituye una nación latinoamericana y caribeña que tiene su
propia e inconfundible identidad nacional”. En consecuencia, llama al
gobierno de Estados Unidos a propiciar un proceso que le permita a ese
pueblo ejercer plenamente su derecho a la libre determinación y la
independencia. Al efecto, demanda implementar un mecanismo que asegure la
plena participación de todos los sectores de opinión de Borinquen, Según el
principio de que “toda iniciativa para la solución del estatus” de la isla
“debe tomarla originalmente el pueblo de Puerto Rico”.
La isla posee la infraestructura y capacidades más que suficientes para
desarrollarse como república independiente, cosa que bajo el régimen
colonial ya dejó de ser viable. En las estas circunstancias, la resolución
de la ONU, así como la propuesta del Partido Independentista Puertorriqueño,
no se restringen a la denuncia anti imperialista, sino que ofrecen la
oportunidad de iniciar un proceso de transición que finalmente solucione el
problema. Washington da signos de entender que esta oportunidad le conviene,
pero es hora de que América Latina tome la cuestión en sus manos.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 3 el 28 de junio 2006. Se reproduce en nuestro
sitio con permiso del autor.
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