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E. Gudynas es
analista de información en CLAES (Centro Latino
Americano de Ecología Social) y D3E (Desarrollo,
Economía, Ecología, Equidad – América Latina).
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Los movimientos sociales de
América Latina durante años miraron con simpatía la experiencia de la izquierda
brasileña organizada en el Partido de los Trabajadores (PT), y a su líder Lula
da Silva. Esa corriente de apoyo se acentuó cuando ese partido ganó las
elecciones y Lula se convirtió en presidente. En los países de habla hispana,
desde Buenos Aires a Quito, se ponía como ejemplo al PT y a Lula como un camino
a seguir, y modelo de inspiración. Criticar a Lula estaba mal visto, y cuando se
descubrían las contradicciones en su gobierno, muchos líderes sociales las
desestimaban, rechazaban o simplemente las ignoraban.
¿Por qué siempre se ha
mirado con benevolencia a Lula? La respuesta a esta pregunta engloba varios
factores. Por un lado, los movimientos sociales en América Latina siempre se han
identificado con algunas experiencias y líderes; el papel del liderazgo siempre
ha sido fuerte. Pero en la América Latina de habla hispana también ha existido
un conocimiento parcial de lo que sucede en Brasil. Hay muchos factores que
explican esto, y que van desde la barrera que supone el portugués, a las
imágenes distorsionadas que se ofrecen desde los medios de prensa tradicionales.
Se ve a Brasil como si estuviera detrás de un vidrio de fantasía esmerilado, y
allí aparecía la silueta de un Lula da Silva exitoso, que era aplaudido en las
Naciones Unidas, mientras iniciaba su programa de “hambre cero”, un líder social
que surgió “desde abajo” y logró ser presidente.
La realidad dentro de Brasil
ha sido bastante más complicada. Los resultados de la reciente elección parecen
dejarlo en claro, y sea cual sea el desenlace final de la segunda vuelta, debe
reconocerse que el gobierno Lula ha estado inmerso en contradicciones y
tensiones. Veamos algunos ejemplos: la política económica ha sido muy
tradicional, pero intentó aplicar algunos programas de asistencia social; no
criminalizó a movimientos como los Sin Tierra, pero tampoco avanzó
sustancialmente en la reforma agraria; invocó la reforma del sistema político
pero quedó atrapado en numerosas denuncias de corrupción que repiten todos los
aspectos negativos de la política brasileña… y así sucesivamente, hay muchas
contradicciones.
No es mi propósito examinar
cada una de esas tensiones sino comentar cómo se ha mirado esa gestión desde
afuera, en los demás países de América Latina. Muchas figuras destacadas de los
movimientos sociales apoyaron una y otra vez a Lula. Unos pocos analistas muy
conocidos lanzaron una serie temprana de cuestionamientos, denunciando una
suerte de “renuncia” a los preceptos de la izquierda (James Petras es un buen
ejemplo). Pero esas críticas fueron marginales, y seguramente exageradas en ese
momento.
Pero hay que reconocer que
en algunos sectores de los países de habla hispana existían muchas resistencias
a mirar con detenimiento y rigurosidad a la gestión de Lula. Se insistía
únicamente en los aspectos positivos, y se negaban los negativos. Muchos de los
claroscuros de Lula ya estaban presentes desde la anterior campaña electoral,
posiblemente cuando Lula, siendo candidato a la presidencia, cedió a la presión
de los mercados financieros y firmó la “Carta al Pueblo Brasileño”. Eso tuvo un
impacto reducido; la izquierda latinoamericana seguía deslumbrada con su figura,
y los que entendían que aquella carta era en realidad un mensaje a los centros
financieros auguraban que sólo era un ardid propio de una campaña electoral muy
reñida.
Recuerdo que en el Foro
Social Mundial de Porto Alegre – 2001, tuve oportunidad de analizar la
plataforma electoral de Lula y sus primeras medidas de gobierno en una mesa
redonda del Transnational Institute (TNI) dedicada a la nueva izquierda. En mi
ponencia repetía varios de los atributos positivos que se comentaban en aquellos
días, celebrando la reciente victoria electoral de Lula, pero alertaba sobre
problemas que comenzaban a ser evidentes. Por ejemplo, en aquellos días se
hablaba mucho sobre el programa “Hambre Cero”, pero cuando se leía el texto real
y concreto de la propuesta eran evidentes sus limitaciones e incluso sus
contradicciones. Otro tanto ocurría con las primeras medidas económicas del
gobierno del PT. Esos comentarios despertaron respuestas críticas; argentinos,
ecuatorianos y uruguayos presentes en aquella reunión se disgustaron con una
ponencia que indicaba aspectos negativos en el gobierno del PT. Al margen de
quedar con la sensación de que ninguno de los defensores leyó “Fome Zero”, quedé
impactado con reacciones que ponían en suspenso cualquier duda. Lula era el
triunfo de la izquierda, y por lo tanto no era momento de analizar nada en
detenimiento, sino que se exigía apoyo incondicional.
A lo largo del gobierno de
Lula todas esas contradicciones se acentuaron. Si bien buena parte de las
organizaciones sociales de Brasil apoyaron al PT y a Lula, poco a poco lograron
posturas independientes, apoyando los aspectos que consideraban positivos,
mientras que dejaban en claro sus desacuerdos. Este proceso todavía es muy
incipiente en los sindicatos, pero ha avanzado más en organizaciones sociales,
ambientales y de derechos humanos.
De hecho, el “lulismo”
generó un gran solapamiento entre algunos movimientos sociales, el sindicato, el
PT como partido político, y el gobierno en manos de la administración Lula. Esto
explica porqué algunos líderes sociales terminan defendiendo al gobierno a pesar
que el contenido de sus medidas estaban en franca contradicción con sus demandas
y reclamos. Esto también explica que en las denuncias de corrupción que
involucraban a figuras del PT no se actuara con más decisión desde la sociedad
civil.
En los países de habla
hispana esa actitud ha tardado mucho más en llegar, y sólo en los últimos
tiempos se ha hecho evidente. Para muchos, el “gobierno Lula” sigue siendo el
ejemplo de un buen gobierno de izquierda, y hay una cierta admiración por la
persona de Lula. Se lo ve fugazmente en la televisión, se escuchan citas a sus
discursos, y de esta manera, resulta una persona simpática. Para algunos es casi
un santo, y por lo tanto es una herejía intolerable que se le critique. Por
momentos parece que se cae en una “Lula-tría”, donde todo lo que hace o dice el
presidente es correcto, y representa las buenas intenciones de una izquierda que
representa a todos los sectores populares, y todo lo hace bien. Algunos
necesitan de una figura o líder en la que sentirse representado y sobre la cual
ponen sus sueños. De esta manera los sueños de cambio estarían encarnados en
Lula, y los que advierten sobre sus contradicciones no son escuchados y son
marginados; no importa si las advertencias provienen de un empresario o una
organización ambientalista, de todos modos serán tildados de conservadores que
no entienden a la izquierda.
De nuevo los hechos son más
complejos. En una sola ocasión estuve cerca de Lula, al tener la oportunidad de
participar de un encuentro de líderes sociales y ONGs con el presidente. Fue en
2004, en Sao Paulo. Lula leyó un discurso, que por cierto fue interesante. Pero
después se pasó a una sesión de preguntas y respuestas, donde Lula estuvo solo
delante del público, sin el auxilio de un texto escrito. La conversación fue muy
decepcionante; los detalles ahora no vienen al caso, pero quedó en claro que
Lula defendía una idea conservadora y simplista de las políticas sociales hacia
los sectores más pobres, y que sus posturas en política internacional también
esquivaban cualquier complejidad.
Ese simplismo parece haberse
colado en muchas decisiones del gobierno, y es por ello que se cae una y otra
vez en una gestión conservadora. Se invoca un discurso de izquierda, pero se
paga por adelantado al FMI; se habla del desarrollo sostenible, pero se lanza un
programa de grandes obras que tienen un enorme impacto ambiental; se invoca la
integración regional, pero se defiende la agroindustria exportadora más
tradicional. La clave en estas cuestiones no está solamente en cómo se definen y
caracterizan esas medidas, sino en la posibilidad de poder ejercer una
evaluación crítica de las acciones que se toman desde un gobierno sin olvidar
los compromisos propios del movimiento ciudadano.
El reconocimiento de estas
complejidades y contradicciones finalmente se ha hecho evidente en el resto de
América Latina. En las organizaciones de los países de habla hispana ya es
posible analizar los aspectos positivos y negativos del gobierno del PT sin caer
en las caricaturas del “progresista” versus el “anti-progresista”. Ese es un
aspecto muy pero muy importante para los movimientos sociales, ya que permite ir
más allá de los clásicos ciclos de confianza y decepción con la figura de un
líder. También sirve para fortalecer a muchas organizaciones ciudadanas dentro
de la sociedad civil como espacio independiente. Finalmente, es un
reconocimiento a que la construcción de políticas siempre requiere el concurso
de la sociedad civil, y que esa participación sirve para mejorar la gestión
gubernamental.
Identificar los aspectos
positivos o negativos dentro de un gobierno progresista no puede ser visto
negativamente, tampoco es un riesgo. Es la expresión de la ciudadanía y es una
representación de la pluralidad de sus voces. Ese tipo de ejercicios y aportes
son componentes indispensables para cualquier corriente de acción política que
se defina como “progresista”. Ese no es un componente accesorio sino que es
esencial. Aquellos que no comprenden el valor de esta diversidad simplemente no
son progresistas, y confunden la política con la propaganda.
Publicado en el semanario Peripecias Nº 17 el
4
de octubre 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se
cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones. |