Peripecias Nº 18 - 11 de octubre de 2006

POLÍTICA

 

Occidente pierde control

 

Sten Inge Jørgensen

 

 

 

Sten Inge Jørgensen es un experto noruego en ciencia política.

 

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Basta mirar las noticias que semanalmente aparecen en los medios: Rusia hace una alianza energética con Argelia, China abre el Centro Confucio en Nairobi. La India está graduando una cantidad tres veces más grande de ingenieros que la Unión Europea entera. Son datos que aparecen aislados en los medios, pero que mirados en perspectiva, apuntan hacia un futuro donde la hegemonía de Occidente dejará de existir.

 

Estos "mercados emergentes constituyen ya la mitad del producto nacional bruto si se ajusta la capacidad de compra. De hecho las decisiones que tomen la compañía de energía rusa Gazprom o el Banco Central de China tienen consecuencias inmediatas en el mundo entero. Pero es en las grandes organizaciones y en las instituciones internacionales donde los cambios de poder están sucediendo.

 

Cuando Occidente, después de la Segunda Guerra Mundial, tomó la delantera estableciendo organizaciones como el Consejo del Comercio de Mercancías (GATT, ahora OMC), el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario internacional (FMI), crearon al mismo tiempo instrumentos que usarían para expandir su poder e influencia. El reglamento actual de la Organización Mundial de Comercio (OMC) refleja esa estructura de poder pues le niega a los países en desarrollo las mismas posibilidades de industrializarse como las que tuvo Occidente para hacerlo en su momento. Al mismo tiempo aprovechan el Banco Mundial y el Fondo Monetario como frenos de mano para modificar las políticas económicas de los países en desarrollo a cambio de empréstitos.

 

Ahora, en septiembre de 2006, las cosas se ven distintas . Lo primero es el colapso de las negociaciones en la OMC provocado por alianzas entre naciones "subdesarrolladas” que se negaron a firmar un acuerdo que en su opinión no corrige los enormes desventajas que existen en las reglas de juego. También está el crecimiento económico en muchas de las naciones en vías de desarrollo, que las pone en la posición de poder amortizar sus deudas con el Fondo de forma tan rápida que ahora esa organización se encuentra en una crisis existencial. Dichos países ya no les importa seguir los consejos o exigencias de un Fondo cuya sede se encuentra en Washington, si no tienen que hacerlo. En el continente africano el Banco Mundial está a punto de ser desplazado por China que está inundado de reservas monetarias y que puede ofrecer préstamos más baratos y sin ninguna otra condición amarrada al contrato comercial.

 

La explosión bilateral

 

La carencia de perspectivas en las negociaciones de la OMC ha llevado a que el número de acuerdos comerciales bilaterales se haya incrementado notablemente. Eso significa no sólo que los países fuertes pueden dominar a los débiles sino también que puede volverse más difícil el aprovechamiento del potencial económico en el comercio internacional. Mientras menos útil, relevante e importante se perciba el rol de la OMC, menos respeto tendrán las naciones miembros por mantener con vida la organización. Ya sea porque la ruptura de las reglas se acelere, o porque las mecanismos de solución de litigios se recalienten cuando todos se empiecen a demandar mutuamente. Existe la creencia generalizada entre las naciones subdesarrolladas que la culpa de todo esto la tienen los EE.UU. y la Unión Europea. El ministro de comercio indio Kamal Nath opina que ya pasó la época en que los países occidentales podían dictar las reglas de juego en la OMC y fue citado en todos los medios masivos del mundo durante las negociaciones del verano cuando dijo que "ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo".

 

Consolidación

 

Los comentaristas occidentales con frecuencia manifiestan su apoyo a los países subdesarrollados en torno a esto, pero los líderes de EUA y Europa no consiguen tomar posiciones que satisfagan a dichas naciones. El régimen de Bush ha aumentado el abismo trasatlántico y dentro de la Unión Europea sufren tratando de coordinarse. Algunos países progresistas en el continente quieren darle a las naciones en vías de desarrollo lo que quieren para salvar la legitimidad de las instituciones: disminución de los subsidios a productos agrícolas y el retiro de las demandas en cuanto a las privatizaciones que exige el Banco Mundial. Pero en caso de que ganaran a largo plazo esto significaría de todos modos una consolidación de una nueva relación de poder en lugar de una reconquista del poder. Ya no es posible seguir adelantando una política de construcción de instituciones sólo a partir de las premisas de Occidente.

 

A pesar de que hay buenas razones para congratularse con el desafío al FMI y al BM, esto no significa necesariamente que las alternativas sean mejores. Muchas de las exigencias que ellas le han pedido a las naciones en desarrollo están conectadas con la democracia y el buen gobierno. Puede muy bien suceder que la falta de control de Occidente sobre estas instituciones debilitadas resulte en un mayor espacio libre para regímenes autoritarios.

 

Desde que hace dos semanas tuvo lugar en Singapur la última reunión anual del BM y el FMI, a muchas organizaciones no gubernamentales (ONG) se les negó la entrada al país. Por lo visto una cosa difícil de digerir para los activistas políticos que desde tiempo atrás han anhelado que el dominio de occidente se acabe.

 

Falta de competencia

 

Un sorpresivo elemento de la debilitada posición de Occidente en la consolidación de instituciones internacionales es la falta de alianzas paralelas confiables. Los investigadores han buscado con lupa cualquier movimiento que indique el desarrollo de algo que pudiera anunciar, por ejemplo, que las naciones Brick lanzaran otra alternativa al sistema que ahora rige. Pero, en general, lo único que se detecta son estrategias nacionales.

 

Baste mirar la fanfarria que hubo alrededor del "Consenso de Beijing" – que iba a desafiar el "Consenso de Washington". Cuando se le hace una radiografía analítica a este programa resulta que se trata en el fondo de una apuesta por tecnología avanzada, por encontrar el balance entre soberanía y multilateralismo, y neutralizar con medios pacíficos el poder de EE.UU en el sureste de Asia.

 

India, por su parte, se quitó hace rato la camiseta de líder del movimiento de los no alineados y lucha a fondo con otras muchas naciones en desarrollo dentro del OMC donde ellos desean un comercio más libre para los servicios (Gats).

 

Rusia ha perdido su imperio y se organiza como un sector de poder dentro del campo de la energía. De lograr su cometido de construir una alianza basada en dicho negocio con otros productores de energía, es un hecho que todavía no participan en ella ninguno de los grandes actores políticos. El deseo de Brasil de revitalizar el bloque sudamericano de comercio Mercosur está siendo desafiado por otros jefes de estado más radicales en el continente. Todo indica por tanto que vamos hacia un mundo multipolar.

 

Posición de poder poco elegante

 

Al mismo tiempo muestra que la posición estancada en que ha caído la tan esperada reforma del Consejo de Seguridad de la ONU ha congelado las antiguas relaciones de poder en una posición inelegante. Los países con poder de veto no quieren perder su posición privilegiada pero la composición del Consejo luce cada vez más absurda.

 

El hecho es que la ONU como arena no logra reflejar los cambios en el balance real de poder de una forma creíble, sino que aparece como un lugar para bloquear y usar negativamente el poder, hace que el grupo de los 8 aparezca como una especie de “piquete” de la globalización. Aquí el equilibrio está mucho más a favor de Occidente, ya que los miembros cuentan: EUA, Francia, Alemania, Canadá, Italia, Japón, Gran Bretaña y Rusia. Muchos –bajo el liderazgo del ex ministro de Estado de Canadá, Jean Chrétien– recomiendan que el Grupo de los 8 (G8) se amplíe a lo que sería un G20, donde tengan lugar, entre otros, China, India, Brasil, Turquía y Sudáfrica. Pero la idea de qué tanto ha resultado para los países del G7 incluir a Rusia, y al mismo tiempo las fuertes antipatías que la mayoría de los países del G8 tienen a la integración de una o varias naciones en un posible G20, hace que esta iniciativa no haya pasado de un borrador.

 

El miedo a la globalización

 

Gran parte de la razón por la cual EUA y Europa no se abren a conseguir espacios políticos globales más genuinos se debe a que padecen un marcado y creciente miedo a la globalización. Cada vez hay más documentación que indica que los ganadores de la globalización son las naciones en desarrollo y los dueños del capital occidentales, mientras pierden sus trabajadores (incluso revistas que gritan en favor de la globalización como The Economist , lo dicen). Los políticos responden cada vez más sólo con el afán de proteger y controlar. Como consecuencia de lo anterior vemos la revitalización de un compromiso con intereses económicos nacionales.

 

Las autoridades de muchas de las naciones de Occidente toman medidas para impedir que empresas o sectores claves pasen a dominio de actores extranjeros. La parte de los trabajadores en el Producto Nacional Bruto (PNB), medida en salarios, ha caído del 63 por ciento en 1980 al 59 por ciento en el 2005 – mientras los ricos aumentas su patrimonio mucho más que antes. Es notable que muchas naciones de la Unión Europea no consigan crear suficientes empleos y se vean obligadas a cortar los servicios de bienestar social. Si estas tendencias continúan, lo que nos va a llegar es una reacción con sello populista, proteccionista y nacionalista. Desde esta perspectiva un intento por mantener una influencia nacional sobre empresas claves y sectores es quizás entendible, pero no soluciona ninguno de los problemas básicos. La globalización aporta un formidable crecimiento económico y el reto consiste en repartir esos dividendos de una manera más justa. Esto exige que se use toda la energía posible en la construcción de instituciones internacionales –por ejemplo en relación con el comercio y los regímenes de impuestos– en lugar de dar la espalda gradualmente al mundo y tratar de salvar lo que se pueda. Sin una Unión Europea fuerte que trabaje con objetivos claros por este tipo de tareas no habrá nadie más que lo haga. La clave: el liderazgo de Gran Bretaña y Francia en campos importantes como la eliminación de deudas y los impuestos globales.

 

Los medios se enredan

 

En resumen, parece ser que las instituciones internacionales más importantes no han logrado modernizarse a tiempo. Todavía existen pero el poder real acumulado que tienen estos foros multilaterales se debilitan diariamente favoreciendo las estrategias nacionales y bilaterales. Paradójicamente el mundo sufre ahora de un creciente déficit de manejo coordinado global en una época donde se necesita más que nunca. Los medios luchan y se afanan por reflejar este desarrollo y cada vez se hará más difícil seguirle el paso al número de importantes decisiones que se toman por fuera de los foros internacionales. (Si el próximo bajón mundial comienza con una insurrección en una provincia alejada de la China, no podrán estar allí para reportarlo).

 

Noruega y países semejantes (con razón) podrían reportar a los habitantes de sus países que ellos contribuyen a un mundo mejor en el campo humanitario. Pero cuando se trata de los temas gordos, aquellos que tienen que ver con un sistema multilateral como tal, no tenemos ninguna influencia real. Es necesario hacer un chequeo exhaustivo de lo que sucede. El escenario más probable a término medio dice que Noruega consiga un 1 de las 30 sillas dentro del G20 – lo que equivale a 1 voto entre 600 del total mundial (de todos mucho más que lo que nosotros pudiéramos tener si se le diera peso al número de habitantes en un parlamento mundial). Pero primero nos tendríamos que hacer miembros de la UE y que el G8 tuviera voluntad de hacer una ampliación drástica.

 

Faltan espacios

 

Mientras tanto tenemos que cruzar los dedos y esperar a que todo salga bien. El crecimiento en las principales y más populosas naciones subdesarrolladas se espera que esté entre el 6 y el 8 por ciento por muchos años más. La administración de Bush ha está indicando que impondrá un tono más cooperativo frente a la comunidad mundial, y darle a China unas migajas más de poder en el Fondo Monetario Internacional. Todavía no hay ningún indicio de que se estén fraguando alianzas fuertes que quieran detener o reversar la globalización.

 

Pero la fuerza en un sistema se ve primero cuando llegue una crisis de verdad, y todo indica que carecemos de una arena política con una legitimidad a la altura de del destino común en que la globalización nos ha reunido.

 

Al lado de los sufrimientos humanos que esto puede conllevar, una ruptura cualquiera es lo último que el mundo necesita en un tiempo donde es esencial una creciente coordinación de esfuerzos en torno a la amenaza del violento cambio climático. La verdad es que no existe ningún líder político actual que quiera subirse a un avión para asistir a una reunión internacional sobre el medio ambiente, si es que hay una crisis económica en su propio país.

 

 

Publicado originalmente en la revista noruega Morgenbladet. Traducido al español por Álvaro Ramírez Ospina y publicado en la bitácora Equinoxio el 5 de octubre de 2006. Se reproduce en el semanario Peripecias Nº 18 el 11 de octubre 2006. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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