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Basta mirar las noticias que
semanalmente aparecen en los medios: Rusia hace una alianza energética con
Argelia, China abre el Centro Confucio en Nairobi. La India está graduando una
cantidad tres veces más grande de ingenieros que la Unión Europea entera. Son
datos que aparecen aislados en los medios, pero que mirados en perspectiva,
apuntan hacia un futuro donde la hegemonía de Occidente dejará de existir.
Estos "mercados emergentes
constituyen ya la mitad del producto nacional bruto si se ajusta la capacidad de
compra. De hecho las decisiones que tomen la compañía de energía rusa Gazprom o
el Banco Central de China tienen consecuencias inmediatas en el mundo entero.
Pero es en las grandes organizaciones y en las instituciones internacionales
donde los cambios de poder están sucediendo.
Cuando Occidente, después de
la Segunda Guerra Mundial, tomó la delantera estableciendo organizaciones como
el Consejo del Comercio de Mercancías (GATT, ahora OMC), el Banco Mundial (BM) y
el Fondo Monetario internacional (FMI), crearon al mismo tiempo instrumentos que
usarían para expandir su poder e influencia. El reglamento actual de la
Organización Mundial de Comercio (OMC) refleja esa estructura de poder pues le
niega a los países en desarrollo las mismas posibilidades de industrializarse
como las que tuvo Occidente para hacerlo en su momento. Al mismo tiempo
aprovechan el Banco Mundial y el Fondo Monetario como frenos de mano para
modificar las políticas económicas de los países en desarrollo a cambio de
empréstitos.
Ahora, en septiembre de
2006, las cosas se ven distintas . Lo primero es el colapso de las negociaciones
en la OMC provocado por alianzas entre naciones "subdesarrolladas” que se
negaron a firmar un acuerdo que en su opinión no corrige los enormes desventajas
que existen en las reglas de juego. También está el crecimiento económico en
muchas de las naciones en vías de desarrollo, que las pone en la posición de
poder amortizar sus deudas con el Fondo de forma tan rápida que ahora esa
organización se encuentra en una crisis existencial. Dichos países ya no les
importa seguir los consejos o exigencias de un Fondo cuya sede se encuentra en
Washington, si no tienen que hacerlo. En el continente africano el Banco Mundial
está a punto de ser desplazado por China que está inundado de reservas
monetarias y que puede ofrecer préstamos más baratos y sin ninguna otra
condición amarrada al contrato comercial.
La
explosión bilateral
La carencia de perspectivas
en las negociaciones de la OMC ha llevado a que el número de acuerdos
comerciales bilaterales se haya incrementado notablemente. Eso significa no sólo
que los países fuertes pueden dominar a los débiles sino también que puede
volverse más difícil el aprovechamiento del potencial económico en el comercio
internacional. Mientras menos útil, relevante e importante se perciba el rol de
la OMC, menos respeto tendrán las naciones miembros por mantener con vida la
organización. Ya sea porque la ruptura de las reglas se acelere, o porque las
mecanismos de solución de litigios se recalienten cuando todos se empiecen a
demandar mutuamente. Existe la creencia generalizada entre las naciones
subdesarrolladas que la culpa de todo esto la tienen los EE.UU. y la Unión
Europea. El ministro de comercio indio Kamal Nath opina que ya pasó la época en
que los países occidentales podían dictar las reglas de juego en la OMC y fue
citado en todos los medios masivos del mundo durante las negociaciones del
verano cuando dijo que "ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo".
Consolidación
Los comentaristas
occidentales con frecuencia manifiestan su apoyo a los países subdesarrollados
en torno a esto, pero los líderes de EUA y Europa no consiguen tomar posiciones
que satisfagan a dichas naciones. El régimen de Bush ha aumentado el abismo
trasatlántico y dentro de la Unión Europea sufren tratando de coordinarse.
Algunos países progresistas en el continente quieren darle a las naciones en
vías de desarrollo lo que quieren para salvar la legitimidad de las
instituciones: disminución de los subsidios a productos agrícolas y el retiro de
las demandas en cuanto a las privatizaciones que exige el Banco Mundial. Pero en
caso de que ganaran a largo plazo esto significaría de todos modos una
consolidación de una nueva relación de poder en lugar de una reconquista del
poder. Ya no es posible seguir adelantando una política de construcción de
instituciones sólo a partir de las premisas de Occidente.
A pesar de que hay buenas
razones para congratularse con el desafío al FMI y al BM, esto no significa
necesariamente que las alternativas sean mejores. Muchas de las exigencias que
ellas le han pedido a las naciones en desarrollo están conectadas con la
democracia y el buen gobierno. Puede muy bien suceder que la falta de control de
Occidente sobre estas instituciones debilitadas resulte en un mayor espacio
libre para regímenes autoritarios.
Desde que hace dos semanas
tuvo lugar en Singapur la última reunión anual del BM y el FMI, a muchas
organizaciones no gubernamentales (ONG) se les negó la entrada al país. Por lo
visto una cosa difícil de digerir para los activistas políticos que desde tiempo
atrás han anhelado que el dominio de occidente se acabe.
Falta de
competencia
Un sorpresivo elemento de la
debilitada posición de Occidente en la consolidación de instituciones
internacionales es la falta de alianzas paralelas confiables. Los investigadores
han buscado con lupa cualquier movimiento que indique el desarrollo de algo que
pudiera anunciar, por ejemplo, que las naciones Brick lanzaran otra alternativa
al sistema que ahora rige. Pero, en general, lo único que se detecta son
estrategias nacionales.
Baste mirar la fanfarria que
hubo alrededor del "Consenso de Beijing" – que iba a desafiar el "Consenso de
Washington". Cuando se le hace una radiografía analítica a este programa resulta
que se trata en el fondo de una apuesta por tecnología avanzada, por encontrar
el balance entre soberanía y multilateralismo, y neutralizar con medios
pacíficos el poder de EE.UU en el sureste de Asia.
India, por su parte, se
quitó hace rato la camiseta de líder del movimiento de los no alineados y lucha
a fondo con otras muchas naciones en desarrollo dentro del OMC donde ellos
desean un comercio más libre para los servicios (Gats).
Rusia ha perdido su imperio
y se organiza como un sector de poder dentro del campo de la energía. De lograr
su cometido de construir una alianza basada en dicho negocio con otros
productores de energía, es un hecho que todavía no participan en ella ninguno de
los grandes actores políticos. El deseo de Brasil de revitalizar el bloque
sudamericano de comercio Mercosur está siendo desafiado
por otros jefes de estado más radicales en el continente. Todo indica por tanto
que vamos hacia un mundo multipolar.
Posición de
poder poco elegante
Al mismo tiempo muestra que
la posición estancada en que ha caído la tan esperada reforma del Consejo de
Seguridad de la ONU ha congelado las antiguas relaciones de poder en una
posición inelegante. Los países con poder de veto no quieren perder su posición
privilegiada pero la composición del Consejo luce cada vez más absurda.
El hecho es que la ONU como
arena no logra reflejar los cambios en el balance real de poder de una forma
creíble, sino que aparece como un lugar para bloquear y usar negativamente el
poder, hace que el grupo de los 8 aparezca como una especie de “piquete” de la
globalización. Aquí el equilibrio está mucho más a favor de Occidente, ya que
los miembros cuentan: EUA, Francia, Alemania, Canadá, Italia, Japón, Gran
Bretaña y Rusia. Muchos –bajo el liderazgo del ex ministro de Estado de Canadá,
Jean Chrétien– recomiendan que el Grupo de los 8 (G8) se amplíe a lo que sería
un G20, donde tengan lugar, entre otros, China, India, Brasil, Turquía y
Sudáfrica. Pero la idea de qué tanto ha resultado para los países del G7 incluir
a Rusia, y al mismo tiempo las fuertes antipatías que la mayoría de los países
del G8 tienen a la integración de una o varias naciones en un posible G20, hace
que esta iniciativa no haya pasado de un borrador.
El miedo a
la globalización
Gran parte de la razón por
la cual EUA y Europa no se abren a conseguir espacios políticos globales más
genuinos se debe a que padecen un marcado y creciente miedo a la globalización.
Cada vez hay más documentación que indica que los ganadores de la globalización
son las naciones en desarrollo y los dueños del capital occidentales, mientras
pierden sus trabajadores (incluso revistas que gritan en favor de la
globalización como The Economist , lo dicen). Los políticos responden cada vez
más sólo con el afán de proteger y controlar. Como consecuencia de lo anterior
vemos la revitalización de un compromiso con intereses económicos nacionales.
Las autoridades de muchas de
las naciones de Occidente toman medidas para impedir que empresas o sectores
claves pasen a dominio de actores extranjeros. La parte de los trabajadores en
el Producto Nacional Bruto (PNB), medida en salarios, ha caído del 63 por ciento
en 1980 al 59 por ciento en el 2005 – mientras los ricos aumentas su patrimonio
mucho más que antes. Es notable que muchas naciones de la Unión Europea no
consigan crear suficientes empleos y se vean obligadas a cortar los servicios de
bienestar social. Si estas tendencias continúan, lo que nos va a llegar es una
reacción con sello populista, proteccionista y nacionalista. Desde esta
perspectiva un intento por mantener una influencia nacional sobre empresas
claves y sectores es quizás entendible, pero no soluciona ninguno de los
problemas básicos. La globalización aporta un formidable crecimiento económico y
el reto consiste en repartir esos dividendos de una manera más justa. Esto exige
que se use toda la energía posible en la construcción de instituciones
internacionales –por ejemplo en relación con el comercio y los regímenes de
impuestos– en lugar de dar la espalda gradualmente al mundo y tratar de salvar
lo que se pueda. Sin una Unión Europea fuerte que trabaje con objetivos claros
por este tipo de tareas no habrá nadie más que lo haga. La clave: el liderazgo
de Gran Bretaña y Francia en campos importantes como la eliminación de deudas y
los impuestos globales.
Los medios
se enredan
En resumen, parece ser que
las instituciones internacionales más importantes no han logrado modernizarse a
tiempo. Todavía existen pero el poder real acumulado que tienen estos foros
multilaterales se debilitan diariamente favoreciendo las estrategias nacionales
y bilaterales. Paradójicamente el mundo sufre ahora de un creciente déficit de
manejo coordinado global en una época donde se necesita más que nunca. Los
medios luchan y se afanan por reflejar este desarrollo y cada vez se hará más
difícil seguirle el paso al número de importantes decisiones que se toman por
fuera de los foros internacionales. (Si el próximo bajón mundial comienza con
una insurrección en una provincia alejada de la China, no podrán estar allí para
reportarlo).
Noruega y países semejantes
(con razón) podrían reportar a los habitantes de sus países que ellos
contribuyen a un mundo mejor en el campo humanitario. Pero cuando se trata de
los temas gordos, aquellos que tienen que ver con un sistema multilateral como
tal, no tenemos ninguna influencia real. Es necesario hacer un chequeo
exhaustivo de lo que sucede. El escenario más probable a término medio dice que
Noruega consiga un 1 de las 30 sillas dentro del G20 – lo que equivale a 1 voto
entre 600 del total mundial (de todos mucho más que lo que nosotros pudiéramos
tener si se le diera peso al número de habitantes en un parlamento mundial).
Pero primero nos tendríamos que hacer miembros de la UE y que el G8 tuviera
voluntad de hacer una ampliación drástica.
Faltan
espacios
Mientras tanto tenemos que
cruzar los dedos y esperar a que todo salga bien. El crecimiento en las
principales y más populosas naciones subdesarrolladas se espera que esté entre
el 6 y el 8 por ciento por muchos años más. La administración de Bush ha está
indicando que impondrá un tono más cooperativo frente a la comunidad mundial, y
darle a China unas migajas más de poder en el Fondo Monetario Internacional.
Todavía no hay ningún indicio de que se estén fraguando alianzas fuertes que
quieran detener o reversar la globalización.
Pero la fuerza en un sistema
se ve primero cuando llegue una crisis de verdad, y todo indica que carecemos de
una arena política con una legitimidad a la altura de del destino común en que
la globalización nos ha reunido.
Al lado de los sufrimientos
humanos que esto puede conllevar, una ruptura cualquiera es lo último que el
mundo necesita en un tiempo donde es esencial una creciente coordinación de
esfuerzos en torno a la amenaza del violento cambio climático. La verdad es que
no existe ningún líder político actual que quiera subirse a un avión para
asistir a una reunión internacional sobre el medio ambiente, si es que hay una
crisis económica en su propio país.
Publicado
originalmente en la revista noruega
Morgenbladet. Traducido al español por Álvaro Ramírez Ospina y publicado
en la bitácora
Equinoxio el 5 de octubre de 2006. Se reproduce en el semanario Peripecias Nº 18 el
11
de octubre 2006. Se reproduce en
nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos. |