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El precursor constitucionalista de EEUU, James Madison, expresó que “el fin de
toda constitución política debería ser conseguir primeramente como gobernantes a
los hombres que posean mayor sabiduría para discernir y más virtud para procurar
el bien público; y en segundo lugar tomar las precauciones más eficaces para
mantener esa virtud mientras dure su misión oficial”. Aquellas sabias palabras
deberían mantenernos unidos por una misma tesis; la democracia radica en el
pueblo, las leyes en protegernos, y consecuentemente las autoridades están
atadas a gobernar a favor de la mayoría ciudadana.
El reciente episodio en el que se expulsó a Ximena Bohórquez e Irina Vargas del
Congreso Nacional demuestra a quienes realmente representa el Poder Legislativo
ecuatoriano. Las diputadas recientemente elegidas fueron expulsadas al no
compartir la postura del Partido Sociedad Patriótica de rechazar una eventual
asamblea constituyente. La gran mayoría del país (contraria a la mayoría
Congresista alias “La empacadora”) está de acuerdo en que se necesita una
reforma política urgente y que el mejor método es por medio de una Asamblea
elegida con un estatuto libre de los amarres de la partidocracia.
Es muy posible que las decisiones de las diputadas de apoyar la Asamblea
Constituyente hayan sido tomadas debido a los factores antes mencionados, al 6%
de credibilidad que posee el Congreso Nacional, y quizás hasta por rendición de
cuentas temiendo el gran mandato del pueblo ecuatoriano (hago referencia en el
temor, mas no en una conciencia cívica que considero inexistente en ellas). Sin
embargo, es antidemocrático destituir a una diputada por decidir representar a
aquellos que votaron por ella y, con esa decisión, ignorar el mandato
dictatorial de su cúpula partidista. Esto es aún menos ético cuando aquella
diputada respalda de igual manera los ideales y propuestas originales en las
cuales su partido político fue constituido. Cierta minoría de la población
asegura que el congreso recientemente posesionado está compuesto en el 80% por
nuevos diputados y que al fin, después de varias décadas de hacer lo que les
vino en gana, reformarán la constitución. Me imagino que deben haber varios
diputados que valen la pena, pero mientras la mayoría sean siervos de los
líderes en sus partidos, la imagen del Congreso seguirá por los suelos. Ante la
ausencia de una entidad legislativa legítima, la Asamblea Constituyente será
considerada la única forma de restaurar las diferentes instituciones del Estado.
No obstante, la Constituyente no debe ser confundida como la panacea de todos
los problemas, pero como un instrumento que debe ser bien utilizado para el bien
común.
Aun así existen personas que le ponen reparos a la Asamblea Constituyente y
creen que una reforma política no incide en el progreso de la economía, en la
creación de empleo, ni en la inversión en infraestructura. Pero, ¿acaso no
existe un costo que todos pagamos por la corrupción penetrante que existe en el
Ecuador? Sólo en el año de 1997 se calculó que entre el soborno y la evasión
tributaria de todo tipo, esto es, impuesto a la Renta, Consumos especiales, IVA
y aduanas hay una fuga de recursos para el país de aproximadamente mil
quinientos millones de dólares. Pienso que todos están de acuerdo en que esos
mil quinientos millones de dólares es un costo elevado e innecesario. Tales
costos no incluyen los salarios de la burocracia dorada, que como en el Banco
Central es totalmente autónoma y en las que existe la impunidad y el derroche de
recursos. ¿Se imaginan cuántos micro créditos se pudieran otorgar, cuántas
viviendas y hasta represas hidroeléctricas se pudieran construir? Hay que
escoger entre intentar frenar esta perdida de recursos con un gasto electoral
necesario o conformarnos con ese costo de la corrupción que nos afecta no solo
económicamente pero también como sociedad.
Se dice que una Constituyente es innecesaria para el Ecuador ya que es campeón
en leyes y de lo peor en aplicarlas. A pesar de que es verdad que tenemos
demasiadas leyes, lo que se busca no es mayor cantidad, mas bien mayor calidad
en las leyes que nos rigen... leyes que los politiqueros se dedican a
interpretar a su antojo. Existen tantas cosas que se deben cambiar y que el
Congreso (ya confirmamos a quienes representa) nunca reformará porque no se van
a dejar quitar el biberón del poder. Entre las cosas que se deben cambiar están:
la forma como se eligen a los congresistas, la politización que existe en los
tribunales y entidades reguladoras, la burocracia dorada entre otras la del
Banco Central que es autónoma y en el cual el Ejecutivo no puede controlar ni
salarios ni número de empleados / pipones. El Congreso, lleno de representantes
de los lideres de los partidos políticos (no de los ciudadanos que los
eligieron), viola la Constitución mil veces y cuando alguien quiere terminar
esos amarres se rasgan las vestiduras e interpretan la ley a su antojo queriendo
dar clases de ética y civismo. El problema actual es que no existe una
constitución ni una estructura gubernamental que ayude al pueblo a erradicar las
sinvergüencerías. Lo que existe en el Ecuador son leyes que legalizan el dudoso
accionar de los dirigentes de nuestra patria.
Se dice que en la vida hay tres opciones: huir, callar, o actuar. No caigamos
presos del miedo a la traición, ya que el próximo presidente bien sabe que una
explosión social se avecina si no existen cambios radicales (otra razón por la
que no puede claudicar al llamado a una Constituyente). No huyamos por el miedo
al cambio, mas bien actuemos hacia la victoria y no perdamos la fe.
Publicado en
CRE Blog el 12 de enero de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 32 el 24 de
enero 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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