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Rafael Bautista S. es un autor boliviano, residente en
La Paz. Autor de "Octubre: el lado oscuro de la luna".
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La sentencia fue unánime. Los siempre acusados de ignorancia (los indios)
mostraron dónde realmente está arraigada esa tamaña ignorancia (que es capaz de
hacer lo único que sabe: golpear hasta matar). La ciudad siempre había renegado
del campo, cuando fue siempre, el campo, el proveedor de las necesidades de la
ciudad. En otros términos: el racista odio “educado” de la ciudad mostró que ese
odio disimulado no suele siempre disimularse. Tal “educación” no puede frenar
sus propios impulsos porque, en definitiva, no es una educación que forma, sino
que deforma. Esa deformación se autentifica en lo que vimos: citadinos fanáticos
dispuestos a “limpiar su ciudad de indeseables” (manifiesto de la Nación Camba,
ahora esgrimida por una “juventud cochabambina”, remedo de la fascista “juventud
cruceñista”); racismo alimentado por los mass media, que no se ahorran de medios
para incendiar más a este país, avalando la violencia de los fascistas como
“acto democrático”, mientras satanizan el uso legítimo de la defensa como
“violación de la democracia”. Trastornando de este modo la opinión pública y
privarla de todo criterio para poder evaluar lo que muestran las imágenes. Si no
hay criterios éticos, toda violencia aparece como la misma, tanto del que agrede
como del que se defiende; de este modo, verdugo y víctima aparecen medidos con
la misma vara. Por eso el cinismo de los mass media presenta a corruptos y
delincuentes (de la derecha que gobernó y rifó a este país) como los
“abanderados de la democracia”, mientras la indignación del pueblo la muestran
como la imagen que nos hacen creer: turba delincuencial de cocaleros
narcotraficantes (puro agravio y desprecio, terrorismo verbal). Esa imagen no
sólo “vale más que mil palabras”, vale más que todas las vidas y la humanidad y
la dignidad de todo un pueblo.
La imagen es el símbolo de la cultura de la ciudad, es decir, el ciudadano ve lo
que la imagen le muestra; pero la imagen nunca es neutra sino que está cargada
de símbolos y valores, cuyos contenidos previos han sido ya deformados por la
educación formal (y ahora por la televisión, que es la que deforma la opinión
pública). La imagen genera un culto a la estética (siempre en desmedro de toda
ética) que se disemina en la sociedad como un egotismo funcional al mercado: la
gente se ofrece como mercancía, como cosa atractiva, haciendo de la convivencia
humana un asunto de transacción mercantil, donde el beneficio privado se
manifiesta en la obtención de más cosas; el ser humano se subordinan a la cosa y
es esta la que da razón de su existencia: la obtención de más cosas; siendo la
más preciada de todas el dinero: donde importa el dinero ya no importa la gente.
Es el fenómeno de la globalización: la subordinación de los pueblos al dinero
mundial, al capital. Es una subordinación religiosa, cuyos templos se llaman
Bancos y cuyas plegarias se expresan en cifras, cuya religión, que la profesan
los “educados” por el capital, es ahora el neoliberalismo. Este asume su
expansión como una nueva cruzada religiosa, donde debe eliminar a los enemigos
de su Dios: los que se oponen a esa expansión, los que no hacen mercado, los que
sobran, los excluidos, los pobres, los indios. En los países ricos estos
enemigos están afuera y se construye muros para evitar su presencia; mientras
que en los países pobres el enemigo es interno y hay que “limpiar” estos
fantasmas que recorren las ciudades. Son una presencia fantasmagórica porque los
mass media se encargan de satanizarlos: son turba violenta, irracional,
delincuentes adoctrinados, etc.; o sea, son siempre lo que hay que eliminar,
porque son indios, son el “eje del mal”, los enemigos de la civilización; o sea,
si cometes violencia contra ellos no es violencia, es mas bien un “acto
heroico”. Los “héroes” de la globalización son los que limpian de “indeseables”
su expansión. Y los mass media les preparan, hasta con humor (cuando un
prejuicio es peligroso, los chistes son letales; así opera el racismo de la
comedia mediática boliviana), deformando a una juventud adicta a la violencia
(la pulsión de muerte que explota la estética posmoderna), dirigiendo su
descontento y su pasividad en una explosión de odio, despertando el racismo
centenario que prescribe su subconsciente a la hora del insulto: “indio de
mierda”.
Pero es el indio quien alimenta con su trabajo a la ciudad, es el indio quien
cuida sus propiedades, quien limpia sus casas, quien cría a sus hijos, es el
indio el que pone su pecho contra el dictador, el que va a defender a la patria
siempre malagradecida, el que en definitiva lucha por todos. Y es sobre quien
descarga nuestra oligarquía atrasada y subdesarrollada sus taras: la flojera, la
delincuencia, la mendicidad y la ignorancia son la cultura del que increpa estas
lacras a sus subalternos; depositando en otro sus taras se cree liberado de
ellas pero, como aquello sigue presente en su subconsciente, el otro le devuelve
su propia imagen, como en un espejo, donde se retrata su propia mísera
idiosincrasia. Por eso desata sobre el indio el odio que siente por sí mismo;
más aún si este le recuerda su origen (odio redoblado que manifiesta el
mestizo). Por eso necesita sentirse superior (porque sabe en el fondo que no lo
es) y demostrarlo, por eso acude a la fuerza, porque es lo único que posee y lo
único que alardea. Por eso sale a “defender la (su) paz” con bates de béisbol y
palos de golf, con pistolas y granadas (“ejemplar” modo que muestra en qué
consiste su “pacifismo”); el que se asume “culto” y “civilizado” no sabe otra
cosa sino insultar y apalear. Esa ignorancia fue la que salió a embestir a un
pueblo que, como de costumbre, lucha incluso por aquellos que le desprecian. La
arrogancia de la ciudad manifestó su racismo crónico y lo expuso su tan
glorificada (por los mass media) “clase media”. Quienes se autodenominan
“defensores de la paz y la democracia” demostraron que esa defensa es, en
realidad, violencia insensata del racismo citadino; de aquellos que se atribuyen
para sí el ejercicio de la política de modo intolerante y racista: “la política
es cosa de hombres” dicen los machos caporales que piensan con el látigo, “no es
cosa de indios”. Carcomidos por el mito de la superioridad, no saben sino
exponer esa supuesta superioridad como atropello: “cualquier oposición la
aplastamos” (declaración de Herr-man Antelo, cínico de Santa Cruz, ante la
convocatoria de un cabildo popular en Santa Cruz); porque su magro entendimiento
sólo concibe su supuesta superioridad como atropello violento ante una también
supuesta inferioridad.
Sólo hay una raza inferior, decía Marti, la de aquellos que se consideran
superiores. Es el producto de la ciudad colonial que todavía soportamos, la
ciudad que sólo ve su ombligo y piensa que el mundo es ella, es la que desprecia
al campo como el hijo que desprecia a la madre. La ignorancia proviene de ella,
porque nació mirando para afuera, admirando lo de afuera, aspirando ser como
afuera. Despreciando lo de adentro se desprecia a sí misma; blanqueando
inútilmente su cultura (cuyo origen es el campo) no logra otra cosa sino
privarla de su autenticidad, despojarle del alimento nutricional que hace a su
desarrollo y convertirla en otro objeto, sin vida y sin historia, una mercancía
que se presente “familiar” al apetito de afuera. Porque al dirigir su atención
exclusivamente hacia fuera ella misma se anula todo sentido posible y vive
exclusivamente sirviendo a los sentidos que se le impone desde afuera. Vive para
complacer al dinero mundial, porque está hecha a su imagen y semejanza.
Por eso los Bancos están en su centro. El santuario en el cual depositan sus
ofrendas para agradar el apetito de su Dios: la transferencia sistemática de
“valor” (robo de riqueza) de los países pobres a los ricos. En las ciudades se
media esta transferencia y es el lugar donde (vía mass media) se santifica esta
práctica (por eso, con lenguaje cuasi litúrgico, señalan cada día las alzas y
las bajas de la bolsa de valores, el valor de la moneda mundial, las inyecciones
de inversión, etc.), identificando el “estar bien” cuando se inflan las cifras,
es decir, “estamos bien” cuando el capital, la cosa, “está bien”, aunque estemos
mal, muriéndonos en la miseria; si el capital está rechoncho entonces no hay de
qué quejarse. Esa es la “paz de los impíos”, los que “tranquilos constantemente
aumentan sus fortunas” (salmo 73, 12), mientras el pueblo se muere en la
miseria, “por eso el pueblo se vuelve contra ellos” (salmo 73, 10). Así llaman
violencia al clamor de justicia del pueblo y entonces se movilizan a defender su
paz, es decir, su paz es la tranquila reproducción de la injusticia a la cual
sirven: “Como quien inmola al hijo a la vista de sus padres, así el que ofrece
sacrificios de lo robado a los pobres. Su escasez es la vida de los indigentes y
quien se la quita es un asesino. Mata al prójimo quien le priva de la
subsistencia. Y derrama sangre quien retiene el salario del obrero”
(Eclesiástico 34, 21-27). Por eso prorrumpen en sandeces como esta: “Bolivia
enfrentada”; “Bolivia ya no vive en armonía”; o sea, vivíamos en el paraíso, o
sea, nunca hubo violencia, o sea, no existió dictadura, masacres, persecuciones,
no hubo guerra del agua, del gas, etc. ¿En qué país vivían los mass media, que
pronuncian tal insensatez?
La ignorancia había pues estado en la ciudad y emana ahora de los mass media. Es
la ignorancia de aquel que no sabe reconocer su deuda con sus semejantes; es la
ignorancia del soberbio, que no sabe agradecer, porque se cree autosuficiente y
escupe su desprecio al pueblo y al cielo; es el odio irracional del racismo
citadino, que no soporta que le gobierne un indio, que vengan a “su” ciudad a
perturbar “su” paz. El racismo presente en un prefecto, como Manfred (y como los
fascistas medialuneros), que prefiere separarse a ser parte de un gobierno de
indios; que confundió su labor puramente administrativa (y subordinada al
gobierno central) con la provocación política abierta de quien se cree rey en su
feudo, que confunde la delegación que le hizo su pueblo con la potestad de hacer
lo que le de la gana, que desconoce la democracia y pretende una plutocracia,
que se burla de la voluntad popular y apuesta por la tiranía. Si los límites de
una persona están en los límites de su lenguaje, los límites de los prefectos
secesionistas son mas bien exiguos, por eso su continua provocación, su tozudez
colonial, su ignara y cándida facilidad con la que hablan sobre la democracia.
La ignorancia es atrevida, más aún cuando esta se magnifica en las pantallas de
televisión.
La maledicencia contra el gobierno y contra el pueblo (esta identificación
muestra de qué lado se encuentran) es el pan de cada día de los mass media, y
actúa como una maldición; porque el afectado no es sólo el que la propaga, o el
imprecado, sino también el que presta atención a ella (este es el posible
propagador del odio que anima al que maldice). Por eso una población citadina
acomodada (o acomodaticia) es la primera interpelada por la furibunda rabia
mediática, porque esta vive pendiente y sujeta a la manipulación mediática
(además de sujeta a los beneficios que rinde el abrir las puertas a los ladrones
de afuera y de adentro). Ella hace eco del odio subliminal que teje el
inconsciente citadino y que despierta cuando, sobre todo, la televisión enciende
el interruptor que suele transformar a un “dulce angelito” en un “terminator”.
Es la insensata adversidad que debe sufrir un pueblo que se quiere liberar: la
oposición de los suyos.
Cuando se menciona la dialéctica del amo y el esclavo, se olvida que esta
describe bien a la sumisión de quienes calculan sus intereses y sacan provecho
de aquella sumisión; en términos actuales, el esclavo no es aquí el pueblo, sino
sus elites y la famosa clase media; estas son siempre las que apuestan por el
sometimiento porque, de todos modos, suelen siempre sostenerse en este, aunque
indignamente, porque siempre se sostienen sobre el pueblo, quien es, en
definitiva, el que soporta el peso real del sometimiento nacional. La defensa
ridícula e histriónica que protagoniza la clase media de su “posición social” la
realiza siempre a costa de los que padecen la exclusión paulatina de todo
beneficio posible; por eso no es raro encontrar en la historia que los tiranos
siempre cuentan con el apoyo de estos sectores (como Franco, Hitler, Pinochet,
Banzer y ahora los prefectos medialuneros). La clase media no forma parte del
pueblo por filiación automática sino por opción política e histórica.
Pueblo es el bloque histórico de los oprimidos. No es una multitud ni un
congregado societal. Es el todo complejo de los excluidos que se reúnen
alrededor de una vanguardia que, históricamente, es la que señala un nuevo
sentido y un nuevo destino. Ahora son las naciones indígenas. Son las que
muestran una alternativa al callejón sin salida que impone el proyecto moderno:
El despilfarro de los países ricos está no sólo pauperizando al 80% de la
población del planeta; lo más grave es que está dañando seriamente la capacidad
reproductiva de la tierra. Por eso, desde los noventas, los pueblos indígenas,
reclaman una nueva constitución, porque necesitamos reestructurar todo de nuevo,
porque una nación que beneficie a todos necesita reordenar sus fundamentos. Por
eso, los verdaderos realistas son ellos: una economía centrada exclusivamente en
la maximización de las ganancias no es sostenible en el largo plazo. Esa es la
economía que se nos impuso desde la conquista y es la que adoptaron nuestras
elites con la republica, y el resultado empírico es que somos una de las
naciones más pobres del planeta (siendo poseedores de una riqueza natural
envidiable). Sólo los más afectados de aquella pobreza son capaces de vislumbrar
una esperanza y son los que históricamente hacen posible la re-evolución de la
vida. Ellos son los verdaderos nunca incluidos y los que tienen la autoridad
moral y ética para cambiar verdaderamente las cosas, porque hablan desde la
exclusión y el padecimiento de todo el peso del sometimiento nacional. La clase
media es siempre acomodaticia y cuando estima entrar en el asunto siempre, como
decimos coloquialmente, cría cuervos... No otra cosa resultó la derivación de
octubre (la guerra del gas, la insurrección del pueblo soberano), vía clase
media, en uno de los gobiernos más vergonzosos e insultantes que haya tenido
nuestra historia, en aquella nueva subordinación vergonzosa del aprendiz de
brujo Carlos Mesa a la nueva derecha fascista y racista que apareció en Santa
Cruz (que es donde se aglutinan los separatistas y chantajean a un país con
inventadas confrontaciones: oriente versus occidente), que es a donde escapó el
prefecto de Cochabamba.
Pero lo mejor de la clase media no carga esa condena como una fatalidad, su
destino se define por el proyecto que abrace, al cual subordina su presente en
pos de un futuro más justo, para redimir también su pasado. Por eso la humanidad
de cada uno se define no por la devoción entre iguales sino por el acto de
justicia para con aquel que no es nuestro igual, el prójimo. Por eso es bueno
recordar a San Basilio: “Pertenece a los que tienen hambre el pan que guardas, a
los desnudos el manto que conservas en los cofres, al descalzo los zapatos que
se pudren en la despensa, al pobre el dinero que atesoras. Cometes tanta
injusticia como personas hay a quienes deberías ayudar”. Por eso la política no
es un acto cualquiera (alterada y corrompida por las oligarquías), es siempre un
servicio consagrado a los necesitados, una vocación, porque responde al clamor
del pueblo: “He escuchado el clamor de Mi pueblo y vi la crueldad con que los
oprimen, por lo tanto ponte en camino, pues te enviaré…” (Éxodo 3, 9-10), le
dice El Señor a un pastor acomodado y próspero, como era Moisés. Es, en suma, un
acto espiritual. Porque las necesidades materiales de mi prójimo son necesidades
espirituales para mí.
Publicado en
Asamblea Constituyente de Bolivia,
enero de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 33 el 31 de
enero 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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