Peripecias Nº 49 - 23 de mayo de 2007

POLÍTICA

 

 

Colombia al diván

 

Darío Acevedo Carmona

 

 

D. Acevedo Carmona es historiador, profesor, autor de varios libros y columnista del periódico El Mundo de Medellín.

 

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En años recientes, la democracia italiana vivió una de sus mayores crisis a causa de la profunda infiltración de la mafia en el estado y en varios gobiernos. Una política de combate decidido contra dicho fenómeno perturbador apoyada por los principales partidos permitió a dicho país superar la emergencia. Hace algunos años, Brasil se vio sacudido por un fuerte escándalo originado en las denuncias de corrupción de un gobernante promisorio, Fernando Collor de Melo. Allí la corrupción política sigue campeando y ha afectado de modo grave a la administración Lula, sin que por ello el sistema democrático haya sido cuestionado. Podría mencionar muchísimas otras situaciones críticas en países democráticos en los que se han vivido crisis agudas por unas u otras circunstancias como la mafia, la corrupción, el hambre, el fraude electoral, la injusticia, el caudillismo, etc., pero con esos dos me basta para ejemplificar lo que quiero afirmar respecto de la democracia colombiana. Ante todo hay que ratificar la noción que nos remite a una significación vitalista y dinámica de la democracia: es un procedimiento para gobernar en el que la ciudadanía puede ejercer libremente sus derechos, elige y es elegida, opina e interviene en el diseño de sus instituciones y en el forjamiento de la ley. Es, al decir de muchos escépticos, la menos mala forma de gobierno que haya creado el hombre. Yo diría que es la forma más compleja, más elaborada y a la vez más pacífica y más crítica de resolver los conflictos y los asuntos del poder entre los humanos.

 

Traigo esto a colación a raíz de la insistencia del doctor Carlos Gaviria en descalificar la democracia colombiana. Este es un debate de la mayor importancia académica y política al cual no podemos seguir sustrayéndonos. ¿Es Colombia una democracia o no lo es? Ya en pasadas columnas el historiador Posada Carbó y yo mismo hemos coincidido en oponernos a la tesis del doctor Gaviria, incluso antes de que a él le fuera tan bien en las pasadas elecciones presidenciales cuando alcanzó la más elevada votación de la izquierda en la historia colombiana. ¡Paradojas de la democracia! Y hemos señalado también que ese es un lugar común de cierta izquierda setentista que se niega a revisar y a reconsiderar la historia a los ojos de las nuevas y cambiantes circunstancias experimentadas en el mundo con la caída del comunismo. No insistiré en los mismos argumentos que expuse en un viejo escrito del año 2004. Resulta que ni la constitución del 91, ni la elección popular de alcaldes y gobernadores, ni la acción de tutela, ni la existencia real de la separación de poderes, ni la libertad de prensa, ni la realización de elecciones presidenciales a pesar de tantas amenazas y de tanta presión, infiltración de los violentos y de dineros turbios de la mafia, ni que la izquierda democrática haya sacado la mejor votación de toda la vida y que sus dirigentes no estén siendo asesinados, etc, etc, son hechos contundentes que hablan a favor de la existencia de una democracia en Colombia. Muy afectada, mancillada e infiltrada por mafiosos, paramilitares y guerrilleros, amenazada por el terrorismo y por el crimen organizado, muy cierto, plagada de vicios, de politiquería, sí, pero, emergiendo a pesar de todos esos males que la enturbian.

 

Pero, lo que me parece más grave en todo este debate es que se esté apelando a una argumentación que no sólo niega lo evidente, como evidente fue que el doctor Gaviria ocupó un estrado de la Corte Constitucional y que lo hizo con toda libertad, con ahínco, y con tanta valentía que despertó la admiración de una buena parte de la opinión ciudadana ya que pudo ganar apoyos para fallos bien polémicos que no serían explicables sino en el marco de una democracia. Que sepamos, nunca el doctor Gaviria se quejó de amenazas, interferencias o presiones indebidas mientras fue magistrado, y eso se llama ejercicio democrático de un poder, Él se fue en contra de muchas pretensiones y proyectos de los presidentes de turno. Igualmente se convirtió en líder de la bancada de una alianza de grupos de izquierda entre quienes figuraba el ortodoxo partido comunista, defensor de la trágica tesis de la “combinación de todas las formas de lucha” y que a pesar de ello es un partido admitido por esta democracia. Y luego, en el 2006, candidato presidencial con todas las garantías y limitaciones comunes a todos los candidatos. El doctor Carlos Gaviria dictó una conferencia el 21 de marzo de 2007 en España que la Agencia de prensa EFE reseñó: “En tono más serio, (el doctor Gaviria) relacionó el respaldo popular del que disfruta Uribe a la “fatiga y el temor por la violencia abrumadora que padecemos desde hace mucho tiempo“, que ha permitido al presidente “cambiar justicia y equidad por una promesa de seguridad“. Eso ha significado “dar una carta blanca al presidente“, según Gaviria, para quien el caso de Colombia es “un fenómeno extraordinariamente interesante de psicología colectiva“, en el que “no vivimos en una democracia, pero asumimos que vivimos en una“. “Como si fuera democrático el Gobierno que nos rige“, continuó, cuando “los gobernantes incurren en desafueros, en transgresiones claras al Estado de Derecho y la gente no se da por enterada“. El problema de fondo, concluyó Gaviria, es ético, porque “la gran mayoría de los colombianos no parecen estar en posesión de un claro criterio distintivo de lo que es lo correcto y lo que es lo incorrecto, de lo que es lo bueno y lo que es lo malo”.

 

Me parece que estas afirmaciones en las que se pone en duda ya no sólo la democracia sino la idoneidad de la mayoría de los colombianos, su capacidad de raciocinio, es ya un auténtico exabrupto por no decir un insulto a las mayorías que apoyan el gobierno del presidente Uribe.[1] Ya no se niega la democracia sino también el origen democrático del gobierno actual, de donde la mayor votación de la izquierda en toda su historia, lograda en el 2006 también sería ilegítima o antidemocrática. Se requiere ser muy obsesivo para llegar a límites que ofenden las normas elementales de cortesía, y ufanarse de hacerlo en escenarios en los que los socialdemócratas y las Ongs humanitarias nos miran como una “república banana”, inculta e incivilizada, donde da lo mismo ser presidente electo que ser dictador, donde es lo mismo una Colombia que ha recuperado con espectacularidad la tranquilidad para sus habitantes que la de hace 5, 8 y 12 años cuando era peligroso hasta salir de noche a las calles.

 

Por supuesto que la nuestra no se puede comparar con las democracias sólidas y experimentadas del Primer Mundo, pero lo mínimo que se puede esperar de un académico es que su análisis reconozca al menos la complejidad de la democracia colombiana y sus paradojas. Es lo que uno encuentra, para citar un ejemplo, en Daniel Pécaut, uno de los más finos y críticos estudiosos de los problemas del país, quien en uno de sus últimos libros Midiendo fuerzas (Planeta Editorial, 2003) reconoce que no obstante los graves conflictos vividos por el país, “Colombia se ha librado de gobiernos autoritarios… y ha estado lejos del tipo de dictaduras que se implantaron en el Cono Sur o en Centroamérica”.

 

No se si sea muy atrevido recordar que los marxistas dogmáticos sostenían que la democracia era el sistema que adocenaba la conciencia revolucionaria de las masas, que en las democracias la población vivía alienada porque todo era apariencia y que la ideología de las clases dominantes era tan poderosa que nadie caía en cuenta del engaño burgués. En Colombia, un marxista que podríamos llamar heterodoxo y liberal de pensamiento, Gerardo Molina, defendió en su Breviario de ideas políticas la idea de que la democracia no es una conquista de la burguesía sino de la humanidad y que el deber de los socialistas demócratas era defenderla y profundizarla. Eso es lo que se ha estado tratando de hacer en este país desde la época en que el Frente Nacional entró en desuso, a pesar de tan serios obstáculos, vicios, abusos y problemas.

 

Es una lástima que el líder de una izquierda democrática robusta, promisoria y necesaria para esta democracia vituperable y risible se esté dejando llevar por su obsesión antiuribista hasta caer en los terrenos de fungir como sicólogo de masas. Sugirió que el presidente visitara el siquiatra y ahora diagnostica a las mayorías una anomalía síquica, pues según su criterio científico: no distinguimos entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bueno y lo malo. El dictador Stalin calificaba de locos a sus opositores y los confinaba en manicomios en la lejana y fría Siberia, porque quien denigraba de su socialismo era porque no estaba cuerdo. Y en la China de Mao, también se enviaba a granjas rurales a los críticos para que se reeducaran.

 

En otra intervención durante su periplo por Europa, esta vez en Bruselas, el doctor Gaviria, ante una respetable auditorio de europarlamentarios y funcionarios de ONGs el 18 de abril pasado, ante la pregunta de qué opinión le merecía lo dicho por el presidente Uribe en el sentido de que las guerrillas debían recibir el mismo trato que los grupos paramilitares, aseveró sin vacilación: “De ninguna manera…Se trata de organizaciones completamente diferentes y con propósitos distintos… A pesar de que los grupos insurgentes han degradado mucho sus métodos de lucha, hay que reconocer que de todos modos tienen la calidad de insurgentes, o sea, de delincuentes políticos, en cambio, el paramilitarismo es una especie de criminalidad común que ha surgido como un subproducto del conflicto armado en Colombia”. (El Nuevo Siglo, 18 de abril de 2007).

 

No se en qué se basará el doctor Gaviria para una afirmación tan temeraria y lejana a la verdad pues en teoría política, y mencionemos tan sólo a Norberto Bobbio, lo que unifica a las extrema izquierda y derecha son sus procedimientos antidemocráticos y violentos contra la democracia. Claro que si negamos la democracia en el país, pues la tesis de Gaviria encaja a la perfección. No sabemos que artilugios usará Gaviria para demostrarnos que es más loable, altruista, enaltecedor, revolucionario, el secuestro que practican las guerrillas ante los que realizan los paramilitares, o las masacres de estos frente a las de aquellos, o las bombas de los unos ante las de los otros, o la influencia del narcotráfico sobre los unos que sobre los otros, o los objetivos extremo izquierdistas de los unos frente a los objetivos extremo derechistas de los otros. Creo que muy pocos en este país avalan la idea de una guerrilla que merezca un trato diferente, especial respecto de los paramilitares, habría que preguntar a cuál guerrilla se refiere, ¿a la que vuela iglesias y clubes y pueblillos? ¿la que secuestra por años y años a civiles? ¿la que extorsiona, la que negocia con coca? ¿la que incendia vehículos de hombres trabajadores en las carreteras? ¿esa es insurgencia auténtica?

 

[1] Esto parece ya una tendencia entre los intelectuales pues Antanas Mockus afirmó en reciente entrevista que los colombianos vivimos como en un sueño, María Jimena Duzán dice que los colombianos llevamos un “para” por dentro y las ONG que estamos embrujados por el autoritarismo.

 

Publicado en la bitácora VentanaAbierta - Escritos sobre Historia y coyuntura política de Colombia y el mundo. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 49 el 23 de mayo de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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