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D. Acevedo Carmona es historiador, profesor, autor de
varios libros y columnista del periódico El Mundo de Medellín.
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En años recientes, la
democracia italiana vivió una de sus mayores crisis a causa de la profunda
infiltración de la mafia en el estado y en varios gobiernos. Una política de
combate decidido contra dicho fenómeno perturbador apoyada por los principales
partidos permitió a dicho país superar la emergencia. Hace algunos años, Brasil
se vio sacudido por un fuerte escándalo originado en las denuncias de corrupción
de un gobernante promisorio, Fernando Collor de Melo. Allí la corrupción
política sigue campeando y ha afectado de modo grave a la administración Lula,
sin que por ello el sistema democrático haya sido cuestionado. Podría mencionar
muchísimas otras situaciones críticas en países democráticos en los que se han
vivido crisis agudas por unas u otras circunstancias como la mafia, la
corrupción, el hambre, el fraude electoral, la injusticia, el caudillismo, etc.,
pero con esos dos me basta para ejemplificar lo que quiero afirmar respecto de
la democracia colombiana. Ante todo hay que ratificar la noción que nos remite a
una significación vitalista y dinámica de la democracia: es un procedimiento
para gobernar en el que la ciudadanía puede ejercer libremente sus derechos,
elige y es elegida, opina e interviene en el diseño de sus instituciones y en el
forjamiento de la ley. Es, al decir de muchos escépticos, la menos mala forma de
gobierno que haya creado el hombre. Yo diría que es la forma más compleja, más
elaborada y a la vez más pacífica y más crítica de resolver los conflictos y los
asuntos del poder entre los humanos.
Traigo esto a colación a
raíz de la insistencia del doctor Carlos Gaviria en descalificar la democracia
colombiana. Este es un debate de la mayor importancia académica y política al
cual no podemos seguir sustrayéndonos. ¿Es Colombia una democracia o no lo es?
Ya en pasadas columnas el historiador Posada Carbó y yo mismo hemos coincidido
en oponernos a la tesis del doctor Gaviria, incluso antes de que a él le fuera
tan bien en las pasadas elecciones presidenciales cuando alcanzó la más elevada
votación de la izquierda en la historia colombiana. ¡Paradojas de la democracia!
Y hemos señalado también que ese es un lugar común de cierta izquierda
setentista que se niega a revisar y a reconsiderar la historia a los ojos de las
nuevas y cambiantes circunstancias experimentadas en el mundo con la caída del
comunismo. No insistiré en los mismos argumentos que expuse en un viejo escrito
del año 2004. Resulta que ni la constitución del 91, ni la elección popular de
alcaldes y gobernadores, ni la acción de tutela, ni la existencia real de la
separación de poderes, ni la libertad de prensa, ni la realización de elecciones
presidenciales a pesar de tantas amenazas y de tanta presión, infiltración de
los violentos y de dineros turbios de la mafia, ni que la izquierda democrática
haya sacado la mejor votación de toda la vida y que sus dirigentes no estén
siendo asesinados, etc, etc, son hechos contundentes que hablan a favor de la
existencia de una democracia en Colombia. Muy afectada, mancillada e infiltrada
por mafiosos, paramilitares y guerrilleros, amenazada por el terrorismo y por el
crimen organizado, muy cierto, plagada de vicios, de politiquería, sí, pero,
emergiendo a pesar de todos esos males que la enturbian.
Pero, lo que me parece más
grave en todo este debate es que se esté apelando a una argumentación que no
sólo niega lo evidente, como evidente fue que el doctor Gaviria ocupó un estrado
de la Corte Constitucional y que lo hizo con toda libertad, con ahínco, y con
tanta valentía que despertó la admiración de una buena parte de la opinión
ciudadana ya que pudo ganar apoyos para fallos bien polémicos que no serían
explicables sino en el marco de una democracia. Que sepamos, nunca el doctor
Gaviria se quejó de amenazas, interferencias o presiones indebidas mientras fue
magistrado, y eso se llama ejercicio democrático de un poder, Él se fue en
contra de muchas pretensiones y proyectos de los presidentes de turno.
Igualmente se convirtió en líder de la bancada de una alianza de grupos de
izquierda entre quienes figuraba el ortodoxo partido comunista, defensor de la
trágica tesis de la “combinación de todas las formas de lucha” y que a pesar de
ello es un partido admitido por esta democracia. Y luego, en el 2006, candidato
presidencial con todas las garantías y limitaciones comunes a todos los
candidatos. El doctor Carlos Gaviria dictó una conferencia el 21 de marzo de
2007 en España que la Agencia de prensa EFE reseñó: “En tono más serio, (el
doctor
Gaviria) relacionó el respaldo popular del que disfruta Uribe a la “fatiga y el
temor por la violencia abrumadora que padecemos desde hace mucho tiempo“, que ha
permitido al presidente “cambiar justicia y equidad por una promesa de
seguridad“. Eso ha significado “dar una carta blanca al presidente“, según
Gaviria, para quien el caso de Colombia es “un fenómeno extraordinariamente
interesante de psicología colectiva“, en el que “no vivimos en una democracia,
pero asumimos que vivimos en una“. “Como si fuera democrático el Gobierno que
nos rige“, continuó, cuando “los gobernantes incurren en desafueros, en
transgresiones claras al Estado de Derecho y la gente no se da por enterada“. El
problema de fondo, concluyó Gaviria, es ético, porque “la gran mayoría de los
colombianos no parecen estar en posesión de un claro criterio distintivo de lo
que es lo correcto y lo que es lo incorrecto, de lo que es lo bueno y lo que es
lo malo”.
Me parece que estas
afirmaciones en las que se pone en duda ya no sólo la democracia sino la
idoneidad de la mayoría de los colombianos, su capacidad de raciocinio, es ya un
auténtico exabrupto por no decir un insulto a las mayorías que apoyan el
gobierno del presidente Uribe.[1] Ya no se niega la democracia sino también el
origen democrático del gobierno actual, de donde la mayor votación de la
izquierda en toda su historia, lograda en el 2006 también sería ilegítima o
antidemocrática. Se requiere ser muy obsesivo para llegar a límites que ofenden
las normas elementales de cortesía, y ufanarse de hacerlo en escenarios en los
que los socialdemócratas y las Ongs humanitarias nos miran como una “república
banana”, inculta e incivilizada, donde da lo mismo ser presidente electo que ser
dictador, donde es lo mismo una Colombia que ha recuperado con espectacularidad
la tranquilidad para sus habitantes que la de hace 5, 8 y 12 años cuando era
peligroso hasta salir de noche a las calles.
Por supuesto que la nuestra
no se puede comparar con las democracias sólidas y experimentadas del Primer
Mundo, pero lo mínimo que se puede esperar de un académico es que su análisis
reconozca al menos la complejidad de la democracia colombiana y sus paradojas.
Es lo que uno encuentra, para citar un ejemplo, en Daniel Pécaut, uno de los más
finos y críticos estudiosos de los problemas del país, quien en uno de sus
últimos libros Midiendo fuerzas (Planeta Editorial, 2003) reconoce que no
obstante los graves conflictos vividos por el país, “Colombia se ha librado de
gobiernos autoritarios… y ha estado lejos del tipo de dictaduras que se
implantaron en el Cono Sur o en Centroamérica”.
No se si sea muy atrevido
recordar que los marxistas dogmáticos sostenían que la democracia era el sistema
que adocenaba la conciencia revolucionaria de las masas, que en las democracias
la población vivía alienada porque todo era apariencia y que la ideología de las
clases dominantes era tan poderosa que nadie caía en cuenta del engaño burgués.
En Colombia, un marxista que podríamos llamar heterodoxo y liberal de
pensamiento, Gerardo Molina, defendió en su Breviario de ideas políticas la idea
de que la democracia no es una conquista de la burguesía sino de la humanidad y
que el deber de los socialistas demócratas era defenderla y profundizarla. Eso
es lo que se ha estado tratando de hacer en este país desde la época en que el
Frente Nacional entró en desuso, a pesar de tan serios obstáculos, vicios,
abusos y problemas.
Es una lástima que el líder
de una izquierda democrática robusta, promisoria y necesaria para esta
democracia vituperable y risible se esté dejando llevar por su obsesión
antiuribista hasta caer en los terrenos de fungir como sicólogo de masas.
Sugirió que el presidente visitara el siquiatra y ahora diagnostica a las
mayorías una anomalía síquica, pues según su criterio científico: no
distinguimos entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bueno y lo malo. El
dictador Stalin calificaba de locos a sus opositores y los confinaba en
manicomios en la lejana y fría Siberia, porque quien denigraba de su socialismo
era porque no estaba cuerdo. Y en la China de Mao, también se enviaba a granjas
rurales a los críticos para que se reeducaran.
En otra intervención durante
su periplo por Europa, esta vez en Bruselas, el doctor Gaviria, ante una
respetable auditorio de europarlamentarios y funcionarios de ONGs el 18 de abril
pasado, ante la pregunta de qué opinión le merecía lo dicho por el presidente
Uribe en el sentido de que las guerrillas debían recibir el mismo trato que los
grupos paramilitares, aseveró sin vacilación: “De ninguna manera…Se trata de
organizaciones completamente diferentes y con propósitos distintos… A pesar de
que los grupos insurgentes han degradado mucho sus métodos de lucha, hay que
reconocer que de todos modos tienen la calidad de insurgentes, o sea, de
delincuentes políticos, en cambio, el paramilitarismo es una especie de
criminalidad común que ha surgido como un subproducto del conflicto armado en
Colombia”. (El Nuevo Siglo, 18 de abril de 2007).
No se en qué se basará el
doctor Gaviria para una afirmación tan temeraria y lejana a la verdad pues en
teoría política, y mencionemos tan sólo a Norberto Bobbio, lo que unifica a las
extrema izquierda y derecha son sus procedimientos antidemocráticos y violentos
contra la democracia. Claro que si negamos la democracia en el país, pues la
tesis de Gaviria encaja a la perfección. No sabemos que artilugios usará Gaviria
para demostrarnos que es más loable, altruista, enaltecedor, revolucionario, el
secuestro que practican las guerrillas ante los que realizan los paramilitares,
o las masacres de estos frente a las de aquellos, o las bombas de los unos ante
las de los otros, o la influencia del narcotráfico sobre los unos que sobre los
otros, o los objetivos extremo izquierdistas de los unos frente a los objetivos
extremo derechistas de los otros. Creo que muy pocos en este país avalan la idea
de una guerrilla que merezca un trato diferente, especial respecto de los
paramilitares, habría que preguntar a cuál guerrilla se refiere, ¿a la que vuela
iglesias y clubes y pueblillos? ¿la que secuestra por años y años a civiles? ¿la
que extorsiona, la que negocia con coca? ¿la que incendia vehículos de hombres
trabajadores en las carreteras? ¿esa es insurgencia auténtica?
[1] Esto parece ya una
tendencia entre los intelectuales pues Antanas Mockus afirmó en reciente
entrevista que los colombianos vivimos como en un sueño, María Jimena Duzán dice
que los colombianos llevamos un “para” por dentro y las ONG que estamos
embrujados por el autoritarismo.
Publicado en la bitácora
VentanaAbierta - Escritos
sobre Historia y coyuntura política de Colombia y el mundo. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 49 el
23 de mayo de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |