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Miriam Leitão es una muy respetada periodista
brasileña; procesada por la dictadura militar en ese país en la década
de 1960, construyó una sólida carrera en varios medios; en 2003
recibió el premio de periodismo por la tolerancia racial.
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Tengo miedo que Brasil se
acostumbre. En encontrar normal que el presidente del Senado use un lobista
para pagar una cuenta de su más “íntima privacidad”, que esta sea pagada con
dinero en efectivo con recursos de origen incierto, que sus negocios
empresariales permanezcan zambullidos en indicios de irregularidades. Y que los
senadores den señales tan explícitas de cubrirlo en un proceso dirigido por el
propio acusado.
Tengo miedo de que el país
ya se haya perdido en los escándalos secuenciales llenos de esquemas complejos,
hilos atando acusados conocidos con neofamosos, sórdidas conversaciones
telefónicas, dineros flagrados y operaciones con nombres curiosos –Huracán,
Navaja, Jaque Mate, Narciso, Curupira, Sanguijuelas– y de confundir alocados con
“mensualeros*” y “vampiros*”. Y, de tan cansado de ese huracán de sanguijuelas
enloquecidas, concluir que es mejor dejar para todo de lado y volver a la propia
vida, que, al final, está difícil para todos.
Tengo miedo de que el Senado
continúe exhibiendo el descaro de la prisa explícita de declarar inocente a su
presidente, fingiendo, aún hoy, que lo que está en tela de juicio es un caso
extraconyugal, y no el pagador de la pensión y el matador de normas, leyes y
principios morales en que se transformó su defensa. Que se crea en un senador
como Gilvam Borges y en su disculpa descalificadora que “nosotros, hombres,
desde los tiempos de Adán y Eva, estamos sujetos a seducción”. Que los señores y
señoras representantes del pueblo brasilero en la cámara más alta del
Legislativo continúen siendo actores de quinta en un teatro de absurdos en que
documentos toscos, explicaciones mutantes, y obvios conflictos de intereses sean
aceptados como prueba suficiente de inocencia del jefe del club. El riesgo es
que la semántica cambie el significado del nombre del Consejo de Ética. En vez
de la designación clásica, pasaría a ser el sitio de complicidad para los pares
y de absolución previa sin análisis de las pruebas.
Tengo miedo de que Brasil
haya pasado del punto de transformar escándalos en algo que depure. Hubo un
momento en que el país enfrento el choque y el dolor de descubrir personas
públicas implicadas en una inaceptable triangulación que involucraba publicistas
del gobierno, distribución de dinero en cuartos de hotel y contratos de
prestación de servicios para órganos públicos.
Todo eso en un gobierno de
un partido que, durante 20 años dijo que hacía una política con ética. Era una
encrucijada: o purgar el error y curar el tejido nacional enfermo o
acostumbrarse e ir reduciendo el nivel de nuestras exigencias éticas. Eran dos
caminos, y el país ha preferido el peor de ellos.
Tengo miedo de que nunca se
sepa, por súbita incompetencia de la investigación, a qué mesa fue a parar aquel
sobre pardo con R$ 100.000, que entró por las manos de la directora de la
empresa en las cercanías de un gabinete ministerial.
Que nunca se sepa, por
olvidado en la complejidad de los “ductos de propinas”, las relaciones entre
Engevix y Gautama. Sergio Sá, el eslabón perdido entre ambas, podría explicar
tanto los fraudes recientes como uno antiguo, que ya se ahogó en las aguas de la
represa: el de la Evaluación de Impacto Ambiental de la hidroeléctrica de Barra
Grande. Allí, Engevix declaraba tener apenas un pequeño campo, cuando eran
cuatro mil hectáreas de bosque atlántico con araucaria.
Tengo miedo de que tampoco
jamás se sepa qué dinero era aquel que estaba en las manos de amigos del
presidente de la República y de sus asesores de campaña en un hotel de
aeropuerto en San Pablo. Que pase a ser normal que jefes de “inteligencia” de
una campaña de reelección usen dinero sin origen y compren acusaciones falsas
contra adversarios.
Que eso sea tan banal que
nadie sea denunciado, y que el único castigo sobre ellos sea la reprimenda
ligera del presidente de la República, llamándolos “niños” y “alocados”.
Tengo miedo de las reformas
divorciadas de los diagnósticos. Lo que Brasil precisa es de más transparencia
en las donaciones privadas a los candidatos, para que los electores fiscalicen
los actos de los políticos electos y la solución propuesta es aumentar el
financiamiento público, como si eso hiciera desaparecer el financiamiento
privado. El riesgo es que quede totalmente opaco el hilo que une la empresa al
político, que quede eternizado en una caja paralela y se consagre la hipocresía.
Lo que Brasil precisa es una
mayor relación entre elector y electo, y la solución propuesta es diluir esa
relación a través del voto en lista, cerrada o flexible. Lo que Brasil necesita
es de nuevos panoramas en su vida partidaria, dominada por caciques de otras
épocas: desde los políticos que no trabajan y cuyo partido se llama “de los
trabajadores”, a los políticos que sirvieron a la dictadura y cuyo partido se
llama “demócratas”; de bancadas evangélicas con sus maletas de dinero de la
extorsión dominical de las creencias populares, lo que ni de lejos recuerda la
fe que un día dijeron tener; de partidos que alegan ser de oposición, social y
demócrata, pero que reculan de su papel por temer a la amenaza a los suyos. En
vez de la apertura para que aparezcan nuevos cuadros, más poder a los dueños de
los partidos, la mayoría enlistada en los mismos prontuarios de escándalos
recientes.
Lo que temo, por ser
periodista de economía, es encontrar que todo se resume a la ecuación Deuda/PBI
y quedarnos conmemorando nuestro casi “investment grade”, sin percibir el grado
de deterioro de los valores y el ranking de absurdos que nos acorralan.
* Mensualeros y
vampiros son los nombres popularizados por la prensa para quienes recibían
los sobornos (mensualeros refiere al pago mensual) [Aclaración del traductor].
Publicado en el periódico “O Globo”, el 19 de
junio de 2007. Traducido por el equipo de CLAES D3E. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
54 el
27 de junio de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |