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Los
puntos referenciales en política son siempre relativos. Se está a la derecha o a
la izquierda de algo. Y en estos momentos en el mundo hay una posición muy
desguarnecida: el centro de la izquierda. Esto también es válido y muy actual
para el Uruguay.
No hay buen viento para
el que no sabe donde va. Seneca
En un extremo de la
izquierda hay una variada cantidad de posiciones que van desde la defensa
irrestricta de las viejas formulas del socialismo real - con matices y culpas
variadas - pero donde la propiedad estatal, la dictadura del proletariado
rebautizada siguen siendo el paradigma, el objetivo histórico. Incluyendo las
referencias internacionales. También están los sectores marginales y ultras que
representan muy poco desde el punto de vista social y político y menos todavía
en el plano ideológico y cultural. No hay que confundir ni simplificar, los
matices son importantes, determinantes en política. Lo cierto es que existe un
ala constituida por grupos diversos, y por sectores de diversos grupos. Los
matices y las diferencias surcan casi todos los grupos.
Del otro lado hay un
agrupamiento variopinto y lleno de matices que podría definirse como
socialdemócrata, notoriamente mayoritario que asume que la izquierda tiene por
delante un muy largo periodo de administración del capitalismo con nuevas
sensibilidades, con prioridades de justicia social y con una clara vocación
democrática. En el Uruguay es esa enorme mayoría de fuerzas y dirigentes de
izquierda que apoyan con variado entusiasmo al gobierno. No me siento incomodo
en este agrupamiento.
Pero...falta algo, falta
otra alternativa, al menos desde los retos intelectuales y culturales para luego
llegar a los aspectos políticos: falta el centro de la izquierda, para no
utilizar un término gastado por el laborismo inglés: la tercera vía.
Incluso por su
posicionamiento topográfico me gustaría llamarla la segunda vía, o la vía
alternativa e inconforme. No me siento interpretado en absoluto por la primera
vía, ni por su retrazo en la elaboración histórica, ni por sus nebulosas ideas
económico-políticas o mejor dicho de economía política, ni por su visión del rol
del Estado, del partido y de la sociedad. Dentro de las diferencias en la
izquierda. Pero tampoco me entusiasma, me seduce, me excita la otra vía, el otro
polo.
No me siento satisfecho con
una cierta resignación al capitalismo, en sus aspectos más amplios y más
profundos y sobre todo en su cultura y su ideología. En ese sentido debo
reconocer que la propia derecha ha logrado renovar sus discursos, modernizarlos
–en particular en Europa– y estoy seguro que los veremos en la campaña electoral
en los Estados Unidos, pero la estructura portante de todo sigue siendo las
formas de propiedad y de distribución de la riqueza y los instrumentos
institucionales y culturales para asegurar su perpetuación.
Con la derecha, con discurso
modernizado o no, no me sentiré nunca vinculado ni compartiendo su visión del
mundo, aun vestida del mayor pragmatismo, aunque hace tiempo que asumí la
convivencia y el debate y el choque civilizado de ideas como un valor
civilizatorio importante.
No me resigno, no creo que
debamos resignarnos en el Uruguay a que no haya un espacio para arriesgarnos con
ideas, con proyectos, con propuestas, con políticas que contengan cambios
radicales, con una mirada estratégica hacia formas diferentes de organización
económica y social.
Todos, proclamamos la
justicia, la libertad, la solidaridad, y el progreso como meta, el problema son
los caminos, las prioridades, los tiempos, los actores, los riesgos y sobre todo
las preguntas. Las preguntas presuponen el nivel de la crítica y la audacia de
nuestros horizontes.
¿La izquierda no debe
plantearse siempre la superación del capitalismo? ¿no sólo en el plano moral,
sino histórico, concreto, incluyendo formas de organización de la propiedad
social diversas también al estatismo total y fracasado?
¿La izquierda no debería,
elaborar, actuar, concebir estratégicas democráticas y democratizadoras mucho
más profundas en todos los planos? A nivel de las instituciones, de las
relaciones entre el Estado y la sociedad civil, en la cultura y las identidades
culturales, en la educación, en la información y la comunicación, en las formas
de consumo y sobre todo en la vida personal, a nivel del ciudadano, de su vida
cotidiana? ¿Incluso al actual apasionado y dolido debate sobre los derechos
humanos, no deberíamos incorporarlo a una perspectiva más amplia y profunda de
la democracia y su solidez para los cambios?
¿No deberíamos replantearnos
explícitamente –no por abandono u olvido– quienes son los sujetos históricos de
los grandes y profundos cambios, como han cambiado las sociedades, las clases,
las culturas de esas clases sociales y hasta su interrelación?
¿La izquierda no debería
replantearse críticamente sus relaciones con la intelectualidad que han pasado
del concepto del intelectual orgánico y partidario al divorcio creciente y por
riñas y disputas? ¿Como deberían convivir en la sociedad del conocimiento y la
información la ciencia, la tecnología, la cultura y la política?
¿No deberíamos asumir ante
la historia y en particular la propia historia de la izquierda y de sus ideas
una actitud mucho más exigente, más crítica y rigurosa, pero también con el
capitalismo y sus ideas? ¿En la caída del muro no se nos habrá colado también la
caída de nuestras propias audacias, de nuestras irreverencias frente al sistema?
¿No deberíamos de abandonar
una cierta distracción y discutir en serio sobre China, Vietnam, Cuba,
Venezuela, Chile, los países gobernados por la socialdemocracia? ¿Hemos pasado
de una visión internacionalista al nacionalismo más domestico?
Los autores y pensadores que
marcaron nuestro derrotero durante tantos años ¿no deberían integrarse de manera
laica, sin miedos y tabú a nuestra realidad política e intelectual y a nuestra
crítica y revisión más implacable? ¿No habrá nada que rescatar?
Es imposible e inconveniente
reconstruir una cierta mística que primó en la historia de la izquierda, pero
¿no deberíamos de todas maneras liberarnos de tantos miedos y fantasmas a que la
emoción, la sensibilidad formen parte de nuestro proyecto? ¿No nos habrá ganado
un cierto cinismo, una frialdad en los corazones? Aunque no lo reconozcamos ¿no
nos habremos integrado alegremente a la generación postmoderna, incluso en
nuestros afectos y emociones? ¿No deberíamos ser más generosos entre nosotros
sin esperar que la parca nos lleve?
Es cierto antes teníamos
demasiadas cosas ordenadas y en fila, demasiadas devociones incondicionales y
estructuras para discutir, para actuar y para pensar ¿pero lo único que nos
depara el futuro es reconstruir algo parecido al pasado o la dispersión como
esquirlas del big bang? ¿No deberíamos ensayar, equivocarnos, estudiar en
la búsqueda nuevas formas de hacer y de compartir la política?
La política se ha hecho
mucho más de líderes, de figuras que en forma estable o fugaz nos expresan y son
nuestra referencia principal. En Uruguay hemos sido capaces de salir de la
crisis y la división de la izquierda con un rol determinante de esas figuras.
Ahora nos aproximamos a nuevos momentos donde deberemos renovar liderazgos. ¿Qué
papel explicito tendrán las ideas, los proyectos, los programas o todo quedará
librado a las sensaciones y la comunicación? ¿Y después a otros cinco años de
malhumor?
¿Cuáles deberían ser los
ámbitos para discutir, para construir esta vía en la izquierda con estas u otras
aproximaciones y preguntas? ¿Dentro de los partidos, dentro del Frente, fuera de
las estructuras, entre los ex, entre los diversos ex reunidos, por separado? ¿Y
cuándo? Creo que no hay espacio para nuevos partidos, pero hay necesidad de
audacias políticas, de espacios nuevos. No se trata de sumarnos al tironeo por
las candidaturas. Esa es otra cosa.
Publicado en
Bitácora el 5 de julio de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
58 el
25 de julio de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |