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P. Jiles es periodista, autora del libro Maldita
farándula (Ed. Catalonia, 256 pág.), del cual se extrae el texto
que ofrecemos aquí.
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La farándula política tiene
como sus integrantes regalones a un grupo socio-cultural que proviene de la
pequeña burguesía chilena, que está hoy en el poder y/o profita de él, que
alguna vez adscribió a las ideas del socialismo y ahora —completamente renovado
o "modernizado", como ellos lo llaman— propugna el liberalismo económico corno
su bandera. Es decir, son en la práctica unos momios aderezados con una pizquita
de progresismo en lo valoneo, y a los que les parece que "viste más" dárselas de
izquierdista.
Los "neo-progress" o
"progre-set" –cuyos antecedentes fueron la "whisky izquierda" y el "red-set" en
los noventa– es un estamento de profesionales con estudios en el extranjero –el
exilio, en algunos casos–, pragmáticos, sibaritas, racionales, cartesianos,
positivistas, ilustrados, amantes de las obras de arte contemporáneas, amigos de
las tecnologías virtuales.
Algunos de los neo-progress
más destacados son Morgana Rodríguez, Karen Poniachik, Carolina Tohá, Fulvio
Rossi, Francisco Javier Díaz, Consuelo Saavedra, Patricio Navia, Roberto Ampuero,
Andrea Palet. Su máximo exponente masculino es el ministro Andrés Velasco, al
que consideran modélico. Todos aman a la Tere Undurraga –periodista y dueña del
emporio La Rosa– y cuando están en Chile se les puede encontrar tomando un
juguito de frutas en ese local, en los alrededores del Parque Forestal,
almorzando en el Ópera, conversando un té verde en la Pérgola de la Plaza o un
kir en El Toro. Iban al Liguria hasta hace poco, antes de que se instalaran
cómodamente en el poder, cuando todavía habrían querido toparse con alguno de
Los Tres y pedirle un autógrafo. Ahora se han vuelto refinados, sibaritas,
gourmets, y prefieren el "Alma" o el "C" para salir a comer.
Los neo-progress ocupan
cargos en el aparato público, hacen "lobby", asesoran a alguna entidad trasnacio-nal,
dan clases en una universidad gringa o pertenecen a directorios de empresas
estatales. En cualquier caso, hablan inglés fluidamente y son parte de la élite
de la Concertación.
Muchos de ellos tienen altos
puestos de gobierno, una situación económica de privilegio pero cero fortuna
familiar –son ricos de primera generación–, hermosas casas en la ciudad y en la
playa, gustan de viajar a Washington, Boston y Nueva York por lo menos una vez
por semestre, aprecian la comida thai, el cuscús y el tofu, están inscritos en
gimnasios exclusivos –prefieren nadar a hacer pesas– y se sienten conocedores de
los mejores vinos reserva, pero también aprecian un buen asado de cordero
magallánico con los amigos, mientras mandan a los niños con la nana a dar un
paseito.
Una de las características
más notorias de los progre-set es su dependencia de la tecnología de vanguardia,
a la que tuvieron acceso antes que el resto de Chile durante sus estudios en
Inglaterra, Francia o Estados Unidos. No se separan de su laptop de última
generación, su IPod, su celular diminuto, su pendrive y otras maquinitas por el
estilo, las que manejan con soltura para todo tipo de tareas, desde la lista del
supermercado hasta su dase magistral en una universidad extranjera. Están
permanentemente conectados vía Internet, donde se informan, cha-tean, archivan
sus fotografías familiares y consultan el correo electrónico con regularidad
majadera.
Sus padres fueron
partidarios de Allende o Tomic en la elección de 1970. Muchos de ellos se
formaron en el exilio, en países libremercadistas, mientras sus progenitores se
dedicaban a la academia o las actividades políticas subvencionadas por la
solidaridad internacional con Chile. Allí hicieron su mixtura ideológica entre
las tradiciones de la izquierda chilena y el neo-liberalismo del occidente
desarrollado. Son críticos más sobreactuados que definitivos del capitalismo
ortodoxo, pero creen en el supuesto beneficio de las privatizaciones, la
modernización del Estado, el orden macroeconómico y las llamadas regulaciones.
Les interesa que la distribución del ingreso sea más justa, pero están
convencidos de que eso se obtiene a través de "el chorreo". Consideran que el
éxito económico depende de una balanza de pagos equilibrada, que hay que reducir
y fortalecer el aparato estatal, que el socialismo es una ideología antigua y
superada, y se definen como liberales en lo valoneo. Les cuesta reconocerse
partidarios del libre mercado, así, con esas palabras, pero es un simple
problema semántico. Si les dices que son "promotores del intercambio económico
sin trabas estatales" ya no se descomponen tanto. Tampoco quieren que se les
tilde de renegados del socialismo y no aceptan por ningún motivo que se les
llame neoliberales. Se sienten herederos del allendismo, pero omiten cualquier
defensa del período de la Unidad Popular. Opinan que Fidel Castro es un tirano.
Hugo Chávez les parece un personaje pintoresco y peligroso.
Tienen obsesión por no subir
de peso, detestan el tejido adiposo, mantienen la línea y parecen tonificados.
Van regularmente al gimnasio, hacen pilates, yoga o "baile entretenido", pero
prefieren nadar a media mañana en el Ritz o el Sheraton.
Para ellos, la vida y la
política deben ejercerse de manera atlética, así que en las vacaciones salen a
trotar por la playa de Cachagua, Zapallar o Maitencillo. Son prácticos,
partidarios del Estado laico, realistas, poco sensibles al folclore y las
expresiones populares sincréticas. No les interesa la esoteria ni lo místico ni
son muy dados a la religiosidad.
Consideran agresivo
definirse como ateos, prefieren llamarse agnósticos porque un "progre-set" es
siempre políticamente correcto. Escuchan a Joaquín Sabina y Manu Chao, pero
también bossa-nova y tecno-tango.
Tienen conflictos con el
compromiso de pareja. Les cuesta encontrar una media naranja. Se casari
legalmente, porque la simple convivencia de pareja atenta contra sus promisorias
carreras en el servicio público. Tienen hijos —dos máximo— pasados los treinta,
salvo accidentes reproductivos, y los matriculan en el Saint George o el
Santiago College, aunque querrían tenerlos en el Grange o el Nido de Águilas...
pero la verdad es que no les alcanza.
En su alma, son más
laguistas que bacheletistas, aunque ambos líderes les parecen menos elegantes de
lo que ellos preferirían. Consideran a Lagos "muy, muy, muy inteligente".
Bachelet sacia sus
inclinaciones postfeministas de lucir hartas personas con faldas en los cargos
de gobierno, pero en privado encuentran que la presidenta tiene estilo "de hija
de milico", "no es muy sofisticada", "le falta cuello", "es un poquito medio
pelo", "poco distinguida de pinta". Son solapadamente clasistas, se precian de
ejercitar el buen gusto y el refinamiento, compran obras de Bororo y Samy
Benmayor que cuelgan en sus grandes oficinas alfombradas, muebles de diseño y
piezas de arte como inversión.
El progre-set desfallece por
tener presencia en los medios, pero practica un discurso intelectualoide
completamente antifarándula. Juran de guata que cultivan el bajo perfil
mediático. Pero suelen pugnar por ser columnistas de alguna publicación
importante, aspiran a formar parte de los pocos paneles de debate político de la
televisión, se prestan de buena gana para ser entrevistados y fotografiados en
las revistas de papel couché, deliran por toparse con famosos y más aún con
serlo ellos mismos. Hacen lo que sea necesario para ser convocados a programas
como Gigantes con Vivi o Mucho Lucho, donde fingen estar un poco incómodos con
las cámaras y contestan con frenesí toda suerte de preguntas personales con tono
canchero. Dicen despreciar la farándula, afirman que no ven televisión –salvo el
cable– porque no tienen tiempo, pero no es verdad. Son ávidos consumidores de
programas de todo tipo, especialmente los noticieros y los espacios de famoseo.
Secretamente, saben cada detalle de lo que ocurre con Pamela Díaz, Jordi Castell
–su ídolo– y Marlén Olivari. Serían capaces de matar por ser paparazzeados algún
día. Para ellos es esencial figurar en la pantalla y en las secciones de vida
social. Conocen perfectamente el poder de los medios y tienen claro que en el
Chile neoliberal que están construyendo no es posible una carrera política
exitosa sin farandulizarse.
Capítulo extraído del libro "Maldita farándula"
(Editorial Catalonia, 250 pág.). La versión que reproducimos aquí fue
publicada en The Clinic, Año 8 Nº 1, 5
de julio de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
58 el
25 de julio de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |