Peripecias Nº 72 - 7 de noviembre de 2007

POLÍTICA

 

Ecuador

 

Se abre un nuevo período político en Ecuador

 

Comité Ecuménico de Proyectos (CEP)

 

 

Secciones del reciente análisis de coyuntura del Comité Ecuménico de Proyectos (CEP), de Quito (Ecuador), difundido en octubre de 2007.

 

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Los resultados electorales del 30 de septiembre de 2007 cierran un período dentro de la actual etapa democrática y abren un campo de perspectivas en el que caben expectativas e interrogantes. Este período culmina con el cumplimiento de la principal oferta de campaña de Rafael Correa: la Asamblea Constituyente.

 

Una Constituyente que, en base a sus poderes plenos, no se limitará a dictar una Constitución sino que procederá a una renovación parcial de las instituciones estatales y a legislar en estrecha relación con el gobierno.

 

Los resultados electorales marcaron el hundimiento, tal vez definitivo, de los partidos políticos que protagonizaron cerca de treinta años de democracia; y significaron la inclinación del electorado ecuatoriano a pronunciarse mayoritariamente por una sola opción... en términos lúdicos, a jugarse el todo por el todo a un solo casillero de la ruleta. Por primera ocasión, un movimiento político naciente se impone con tanta contundencia en tres elecciones seguidas –la elección de Rafael Correa, la aprobación de la convocatoria a una Asamblea Constituyente y el triunfo abrumador de Alianza País, tendencia de gobierno, en la elección de asambleístas-; y esto último ocurrió en todas las regiones, cuando hasta hoy, la característica había sido de una segmentación regional de la votación –ningún partido por sí solo alcanzó en una elección pluripersonal la mayoría absoluta– y una regionalización del voto, con partidos muy votados en una región, pero sumamente débiles en otra. En esta ocasión, Alianza País alcanzó entre el 50 y el 75% de los votos en por lo menos 20 provincias (de las 23).

 

Si bien se puede argumentar que la intervención del presidente Rafael Correa en el período electoral fue determinante, no es menos cierto que la oposición ha desaparecido por el momento y que las dos fuerzas electorales que siguieron en segundo y tercer orden – Sociedad Patriótica apuntalada por el ex presidente Lucio Gutiérrez y el PRIAN financiado por Álvaro Noboa- gozaron también de condiciones relativas ventajosas frente al resto de opciones; sin embargo de lo cual, su electorado es hasta cuatro o cinco veces inferior al de Alianza País.

 

La derecha económica no consiguió integrar un solo frente, sus dirigentes participaron en el proceso electoral atomizados, en el afán de convertirse tras estas elecciones, en los nuevos representantes del sector. La izquierda que quedó por fuera de Alianza País, buscó también probar suertes e intentar aglutinar por separado a los distintos fragmentos, paradójicamente dispersándolos y polemizando entre sí. En ese sector, tal vez la fuerza política más afectada podría ser Pachakutik, que a nombre del movimiento indígena tuvo un sorprendente surgimiento hacia 1996, pero que desde entonces no consiguió fortalecerse y se encuentra ahora obligada a revisar toda su estrategia y preguntarse si todavía representa al sector indígena y si no comparte una profunda crisis conjuntamente con la propia organización indígena nacional, la CONAIE.

 

Las líneas anteriores nos llevan a adelantar una de las interrogantes que el fenómeno Correa y Alianza País genera: las enormes dificultades que va a vivir el movimiento social para recuperarse, reconstituirse y fortalecerse al margen del gobierno. Parece visible que el peso específico de Alianza País será un obstáculo para la renovación necesaria de un movimiento social independiente del gobierno y que actúe como tal, como un contrapeso.

 

Por tanto, sin una oposición de derecha fortalecida, sin una alternativa en el campo de la propia izquierda y con movimientos sociales sumamente debilitados o con relaciones ambiguas con el gobierno, la responsabilidad de marcar límites al ejercicio del poder y evitar autoritarismos recae en las propias manos del gobierno y de Alianza País, obligada a fijarse sus propios linderos y a promover un ambiente democrático de debate y de creación de consensos enriquecidos en el espacio del desacuerdo. Elementos como los medios de comunicación tampoco aparecen como factores de contrapeso y favorables a encontrar un equilibrio, pues se han convertido, incluso sin asumirlo expresamente, en la última trinchera de los intereses corporativistas y de las élites del poder económico.

 

Las expectativas y el discurso presidencial

 

Mientras tanto, las expectativas que se abren, se afirman en el propio discurso presidencial acompasado por un carisma particular y poco común del presidente Rafael Correa, y que en el futuro el gobierno buscará concretarlos en políticas a mediano plazo, dentro del propio Plan de Desarrollo presentado en los últimos meses:

 

• Fortalecimiento del Estado frente a un largo período de dubitaciones neoliberales, pasos en falso y políticas que a nombre del robustecimiento del sector privado frente al Estado, han socavado las bases del segundo y no han permitido el despegue del primero.

 

• Renovación del pacto político y del acuerdo social con la aplicación de una línea política dura, con confrontaciones abiertas con actores económicos y políticos determinados, línea leída por más de un sector como autoritaria.

 

• Aplicación, sin ruborizaciones, de subsidios y ajustes tributarios que apuntan a disminuir la brecha entre los más ricos y los más pobres. En términos de subsidios, se pueden señalar tres notas diferenciadas con políticas anteriores: la conversión del bono de desarrollo incrementado en un instrumento de microcrédito y en el marco de un cambio de concepción del ministerio de Bienestar Social, hoy Ministerio de Inclusión Económica y Social; la ampliación del bono de la vivienda pero sacándolo de esquemas de construcción de conjuntos habitacionales gerenciados desde el Estado sino dispersándolo por todo el país bajo un esquema de acuerdo entre el beneficiario y el constructor privado local; y la apertura de una línea de crédito subsidiado para pequeños productores.

 

• Aplicación de programas que favorezcan a los sectores productivos nacionales y a la inversión del ahorro nacional; propuesta que pone en cuestión la exportación del ahorro nacional protagonizado por el sistema financiero y el Banco Central, que mantienen importantes volúmenes de dinero en el sistema financiero norteamericano.

 

• Participación en una estrategia regional que busque una ingeniería financiera por fuera de la tradicional vinculación con el FMI y el Banco Mundial; estrategia que se concreta, por el momento, en la creación del Banco del Sur como una fuente de crédito menos rígida y alimentada por los propios países de América del Sur, y que podría ampliarse con la creación de una especie de FMI sudamericano, evocado en los discursos oficiales de algunos países.

 

• Revisión profunda de los términos aceptados por el Estado a lo largo de la última década y media, en cuanto a convenios y acuerdos con el sector privado (particularmente multinacional) en áreas como las telecomunicaciones, la explotación y comercialización petrolera, la provisión de combustibles (con la creación de infraestructura estatal que disminuya la dependencia de la importación de derivados).

 

• Un discurso marcadamente crítico hacia el sector que controla la economía privada, financiera y productiva, en el afán de desmontarlo, pero sin concreciones todavía. Una intención manifiesta de desmontar el corporativismo, con la reforma de aquellos espacios del Estado en los que existe presencia de los sectores privados.

 

• El fortalecimiento de la infraestructura hidroeléctrica, vial, de riego, a ser manejada en gran medida por el Estado, frente a la tendencia de la creación de entes privados encargados de administrar recursos públicos.

 

• Diseño de una nueva organización territorial del país que favorezca procesos de descentralización. Se podría ensayar en este punto una cierta confrontación entre los afanes descentralizadores y el interés del Ejecutivo de controlar centralizadamente ámbitos del Estado que han actuado hasta hoy con cierta autonomía, como Banco Central, Superintendencias, Contraloría. Este hecho se manifiesta, a pesar de que en la reforma constitucional se apunte a una independencia de los organismos de control.

 

• La recuperación, para el Estado, del rol planificador desaparecido en la primera mitad de los años noventa; se reinstauró la Secretaría Nacional de Planificación que elaboró un Plan de Desarrollo para el período presidencial y que ha ido concentrando roles cada vez mayores que le convertirán en el ente rector de las políticas estatales.

 

• El Plan de Desarrollo es un paso esencial que ha tardado varios meses en concretarse; es producto de una serie de mesas de trabajo con diversos sectores de la sociedad. La conclusión del Plan de Desarrollo es un paso importante que permitirá al gobierno orientar y evaluar de forma más sistemática su propuesta política. El Plan se compone de doce ejes que subrayan la búsqueda de cohesión social y equilibrio regional, mejorar la calidad de vida de la población con acceso a servicios; soberanía nacional y construcción de integración regional; un sistema económico solidario con apoyo al pequeño productor y con generación de empleo, y construcción de una sociedad participativa e intercultural.

 

Por el momento, estos campos de intervención se han alimentado de decisiones aisladas del gobierno tomadas al calor del debate al interior del régimen y a nivel nacional; acciones que hacen parte del Plan de Desarrollo y se desarrollarían a través de proyectos de ley que el ejecutivo piensa canalizarlos por medio de la Asamblea Constituyente.

 

Secciones del reciente análisis de coyuntura del Comité Ecuménico de Proyectos (CEP), de Quito (Ecuador), difundido en octubre de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 72 el 7 de noviembre de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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