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El próximo 2 de diciembre
los venezolanos emitirán sufragio sobre un conjunto de enmiendas a su
constitución. En términos generales, las propuestas han sido presentadas por los
medios de comunicación como un nuevo paso en el camino hacia la dictadura.
Es ello así porque los
grandes medios de comunicación suelen prescindir de cualquier idea de equilibrio
y objetividad cuando informan sobre Venezuela. Curiosamente, eso vale a menudo
también para los periódicos de centroizquierda no significados por su servil
seguidismo de la administración Bush a la hora de informar sobre otros Estados
petroleros, cuyo régimen político se pretende alterar, como Irán, o cuya
alteración está ya en curso, como Irak.
El mayor escándalo parece
esta vez provocado por la enmienda que aboliría las limitaciones ahora
existentes al número de mandatos presidenciales.
Tal vez sea porque yo soy de
Chicago y desde que nací hasta que me licencié en la Universidad no conocí sino
a un alcalde, pero soy incapaz de ver eso como un signo de dictadura. Por no
hablar de que si Hilary Clinton resulta elegida el próximo año, habremos tenido
Bushes y Clintons en la jefatura del estado durante 24 años consecutivos, que
tal vez se prolonguen hasta los 28.
El presidente brasileño Lula
defendió la semana pasada a Venezuela, preguntando “por qué no se queja la gente
de que Margaret Thatcher estuviera tanto tiempo en el poder”. Y añadió: “Se
puede inventar lo que se quiera para criticar a Chávez, pero no por falta de
democracia”. Lula ha defendido repetidamente el carácter democrático del
gobierno venezolano, pero sus declaraciones jamás han sido recogidas por los
medios de comunicación de habla inglesa.
A Chávez se le critica también por proponer librarse de la independencia del
Banco Central, blindada por la Constitución de 1999. Se presenta eso como otra
muestra de su “aferrarse al poder”. Sin embargo, hay razones económicas muy
válidas para esa enmienda.
Los Bancos Centrales que no
son responsables ante sus gobiernos electos no son en modo alguno
“independientes”, sino que tienden a representar los intereses del sector
financiero. A la hora de dirimir entre empleo y crecimiento, de un lado, e
inflación, de otro, el sector financiero siempre optará por una inflación más
baja, aun si eso significa estancamiento y desempleo.
La creciente independencia de los Bancos Centrales, y la manifiestamente
estricta política monetaria resultante, es muy probablemente una de las razones
capitales del fracaso del crecimiento económico a largo plazo que ha
experimentado la América latina en el último cuarto de siglo, un fracaso sin
precedentes históricos.
También hay una enmienda,
conforme a la cual se proporcionarían pensiones de Seguridad Social a los
trabajadores del sector informal, lo que constituiría una importante medida
antipobreza, dado que ese sector abarca a cerca del 41% de la fuerza de trabajo.
Otra enmienda reduciría la
semana laboral a 36 horas. De eso informan los medios como una jornada laboral
de 6 horas, pero más razonable sería interpretarla en el sentido de jornadas
laborales de 8 horas, más una jornada laboral de 4 horas los viernes.
También hay enmiendas que
eliminarían la discriminación fundada en la orientación sexual o en la salud
física; que procurarían la paridad de género en los partidos políticos; que
garantizarían la educación universitaria pública; que harían más difícil que los
propietarios de casas perdieran sus hogares por una bancarrota. No se ve por qué
tendrían que ser ésas medidas punitivas o represivas.
Otra enmienda aboliría las
medidas introducidas en la Constitución de 1999 para proteger la propiedad
intelectual. Es no significaría abolir las patentes o copyrights, pero
permitiría una mayor flexibilidad en la acción del gobierno, a al hora de
corregir las enormes ineficiencias económicas causadas por la existencia de
monopolios privados protegidos por los Estados, por ejemplo, en el ámbito de los
fármacos patentados. Es difícil argüir contra eso esgrimiendo razones
económicas.
Hay otras enmiendas más
discutibles, el grueso de las cuales no fue sugerido por Chávez, sino
introducidas por la Asamblea Nacional (Chávez no puede vetar las enmiendas
agregadas por la Asamblea Nacional; esas enmiendas han de ser sometidas al
sufragio de los votantes).
Por ejemplo, una enmienda
permitiría al gobierno suspender el “derecho a la información” (pero no el
debido proceso, como informan los medios de comunicación internacionales)
durante una situación de emergencia nacional. Otra permitiría al Presidente y a
la Asamblea Nacional crear provincias y distritos nuevos.
Algunas de esas medidas han
despertado oposición incluso entre los partidarios de Chávez. Si se aprueban,
será verosímilmente porque la mayoría de los electores confía en que Chávez y el
gobierno no abusarán de sus poderes.
Y no deja de tener su base
esa confianza: a comienzos del presente año, la Asamblea Nacional concedió por
18 meses a Chávez poder para pasar determinada legislación por vía de decreto
ejecutivo. Tertulianos y columnistas pusieron el grito en el cielo contra el
“gobierno a golpe de decreto” de Chávez; pero lo cierto es que ese poder apenas
se ha usado, salvo en el caso de las negociaciones con empresas transnacionales
extranjeras.
En cualquier caso, los
votantes decidirán, y lo harán en un contexto de una oposición mediática harto
más robusta que la existente en EEUU y en abierta campaña proselitista contra el
gobierno. Los venezolanos, a diferencia de los norteamericanos (o aun de los
británicos) en estos últimos años, no han visto menguadas sus libertades
civiles, y el ciudadano de a pie sigue teniendo más peso ante su gobierno y
participando más de su riqueza petrolífera que nunca antes en la historia de
Venezuela. Es dudoso que el referéndum vaya a invertir el sentido de esos
cambios, sea cual fuere el resultado.
Publicado en New Statesman el 22 de noviembre de
2007. Versión en español publicada en
Sin Permiso el 25 de noviembre de 2007. Traducido por Roc F. Nyerro. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
75 el 28 de noviembre de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |