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A. Gumucio es escritor y periodista boliviano.
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El diablo no sabe para quien
trabaja, dice el refrán. Parece que en el clima de confrontación y violencia que
vive nuestro país en este momento, la derecha se prepara para ocupar un espacio
en disputa que está lamentablemente desprotegido por la izquierda. De pronto, el
siempre ausente Tuto Quiroga aparece por todas partes. En río revuelto, ganancia
de pescadores, dice otro refrán. Así como el Embajador gringo Manuel Rocha
facilitó la victoria de Evo en las anteriores elecciones generales, ahora Evo
está allanando el camino para que el Niño de Praga (Quiroga) lo sustituya en el
gobierno en las próximas elecciones.
La torpeza de los operadores
políticos del MAS es digna de Ripley. En lugar de rescatar a sectores
progresistas como aliados, se enfrenta a ellos y se aísla. La habilidad del
gobierno para hacerse de enemigos es proverbial. El discurso de “todos los que
están en contra son derechistas y cachorros de la dictadura” es una estupidez
del tamaño de un avión, porque no discrimina los argumentos. Por ejemplo, uno
puede ser de izquierda y no estar de acuerdo en que Evo Morales quiera
reelegirse como presidente indefinidamente. Esa convicción sobre la
alternabilidad en el poder no hace a nadie derechista o reaccionario, porque uno
puede tener otras opciones de izquierda que no se llamen Evo Morales.
La personalización de la
política se mantiene como en las peores épocas del caudillismo. Con Evo Morales
o contra Evo Morales, no hay matices, no se admiten posiciones divergentes. El
autoritarismo con el que se trata de imponer esa consigna es inaceptable. En el
espectro político boliviano hay muchos matices, y la hegemonía de la izquierda
no la tiene, desde luego, Evo Morales. Ni siquiera tiene la hegemonía del
discurso indigenista, a juzgar por las apreciaciones que vierten sobre él otros
sectores indígenas que consideran que él ha usurpado ese discurso.
Son tantos los frentes que
se ha abierto el gobierno, que ya no tiene capacidad de manejarlos, por ello
acude a la confrontación que genera violencia y muerte. Lo triste de todo esto
es que un proceso en el que creímos ha sido desvirtuado, maltratado y
malversado. Las esperanzas de ver un cambio se reducen cada vez más por la suma
de actitudes beligerantes, autoritarias e irracionales del gobierno.
El discurso de Evo era un
discurso “cocalero”, nada más, y con la llegada al poder se fue transformando en
un discurso indigenista, nacionalista y hasta “socialista”. Pero todo eso es
solamente a nivel del discurso, porque hay una distancia enorme entre las
medidas concretas y el discurso demagógico y electoralista que todavía impera.
Evo sigue en campaña, por eso no logra gobernar.
Las palabras sirven para
confundir. Los discursos se adaptan caprichosamente al momento político. Desde
la perspectiva del gobierno, cuando la gente sale a la calle para protestar y
manifestar su oposición, son “turbas”, son “sediciosos”, son “violentos” pero si
salen para manifestar su apoyo son el “pueblo” activo y combativo. El gobierno
del MAS usa el mismo lenguaje que cualquier otro gobierno para descalificar a
sus enemigos, no muestra en ello la mínima originalidad.
El MAS está bebiendo de su
propia medicina, ahora siente el fuego de las manifestaciones públicas que tanto
alentó, organizó y propició cuando estaba en la oposición. Los enfrentamientos
en Sucre se parecen mucho a los hechos lamentables de Cochabamba que también
tuvieron un saldo de dos o tres muertos. Pero en aquella ocasión fue el MAS el
que propició la violencia, por lo tanto eso no era “malo”. El oportunismo con
que se pretende escribir la historia es lamentable. Lo que queda claro es que el
gobierno del MAS está rifándose una oportunidad única de hacer Historia, con
mayúscula, y solamente está haciendo anécdota.
Publicado en
Bolpress el 1º de diciembre de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
76 el 5 de diciembre de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos. |