|
 |
|
|
V. Palermo es sociólogo argentino.
¿Desea comentar
este texto? Si es así complete el formulario de comentarios -
seguir
...
|
|
|
|
 |
|
|
|
Nacido en 1895, Juan Perón ya no era joven en los albores del terremoto político
que llevaría su nombre, pero era ciertamente un hombre de su tiempo. Un tiempo
de culturas e ideologías nítidas y totalizantes, donde los hombres de orden,
entre los que Perón se contaba más que nadie, creían en los experimentos
sociales. Sin estos rasgos de época mal podría explicarse, no porqué surgió,
sino cómo fue el peronismo clásico.
Un hombre de orden: la implantación del orden consistía más en una cuestión de
autoridad que de ley. Las instituciones no eran, como se cree hoy, cuando las
ciencias sociales han dejado su marca en el sentido común, reglas abstractas que
definen incentivos para la acción, sino auténticos cuerpos sociales, con memoria
y mandatos (“a los 15 años mis padres me entregaron a la Patria”, evocará Perón
mucho después para referirse a su ingreso al Colegio Militar). Y el orden era
una misión, porque el desorden siempre golpeaba a la puerta y los valores
convocaban a una reparación posible y necesaria. Era preferible que ley y orden
fueran de la mano pero, si no era el caso –como no lo fue para el joven capitán
que acompañó, con lúcido contragusto y buen olfato político, el golpe de 1930–
el orden, encarnado en la autoridad, debía estar por encima de la ley. El
peronismo nunca abandonaría esta noción y sólo iría cambiando la fuente
legitimadora de la autoridad.
A veces los eslabones más sólidos de una cadena histórica son contingencias;
hubo mucho de azar en el naufragio del entendimiento entre los ex presidentes
Justo y Alvear enderezado a conferir al sistema político la legitimidad que
perdía raudamente a través de las grietas abiertas por la espada. Los hombres
que se formaban en el seno de las corporaciones en ascenso, juzgaban que las
instituciones liberales eran incapaces de enfrentar con éxito los urgentes
desafíos de la época. Paradójicamente, quienes apostaban todavía a una
recomposición del orden liberal debieron enfrentar las dificultades insalvables,
los dilemas y el activismo de esas mismas corporaciones. Por lo demás, si la
democracia representativa y la ideología liberal declinaban de modo definitivo
destinada, mientras la Iglesia terminaba de arrinconar a la oficialidad liberal
del Ejército, la después llamada década infame traía otras novedades:
también en el estado argentino, como en casi todo el mundo, se innovaba. La
creación exitosa de instituciones orientadas a expandir las capacidades
estatales en la esfera económica confirmaba las creencias en el papel rector de
un estado que debía mantenerse por encima de la sociedad para velar por ella.
Hombre de su tiempo, Perón fue capaz, no obstante, de inaugurar un mundo
político que, de un golpe, tornó anacrónicos a todos los políticos y la política
argentina. Perón le puso palabras perdurables a percepciones e impresiones
difusas que se habían ido configurando en vastos sectores sociales durante las
décadas previas. Perón no inventó conceptos, pero lo que dijo tuvo destinatarios
inéditos que, con asombrosa sencillez, se identificaron con sus palabras y las
escucharon como la verdad. “No me importan las palabras de los adversarios... Me
basta con la rectitud de mi proceder... Ello me permite aseverar, modestamente,
sencillamente... que soy demócrata en el doble sentido político y económico del
concepto, porque quiero que el pueblo, todo el pueblo... se gobierne a sí
mismo... Soy, pues, mucho más demócrata que mis adversarios, porque yo busco una
democracia real, mientras que ellos defienden una apariencia de democracia...
Por eso, cuando nuestros enemigos hablan de democracia, tienen en sus mentes la
idea de una democracia sentada en los actuales privilegios de clase... En
consecuencia, sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio
oligárquico-comunista, que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al
señor Braden...” (1946).
El espíritu antiliberal y antirrepublicano cultivado por sectores dirigentes
desde la hegemonía positivista hasta 1930 se encontraría con un lenguaje afín y
nuevo al mismo tiempo. Nuevo, incluso si se lo compara con la retórica
unanimista de Yrigoyen, para quien él y su movimiento eran todo uno con la
nación y la constitución nacional; con Perón, el núcleo en torno al cual giran
los componentes de la cultura política nacional es el pueblo. Esta mutación fue
posible en especial después de que, tras el golpe del 30, sucesivos regímenes
abandonaron el espíritu republicano y pervirtieron la sustancia democrática bajo
indigentes fachadas de estado de derecho y representación. En la misma dirección
en que soplaban los vientos del mundo, execraron los sistemas liberales y
representativos tanto quienes apostaban a suprimirlos para restaurar las
jerarquías, como quienes creían en el gobierno del pueblo tan firmemente como
eran escépticos frente a aquellos sistemas. En suma, el peronismo nació
visceralmente antiliberal y antirrepublicano, porque fue un auténtico producto
de la Argentina que sepultó al nacer. Desplazó al pasado y al campo del
enemigo a todo posible adversario.
Perón, alumno de su tiempo y en especial del activismo reaccionario, podía
concebirse como un innovador y a la vez como el perfeccionador del programa de
restauración que la Iglesia y el Ejército habían preparado a lo largo de los
lustros previos a 1943 como nuevo orden político y social. Tanto la Iglesia como
el Ejército reconocen las cosas de este modo. Lo que tenía este activismo de
movilizador e incorporador no alteró, hasta cierto punto, el equilibrio entre lo
que aquellas grandes instituciones rectoras estaban dispuestas a admitir y lo
muy lejos que Perón llegó para consolidar su experimento. Sacerdotes y militares
tardarían bastante en advertir que todo era de otra manera, y que la forma del
paraíso terrenal que Perón sostenía haber instituido, era una en la que el
alumno pretendía no sólo superar sino subordinar a sus maestros.
Perón creía en que el establecimiento de un orden justo que incorporara las
diversas expresiones sociales en la órbita de un estado bajo “una mano de hierro
dirigida por una inteligencia clara y guiada por un gran carácter”, y una serie
de principios simples, unánimes y verdaderos (los justicialistas). Poco sabemos
de cómo pensaba el problema del poder tras el paso de los titanes políticos,
porque nada dijo o escribió al respecto, pero cabe suponer que en la Gran
Argentina que nunca dejó de creer realizable, la tarea de la conducción iría a
ser más bien rutinaria. Aun avanzados los años 70, Perón evocaba “un estado
organizado para una comunidad perfectamente ordenada, para un pueblo
perfectamente ordenado también...el estado era el instrumento de ese pueblo,
cuya representación era efectiva”. Que esto se refiriera a un período siniestro
de la historia europea tiene menos consecuencias prácticas que el hecho mismo de
que creyera que eso era factible y necesario.
Perón no vio inconvenientes en que, en camino hacia el orden justo, los
trabajadores organizados se convirtieran en protagonistas más centrales que lo
inicialmente previsto. Pero este reconocimiento no lo convierte en prototipo del
pragmatismo vulgar en que muchos peronistas de hoy se mueven como pez en
el agua. Perón fue toda su vida un político de principios. El papel conspicuo de
los trabajadores fue una resultante, sobre todo, de la desconfianza de los
empresarios, que resolvieron considerar (con una muy comprensible dosis de
miopía política) que el verdadero peligro no residía en que la desatención de la
cuestión social trajera la revolución y el comunismo, sino en el propio Perón
que, agitando la revolución y el comunismo como muñecos de paja, parecía
resuelto a atenderla demasiado artificialmente y en su exclusivo beneficio.
Las deslumbrantes capacidades de liderazgo de Perón se pusieron en juego en ese
vertiginoso combate político, no al servicio de sus ambiciones personales y a
cualquier precio, sino más bien a favor de un proyecto político que sólo podía
apoyarse en una coalición bajo liderazgo plebiscitario. La pugna tuvo cauces
establecidos por los pliegues de la entonces poco conocida estructura social de
la Argentina, pliegues formados aceleradamente en los 15 años anteriores, que a
su vez sedimentaron procesos de larga data. Si las circunstancias hicieron de
Perón el conductor de un movimiento y un régimen cuya radicalidad social era
bastante más real que lo que él deseó y concibió entre 1943 y 1946, ello se debe
a las peculiaridades de las relaciones de producción y su infraestructura
político-estatal, legadas a una Argentina que se abría inevitablemente al
incógnito escenario internacional de posguerra y que debía dar cuenta, al mismo
tiempo, de los problemas de representación del régimen político y de
incorporación de nuevos grupos sociales. En extrema síntesis, esas
peculiaridades pueden ser descriptas del siguiente modo: explotación capitalista
desnuda sobre trabajadores que disfrutaban, no obstante, de salarios reales
entre los más altos del mundo.
Son conocidas las grandes líneas de los debates académicos sobre la continuidad
y la ruptura que significó el peronismo en relación con la Argentina anterior.
Una línea de ese debate se interroga sobre el alcance y la profundidad de los
poderes del estado en el mundo del trabajo, sea en sus dimensiones bismarckianas,
sea en la regulación de los conflictos de clase. En lo que atañe a este punto,
un brillante ejercicio comparativo reciente me autoriza a ser muy sucinto: en
materia de legislación social efectiva, Perón hizo en tres años lo que los
australianos hicieron en 50. La otra ruptura relevante es específicamente
identitaria. Hasta entonces, las interpelaciones partidarias orientadas a los
trabajadores no habían sido eficaces; Perón lanzará una enérgica interpelación
constituyente de sujetos políticos: trabajadores que, en su condición de tales,
tienen derechos a ser protagonistas; ese renacimiento identitario es político y
social al mismo tiempo. Colocar el foco, en esta cuestión, en el liderazgo,
puede confundir las cosas, si se enfatiza, en relación con esta dimensión
constitutiva (y no respecto de sus consecuencias ulteriores), los rasgos sean
paternalistas sean heterónomos en la relación líder-masas. En el vértigo de esa
interpelación, Perón era para los trabajadores, antes que nada, el primer
trabajador, uno de ellos. ¿Fuera de su mundo social? ¿Desde el ámbito
estatal? ¿Con las corporaciones a su espalda? ¿Apelando a las masas desde arriba
en un conflicto entre élites dirigentes? Todo esto, si se quiere, pero la brecha
que abría entonces era más importante como experiencia política. Sólo así puede
entenderse, por ejemplo, la intensidad del perfil laborista, la adhesión firme,
hasta el límite, de los dirigentes de ese perfil, y su tragedia posterior (v.g.
Gay, 1947). Sólo así los sectores populares podían sentir que Evita
personificara, más que un estado paternalista, indulgente y arbitrario, a ellos
mismos.
Es verdad que, tras las pinceladas finales, el cuadro mostraba, al descubrirse
del todo en febrero de 1946, algo que no se parecía exactamente a la nación
católica en armas prometida a los sacerdotes y a los centuriones. Pero ni unos
ni otros se tomaron las cosas a la tremenda. Hubieran preferido un orden
franquista, no un orden justicialista; mal podían disimular su simpatía cuando
jerarcas de la unidad de destino en lo universal visitaban la Argentina y,
estupefactos ante las concentraciones populares, comentaban –mintiendo– que
había sido precisamente contra esa ralea que se habían alzado en 1936.
Muchos sospecharon que en la Comunidad Organizada habrían perdido la tutela
sobre los destinos nacionales a manos de un caudillo cuya autoridad no dependía,
como la de Franco, de la Gracia para siempre alcanzada a sangre y fuego, sino de
las masas populares. Pero, recién cuando Perón se deslizó en la pendiente típica
del poder paranoico, el régimen comenzó a devorarse a sí mismo al morder partes
vitales de su propio cuerpo.
Es poco lo que podría explicarse, por caso, de los más desatinados movimientos
de Perón hacia las Fuerzas Armadas y la Iglesia buscando motivos en las
dificultades de la gestión macroeconómica y sus impactos sociales, así como poco
o nada podría encontrarse en aquellos impulsos irrefrenables que ayude a
entender las complicaciones de la economía. Si la observación tiene relevancia
en este ensayo, es porque permite sostener que el peronismo clásico estaba
logrando aprender aceptablemente a habérselas con los dilemas del proteccionismo
distributivo en el que circunstancias de larga data así como decisiones más
recientes habían metido a la Argentina.
No creo exagerado afirmar que el peronismo clásico quedó demasiado injustamente
asociado a la economía política del populismo, modo de gestión del que la
Argentina post-peronista conocería ilustraciones peores (como la del gobierno,
también peronista, de 1973-75). Esto puede sostenerse no sólo tomando en cuenta
el mundo de la inmediata post-guerra (autarquía española, experiencias de otras
post-guerras, el hambre reinante en Europa, las nuevas perspectivas bélicas, las
obvias dificultades para predecir la fenomenal prosperidad occidental desde
principios de los 50). Puede sostenerse también, y sobre todo, si se considera
la eficacia con que, quienes sucedieron a Miranda en el timón de la economía,
lograron capear los inevitables temporales del stop and go, y lo muy
lejos que el propio régimen había llegado en la comprensión de la caducidad de
los ideales autárquicos. Nada permite sospechar, en suma, que las tensiones que
se incubaban en el mundo de la producción llevaran inexorablemente a la
explosión del régimen, o que las dificultades que Perón estaba encontrando para
hacer tragar a su caballada parlamentaria el forraje de la apertura al capital
externo fueran insuperables.
Esto no significa, por supuesto, que la gestión peronista de la economía no
hubiera tenido que enfrentar en cualquier caso decisiones y circunstancias
penosas e insoslayables, precisamente porque la distribución peronista del
ingreso tenía que ceder. Significa, en cambio, que consumiendo el capital de
divisas y el tiempo de las fugaces circunstancias internacionales que habían
hecho posible un incremento del salario real de más del 60% hasta 1948, el
peronismo clásico había acumulado un capital político con el que podía contar.
Si primero de la mano de las circunstancias, y luego de la más activa del propio
Perón, Argentina había entrado en el atolladero del proteccionismo distributivo,
era imposible salir de allí retrocediendo, y se precisaba una enorme dosis de
energía política y estatal para avanzar en una transición dolorosa y prolongada.
Otro asunto es que Perón y su régimen resolvieran dilapidar aquel capital
político. La compulsión peronista por encontrar en las buenas y las malas
noticias, en los acontecimientos desfavorables y los favorables, ocasiones para
plasmar el ideal de una sociedad unánime, chocaría las más de las veces con las
consecuencias no deseadas, pero inexorables, de sus propios éxitos
indiscutibles. No puede decirse lo mismo en el caso de los afanes de proyección
internacional del régimen y reconocimiento continental de un papel rector para
la Argentina peronista, que se estrellaron contra los muros invisibles para las
ilusiones mesiánicas, pero demasiado reales, levantados por la consolidación del
poder estadounidense y la entendible suspicacia que una política de caudillo de
suburbio, presidida por una retórica de autoensalzamiento, despertó en los
vecinos, tanto mayor cuanto más próximos. De lo primero nos hablan, por caso,
las desventuras del coronel Domingo Mercante al frente de la provincia de Buenos
Aires, que gobernó con ingredientes de pluralismo y reconocimiento de la
legitimidad política de los no peronistas muy diferentes a los dominantes en la
esfera nacional y en el resto de las provincias. De lo segundo, la impotencia de
Atilio Bramuglia, primer canciller del gobierno peronista, cuyos competentes
esfuerzos no mellaron las convicciones de gran potencia que el justicialismo
abrigaba para sí y para la Argentina (abrevando, también en esto, en la
Argentina liberal). Que Mercante y Bramuglia tengan tan poco que ver con las
pasiones que llevaron más lejos al peronismo en el camino de su perdición y
hayan sido a la vez figuras centrales del período clásico, dice mucho de un
aspecto de la historia, de impotencia y dramas personales, aún poco conocido.
La iracundia del último tramo del peronismo clásico, compendiable en los
desatinos con los que Perón se perdió a sí mismo, muestra el vertiginoso
derrumbe de un régimen al que nada le faltaba para enfrentar, en el peor de los
casos, una penosa decadencia y, en el mejor, un transcurrir semejante al
plasmado por el PRI en México (la única objeción de sustancia a ello, debo
admitirlo, es el problema de la sucesión). No obstante, el derrumbe fue, por su
brevedad, su índole convulsiva, su vesanía popular, de crucial importancia para
la supervivencia posterior del peronismo. El final del peronismo clásico fue
catastrófico, pero sin esos rasgos Perón no podría haber reconstruido su
movimiento desde el ostracismo. Como si el espíritu de Evita hubiera vuelto para
electrizar a las masas populares desconcertadas e inyectar temeridad en un Perón
enceguecido por la cólera olímpica. Evita revivía para cobrar a los milicos y a
los curas la deuda de sangre inferida en agosto de 1951. Evita estaba presente
en el agudísimo cambio de rumbo en las relaciones con la Iglesia, tanto como en
la leña que Perón arrojaba a las hogueras populares que prometían arrasar con el
monopolio de la violencia legítima. Extremadamente significativo es al respecto
que la composición de las coaliciones antiperonistas del 45 y del 55 hayan sido
tan diferentes.
Las decisiones de Perón respecto de la Iglesia y los militares y el perfil del
último peronismo social anterior al golpe de setiembre de l955, me traen a la
memoria –analogía algo frívola– a Maurice Chevalier imitando a Sammy Davis Jr.
imitando a Maurice Chevalier. Fue el 5 x 1 del que, tres lustros después, la
Juventud Peronista completaría la rima. Insólitamente para muchos de sus
protagonistas, el peronismo que había aspirado a ser el fundamento del orden
nacional y la piedra angular de la comunidad organizada, se encontraba
presidiendo constitucionalmente multitudes enfurecidas que quemaban iglesias,
bibliotecas y clubes oligárquicos, mientras cuadros sindicales y barriales
discutían si formar o no milicias populares. Perón perdió la presidencia y lavó
su alma. La conspiración, la traición, la corrupción de los malos funcionarios
que habían abusado de un Perón demasiado bueno, se convirtieron en verdades
definitivas.
Fue en esa fase final cuando adquirieron singular relevancia algunos rasgos
básicos del peronismo clásico, precisamente aquellos tan inherentes como de casi
imposible compatibilidad con las aspiraciones de orden de sus componentes más
reaccionarios: la presencia de Evita, y su iridiscente carisma, devenido aún
antes de su muerte en ritualidad religiosa burocráticamente rutinizada pero,
sobre todo, en infiltración penetrante en la porosa religiosidad popular. El
punto de más clara tensión en el interior del peronismo como identidad, fuerza
política y régimen fue el Cabildo Abierto del 22 de agosto: ¿qué clase de
régimen constitucional era uno que dirimía la fórmula presidencial ganadora en
una pulseada entre las masas en la calle y los generales en los escritorios?. Y
se navegaba también con el mar de fondo de la batalla de la productividad, en la
que el gobierno estaba llevando las peores, ya que la autonomía “de clase” de
las masas dentro de una relación políticamente heterónoma se expresaba en el
mundo del trabajo que Perón pudo domeñar aún menos que las movilizaciones
populares. No sugirieron que los sinsabores de la puja distributiva condujeran
al colapso del régimen. Pero resulta claro que la rebeldía obrera dejó una marca
en la identidad peronista de vital importancia ulterior (tanto para resistir
como para significar al peronismo). Con este telón de fondo, la cerrilidad de
los gorilas no hizo más que refrendar todas las verdades, completando la
transformación estética del peronismo clásico y absolviéndolo de todos sus
pecados. Gracias a ello el peronismo, fracasado como régimen, alcanzó el milagro
de articular dos épocas, nacionales y mundiales, en cuyo transcurso fue
sorprendentemente capaz de cambiar según el contexto.
Desde 1955 hasta 1973 la historia peronista tanto como la argentina estuvieron
presididas por una cuestión clave y por los efectos, inesperados para casi
todos, del modo en que se resolvió. Perón subordinó definitivamente cualquier
otro propósito y fue consiguiendo que se subordinara toda la política nacional
al objetivo de reconstruir y consolidar su liderazgo, y hacerlo valer en el
único terreno para él concebible y en el que continuó creyéndose imbatible, el
voto popular. Salvo, quizás, durante el breve tramo de la presidencia de Lonardi
(tan carente de realismo en su propósito restaurador como dotado de sensatez en
lo que se refiere al modo de encarar a los peronistas), Perón jamás se consideró
(a diferencia de casi todos, peronistas o no, que sí lo consideraron) una baraja
fuera del mazo. Comprobó que Lonardi era expulsado por un conjunto de
energúmenos vengativos dispuestos a propinar a los peronistas la humillación más
exhaustiva. Perón sabía que contaba con un capital valioso, pero siempre
consideró el riesgo de que se le esfumara si no se entregaba plenamente a su
cuidado y en tiempos compatibles con su ciclo vital. Subordinó todos los otros
objetivos posibles a éste, que le pareció absolutamente prioritario. Perón no
podía, por ejemplo, ocuparse de crear condiciones mínimamente favorables a la
llegada de un gobierno con sustento popular; es más: entendía que no precisaba
hacerlo, sea porque se sentía el hombre del destino, sea porque creía que
una vez reconstruido su liderazgo, y revalidado en las urnas, con el estado de
nuevo en sus manos, iba a resolver todos los problemas a los que hubiera
contribuido por el camino.
Entre estos problemas, uno de los principales era, precisamente, evitar el
surgimiento de cualquier figura con proyecciones de autonomía e independencia
político-electoral, mediante una vasta y sistemática tarea de destrucción.
Podía, en las aguas turbulentas de su movimiento, tolerar sindicalistas,
centuriones, intelectuales, cuadros armados, financistas de la política, pero no
políticos peronistas con votos. Los ejemplos más claros al respecto son
Bramuglia y Vandor, cuyo dilema era insoluble, porque no tenían modo de hacer
transacciones con el régimen, indispensables para proyectarse
políticamente y afianzar bases electorales peronistas, que más temprano que
tarde no fueran fulminadas por el anatema de Perón. Sobre todo porque el
régimen, con la parcial excepción del período 63-66, se mostraría
indeciblemente incompetente en la gestión de esas transacciones.
Si hay algo que resulta a la vez chocante y enteramente comprensible, es la
ceguera política e intelectual que, casi sin excepciones, afectó a los
argentinos en lo que se refiere al poder de fuego de Juan Perón después de 1955.
El peronismo pasó a ser el sueño y la pesadilla, el objeto de la reflexión más y
más compulsiva; los peronistas, un riquísimo botín al alcance de la mano. Pero
la atención que se deparó a un presidente depuesto y exiliado entrando en su
ancianidad fue naturalmente muy escasa, por no decir nula. Basta recordar las
torpes disquisiciones de Julio Irazusta en un elegante ensayo redactado en 1956
–la única explicación plausible del absurdo era la codicia sin freno–, o
las de Emilio Hardoy que adjetivaba, con corrección política de época, la sangre
mestiza de Perón como la de un araucano falso, flojo y codicioso. Era fácil
equivocarse si se toma en cuenta que la política latinoamericana estaba llena de
caudillos, dictadores y tiranos de toda laya, y muy pocos habían conseguido
revertir el jaque mate cívico-militar y casi todos habían dado muestras de que
sus pasiones por el poder se explicaban en arreglo a motivos que dejaban luego
poco margen al coraje moral y al vigor necesarios para cruzar el desierto.
Quizás Perón no tuvo tiempo para hacernos recordar la máxima de Lord Acton sobre
los estragos del poder absoluto (Evita murió en 1952 y la decadencia y la
corrupción aceleradas fueron frenadas en seco en 1955). Quizás la mirada del
ensayo intelectual argentino hubiera estado mejor inspirada con menos Germani y
más Carlyle. Y quizás no se recordó que Yrigoyen, que sin duda contaba con la
misma fibra, tenía 78 años y una salud quebrantada cuando fue expulsado de la
presidencia.
Desde 1955 asimismo tuvo lugar una colosal batalla cultural: la puja por las
interpretaciones sobre y por lo tanto también para el peronismo. Inútil es decir
que en esa batalla el espíritu de la Libertadora perdió la partida de antemano.
Desde su caída, había desaparecido el monopolio de la enunciación de relatos
sobre el peronismo del que había gozado prácticamente sin contestación alguna el
propio Perón. Y florecieron las más variadas interpretaciones y relatos de
crucial relevancia política, porque en ellos se jugaba la suerte del propósito
de Perón de reconstituir su liderazgo. En paralelo y combinado con esta tarea
tiene lugar, precisamente, un asombroso proceso de reinvención del peronismo.
El peronismo no fue cosa de intelectuales que, ciertamente, tuvieron escasísima
intervención directa en cualquier proceso que haya contribuido a definir la
identidad peronista antes de 1955. Acostumbrados como estamos al anacronismo de
observar el peronismo desde nuestros días, la reinvención pasa desapercibida;
pero si cambiamos la perspectiva, mirándolo desde sus orígenes y sus esencias
como peronismo clásico, se trata de una mutación espectacular. Después de 1955,
el peronismo se reinventó a sí mismo y, esta vez sí, tomaron parte intelectuales
provenientes de una izquierda a la deriva en busca de sus objetos del deseo: la
clase trabajadora y la nación antiimperialista. Se resignificaron componentes
del peronismo clásico a los que ya me he referido, como Evita, la imbatibilidad
del sindicalismo de planta y de base contra el sindicalismo obediente y hasta
contra el propio régimen (sin negar a Perón como líder), la fase virulenta final
(con las milicias obreras como una posibilidad real). En su reinvención, en la
historia revisada, dimensiones fundamentales de la formación del peronismo y de
su identidad, como la Iglesia y las Fuerzas Armadas, pasaron a un plano muy
secundario, y otras cobraron nueva luz. El peronismo como orden justo y estable,
cuyos enemigos son apenas unos pocos malos argentinos, deja lugar al peronismo
como redención revolucionaria.
Ya recordamos que, entre las invectivas que Perón había dirigido regularmente
como presidente de todos los argentinos a una oposición calificada de
canallesca, estaba la de fingir defender la democracia. Ante los peronistas,
pero no menos que ante muchos que todavía no lo eran e incluso habían
despreciado ese régimen agobiante, nada parecía ahora más convincente que
aquella imputación de falsedad y cinismo. Los gorilas no inventaron la
proscripción pero, ahora, era la fuerza política que la había sufrido en los
años 30 una de las que más se aferraba a ella (excepción hecha de corrientes que
sólo fueron dominantes en el partido radical cuando limaron su intransigencia).
Los antiperonistas se habían metido en un lodazal político en el que se
enterraban cada vez más. Todos daban por hecho que habían recuperado el centro
de la escena para presidir una inexorable desperonización de las masas y
beneficiarse de su disponibilidad. Y habían expulsado a Perón en nombre de la
democracia, negando a los peronistas, por no ser democráticos, el derecho a ser
votados, aunque no podían impedir que votaran. Mientras que los peronistas no
exigían otra cosa que poder votar en paz y libremente. Todo esto es más
asombroso cuando se advierte que, si el fugaz pero potentísimo ímpetu
libertador, en vez de consumirse en gestiones que sólo podían desnudar sus
contradicciones, hubiera sido empleado en el corto plazo en una elección
polarizada, los peronistas probablemente habrían sido derrotados.
Los herederos del 55 se hundían así en el lodazal mientras se asestaban golpes
unos a otros, ya que nada los unía, ni sus preferencias en política, ni sus
opciones normativas. Democráticos devenidos dictadores supuestamente
provisionales, todos, militares y civiles, tenían agarrado por la cola al tigre
de la legitimidad. Pero el formidable problema de dotar al régimen político
postperonista de una fuente de legitimidad se haría cruelmente manifiesto, antes
que nada, en los desempeños en un campo insoslayable: el gobierno de la economía
de una sociedad conflictiva, legado del peronismo clásico, que (como vimos)
Perón había empezado penosamente a aprender cómo administrar.
Si el peronismo había llevado demasiado lejos el modelo de proteccionismo
distributivo enredando a la economía argentina en conflictos que le hacían
imposible adaptarse y aprovechar el renacimiento comercial internacional inédito
que en la inmediata posguerra muy pocos esperaban, ahora, la caída de los
insostenibles salarios peronistas podía ser paladinamente imputada a la
naturaleza antipopular y antinacional de los gobiernos postperonistas.
La Argentina había entrado en su callejón. La gestión de gobierno se convirtió
en un juego de factores incontrolables –como explicaba Jauretche citando el
dicho campero, “la bota’e potro no es pa’todos”. El poder de fuego del
sindicalismo peronista era tal que tanto los militares como los empresarios
encontraron más económico adaptarse a él, sea cediéndoles gigantescas porciones
del tinglado corporativo, sea dejándolos venir en cada réplica militante
a las caídas salariales, sin ignorar que las implacables crisis externas
cerraban una mano del juego distributivo al tiempo que abrían la siguiente. La
otra cara de los naipes mostraba invariablemente un régimen político desfondado
en su legitimidad.
Decir hoy que todo esto conduciría derechito a la militarización de la política
es tan fácil como tramposo, porque antes de recorrer los tramos más sangrientos
de este callejón, hubo quienes tuvieron soluciones imaginativas, o razonables. Y
no puede pasar desapercibido que todas ellas contaron con peronistas.
Uno de esos sensatos intentos políticos fue encabezado por el gobierno radical
de Arturo Illia, y tuvo un inesperado aliado táctico en el Lobo Vandor, resuelto
a darle batalla al general en el único terreno en el que Perón no lo admitía. El
general le partió el espinazo a este proyecto en las elecciones mendocinas –a
las que envió a su tercera esposa, en un viaje tan fatídico por el éxito de la
intervención como por el hecho de que Isabel conociera y reclutara para el
servicio en Puerta de Hierro a José López Rega. Cuando hablaron los votos
mendocinos, la suerte del gobierno y del proyecto civil quedó sellada (aunque no
la del dirigente metalúrgico), dando paso a la estulticia de Onganía, que creía
que la Argentina del 66 era más o menos como Brasil y que se podía aplastar con
la bota el rostro de la política durante el tiempo necesario para que el país se
desarrollara a marchas forzadas. Perón, una vez más, estaba en lo cierto: el
problema argentino era político, no económico. Se lo enseñaron (inútilmente) a
Onganía pocos años después, en Córdoba, los obreros mejor pagos del país,
aunados a estudiantes y a militantes de toda condición.
La violencia que respondía a raíces eminentemente domésticas era, por otro lado,
percibida por más y más jóvenes como un viento mundial que empujaba gratas
esperanzas. Para quienes abrazamos la política en aquel entonces, la violencia
no era un problema político; era constitutiva de la vida social, impensable sin
ella, y no parte del problema sino de la solución. Más aún, era la solución.
Quizás hubiera motivos de sobra para percibirlo así y no era Perón quien lo
negara. Antes, mucho antes de su bien conocida bendición a las organizaciones
especiales, Perón nos interpeló con expresiones del siguiente tenor: “Es
fundamental que nuestros jóvenes comprendan y tengan siempre presente que es
imposible la existencia pacífica entre las clases oprimidas y opresoras... la
tarea fundamental es triunfar sobre los explotadores, aun si ellos están
infiltrados en nuestro propio movimiento político...” (Mensaje a la juventud de
octubre de 1965). Así, legitimación de la violencia política y la creación de
una nueva categoría política doméstica, la juventud, vinieron de la mano.
Pero fue una opción de encrucijada, donde se tomaron caminos que descartaban
definitivamente algunos escenarios de llegada que antes de la decisión todavía
eran posibles. Ni a Perón ni a muchos dentro del peronismo y en sus márgenes
parecía preocuparles que la militarización de la política condujera al
arrasamiento de la política por las armas, y que de ese modo cualquier futuro
régimen democrático sería tan precario como un castillo de naipes. Perón
presidió la parte sustancial que le tocó de esa guerra civil larvada declarando,
impávido, que su superioridad estribaba en haber sabido manejar mejor que sus
enemigos el desorden.
Así lo parecía en el punto culminante de su primer regreso a la Argentina. El
abrazo Perón-Balbín tenía mucho más de auténtica legitimación recíproca de
identidades políticas, de profundo reconocimiento personal, que de atenciones
pour la galerie. No obstante, todavía en mayo de 1973, el otro peronismo,
tan vivo como siempre, hablaría por la boca del flamante presidente Cámpora en
su mensaje al Congreso de la Nación: “La intriga que comenzó al día siguiente
del triunfo popular del 46, logró sus designios al cabo de nueve años y truncó
una revolución incruenta que trajo la felicidad para nuestro pueblo y cimentó
las bases de la grandeza nacional”. Tras ello, en 1955 “comienza la sistemática
destrucción de una comunidad organizada [y] todos los sectores sociales padecen
sus consecuencias...”. Esta atribución del mal inconmensurable a un sujeto
tácito era apenas ligeramente diferente a la del Perón clásico cuando hablaba de
sus opositores: “faltaría a elementales deberes si no me dirigiese a todos los
argentinos para atajar la campaña... de la que no sería yo la víctima... sino la
totalidad de la nación cuyos supremos intereses defiendo...”. Cámpora no
precisaba fijar torvamente los blancos como Perón, en 1947, lo había hecho
pedagógicamente: “se han coaligado la vieja política, la prensa netamente
capitalista, un sector considerable del capitalismo, los enemigos que en el
exterior mantienen ideales extremistas de izquierda o de derecha, y los enemigos
que en el interior sirven tales doctrinas foráneas...”.
Pero la historia se vengó del peronismo, porque lo colocó en el lugar y momento
indicados para que esta vez presidiera la peor explosión hasta entonces conocida
de la economía argentina, dejándolo al desnudo, esto es, tal cual efectivamente
era entonces, un ejército victorioso y un movimiento pavorosamente desprovisto
de toda capacidad de mediación tanto política como estatal. La crisis de 1975
abrió por primera vez desde 1955 una (siniestra) fuente de legitimidad para
salir del bloqueo político-social, que fue tan enérgica como desastradamente
empleada por la coalición militar y civil de la nueva dictadura. El peronismo,
luego de estar, durante la fase del terror estatal, de ambos lados de la
picana (“pertenecemos al mismo movimiento”, le decía con más amargura que
sorna su carcelero a una presa política), resultó ser para los dictadores la
obsesión que eclipsó todas las otras: el genio a destruir y a conjurar al mismo
tiempo. Consiguió sobrevivir al vapuleo, pero salió de él más deteriorado que
nunca.
En el nuevo regreso al orden constitucional, los peronistas, en su inmensa
mayoría, se avinieron, satisfechos y resignados, a aceptar que la democracia
siguiera siendo básicamente un juego corporativo con condimentos plebiscitarios.
Esto a pesar de que nadie podía ignorar las rupturas inéditas del terror
estatal, la descomunal desarticulación de la economía y el estado, y la guerra
de Malvinas. Como se sabe, Alfonsín se atrevió a protagonizar, y hasta
personificar, un registro completamente diferente de la cuestión democrática,
que tuvo un comienzo triunfal. Lo sorprendente, otra vez, es la rapidez con la
que se adaptó ese mismo peronismo a un cambio de circunstancias políticas que lo
había pillado fuera de cuadro. Acaso la adaptación fue demasiado rápida,
mostrando que por debajo de las aguas revueltas de la transición democrática se
movían corrientes más lentas pero más duraderas. Indiscutiblemente la renovación
fue mucho más que una mutación cosmética; pero su victoria electoral en 1987(a
un tiempo sobre el resto del peronismo y sobre la Unión Cívica Radical) le
permitió avizorar un camino hacia el gobierno mucho más corto que el que los
primeros renovadores, y ciertamente los radicales, estimaban concebible hasta
entonces para el peronismo.
La totalidad del peronismo se cobijó sin ceremonias bajo el paraguas renovador,
que ahora prometía la victoria, y la ligereza del proceso hizo posible que fuera
menos doloroso, pero también mucho menos profundo, el impacto de la derrota de
1983 –los peronistas no terminaron de entender por completo que la
invencibilidad del movimiento en las urnas no era un parámetro de la nueva
democracia argentina, y sobre todo no terminaron de digerir que en esa
democracia pudiera caberle al peronismo otro lugar natural como no fueran
las sedes de los ejecutivos federales, provinciales y municipales. Después de
todo, la distinción entre peronismo, pueblo y nación no cristalizó
definitivamente. No en vano quien recogería, al cabo, los frutos de la
renovación, sería un renovador a su modo muy auténtico, Carlos Menem, quien, en
la tarea de volver a poner al peronismo, renovadamente aglutinado, en el
gobierno nacional, no dejó todo al cuidado de la diosa Fortuna. La dosis de
responsabilidad política que se puede cargar a este peronismo renovado en el
catastrófico final del gobierno de Alfonsín –que salió de la Casa Rosada
escupiendo sangre, como expresaron complacidos quienes se disponían a entrar
en ella– va mucho más allá del límite que define a una oposición leal.
Como capítulo de la historia peronista, los años de Menem merecen ser abordados
desde su epílogo: nada tiene de inaudito que el peronismo haya podido
desentenderse tan convincentemente de esa suerte de lepra política en la que hoy
se ha convertido el menemismo para casi todos los argentinos. Me gustaría
recordar al senador Eduardo Menem explicando, a la hora de justificar la
negativa de su bloque a los proyectos de privatización del gobierno radical, que
el peronismo jamás aceptaría poner bandera de remate a la soberanía nacional
y, pocos años después, a los diputados justicialistas cantando a voz en cuello
la marcha peronista (sin omitir, desde luego, los motivos por los cuales el
general se habría sabido conquistar a la gran masa del pueblo) al celebrar la
trabajosa aprobación de la privatización de YPF. Quizás el lector piense que
apelo a un recurso facilón para poner en ridículo a los peronistas y meter el
dedo en la llaga de sus incongruencias. Todo lo contrario: no encuentro en las
gestiones presidenciales del caudillo riojano, desde el principio al fin, cosa
que no pueda ser considerada inherente al peronismo verdadero. De hecho,
los peronistas solo pueden tomar admisible distancia de los años de Menem en
virtud de un fuerte implícito: por sus frutos los conoceréis. Del mismo modo en
que el mal jamás es capaz de producir el bien (como seguramente pensaba
Maquiavelo antes de cumplir 7 años), detrás de malos resultados no puede haber
jamás buenos peronistas. Este mecanismo por el cual los peronistas son tan
perfectamente convincentes vendiendo un día su alma al diablo como arrimando al
día siguiente la tea a la hoguera de los herejes, nada tiene de nuevo en la
historia del movimiento. No obstante, deducir de ello que el peronismo siempre
fue la fuerza política emblemática de la Realpolitik en su sentido más
crudo no sería justo; como he señalado ya, Perón jamás abandonó la vocación
política weberiana de ofrecer algo al mundo. Conjeturo que observaría con
desdén los afanes prosaicos que equiparan a los variopintos clanes peronistas de
hoy.
Como sea, si el peronismo pudo persistir, de generación en generación, no es
solamente en virtud de la ley universal que nos dice que mantener una identidad
es más fácil que crearla, y más fácil aún que extinguirla. Es, en particular,
por otras dos cosas. Primero, porque el peronismo siempre tuvo extrema habilidad
para avanzar en la tierra social arrasada por los desastres en los que él mismo
hizo una contribución nada despreciable; y, segundo, porque si el peronismo se
demostró hasta ahora de amianto en relación al efecto incendiario de sus propias
gestiones, es porque sus relatos continuaron siendo los más verosímiles en el
seno del pueblo, embebidos de la heterogénea cultura política argentina
contemporánea. Por cierto, uno de los mejores ejemplos al respecto es la
absorción que el peronismo fue capaz de hacer, una vez expulsado del poder en
1955, del revisionismo histórico, sobre todo si se toma en cuenta la buena salud
que, traducido a los códigos mediáticos, disfruta todavía hoy.
Es posible que tras las reformas presididas por Menem, y la crisis de 2001-2002,
la Argentina peronista haya dejado de agonizar para morirse de una buena vez.
Más seguro es que el peronismo ha sobrevivido –maltrecho, descompuesto y
desarticulado, pero vivo– a la extinción de su Argentina. No solo eso; de
momento, y sin que nada sugiera que esto vaya a cambiar en plazos previsibles,
los no peronistas la miramos de afuera: la suerte colectiva de la
Argentina post-peronista sigue dependiendo de los aciertos y los desaciertos de
los que los peronistas sean capaces. [1]
Nota:
[1] Entre las contribuciones que he recordado al escribir este ensayo, sin
pretender, desde luego, hacer responsables a sus autores del modo en que las he
recordado y empleado aquí, se cuentan las de Carlos Altamirano, Emilio de Ipola,
Pablo Gerchunoff, Tulio Halperin Donghi, Federico Neiburg, José Paradiso,
Mariano Plotkin, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Ricardo Sidicaro, Juan
Sourrouille, Juan Carlos Torre, Loris Zanatta, a quienes no puedo menos que
pedirles sinceras disculpas.
El presente artículo es la sexta
parte de la serie de "El juicio del siglo" publicado en Punto
de Vista Nº 89 en diciembre
de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 84 el 13 de febrero de
2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |