Peripecias Nº 84 - 13 de febrero de 2008

POLÍTICA

 

Argentina

 

El siglo peronista

 

Vicente Palermo

 

 

V. Palermo es sociólogo argentino.

 

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Nacido en 1895, Juan Perón ya no era joven en los albores del terremoto político que llevaría su nombre, pero era ciertamente un hombre de su tiempo. Un tiempo de culturas e ideologías nítidas y totalizantes, donde los hombres de orden, entre los que Perón se contaba más que nadie, creían en los experimentos sociales. Sin estos rasgos de época mal podría explicarse, no porqué surgió, sino cómo fue el peronismo clásico.

 

Un hombre de orden: la implantación del orden consistía más en una cuestión de autoridad que de ley. Las instituciones no eran, como se cree hoy, cuando las ciencias sociales han dejado su marca en el sentido común, reglas abstractas que definen incentivos para la acción, sino auténticos cuerpos sociales, con memoria y mandatos (“a los 15 años mis padres me entregaron a la Patria”, evocará Perón mucho después para referirse a su ingreso al Colegio Militar). Y el orden era una misión, porque el desorden siempre golpeaba a la puerta y los valores convocaban a una reparación posible y necesaria. Era preferible que ley y orden fueran de la mano pero, si no era el caso –como no lo fue para el joven capitán que acompañó, con lúcido contragusto y buen olfato político, el golpe de 1930– el orden, encarnado en la autoridad, debía estar por encima de la ley. El peronismo nunca abandonaría esta noción y sólo iría cambiando la fuente legitimadora de la autoridad.

 

A veces los eslabones más sólidos de una cadena histórica son contingencias; hubo mucho de azar en el naufragio del entendimiento entre los ex presidentes Justo y Alvear enderezado a conferir al sistema político la legitimidad que perdía raudamente a través de las grietas abiertas por la espada. Los hombres que se formaban en el seno de las corporaciones en ascenso, juzgaban que las instituciones liberales eran incapaces de enfrentar con éxito los urgentes desafíos de la época. Paradójicamente, quienes apostaban todavía a una recomposición del orden liberal debieron enfrentar las dificultades insalvables, los dilemas y el activismo de esas mismas corporaciones. Por lo demás, si la democracia representativa y la ideología liberal declinaban de modo definitivo destinada, mientras la Iglesia terminaba de arrinconar a la oficialidad liberal del Ejército, la después llamada década infame traía otras novedades: también en el estado argentino, como en casi todo el mundo, se innovaba. La creación exitosa de instituciones orientadas a expandir las capacidades estatales en la esfera económica confirmaba las creencias en el papel rector de un estado que debía mantenerse por encima de la sociedad para velar por ella.

 

Hombre de su tiempo, Perón fue capaz, no obstante, de inaugurar un mundo político que, de un golpe, tornó anacrónicos a todos los políticos y la política argentina. Perón le puso palabras perdurables a percepciones e impresiones difusas que se habían ido configurando en vastos sectores sociales durante las décadas previas. Perón no inventó conceptos, pero lo que dijo tuvo destinatarios inéditos que, con asombrosa sencillez, se identificaron con sus palabras y las escucharon como la verdad. “No me importan las palabras de los adversarios... Me basta con la rectitud de mi proceder... Ello me permite aseverar, modestamente, sencillamente... que soy demócrata en el doble sentido político y económico del concepto, porque quiero que el pueblo, todo el pueblo... se gobierne a sí mismo... Soy, pues, mucho más demócrata que mis adversarios, porque yo busco una democracia real, mientras que ellos defienden una apariencia de democracia... Por eso, cuando nuestros enemigos hablan de democracia, tienen en sus mentes la idea de una democracia sentada en los actuales privilegios de clase... En consecuencia, sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al señor Braden...” (1946).

 

El espíritu antiliberal y antirrepublicano cultivado por sectores dirigentes desde la hegemonía positivista hasta 1930 se encontraría con un lenguaje afín y nuevo al mismo tiempo. Nuevo, incluso si se lo compara con la retórica unanimista de Yrigoyen, para quien él y su movimiento eran todo uno con la nación y la constitución nacional; con Perón, el núcleo en torno al cual giran los componentes de la cultura política nacional es el pueblo. Esta mutación fue posible en especial después de que, tras el golpe del 30, sucesivos regímenes abandonaron el espíritu republicano y pervirtieron la sustancia democrática bajo indigentes fachadas de estado de derecho y representación. En la misma dirección en que soplaban los vientos del mundo, execraron los sistemas liberales y representativos tanto quienes apostaban a suprimirlos para restaurar las jerarquías, como quienes creían en el gobierno del pueblo tan firmemente como eran escépticos frente a aquellos sistemas. En suma, el peronismo nació visceralmente antiliberal y antirrepublicano, porque fue un auténtico producto de la Argentina que sepultó al nacer. Desplazó al pasado y al campo del enemigo a todo posible adversario.

 

Perón, alumno de su tiempo y en especial del activismo reaccionario, podía concebirse como un innovador y a la vez como el perfeccionador del programa de restauración que la Iglesia y el Ejército habían preparado a lo largo de los lustros previos a 1943 como nuevo orden político y social. Tanto la Iglesia como el Ejército reconocen las cosas de este modo. Lo que tenía este activismo de movilizador e incorporador no alteró, hasta cierto punto, el equilibrio entre lo que aquellas grandes instituciones rectoras estaban dispuestas a admitir y lo muy lejos que Perón llegó para consolidar su experimento. Sacerdotes y militares tardarían bastante en advertir que todo era de otra manera, y que la forma del paraíso terrenal que Perón sostenía haber instituido, era una en la que el alumno pretendía no sólo superar sino subordinar a sus maestros.

 

Perón creía en que el establecimiento de un orden justo que incorporara las diversas expresiones sociales en la órbita de un estado bajo “una mano de hierro dirigida por una inteligencia clara y guiada por un gran carácter”, y una serie de principios simples, unánimes y verdaderos (los justicialistas). Poco sabemos de cómo pensaba el problema del poder tras el paso de los titanes políticos, porque nada dijo o escribió al respecto, pero cabe suponer que en la Gran Argentina que nunca dejó de creer realizable, la tarea de la conducción iría a ser más bien rutinaria. Aun avanzados los años 70, Perón evocaba “un estado organizado para una comunidad perfectamente ordenada, para un pueblo perfectamente ordenado también...el estado era el instrumento de ese pueblo, cuya representación era efectiva”. Que esto se refiriera a un período siniestro de la historia europea tiene menos consecuencias prácticas que el hecho mismo de que creyera que eso era factible y necesario.

Perón no vio inconvenientes en que, en camino hacia el orden justo, los trabajadores organizados se convirtieran en protagonistas más centrales que lo inicialmente previsto. Pero este reconocimiento no lo convierte en prototipo del pragmatismo vulgar en que muchos peronistas de hoy se mueven como pez en el agua. Perón fue toda su vida un político de principios. El papel conspicuo de los trabajadores fue una resultante, sobre todo, de la desconfianza de los empresarios, que resolvieron considerar (con una muy comprensible dosis de miopía política) que el verdadero peligro no residía en que la desatención de la cuestión social trajera la revolución y el comunismo, sino en el propio Perón que, agitando la revolución y el comunismo como muñecos de paja, parecía resuelto a atenderla demasiado artificialmente y en su exclusivo beneficio.

Las deslumbrantes capacidades de liderazgo de Perón se pusieron en juego en ese vertiginoso combate político, no al servicio de sus ambiciones personales y a cualquier precio, sino más bien a favor de un proyecto político que sólo podía apoyarse en una coalición bajo liderazgo plebiscitario. La pugna tuvo cauces establecidos por los pliegues de la entonces poco conocida estructura social de la Argentina, pliegues formados aceleradamente en los 15 años anteriores, que a su vez sedimentaron procesos de larga data. Si las circunstancias hicieron de Perón el conductor de un movimiento y un régimen cuya radicalidad social era bastante más real que lo que él deseó y concibió entre 1943 y 1946, ello se debe a las peculiaridades de las relaciones de producción y su infraestructura político-estatal, legadas a una Argentina que se abría inevitablemente al incógnito escenario internacional de posguerra y que debía dar cuenta, al mismo tiempo, de los problemas de representación del régimen político y de incorporación de nuevos grupos sociales. En extrema síntesis, esas peculiaridades pueden ser descriptas del siguiente modo: explotación capitalista desnuda sobre trabajadores que disfrutaban, no obstante, de salarios reales entre los más altos del mundo.

Son conocidas las grandes líneas de los debates académicos sobre la continuidad y la ruptura que significó el peronismo en relación con la Argentina anterior. Una línea de ese debate se interroga sobre el alcance y la profundidad de los poderes del estado en el mundo del trabajo, sea en sus dimensiones bismarckianas, sea en la regulación de los conflictos de clase. En lo que atañe a este punto, un brillante ejercicio comparativo reciente me autoriza a ser muy sucinto: en materia de legislación social efectiva, Perón hizo en tres años lo que los australianos hicieron en 50. La otra ruptura relevante es específicamente identitaria. Hasta entonces, las interpelaciones partidarias orientadas a los trabajadores no habían sido eficaces; Perón lanzará una enérgica interpelación constituyente de sujetos políticos: trabajadores que, en su condición de tales, tienen derechos a ser protagonistas; ese renacimiento identitario es político y social al mismo tiempo. Colocar el foco, en esta cuestión, en el liderazgo, puede confundir las cosas, si se enfatiza, en relación con esta dimensión constitutiva (y no respecto de sus consecuencias ulteriores), los rasgos sean paternalistas sean heterónomos en la relación líder-masas. En el vértigo de esa interpelación, Perón era para los trabajadores, antes que nada, el primer trabajador, uno de ellos. ¿Fuera de su mundo social? ¿Desde el ámbito estatal? ¿Con las corporaciones a su espalda? ¿Apelando a las masas desde arriba en un conflicto entre élites dirigentes? Todo esto, si se quiere, pero la brecha que abría entonces era más importante como experiencia política. Sólo así puede entenderse, por ejemplo, la intensidad del perfil laborista, la adhesión firme, hasta el límite, de los dirigentes de ese perfil, y su tragedia posterior (v.g. Gay, 1947). Sólo así los sectores populares podían sentir que Evita personificara, más que un estado paternalista, indulgente y arbitrario, a ellos mismos.

 

Es verdad que, tras las pinceladas finales, el cuadro mostraba, al descubrirse del todo en febrero de 1946, algo que no se parecía exactamente a la nación católica en armas prometida a los sacerdotes y a los centuriones. Pero ni unos ni otros se tomaron las cosas a la tremenda. Hubieran preferido un orden franquista, no un orden justicialista; mal podían disimular su simpatía cuando jerarcas de la unidad de destino en lo universal visitaban la Argentina y, estupefactos ante las concentraciones populares, comentaban –mintiendo– que había sido precisamente contra esa ralea que se habían alzado en 1936.

 

Muchos sospecharon que en la Comunidad Organizada habrían perdido la tutela sobre los destinos nacionales a manos de un caudillo cuya autoridad no dependía, como la de Franco, de la Gracia para siempre alcanzada a sangre y fuego, sino de las masas populares. Pero, recién cuando Perón se deslizó en la pendiente típica del poder paranoico, el régimen comenzó a devorarse a sí mismo al morder partes vitales de su propio cuerpo.

 

Es poco lo que podría explicarse, por caso, de los más desatinados movimientos de Perón hacia las Fuerzas Armadas y la Iglesia buscando motivos en las dificultades de la gestión macroeconómica y sus impactos sociales, así como poco o nada podría encontrarse en aquellos impulsos irrefrenables que ayude a entender las complicaciones de la economía. Si la observación tiene relevancia en este ensayo, es porque permite sostener que el peronismo clásico estaba logrando aprender aceptablemente a habérselas con los dilemas del proteccionismo distributivo en el que circunstancias de larga data así como decisiones más recientes habían metido a la Argentina.

 

No creo exagerado afirmar que el peronismo clásico quedó demasiado injustamente asociado a la economía política del populismo, modo de gestión del que la Argentina post-peronista conocería ilustraciones peores (como la del gobierno, también peronista, de 1973-75). Esto puede sostenerse no sólo tomando en cuenta el mundo de la inmediata post-guerra (autarquía española, experiencias de otras post-guerras, el hambre reinante en Europa, las nuevas perspectivas bélicas, las obvias dificultades para predecir la fenomenal prosperidad occidental desde principios de los 50). Puede sostenerse también, y sobre todo, si se considera la eficacia con que, quienes sucedieron a Miranda en el timón de la economía, lograron capear los inevitables temporales del stop and go, y lo muy lejos que el propio régimen había llegado en la comprensión de la caducidad de los ideales autárquicos. Nada permite sospechar, en suma, que las tensiones que se incubaban en el mundo de la producción llevaran inexorablemente a la explosión del régimen, o que las dificultades que Perón estaba encontrando para hacer tragar a su caballada parlamentaria el forraje de la apertura al capital externo fueran insuperables.

 

Esto no significa, por supuesto, que la gestión peronista de la economía no hubiera tenido que enfrentar en cualquier caso decisiones y circunstancias penosas e insoslayables, precisamente porque la distribución peronista del ingreso tenía que ceder. Significa, en cambio, que consumiendo el capital de divisas y el tiempo de las fugaces circunstancias internacionales que habían hecho posible un incremento del salario real de más del 60% hasta 1948, el peronismo clásico había acumulado un capital político con el que podía contar. Si primero de la mano de las circunstancias, y luego de la más activa del propio Perón, Argentina había entrado en el atolladero del proteccionismo distributivo, era imposible salir de allí retrocediendo, y se precisaba una enorme dosis de energía política y estatal para avanzar en una transición dolorosa y prolongada.

 

Otro asunto es que Perón y su régimen resolvieran dilapidar aquel capital político. La compulsión peronista por encontrar en las buenas y las malas noticias, en los acontecimientos desfavorables y los favorables, ocasiones para plasmar el ideal de una sociedad unánime, chocaría las más de las veces con las consecuencias no deseadas, pero inexorables, de sus propios éxitos indiscutibles. No puede decirse lo mismo en el caso de los afanes de proyección internacional del régimen y reconocimiento continental de un papel rector para la Argentina peronista, que se estrellaron contra los muros invisibles para las ilusiones mesiánicas, pero demasiado reales, levantados por la consolidación del poder estadounidense y la entendible suspicacia que una política de caudillo de suburbio, presidida por una retórica de autoensalzamiento, despertó en los vecinos, tanto mayor cuanto más próximos. De lo primero nos hablan, por caso, las desventuras del coronel Domingo Mercante al frente de la provincia de Buenos Aires, que gobernó con ingredientes de pluralismo y reconocimiento de la legitimidad política de los no peronistas muy diferentes a los dominantes en la esfera nacional y en el resto de las provincias. De lo segundo, la impotencia de Atilio Bramuglia, primer canciller del gobierno peronista, cuyos competentes esfuerzos no mellaron las convicciones de gran potencia que el justicialismo abrigaba para sí y para la Argentina (abrevando, también en esto, en la Argentina liberal). Que Mercante y Bramuglia tengan tan poco que ver con las pasiones que llevaron más lejos al peronismo en el camino de su perdición y hayan sido a la vez figuras centrales del período clásico, dice mucho de un aspecto de la historia, de impotencia y dramas personales, aún poco conocido.

 

La iracundia del último tramo del peronismo clásico, compendiable en los desatinos con los que Perón se perdió a sí mismo, muestra el vertiginoso derrumbe de un régimen al que nada le faltaba para enfrentar, en el peor de los casos, una penosa decadencia y, en el mejor, un transcurrir semejante al plasmado por el PRI en México (la única objeción de sustancia a ello, debo admitirlo, es el problema de la sucesión). No obstante, el derrumbe fue, por su brevedad, su índole convulsiva, su vesanía popular, de crucial importancia para la supervivencia posterior del peronismo. El final del peronismo clásico fue catastrófico, pero sin esos rasgos Perón no podría haber reconstruido su movimiento desde el ostracismo. Como si el espíritu de Evita hubiera vuelto para electrizar a las masas populares desconcertadas e inyectar temeridad en un Perón enceguecido por la cólera olímpica. Evita revivía para cobrar a los milicos y a los curas la deuda de sangre inferida en agosto de 1951. Evita estaba presente en el agudísimo cambio de rumbo en las relaciones con la Iglesia, tanto como en la leña que Perón arrojaba a las hogueras populares que prometían arrasar con el monopolio de la violencia legítima. Extremadamente significativo es al respecto que la composición de las coaliciones antiperonistas del 45 y del 55 hayan sido tan diferentes.

 

Las decisiones de Perón respecto de la Iglesia y los militares y el perfil del último peronismo social anterior al golpe de setiembre de l955, me traen a la memoria –analogía algo frívola– a Maurice Chevalier imitando a Sammy Davis Jr. imitando a Maurice Chevalier. Fue el 5 x 1 del que, tres lustros después, la Juventud Peronista completaría la rima. Insólitamente para muchos de sus protagonistas, el peronismo que había aspirado a ser el fundamento del orden nacional y la piedra angular de la comunidad organizada, se encontraba presidiendo constitucionalmente multitudes enfurecidas que quemaban iglesias, bibliotecas y clubes oligárquicos, mientras cuadros sindicales y barriales discutían si formar o no milicias populares. Perón perdió la presidencia y lavó su alma. La conspiración, la traición, la corrupción de los malos funcionarios que habían abusado de un Perón demasiado bueno, se convirtieron en verdades definitivas.

 

Fue en esa fase final cuando adquirieron singular relevancia algunos rasgos básicos del peronismo clásico, precisamente aquellos tan inherentes como de casi imposible compatibilidad con las aspiraciones de orden de sus componentes más reaccionarios: la presencia de Evita, y su iridiscente carisma, devenido aún antes de su muerte en ritualidad religiosa burocráticamente rutinizada pero, sobre todo, en infiltración penetrante en la porosa religiosidad popular. El punto de más clara tensión en el interior del peronismo como identidad, fuerza política y régimen fue el Cabildo Abierto del 22 de agosto: ¿qué clase de régimen constitucional era uno que dirimía la fórmula presidencial ganadora en una pulseada entre las masas en la calle y los generales en los escritorios?. Y se navegaba también con el mar de fondo de la batalla de la productividad, en la que el gobierno estaba llevando las peores, ya que la autonomía “de clase” de las masas dentro de una relación políticamente heterónoma se expresaba en el mundo del trabajo que Perón pudo domeñar aún menos que las movilizaciones populares. No sugirieron que los sinsabores de la puja distributiva condujeran al colapso del régimen. Pero resulta claro que la rebeldía obrera dejó una marca en la identidad peronista de vital importancia ulterior (tanto para resistir como para significar al peronismo). Con este telón de fondo, la cerrilidad de los gorilas no hizo más que refrendar todas las verdades, completando la transformación estética del peronismo clásico y absolviéndolo de todos sus pecados. Gracias a ello el peronismo, fracasado como régimen, alcanzó el milagro de articular dos épocas, nacionales y mundiales, en cuyo transcurso fue sorprendentemente capaz de cambiar según el contexto.

 

Desde 1955 hasta 1973 la historia peronista tanto como la argentina estuvieron presididas por una cuestión clave y por los efectos, inesperados para casi todos, del modo en que se resolvió. Perón subordinó definitivamente cualquier otro propósito y fue consiguiendo que se subordinara toda la política nacional al objetivo de reconstruir y consolidar su liderazgo, y hacerlo valer en el único terreno para él concebible y en el que continuó creyéndose imbatible, el voto popular. Salvo, quizás, durante el breve tramo de la presidencia de Lonardi (tan carente de realismo en su propósito restaurador como dotado de sensatez en lo que se refiere al modo de encarar a los peronistas), Perón jamás se consideró (a diferencia de casi todos, peronistas o no, que sí lo consideraron) una baraja fuera del mazo. Comprobó que Lonardi era expulsado por un conjunto de energúmenos vengativos dispuestos a propinar a los peronistas la humillación más exhaustiva. Perón sabía que contaba con un capital valioso, pero siempre consideró el riesgo de que se le esfumara si no se entregaba plenamente a su cuidado y en tiempos compatibles con su ciclo vital. Subordinó todos los otros objetivos posibles a éste, que le pareció absolutamente prioritario. Perón no podía, por ejemplo, ocuparse de crear condiciones mínimamente favorables a la llegada de un gobierno con sustento popular; es más: entendía que no precisaba hacerlo, sea porque se sentía el hombre del destino, sea porque creía que una vez reconstruido su liderazgo, y revalidado en las urnas, con el estado de nuevo en sus manos, iba a resolver todos los problemas a los que hubiera contribuido por el camino.

 

Entre estos problemas, uno de los principales era, precisamente, evitar el surgimiento de cualquier figura con proyecciones de autonomía e independencia político-electoral, mediante una vasta y sistemática tarea de destrucción. Podía, en las aguas turbulentas de su movimiento, tolerar sindicalistas, centuriones, intelectuales, cuadros armados, financistas de la política, pero no políticos peronistas con votos. Los ejemplos más claros al respecto son Bramuglia y Vandor, cuyo dilema era insoluble, porque no tenían modo de hacer transacciones con el régimen, indispensables para proyectarse políticamente y afianzar bases electorales peronistas, que más temprano que tarde no fueran fulminadas por el anatema de Perón. Sobre todo porque el régimen, con la parcial excepción del período 63-66, se mostraría indeciblemente incompetente en la gestión de esas transacciones.

 

Si hay algo que resulta a la vez chocante y enteramente comprensible, es la ceguera política e intelectual que, casi sin excepciones, afectó a los argentinos en lo que se refiere al poder de fuego de Juan Perón después de 1955. El peronismo pasó a ser el sueño y la pesadilla, el objeto de la reflexión más y más compulsiva; los peronistas, un riquísimo botín al alcance de la mano. Pero la atención que se deparó a un presidente depuesto y exiliado entrando en su ancianidad fue naturalmente muy escasa, por no decir nula. Basta recordar las torpes disquisiciones de Julio Irazusta en un elegante ensayo redactado en 1956 –la única explicación plausible del absurdo era la codicia sin freno–, o las de Emilio Hardoy que adjetivaba, con corrección política de época, la sangre mestiza de Perón como la de un araucano falso, flojo y codicioso. Era fácil equivocarse si se toma en cuenta que la política latinoamericana estaba llena de caudillos, dictadores y tiranos de toda laya, y muy pocos habían conseguido revertir el jaque mate cívico-militar y casi todos habían dado muestras de que sus pasiones por el poder se explicaban en arreglo a motivos que dejaban luego poco margen al coraje moral y al vigor necesarios para cruzar el desierto. Quizás Perón no tuvo tiempo para hacernos recordar la máxima de Lord Acton sobre los estragos del poder absoluto (Evita murió en 1952 y la decadencia y la corrupción aceleradas fueron frenadas en seco en 1955). Quizás la mirada del ensayo intelectual argentino hubiera estado mejor inspirada con menos Germani y más Carlyle. Y quizás no se recordó que Yrigoyen, que sin duda contaba con la misma fibra, tenía 78 años y una salud quebrantada cuando fue expulsado de la presidencia.

 

Desde 1955 asimismo tuvo lugar una colosal batalla cultural: la puja por las interpretaciones sobre y por lo tanto también para el peronismo. Inútil es decir que en esa batalla el espíritu de la Libertadora perdió la partida de antemano. Desde su caída, había desaparecido el monopolio de la enunciación de relatos sobre el peronismo del que había gozado prácticamente sin contestación alguna el propio Perón. Y florecieron las más variadas interpretaciones y relatos de crucial relevancia política, porque en ellos se jugaba la suerte del propósito de Perón de reconstituir su liderazgo. En paralelo y combinado con esta tarea tiene lugar, precisamente, un asombroso proceso de reinvención del peronismo.

 

El peronismo no fue cosa de intelectuales que, ciertamente, tuvieron escasísima intervención directa en cualquier proceso que haya contribuido a definir la identidad peronista antes de 1955. Acostumbrados como estamos al anacronismo de observar el peronismo desde nuestros días, la reinvención pasa desapercibida; pero si cambiamos la perspectiva, mirándolo desde sus orígenes y sus esencias como peronismo clásico, se trata de una mutación espectacular. Después de 1955, el peronismo se reinventó a sí mismo y, esta vez sí, tomaron parte intelectuales provenientes de una izquierda a la deriva en busca de sus objetos del deseo: la clase trabajadora y la nación antiimperialista. Se resignificaron componentes del peronismo clásico a los que ya me he referido, como Evita, la imbatibilidad del sindicalismo de planta y de base contra el sindicalismo obediente y hasta contra el propio régimen (sin negar a Perón como líder), la fase virulenta final (con las milicias obreras como una posibilidad real). En su reinvención, en la historia revisada, dimensiones fundamentales de la formación del peronismo y de su identidad, como la Iglesia y las Fuerzas Armadas, pasaron a un plano muy secundario, y otras cobraron nueva luz. El peronismo como orden justo y estable, cuyos enemigos son apenas unos pocos malos argentinos, deja lugar al peronismo como redención revolucionaria.

 

Ya recordamos que, entre las invectivas que Perón había dirigido regularmente como presidente de todos los argentinos a una oposición calificada de canallesca, estaba la de fingir defender la democracia. Ante los peronistas, pero no menos que ante muchos que todavía no lo eran e incluso habían despreciado ese régimen agobiante, nada parecía ahora más convincente que aquella imputación de falsedad y cinismo. Los gorilas no inventaron la proscripción pero, ahora, era la fuerza política que la había sufrido en los años 30 una de las que más se aferraba a ella (excepción hecha de corrientes que sólo fueron dominantes en el partido radical cuando limaron su intransigencia). Los antiperonistas se habían metido en un lodazal político en el que se enterraban cada vez más. Todos daban por hecho que habían recuperado el centro de la escena para presidir una inexorable desperonización de las masas y beneficiarse de su disponibilidad. Y habían expulsado a Perón en nombre de la democracia, negando a los peronistas, por no ser democráticos, el derecho a ser votados, aunque no podían impedir que votaran. Mientras que los peronistas no exigían otra cosa que poder votar en paz y libremente. Todo esto es más asombroso cuando se advierte que, si el fugaz pero potentísimo ímpetu libertador, en vez de consumirse en gestiones que sólo podían desnudar sus contradicciones, hubiera sido empleado en el corto plazo en una elección polarizada, los peronistas probablemente habrían sido derrotados.

 

Los herederos del 55 se hundían así en el lodazal mientras se asestaban golpes unos a otros, ya que nada los unía, ni sus preferencias en política, ni sus opciones normativas. Democráticos devenidos dictadores supuestamente provisionales, todos, militares y civiles, tenían agarrado por la cola al tigre de la legitimidad. Pero el formidable problema de dotar al régimen político postperonista de una fuente de legitimidad se haría cruelmente manifiesto, antes que nada, en los desempeños en un campo insoslayable: el gobierno de la economía de una sociedad conflictiva, legado del peronismo clásico, que (como vimos) Perón había empezado penosamente a aprender cómo administrar.

 

Si el peronismo había llevado demasiado lejos el modelo de proteccionismo distributivo enredando a la economía argentina en conflictos que le hacían imposible adaptarse y aprovechar el renacimiento comercial internacional inédito que en la inmediata posguerra muy pocos esperaban, ahora, la caída de los insostenibles salarios peronistas podía ser paladinamente imputada a la naturaleza antipopular y antinacional de los gobiernos postperonistas.

 

La Argentina había entrado en su callejón. La gestión de gobierno se convirtió en un juego de factores incontrolables –como explicaba Jauretche citando el dicho campero, “la bota’e potro no es pa’todos”. El poder de fuego del sindicalismo peronista era tal que tanto los militares como los empresarios encontraron más económico adaptarse a él, sea cediéndoles gigantescas porciones del tinglado corporativo, sea dejándolos venir en cada réplica militante a las caídas salariales, sin ignorar que las implacables crisis externas cerraban una mano del juego distributivo al tiempo que abrían la siguiente. La otra cara de los naipes mostraba invariablemente un régimen político desfondado en su legitimidad.

 

Decir hoy que todo esto conduciría derechito a la militarización de la política es tan fácil como tramposo, porque antes de recorrer los tramos más sangrientos de este callejón, hubo quienes tuvieron soluciones imaginativas, o razonables. Y no puede pasar desapercibido que todas ellas contaron con peronistas.

 

Uno de esos sensatos intentos políticos fue encabezado por el gobierno radical de Arturo Illia, y tuvo un inesperado aliado táctico en el Lobo Vandor, resuelto a darle batalla al general en el único terreno en el que Perón no lo admitía. El general le partió el espinazo a este proyecto en las elecciones mendocinas –a las que envió a su tercera esposa, en un viaje tan fatídico por el éxito de la intervención como por el hecho de que Isabel conociera y reclutara para el servicio en Puerta de Hierro a José López Rega. Cuando hablaron los votos mendocinos, la suerte del gobierno y del proyecto civil quedó sellada (aunque no la del dirigente metalúrgico), dando paso a la estulticia de Onganía, que creía que la Argentina del 66 era más o menos como Brasil y que se podía aplastar con la bota el rostro de la política durante el tiempo necesario para que el país se desarrollara a marchas forzadas. Perón, una vez más, estaba en lo cierto: el problema argentino era político, no económico. Se lo enseñaron (inútilmente) a Onganía pocos años después, en Córdoba, los obreros mejor pagos del país, aunados a estudiantes y a militantes de toda condición.

 

La violencia que respondía a raíces eminentemente domésticas era, por otro lado, percibida por más y más jóvenes como un viento mundial que empujaba gratas esperanzas. Para quienes abrazamos la política en aquel entonces, la violencia no era un problema político; era constitutiva de la vida social, impensable sin ella, y no parte del problema sino de la solución. Más aún, era la solución. Quizás hubiera motivos de sobra para percibirlo así y no era Perón quien lo negara. Antes, mucho antes de su bien conocida bendición a las organizaciones especiales, Perón nos interpeló con expresiones del siguiente tenor: “Es fundamental que nuestros jóvenes comprendan y tengan siempre presente que es imposible la existencia pacífica entre las clases oprimidas y opresoras... la tarea fundamental es triunfar sobre los explotadores, aun si ellos están infiltrados en nuestro propio movimiento político...” (Mensaje a la juventud de octubre de 1965). Así, legitimación de la violencia política y la creación de una nueva categoría política doméstica, la juventud, vinieron de la mano. Pero fue una opción de encrucijada, donde se tomaron caminos que descartaban definitivamente algunos escenarios de llegada que antes de la decisión todavía eran posibles. Ni a Perón ni a muchos dentro del peronismo y en sus márgenes parecía preocuparles que la militarización de la política condujera al arrasamiento de la política por las armas, y que de ese modo cualquier futuro régimen democrático sería tan precario como un castillo de naipes. Perón presidió la parte sustancial que le tocó de esa guerra civil larvada declarando, impávido, que su superioridad estribaba en haber sabido manejar mejor que sus enemigos el desorden.

 

Así lo parecía en el punto culminante de su primer regreso a la Argentina. El abrazo Perón-Balbín tenía mucho más de auténtica legitimación recíproca de identidades políticas, de profundo reconocimiento personal, que de atenciones pour la galerie. No obstante, todavía en mayo de 1973, el otro peronismo, tan vivo como siempre, hablaría por la boca del flamante presidente Cámpora en su mensaje al Congreso de la Nación: “La intriga que comenzó al día siguiente del triunfo popular del 46, logró sus designios al cabo de nueve años y truncó una revolución incruenta que trajo la felicidad para nuestro pueblo y cimentó las bases de la grandeza nacional”. Tras ello, en 1955 “comienza la sistemática destrucción de una comunidad organizada [y] todos los sectores sociales padecen sus consecuencias...”. Esta atribución del mal inconmensurable a un sujeto tácito era apenas ligeramente diferente a la del Perón clásico cuando hablaba de sus opositores: “faltaría a elementales deberes si no me dirigiese a todos los argentinos para atajar la campaña... de la que no sería yo la víctima... sino la totalidad de la nación cuyos supremos intereses defiendo...”. Cámpora no precisaba fijar torvamente los blancos como Perón, en 1947, lo había hecho pedagógicamente: “se han coaligado la vieja política, la prensa netamente capitalista, un sector considerable del capitalismo, los enemigos que en el exterior mantienen ideales extremistas de izquierda o de derecha, y los enemigos que en el interior sirven tales doctrinas foráneas...”.

 

Pero la historia se vengó del peronismo, porque lo colocó en el lugar y momento indicados para que esta vez presidiera la peor explosión hasta entonces conocida de la economía argentina, dejándolo al desnudo, esto es, tal cual efectivamente era entonces, un ejército victorioso y un movimiento pavorosamente desprovisto de toda capacidad de mediación tanto política como estatal. La crisis de 1975 abrió por primera vez desde 1955 una (siniestra) fuente de legitimidad para salir del bloqueo político-social, que fue tan enérgica como desastradamente empleada por la coalición militar y civil de la nueva dictadura. El peronismo, luego de estar, durante la fase del terror estatal, de ambos lados de la picana (“pertenecemos al mismo movimiento”, le decía con más amargura que sorna su carcelero a una presa política), resultó ser para los dictadores la obsesión que eclipsó todas las otras: el genio a destruir y a conjurar al mismo tiempo. Consiguió sobrevivir al vapuleo, pero salió de él más deteriorado que nunca.

 

En el nuevo regreso al orden constitucional, los peronistas, en su inmensa mayoría, se avinieron, satisfechos y resignados, a aceptar que la democracia siguiera siendo básicamente un juego corporativo con condimentos plebiscitarios. Esto a pesar de que nadie podía ignorar las rupturas inéditas del terror estatal, la descomunal desarticulación de la economía y el estado, y la guerra de Malvinas. Como se sabe, Alfonsín se atrevió a protagonizar, y hasta personificar, un registro completamente diferente de la cuestión democrática, que tuvo un comienzo triunfal. Lo sorprendente, otra vez, es la rapidez con la que se adaptó ese mismo peronismo a un cambio de circunstancias políticas que lo había pillado fuera de cuadro. Acaso la adaptación fue demasiado rápida, mostrando que por debajo de las aguas revueltas de la transición democrática se movían corrientes más lentas pero más duraderas. Indiscutiblemente la renovación fue mucho más que una mutación cosmética; pero su victoria electoral en 1987(a un tiempo sobre el resto del peronismo y sobre la Unión Cívica Radical) le permitió avizorar un camino hacia el gobierno mucho más corto que el que los primeros renovadores, y ciertamente los radicales, estimaban concebible hasta entonces para el peronismo.

 

La totalidad del peronismo se cobijó sin ceremonias bajo el paraguas renovador, que ahora prometía la victoria, y la ligereza del proceso hizo posible que fuera menos doloroso, pero también mucho menos profundo, el impacto de la derrota de 1983 –los peronistas no terminaron de entender por completo que la invencibilidad del movimiento en las urnas no era un parámetro de la nueva democracia argentina, y sobre todo no terminaron de digerir que en esa democracia pudiera caberle al peronismo otro lugar natural como no fueran las sedes de los ejecutivos federales, provinciales y municipales. Después de todo, la distinción entre peronismo, pueblo y nación no cristalizó definitivamente. No en vano quien recogería, al cabo, los frutos de la renovación, sería un renovador a su modo muy auténtico, Carlos Menem, quien, en la tarea de volver a poner al peronismo, renovadamente aglutinado, en el gobierno nacional, no dejó todo al cuidado de la diosa Fortuna. La dosis de responsabilidad política que se puede cargar a este peronismo renovado en el catastrófico final del gobierno de Alfonsín –que salió de la Casa Rosada escupiendo sangre, como expresaron complacidos quienes se disponían a entrar en ella– va mucho más allá del límite que define a una oposición leal.

 

Como capítulo de la historia peronista, los años de Menem merecen ser abordados desde su epílogo: nada tiene de inaudito que el peronismo haya podido desentenderse tan convincentemente de esa suerte de lepra política en la que hoy se ha convertido el menemismo para casi todos los argentinos. Me gustaría recordar al senador Eduardo Menem explicando, a la hora de justificar la negativa de su bloque a los proyectos de privatización del gobierno radical, que el peronismo jamás aceptaría poner bandera de remate a la soberanía nacional y, pocos años después, a los diputados justicialistas cantando a voz en cuello la marcha peronista (sin omitir, desde luego, los motivos por los cuales el general se habría sabido conquistar a la gran masa del pueblo) al celebrar la trabajosa aprobación de la privatización de YPF. Quizás el lector piense que apelo a un recurso facilón para poner en ridículo a los peronistas y meter el dedo en la llaga de sus incongruencias. Todo lo contrario: no encuentro en las gestiones presidenciales del caudillo riojano, desde el principio al fin, cosa que no pueda ser considerada inherente al peronismo verdadero. De hecho, los peronistas solo pueden tomar admisible distancia de los años de Menem en virtud de un fuerte implícito: por sus frutos los conoceréis. Del mismo modo en que el mal jamás es capaz de producir el bien (como seguramente pensaba Maquiavelo antes de cumplir 7 años), detrás de malos resultados no puede haber jamás buenos peronistas. Este mecanismo por el cual los peronistas son tan perfectamente convincentes vendiendo un día su alma al diablo como arrimando al día siguiente la tea a la hoguera de los herejes, nada tiene de nuevo en la historia del movimiento. No obstante, deducir de ello que el peronismo siempre fue la fuerza política emblemática de la Realpolitik en su sentido más crudo no sería justo; como he señalado ya, Perón jamás abandonó la vocación política weberiana de ofrecer algo al mundo. Conjeturo que observaría con desdén los afanes prosaicos que equiparan a los variopintos clanes peronistas de hoy.

 

Como sea, si el peronismo pudo persistir, de generación en generación, no es solamente en virtud de la ley universal que nos dice que mantener una identidad es más fácil que crearla, y más fácil aún que extinguirla. Es, en particular, por otras dos cosas. Primero, porque el peronismo siempre tuvo extrema habilidad para avanzar en la tierra social arrasada por los desastres en los que él mismo hizo una contribución nada despreciable; y, segundo, porque si el peronismo se demostró hasta ahora de amianto en relación al efecto incendiario de sus propias gestiones, es porque sus relatos continuaron siendo los más verosímiles en el seno del pueblo, embebidos de la heterogénea cultura política argentina contemporánea. Por cierto, uno de los mejores ejemplos al respecto es la absorción que el peronismo fue capaz de hacer, una vez expulsado del poder en 1955, del revisionismo histórico, sobre todo si se toma en cuenta la buena salud que, traducido a los códigos mediáticos, disfruta todavía hoy.

 

Es posible que tras las reformas presididas por Menem, y la crisis de 2001-2002, la Argentina peronista haya dejado de agonizar para morirse de una buena vez. Más seguro es que el peronismo ha sobrevivido –maltrecho, descompuesto y desarticulado, pero vivo– a la extinción de su Argentina. No solo eso; de momento, y sin que nada sugiera que esto vaya a cambiar en plazos previsibles, los no peronistas la miramos de afuera: la suerte colectiva de la Argentina post-peronista sigue dependiendo de los aciertos y los desaciertos de los que los peronistas sean capaces. [1]

 

 

Nota:

 

[1] Entre las contribuciones que he recordado al escribir este ensayo, sin pretender, desde luego, hacer responsables a sus autores del modo en que las he recordado y empleado aquí, se cuentan las de Carlos Altamirano, Emilio de Ipola, Pablo Gerchunoff, Tulio Halperin Donghi, Federico Neiburg, José Paradiso, Mariano Plotkin, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Ricardo Sidicaro, Juan Sourrouille, Juan Carlos Torre, Loris Zanatta, a quienes no puedo menos que pedirles sinceras disculpas.

 

El presente artículo es la sexta parte de la serie de "El juicio del siglo" publicado en Punto de Vista Nº 89 en diciembre de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 84 el 13 de febrero de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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