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E. Ubieta Gómez es escritor y periodista cubano.
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Uno de los rasgos más curiosos –y más reveladores--, de la actual campaña
mediática que intenta doblegar a Cuba y confundir a la opinión pública de todos
los confines, se ha puesto de manifiesto ante el definitivo anuncio de Fidel de
que no aceptará ser reelegido en sus cargos. Los propios blogueros
contrarrevolucionarios aportan pistas preciosas: las cámaras y los micrófonos de
la prensa miamense se trasladaron en vano al restaurante Versalles, en la calle
8, desde horas tempranas de la mañana, y no encontraron a las jubilosas y
agresivas hordas de antaño. Incitaron una y otra vez por televisión a los
manifestantes, y nada. La CNN emitió su primer reporte desde la otrora “esquina
caliente” con una descripción de voz en off e imágenes de archivo.
Uno de los autores del ciberespacio –cuyo blog inicial Últimos días había pasado
sin mucha bulla a llamarse Penúltimos días, y ya valora la sabia idea de
renombrase como Penúltimos años--, aceptaba con rabia e impotencia la derrota
histórica: “La renuncia voluntaria y formal de Fidel Castro tras sus 49 años de
mandato es uno de los grandes fracasos políticos del exilio cubano –dice, y
agrega más adelante--: Pues, en cualquier caso, lo único que podría festejarse
es que todo está saliendo según el guión dictado desde el Palacio de la
Revolución”.Claro, el problema todavía es más profundo, y ellos lo saben; porque
la frustración de amos y siervos ante la permanencia de la Revolución en los
meses y años siguientes al desplome del socialismo este europeo, fue compensada
con una ilusión inflada como un globo de gas helio: la supervivencia de la
Revolución se debía a un hombre, a un “genio del mal”, y su desaparición
marcaría el fin.
La maquinaria mediática empezó a inflar el globo post, y todo cubano que llegaba
a un país europeo, tenía que responder una pregunta que probablemente nunca se
había hecho: ¿qué pasará el día después? No era una preocupación cubana, era un
intento desesperado por sembrar una preocupación en Cuba. Los españoles, tan
dados a asumir poses paternales, nostálgicamente metropolitanas, abrazaron la
idea descabellada de enseñarnos el camino de la transición. Esa palabra sin
apellidos –con apellidos ocultos, para decirlo mejor–, no se acompañaba de
explicación alguna. “Dígame –decían los sabios académicos, y también los
periodistas, mientras fruncían el ceño–, ¿usted cree que la transición en Cuba
será cruenta o pacífica?” Parecía casi ilícito preguntar: ¿de cuál transición
usted me habla? Pero, inesperadamente, a mitad de la narración, cuando ni
siquiera los gestores pensaban en un desenlace, Fidel cedió por motivos de salud
–al menos de forma momentánea–, sus responsabilidades históricas. Hubo euforia
allí donde las cámaras ahora no encuentran mucho entusiasmo, quizás porque los
únicos convencidos del cuento eran los muchachones de la Pequeña Habana miamense.
La sorpresa y la fe en sus propios embustes, los paralizó. Quedaron a la espera,
y pasaron los meses, y nada más pasó, es decir, nada de lo esperado por ellos.
No es que no hubiese nada que cambiar, Fidel lo había advertido una y otra vez,
en especial en su promocionado discurso del Aula Magna, pero evidentemente, el
enemigo más eficiente no estaba en Miami, no era aquel que planeaba un regreso
triunfal. Más de una década de sobrevivencia heroica habían creado
contradicciones sociales impensables en los años ochenta. Los enemigos señalaban
con placer morboso cada contradicción e invocaban en una confusa retórica su
necesaria consolidación en el capitalismo; los revolucionarios señalábamos cada
contradicción y la necesidad de eliminarlas, para fortalecer el socialismo. ¿Dos
tránsitos opuestos? Cada década revolucionaria ha sido diferente en su unidad
histórica, la Revolución sabe y puede rectificar sus errores y desvíos sin
perder el rumbo. A ellos, en cambio, el tiempo se les va de las manos como agua,
empeñados en descifrar o inventar señales –como esa absurda de los jóvenes
revolucionarios de la UCI–, que indiquen que el vehículo de la Historia doblará
hacia la derecha. Hoy los cubanos hemos vivido un espectáculo mediático
inusitado, de poca monta, desabrido: los miamenses no acudieron a la cita con la
euforia del libreto original, porque saben ya que la Revolución no depende de un
hombre, por genial que sea, sino de todo un pueblo. Los cubanos de Cuba, que en
su inmensa mayoría votaron por la Revolución en las pasadas elecciones –no
importa cuánto haya que perfeccionarlas–, se sintieron tristes, pero no
experimentaron temor ante el futuro. Entonces, ¿qué queda?
La prensa norteamericana y europea, en un ridículo despliegue informativo sobre
un acontecimiento interno al que los cubanos –aunque lo consideraban, como todos
los hombres y mujeres honestos del mundo, trascendente en lo emocional y en lo
histórico–, concedían poca importancia para su futuro, lanzaba a vuelo las
campanas del próximo fin, tantas veces invocado, de la Revolución. Espectáculo
mediático con poca participación de cubanos. ¿La verdad es lo que es o lo que
los medios imponen? Si todos los humanos se convencieran de que Cuba debe
regresar al capitalismo, todavía faltaría lo más importante: convencer a los
cubanos. Y eso, lo predigo, será mucho más difícil.
Este artículo fue publicado
originalmente en
El Blog de Yohandry, que es mantenido por un joven cubano. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 86 el 27 de febrero de
2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |