|
José estaba aterrado. El jueves, su papá hizo compras en el supermercado como
para un mes. El viernes, la madre se despidió de las compañeras de oficina con
una emoción apenas contenida, como si fuera un adiós definitivo, no un hasta
pronto.
El sábado, el ambiente en la casa era de velorio. La sala amaneció empapelada y
embanderada con los colores partidarios; pero, ocultos en lugares estratégicos,
había cajones dispuestos para esconder de forma rápida y silenciosa cualquier
signo de identificación con el partido.
En la mañana del domingo, los tíos se encerraron en la sala con el padre para
hacer conjeturas y establecer estrategias de salvataje.
José les escuchó con la oreja pegada a la puerta. Uno aseguró que el oficialismo
no toleraría la derrota y que, en último caso, apelaría al crimen; otro habló de
enfrentamientos callejeros, violencia y muerte; un tercero predijo
encarcelamientos y confiscación de bienes. El cuarto, usualmente locuaz, se
mantuvo en el más absoluto y perturbador silencio.
José sintió que las tortillas de la cena resucitaban su gastritis. Los primeros
síntomas se habían presentado hace unos días, luego de escuchar a la madre. La
mujer era presa de constantes ataques de pánico ante lo que consideraba el
inminente fin de su carrera pública.
Un vecino intentó darles consuelo asegurando que el cambio era un mito. “La
relación entre el partido y el Estado es demasiado fuerte –les explicó–, después
de décadas administrando la cosa pública, el partido y Estado son la misma cosa;
como hermanos siameses, uno no sobreviviría sin el otro”.
Algún periodista avanzó en la descripción apocalíptica del cambio y pintó en su
espacio mediático un escenario de inestabilidad permanente, de crisis sucesivas,
de caos, coronando el relato con la promesa de una asonada golpista. “Volverán
las botas”, advirtió en televisión, mientras daba cuenta de su décima cuarta
copa del día.
Finalmente, inexorablemente, inevitablemente, el día llegó.
Y los pronósticos se cumplieron.
En la tarde del domingo la noticia fue confirmada por todos: el partido había
sido derrotado.
José se encerró en su habitación a esperar que se abrieran las puertas del
infierno, o a que alguien viniera por él.
Pasaron las horas y nada pasó. Las horas se hicieron días y los días meses, y
nada pasó.
Y fueron cinco años.
Hoy, José toca la guitarra en un mariachi; la madre fue ascendida y el padre se
prepara para las elecciones.
México sigue siendo el mismo. Y el PRI está en la llanura.
Publicado en Macondo News bitacora dentro de
ABC Blogs el 20 de abril de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
93 el 23 de abril de 2008. Se
reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos. |