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E. Gudynas es
analista de información en CLAES (Centro Latino
Americano de Ecología Social) y D3E (Desarrollo,
Economía, Ecología, Equidad – América Latina).
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El presidente de la Asamblea
Constituyente de Ecuador, Alberto Acosta, renunció a presidir ese cuerpo el
pasado lunes 23 de junio. Este es un hecho de mucha importancia y merece un
primer análisis. Recordemos que el economista Acosta fue el candidato más votado
a la Constituyente de la coalición de gobierno "Acuerdo País", y uno de los
principales pilares de las transformaciones en marcha en Ecuador.
Tanto por su respaldo
popular, como por sus capacidades intelectuales, Acosta fue seleccionado para
presidir la Asamblea que elaboraría la nueva constitución ecuatoriana. A lo
largo de estos meses ha guiado ese proceso, intercalado con tareas legislativas
asumidas por la Asamblea, y bajo un fuerte ataque desde sectores conservadores y
representantes de la política tradicional.

Alberto
Acosta (izquierda) y el autor (derecha), en el despacho de la presidencia de la
Asamblea Constituyente, en Ciudad Alfaro, Ecuador.
Ante la proximidad del
vencimiento del plazo para redactar la nueva constitución, fijado para el 26 de
julio, distintos asambleístas, y entre ellos el propio Acosta, sostenían que
sería necesario extender los plazos para asegurar un texto de calidad y con
suficiente legitimidad. Esa postura chocó con los reclamos de otros actores
políticos, incluyendo a muchos integrantes de la coalición de gobierno, y el
propio presidente de la república, Rafael Correa, quienes rechazaron extender
ese plazo y por lo tanto exigían acelerar los ritmos y reducir el tiempo
dedicado a los debates.
Acosta, tal como indica su
carta de renuncia, no deseaba
sacrificar la pluralidad del debate y la calidad del texto por la premura de los
tiempos. A su juicio la Asamblea Constituyente debe ser un "espacio democrático
por excelencia", y en tanto la democracia tiene como "condición intrínseca
fundamental, que todos y todas puedan escuchar y ser escuchados", era necesario
asegurar la continuidad de ese debate. Sin embargo, el consejo político de
Acuerdo País le retiró el apoyo, reclamando acelerar las votaciones de manera de
llegar a la mágica fecha límite. Frente a esta nueva circunstancia, Acosta
renunció a la presidencia de la Asamblea, para volver a su sitio como
Constituyente.
Esta renuncia ha generado un
gran impacto tanto dentro de Ecuador como en el exterior. Esto se debe a que las
reformas constitucionales han sido ensayadas por otros gobiernos progresistas:
Venezuela y Bolivia. Tanto en Bolivia como en Venezuela ese proceso ha sido
contradictorio y tensionado, mientras que el caso ecuatoriano, el más reciente,
aparecía como el más ordenado, y alimentaba las esperanzas de que en esta
ocasión se lograría un texto de buena calidad, y que estuviera revestido de
amplia legitimidad social. Parece oportuno examinar estos casos para analizar
las opciones en Ecuador.
Comencemos por la propuesta
de reforma constitucional venezolana, la que no nació de un reclamo ciudadano,
sino de los intereses presidenciales para aplicar cambios más o menos
específicos. Esto hace que el proceso venezolano antes que buscar una
constitución común a todos, fuese interpretado como una agenda de Hugo Chávez.
Ello no sólo impidió crear un consenso sobre principios básicos, sino que
acentúo las divergencias entre chavistas y anti-chavistas. Muchas personas
vieron allí su oportunidad para expresar su disconformidad con la marcha del
gobierno de Chávez, sin detenerse a evaluar la calidad de esa propuesta
constitucional. El resultado es bien conocido: la reforma constitucional fue
rechazada por la ciudadanía.
Esta es una primera lección
que debe tenerse presente en el caso ecuatoriano. Un texto constitucional no es
una plataforma partidaria, ni puede reflejar los intereses presidenciales, sino
que debe expresar acuerdos comunes a todos los ciudadanos. Justamente este es
uno de los riesgos que se enfrentan en la sede de la Constituyente ecuatoriana,
en Ciudad Alfaro, ya que el proyecto podría terminar siendo una expresión de una
agenda gubernamental, y su votación sería un referéndum sobre la figura
presidencial.
En el caso boliviano, la
gobernante coalición Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, entendió que
una nueva constitución le permitiría refundar el país. Pero el proceso fue
entorpecido, cuestionado y bombardeado desde la oposición. Uno de los problemas
fue que muchos actores del MAS quedaron enredados en repetir esas viejas
prácticas políticas, para finalmente optar por apurar el proceso y aprobarlo a
como diera lugar. Se llegó así a un texto que muestra desde problemas de
redacción, hasta conceptos contradictorios. Allí se sacrificó la calidad para
asegurar los plazos políticos. Las consecuencias de esa decisión fueron que el
texto constitucional en lugar de apaciguar el debate político nacional al servir
como referencia de un marco básico de conceptos y valores compartidos por
amplias mayorías, terminó alimentando los fuegos de la crisis política y las
resistencias desde diversas minorías.
Todas estas son lecciones
importantes. En Ecuador, la Asamblea Constituyente también ha sufrido tensiones
y cuestionamientos de todo tipo. Es cierto que las intervenciones en la Asamblea
pueden usarse de manera constructiva para mejorar el texto constitucional, pero
también fueron aprovechadas por los grupos opositores para entorpecer,
cuestionar y torpedear todo el proceso. Esa oposición, amplificada en muchos
medios de prensa, generó enormes tensiones, explica algunos atrasos, y despierta
dudas en la ciudadanía. Pero ¿alguien podía suponer que la oposición actuaría de
otra manera? La "política de la farándula" enturbia el proceso, pero no se la
combate con la anulación del debate, sino que el antídoto está en lograr una
discusión de calidad. El silencio no es la solución frente a la vieja política.
Lo cierto es que la marcha
de ese debate, con todas sus luces y sombras, alimentó críticas dirigidas hacia
Acosta por permitir que todos los asambleístas hablaran. El presidente Rafael
Correa llegó a afirmar que Acosta era "demasiado democrático", aludiendo a la
necesidad de acortar los debates, aplicar las mayorías automáticas, y aprobar el
texto constitucional. Correa confundía su rol presidencial, de tipo ejecutivo,
que puede ordenar a los ministros y secretarios, con el papel de un cuerpo
colegiado, y por si fuera poco de constituyentes, donde todos guardan la misma
representatividad y autoridad.
Es cierto que hay varios
analistas de irreprochable reputación que defienden este cambio en la
Constituyente ya que consideran que la "revolución ciudadana" enfrenta
crecientes costos políticos, y que es necesario pasar cuanto antes a la campaña
del "sí" a la nueva constitución (tal como se ha repetido en los últimos días,
por ejemplo en la radio La Luna).
Es posible apelar a las
mayorías que dispone la coalición de gobierno para forzar la aprobación de los
próximos artículos. El uso de las "mayorías automáticas" como reflejo de la
opinión presidencial, ha sido utilizado, por ejemplo, en la Venezuela de Chávez
o la Argentina de Néstor Kirchner. En los dos casos se aprobaron las normas,
pero también se terminó en deteriorar el papel del poder legislativo, en donde
persistieron los vicios de la vieja partidocracia caudillista pero bajo otro
ropaje.
Los riesgos de seguir ese
camino para aprobar un texto constitucional son enormes. No sólo por los
problemas indicados arriba, sino también debido a que una Constitución no es un
simple decreto ni siquiera una ley. Un texto constitucional va mucho más allá en
tanto apunta a un marco consensuado donde todos los ciudadanos se sientan
representados y cobijados. De nuevo, Acosta acierta en esa cuestión cuando dice
en su carta de renuncia a la presidencia que el proceso de la Constituyente debe
"buscar y obtener un verdadero pacto social en el que las grandes mayorías pero
también las minorías, se reconozcan y reconcilien: no debemos excluir". Agrega
que "tenemos la necesidad de un cambio en la forma de hacer política, rescatando
la política y repolitizando la sociedad; teniendo presente a cada momento que la
democracia es para todos y para todas".
La "celeridad" termina
limitando los debates, coquetea con el rechazo, y replica muchas prácticas de la
vieja política, y por lo tanto no genera esa legitimidad de acuerdo incluyente.
Precisamente por esas serias limitaciones se corre el riesgo de vaciar los
contenidos comunes como proyecto de país, y caer en una consulta popular sobre
el desempeño presidencial. No se pondrá tanto el acento en la calidad del texto,
sino en expresar el rechazo o el apego a Rafael Correa.
La renuncia de Acosta
también deja en evidencia otras divergencias sobre las estrategias de desarrollo
que deberían seguirse en Ecuador. Esto se está haciendo cada día más evidente
por el lento pero persistente viraje de Correa hacia posturas convencionales,
tales como continuar con una política petrolera convencional o fomentar la
inversión minera, ambas ancladas en una inserción internacional comercial
dependiente. En otras palabras, estrategias que en su expresión práctica se
hacen cada vez más parecidas a las políticas extractivas aplicadas en Perú o
Colombia. Sus respuestas a quienes advierten sobre estos problemas desde la
sociedad civil ecuatoriana, que enseguida caen en la crítica y la
descalificación, tampoco pasan desapercibidas a nivel internacional, y en ese
plano también se asemejan a lo que sucede en Colombia y Perú.
Todos observamos con
atención lo que pasa en Ecuador. La renuncia de Alberto Acosta abre enormes
desafíos para la marcha de la reforma constitucional, y para los procesos de
cambio en Ecuador. Pero no puede pasar desapercibido que esa renuncia también es
un ejemplo de una nueva política. Ella no puede ser interpretada bajo las viejas
prácticas políticas, no apuntaban a los titulares de la prensa, ni a la
figuración personal, ni tampoco a poner en riesgo a la coalición gubernamental.
Es una renuncia que encierra la enseñanza sobre otra práctica política,
comprometida con los principios y con un proceso de cambio. Acabamos de
presenciar un magisterio profundamente democrático.
Publicado en el semanario Peripecias Nº 102 el 25
de junio de 2008. Se permite la reproducción del artículo siempre que se
cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones. |