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J. Majfud es escritor uruguayo y profesor de literatura
latinoamericana en la Universidad de Georgia, EEUU.
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En el mundo, McDonald’s es
un símbolo del imperio Americano pero en el imperio es el restaurante de los
obreros. En uno de ellos, perdido en un pequeño pueblo al lado de la ruta,
escucho de alguna radio su voz. Una anciana de ojos azules y pelo blanco sin
tonos ni matices toma un café como el mío y lee el mismo diario. Su mirada es
serena, perdida. En una página la foto de la candidata a la vicepresidencia
Sarah Palin. Su jefe, el senador McCain, justifica el gasto de ciento cincuenta
mil dólares en ropa que la Miss Alaska se gastó para vestirse. Era dinero del
partido. Según McCain, Sarah necesitaba la ropa para la campaña política pero
aclaró que luego sería donada para obras de caridad. Más abajo Sarah aparece
hermosa y bien vestida en un discurso contra el socialista, el musulmán Hussein,
el antipatriota negro que quiere llegar a la Casa Blanca. En la otra página, una
fotografía muestra a Ashley Todd, una joven (blanca) de Pittsburg con un ojo
morado. Según Ashley, un negro de cuatro pies (de alto) la asaltó y al ver que
ella era voluntaria del partido del gobierno le marcó una “B” en el rostro.
Luego confesó que todo había sido ficción.
B es él, el que aparece
sonriendo en la otra página, con toda su juventud, confiado, mirando a lo lejos.
B es la voz de la radio, esa voz de afro, voluminosa, con algo del ritmo de los
negros americanos que golpean con la última palabra de cada frase, (pero) claro,
nítido y sofisticado como los mejores de Harvard o de Columbia. Muchos critican
esa calma al hablar o al debatir. Esa rara habilidad dialéctica y esa inaudita
cultura para alguien de su condición. Es demasiado frío, dicen. En realidad es
un hombre oscuro nacido en la periferia, hijo huérfano de una unión diabólica
entre un negro y una blanca, según la ideología de los militantes por la
supremacía blanca.
Hace poco menos de cincuenta
años, grupos que se definían como cristianos conservadores desfilaban por las
calles portando carteles que decían “Race Mixing is Communism” (“La integración
racial es el comunismo”, Little Rock, 1959). Él era todavía un niño cuando en su
país los negros debían levantarse para dejar sus asientos libres a los blancos
que se dignaban a ocupar el lugar todavía caliente de una de estas bestias
inhumanas. Era un niño mitad blanco y mitad negro pero negro entero para los
ojos de una cultura que define como negro todo lo que tiene algo de negro y como
blanco todo lo que es puro, sin mezcla de algo.
Dentro de unas semanas esa
voz será elegida presidente de Estados Unidos. Dentro de veinte años será el
símbolo de una época dramática; uno de esos momentos de la historia que son
recordados por siglos. También, dentro de pocos años, será motivo de desilusión
y desesperación por parte de aquellos que no tenemos paciencia con la injusta
lentitud de la historia y menos aun con su narrativa, hecha para consumo de
todos pero para beneficio de unos pocos. Entonces, como el Beethoven que
confundió a Napoleón con la continuación de la Revolución Francesa, deberemos
cambiar el himno festivo al héroe en una marcha fúnebre.
La historia es el principal
género de ficción, ya que ella misma se nutre de las fantasías de los pueblos,
del delirio de los Césares y de ella surgen otros subgéneros, como la novela
realista y la ciencia ficción, las series de televisión, los comics de
superhéroes y la narración política. Pero la realidad también existe. Es
probable que (1) exista un “coeficiente variable de progresión de la historia”.
Cuando los cambios históricos han ido más rápido de lo que permitían las
condiciones económicas y culturales, los resultados han sido los inversos y
siempre ha vencido la reacción conservadora. Cuando los cambios han sido
demasiado lentos la historia se ha estancado para beneficio y gratitud de los
mismos. Por esta razón, en pocos momentos de la historia –como en breves
períodos de la vertiginosa industrialización de Europa (XVIII-XIX) o las
descolonizaciones políticas e ideológicas del siglo XX en los países del Sur–
las revoluciones han sido más efectivas que las progresiones. (2) Aquí
“progresión de la historia” no se refiere a la idea metafísica de la Era Moderna
sino al juicio que podemos hacer según la escala de valores del humanismo
renacentista, que son los valores más universales y más violados de nuestro
tiempo.
Entre estos valores,
combatidos por siglos como heréticos, demoníacos o simplemente suprimidos en la
práctica por inconvenientes, están: (1) los valores de igualdad civil entre los
individuos y las naciones; (2) el valor positivo de la diversidad entre
individuos y culturas, (3) la libertad sólo limitada por los derechos ajenos que
son los míos propios; (4) la moral progresiva como un conjunto de valores no
prefijados por nuestros antepasados sino vinculados a la historia; (5) la razón
crítica, y no el dictado de una revelación institucional, como uno de los
principales instrumentos de búsqueda de la verdad, (6) el derecho a la
desobediencia, etc.
Ya nos detuvimos en otro
momento sobre la falsa oposición entre libertad e igualdad; la historia
demuestra que cada vez que se ha expandido la libertad ha progresado también la
igualdad entre la diversidad humana. Es decir, la igual-libertad, no la libertad
de oprimir. La supervivencia de la humanidad ya no depende de suprimir a las
otras tribus sino de respetarlas. Esto nos lleva a la idea de que la Unidad de
la humanidad, implícita en todo el pensamiento del humanismo se compone no sólo
por el paradigma de la igualdad sino también por los paradigmas históricamente
combatidos de la diversidad y la libertad. Es decir, no es la unidad por
exclusión, propia del pensamiento y la práctica del fascismo, sino la unidad por
inclusión, propia del derecho humanista. Esta inclusión solo excluye a quienes,
por odio y por su propia fiebre de exclusión, no quieren ser incluidos.
Entonces, medido nuestro
presente desde esta escala de valores, podemos decir que, a pesar de los
inevitables retrocesos, ha habido varias formas de progresos en la historia
reciente.
Cuando escucho esa voz
repitiendo lugares comunes, clichés de la política norteamericana, lo pongo en
estos términos: los intelectuales no sólo pueden sino que además deben ser
radicales, lo más intelectualmente radicales que les sea posible, si lo que
pretenden es ir a la raíz del problema. Sin embargo un político no puede ser
radical si lo que pretende es promover un cambio. Excepto si se trata de uno de
esos breves y raros momentos de la historia en donde los cambios caen de golpe
con una revolución violenta. Pero un político en un periodo histórico de
progresión o regresión no puede darse aquel lujo del intelectual o de
revolucionario moderno. Por el contrario, debe calcular, ser estratégico. Si no
alcanza el poder no alcanzará ningún cambio. A esa virtud del político
maquiavélico debe sumar la mayor virtud del profeta humanista. Cuando el viento
sopla a favor es fácil ver la dirección de la nave. Pero en ocasiones la fragata
tiene todo el viento en contra y para avanzar hacia el Norte o hacia el Sur debe
zigzaguear de Este a Oeste. La sabiduría no radica en vaticinar, como un
político de segunda, que la nave se dirige al Este o al Oeste mirando la estela
que deja detrás. La sabiduría está en el análisis de la historia de ruta y en la
capacidad de ver la dirección de la nave a largo plazo. Aunque la nave va hacia
el Este y hacia el Oeste, en realidad se dirige al Norte o al Sur. La historia
no es un péndulo; como un reloj antiguo, sólo se vale de un movimiento pendular
para avanzar.
La sociedad norteamericana
ha cambiado algo o bastante desde los ajusticiamientos públicos y privados de
negros. Ha cambiado algo o bastante desde el asesinato del doctor Martin Luther
King Jr. Está lejos de haber cambiado lo suficiente desde que los oprimidos
piden justicia y liberación. Pero como decía Reinhard, un amigo alemán con el
cual trabajé en África, refiriéndose al exceso de expectativas de las obras, “no
debemos organizar nuestra propia frustración”.
También los racistas han
cambiado algo o bastante para sobrevivir a tantos cambios. No son ellos quienes
tienen ahora el poder sino simplemente un instrumento más del poder de
Exterminador. No ha cambiado su odio prehistórico sino la forma de organizarlo.
En algún rincón de Pensilvania o del profundo Sur un grupo de hombres y mujeres
leen el mismo diario y miran el calendario. Toman el mismo café mientras ajustan
detalles. Ellos también esperan el momento para hacer historia, para callar esa
voz.
Antes de irme veo a través
del amplio cristal nubes que amenazan con una tormenta de otoño. La M amarilla
de McDonald’s se interpone en un brillo subliminal. ¿Nevará? Todavía no. Todavía
falta para el invierno. Falta aún más para la primavera. Alguien apaga la radio.
El silencio es interrumpido por una silla que cae, un grito de miedo y una risa
histérica.
Jennersville, octubre 2008.
Publicado en
ALAI - América Latina en Movimiento. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 121 el 5
de noviembre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos.
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