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J. E. Romero es doctor en historia. Docente e
investigador de la Universidad del Zulia, Venezuela.
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Las elecciones del 4 de
noviembre en EEUU derivaron en un resultado esperado: el triunfo de Barack Obama.
Son muchas las expectativas que crea este acontecimiento político no sólo en los
EEUU. Para los norteamericanos el primer elemento evidente es el hecho de ser
presidente un miembro de la minoría étnica más significativa, los afroamericanos.
Obama rescata parte de los planteamientos políticos de dos de las fuerzas
sociales más importantes en EEUU en la segunda mitad del siglo XX: el movimiento
de derechos humanos de Martin Luther King y el movimiento de auto reconocimiento
étnico de Malcom X. Ambos movimientos, y sus líderes, fueron reprimidos con
rudeza y desaparecidos –o mejor dicho asesinados– sus mentores.
Obama ha utilizado
–retóricamente– algunos de los planteamientos esbozados en la década de los 50 y
60 del pasado siglo XX por parte de estos movimientos sociales; pero les ha
adicionado una propuesta refrescante de la política norteamericana, más allá del
señalamiento de la llamada cowboys politics (la política del vaquero),
que sostiene la hipótesis de la agresividad wasp (blancos, anglosajones y
protestantes en inglés) ante otros factores sociales que componen la sociedad
norteamericana. El reto de Obama se manifestará en el comportamiento que asuma
ante el establisment y las relaciones de poder con la estructura
económica y militar. Asimismo debe afrontar la recuperación de la economía
norteamericana luego de una desastrosa administración republicana que ha
comprometido no sólo los intereses económicos de los EEUU sino del mundo
capitalista.
Particularmente no tengo
muchas expectativas de cambio en la política hacia América Latina. Lo que sí
creo es que el fin de la política guerrerista puede abrir espacios al diálogo
directo y a un redescubrir de los EEUU de sus vecinos más cercanos; más aún
cuando la estrategia política de la administración Bush se tradujo en un
progresivo desplazamiento de las fuerzas más conservadoras en las democracias en
América Latina. El nuevo impulso de la izquierda, desde la más radical
representada por Chávez hasta la más moderada ejemplificada en las actitudes de
Lula y Bachelet, son una muestra del retroceso de la idea de democracia y el
planteamiento de la reducción del Estado de Bienestar en el contexto actual.
Obama deberá articular un nuevo tipo de relación que maneje el problema real del
fin de la Doctrina Monroe, que ha significado la disminución de la presencia y
la incidencia de los EEUU en el continente. A esa preocupación habrá que
adicionarle la mayor presencia –económica y geoestratégica– de Europa,
particularmente Rusia, España y Francia en inversiones, apoyo y asesoría a
gobiernos del área; eso sin contar la circunstancia que el "gigante dormido"
–China– ha demostrado su interés en una mayor presencia en Latinoamérica.
Para América Latina, Obama
deberá asumir dos retos inmediatos: 1) la transición hacia una mejor relación
con sistemas políticos y países ideológicamente distantes de los EEUU (Cuba,
Nicaragua, Ecuador, Argentina, Brasil y Venezuela) y 2) recuperar los espacios
perdidos como factor de poder hegemónico. Lo primero, demostrará qué tan
tolerante y efectiva puede ser su política de acercamiento para con esos países
y gobiernos, aunado al efecto que pueda tener ese acercamiento con los factores
de poder internos. Lo segundo, puede significar que se resemantiza el papel y
las formas de tratamiento que adquiere el Departamento de Estado y los cuerpos
de seguridad e inteligencia de los EEUU. Esto último tiene sus riesgos: para el
establisment puede entenderse esa acción como un peligro para los
intereses del coloso del norte y pudiera presentarse una situación de
inestabilidad y confabulación política, tales como las que sufrió John F.
Kennedy en la década de los 60 y que terminó con su asesinato.
La posibilidad de un trato
directo con personajes como Raúl Castro o el propio presidente Chávez quedan
abiertos, si tomamos como ciertas las aseveraciones formuladas por Obama en la
campaña. Una visita a Cuba o Venezuela como parte de una agenda inicial puede
constituir una sorpresa para el estilo diplomático de los EEUU y puede servir de
base para contextualizar una relación menos conflictiva. Lo que afirmamos es que
no creemos, ni confiamos en que la subida al poder de Obama signifique un cambio
radical ni de la política, ni los intereses de EEUU en la zona; puede significar
un trato menos confrontacional y más directo pero jamás de mayor coincidencia
entre las posturas nacionalistas de los presidentes latinoamericanos y los
propios planteamientos provenientes de los EEUU.
Finalmente, el triunfo de
Obama puede traducirse en un rescate de lo político como ejercicio de virtud
cívica y de reconocimiento de la diferencia. El hecho que el propio Obama sea
asumido como una representación de minorías tradicionalmente maltratadas es una
esperanza que debe ser considerada. Ya veremos lo que sucede, como sea se abre
una compuerta de análisis y expectativas muy significativas para la
interpretación política de la realidad.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 122 el 12
de noviembre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos y educativos.
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