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R. Grompone es un destacado sociólogo peruano,
investigador en el Instituto de Estudios Peruanos (Lima).
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Quizás buena parte del
mérito que pueden tener las interpretaciones políticas que valen la pena es
saber formularse preguntas adecuadas y tratar de dar respuestas, aunque sean
provisionales, para ellas. La mayoría de los analistas políticos y sociólogos
invitados o publicados en medios de comunicación hemos opinado sobre lo que ha
ocurrido en las recientes elecciones, y mi impresión es que hemos fallado en
este punto de partida elemental, y no nos estamos dando cuenta de lo que está
ocurriendo en el país. Y a algunos, además, parece no importarnos demasiado. La
ortodoxia en el análisis otorga seguridades (en general cualquier ortodoxia), y
a ellas parecen aferrarse todavía algunos de mis colegas, presumiendo
conocimientos que saben insuficientes.
Y los más sensibles,
advirtiendo que han perdido la brújula, comprueban que ello no los lleva al
naufragio, sino al reconocimiento de quienes dialogan con ellos. Pocas veces he
notado un desconcierto tan altamente valorado. En momentos críticos,
determinados grupos de formadores de opinión quieren escuchar solamente lo que
está de acuerdo con sus argumentos y sus pasiones, lo demás prefieren dejarlo en
un cono de sombras. Cuando entre la primera y la segunda vuelta electoral
hacíamos previsiones, la mayoría opinábamos que Ollanta Humala no podía crecer
más allá de 8 puntos, en el mejor de los casos, en relación a lo ya obtenido.
Sumábamos votos por
alineamientos políticos –si bien haciendo notar que los partidos no tenían
capacidad de endose–, y este resultado se daba poco menos que descontado.
Aconsejando estrategias, decíamos que el candidato debía moderar sus posiciones
y acercarse al centro político para conquistar nuevos electores; lo que
probablemente no le iba a otorgar mayores réditos, ya que el radicalismo que
había demostrado en su prédica volvía poco creíble este movimiento. Con un
poquito de sofisticación, sólo un poquito, decíamos que, en todo caso, algo
podía ganar previendo que eventualmente podría haber un porcentaje relativamente
alto de votos viciados y en blanco.
Finalmente, Humala creció
del 30,61% al 47,37%, y lo hizo sin moderar sus posiciones, salvo por algunos
gestos que no fueron parte sustantiva de su campaña. Además, se registró uno de
los porcentajes menores de votos viciados y blancos en nuestra historia
electoral. Y seguimos hablando, impertérritos, con la misma arrogancia. No se
trata de sentirse culpables o de internarnos en el laberinto de la autocrítica
sino de tratar de entender. Asombra o deja perplejo que se haya prescindido de
este esfuerzo.
Humala
liderando un movimiento nacional desde los márgenes del sistema
(...) El humalismo es el único movimiento que tiene
congresistas en todos los departamentos del país, salvo en Madre de Dios, que
elige un solo representante. Mariel García y Carlos Meléndez hacen notar que, a
nivel de provincias, su votación es especialmente alta en zonas que fueron
afectadas por la violencia política, en los valles cocaleros y en las provincias
que vivieron conflictos locales agudos en los últimos años. Entre la primera y
segunda vuelta, Humala creció principalmente en Junín, Ayacucho, Apurímac,
Huánuco, San Martín, Amazonas, Cajamarca y Arequipa, y sus niveles de apoyo más
altos se ubican en Arequipa, Puno, Huancavelica, Huánuco, Apurímac y Ayacucho,
en un rango que va del 64,55% en el primero de los nombrados al 83,42% en el
último. Trataremos de dar una explicación tentativa.
¿Humala un outsider más? Lo
es si nos atenemos a una definición rígida, un candidato que emerge por fuera
del sistema político tradicional; no lo sería según otras ideas asociadas a este
término. Por ejemplo, no es un solitario audaz sin ninguna trayectoria. Ollanta
Humala tuvo visibilidad política desde el levantamiento de Locumba, cualquiera
sea la interpretación que le demos a este hecho: movimiento de protesta o
cortina de humo que favorecía la huída de Montesinos. Y los sucesos de
Andahuaylas a fines de 2004 y principios de 2005 le dieron un nuevo
protagonismo, tanto por el apoyo que diera al inicio como por la manera
posterior de marcar distancias, y sobran indicios de que se estaba gestando
desde años atrás un movimiento político. Su estilo de irrupción no es tampoco
una novedad en la reciente historia de América Latina, la de oficiales de menor
graduación que intentan un golpe de Estado o provocan la renuncia de un
presidente. Lo hicieron antes Hugo Chávez y Lucio Gutiérrez, que luego
resultaron triunfadores en elecciones nacionales. Finalmente, Humala parecía ser
parte de expresiones de crítica contra las políticas seguidas en años anteriores
en la región, y contaba con el apoyo explícito del presidente venezolano y de
Evo Morales en Bolivia.
Si quisiéramos permitirnos
un optimismo fácil podríamos decir que el liderazgo de Ollanta Humala y sus
seguidores definen una etapa más en nuestra historia, en la que organizaciones
nuevas incorporan grupos que se encontraban fuera del sistema, como lo hicieran
en su oportunidad el aprismo y la izquierda, ambos en sus primeras
manifestaciones sosteniendo posturas intransigentes. Sin embargo, estos partidos
de integración nacional interpelaron a grupos de intereses con algunos niveles
de estructuración, que ya se hacían sentir en la vida política. Lo que tenemos
ahora son movimientos dispersos, poco comunicados unos con otros, afianzados en
su territorio, poco dispuestos a negociar, violentos en ocasiones y sin poder
definir una línea de continuidad en su protesta.
Movimientos como éstos ya se
hicieron sentir en el país durante el gobierno de Toledo. Además, creo que
existe, en quienes han estado marginados, una progresiva conciencia de derechos
que tiene que ver con las promesas de la democracia. Sólo que, en una sociedad
de pobres y con persistentes niveles de desigualdad, esta aproximación a la
ciudadanía no está ocurriendo al modo ilustrado, con la adhesión a un régimen
con controles, garantías y balances, sino de una manera que puede terminar en un
desenlace abrupto, con una clausura de rasgos autoritarios. La democracia
entonces no consigue afirmarse.
Construyendo una representación
Los que se adhieren a la
prédica que se proclama nacionalista han vivido en muchos casos situaciones
límite: vencedores, vencidos, protagonistas de la guerra interna. Entre los
referentes que se toman en cuenta están no sólo los Comandos Políticos
Militares, sino la prédica de Sendero Luminoso de arrasar al viejo Estado. El
Estado fue invocado nuevamente, esta vez en democracia, si bien asociado a y
cercado por una desacreditada clase política. De todas maneras se trataba de una
nueva oportunidad, si bien erizada de riesgos. Las exigencias de redistribución
no fueron contempladas. El gobierno de Alejandro Toledo perdió contacto con las
zonas alejadas del país, alejadas desde nuestra perspectiva centralista. Los
conflictos se resolvían improvisadamente. Pretender que hubiera una red de
instituciones que obrara en espacios locales de modo coordinado y eficaz
aparecía para las élites como una aspiración desmesurada. Y aunque a algunos les
cueste reconocerlo, cuando ocurre el fin de una guerra interna y se bloquean los
caminos de salida por cálculos de corto plazo, la consecuencia no es la paz ni
la reconciliación, sino la multiplicación de momentos de polarización en
pequeños y grandes espacios, unos contra otros, y al final las partes en
contienda coinciden en el común cuestionamiento al orden establecido.
El filósofo y sociólogo
argentino Ernesto Laclau tiene razón cuando señala que sin representación no hay
política, y que los grupos excluidos necesitan de un discurso que les otorgue
una identidad en la cual reconocerse, que pueda finalmente constituirlos como
actores políticos, y que consiga articularlos en una voluntad común. Ollanta
Humala, quizás provisoriamente, logró hacerlo. El nacionalismo que preconizaba
era vago y confuso y, paradójicamente por esa misma razón, disponía de una
amplia capacidad de convocatoria. Afirmaba identidades y maneras de situarse
cuando las personas sentían que trastabillaban en el empleo, en la educación, en
la familia, a veces en las vicisitudes de la migración, en general, en los
cambios que se iban precipitando y escapaban a cualquier control individual.
Afirmaban una comunidad política en la que se sentían integrados, negándola a la
vez en las barreras infranqueables que planteaban a los otros, los
definitivamente extraños.
El partido nacionalista tuvo
sus intermediarios políticos en los reservistas, pero no solamente en ellos.
Otra vez quienes se acercaron a las comunidades y zonas rurales fueron los
“hijos del pueblo”, que vivieron la violencia en la institución militar, que la
afrontaron probablemente también en algún combate, que afrontaron situaciones de
alerta y de incertidumbre. En el ejército también se vincularon a un
nacionalismo enfático construido desde la apelación a los símbolos nacionales y
a una vocación de servicio –y hasta de sacrificio– de la que tenían que
convencerse ellos mismos, si querían darle sentido a acciones que no estaban en
condiciones de evitar. Un desgastado concepto habla de las Fuerzas Armadas como
una institución tutelar; en este caso, la pretendida tutela sirvió como un
filtro que separaba y se empeñaba en poner barreras frente a quienes no les
había tocado padecer de cerca acontecimientos parecidos. Esto encajaba bien con
los descontentos radicales que se vivían en buena parte de la sierra y la selva
del país, donde a través de rumores y nuevos intermediarios, Humala afianzaba su
vigencia. El discurso fundacional de un nuevo orden –la convocatoria a una
asamblea constituyente era un elemento más en esta idea– propio de los
populismos históricos y los de nuevo tipo, pretendía dar seguridades acerca de
que el cambio iba a ocurrir de todas maneras.
Tengo la impresión de que, a
diferencia de lo que ocurre generalmente con los dos candidatos que disputan un
balotaje, son contados los casos en los que Ollanta Humala aparecía como el mal
menor al que recurrir. Otra vez, la situación es diferente a lo que ocurriera
con Fujimori en 1990, cuya votación se explica en buena parte por las
resistencias que provocaban las políticas preconizadas y el estilo de Vargas
Llosa; y con el caso de Toledo en 2000, a quien los ciudadanos eligieron y hasta
precipitaron para que se afirmara como la opción que garantizaba el retorno a la
democracia.
Alan
García, entre la iniciativa y el asedio
Alan García es el político
de los partidos históricos que parece entender mejor lo que está ocurriendo en
el país y decodificar al movimiento nacionalista, mucho más que los grupos
conservadores. Cabe suponer que iniciará una política social agresiva en lo que
por ahora son bastiones humalistas, llegando a los departamentos más pobres.
Buscará romper el asedio de dos frentes: de un lado, estarán quienes lo acusen
de estar despilfarrando recursos sin el adecuado sustento técnico; desde la
vereda opuesta, estarán aquellos que reclamen por demandas que no son
satisfechas en la medida de las expectativas generadas.
Termina además el juego que
le permitía ubicarse distante de “la derecha de los ricos” y del “desborde” del
un movimiento emergente. Una vez instalado en el gobierno, llega el momento de
tomar decisiones. Da la impresión de que irá definiendo alianzas tema por tema,
paso a paso, ya que acuerdos estables con una determinada orientación le
quitarían márgenes de maniobra, en una sociedad en la que parece exigir a la vez
cambios y estabilidad. Los consensos extendidos en la situación presente no sólo
son improbables, sino que hasta serían vistos con desconfianza. Por ahora, si se
quiere dar la idea de una transformación, no es momento de pactos circunscritos
a fuerzas definidas; quizás ese momento pueda llegar después. Dadas estas
condiciones, son pocas las expectativas de que se asista a una tregua política y
social; lo que ocurrirá en los meses venideros se asociará probablemente a la
capacidad de establecer puntos de equilibrio, que van a ir variando según las
diferentes coyunturas, entre medidas políticas definidas con precisión y gestos
simbólicos, que ahora parecen importar más que en otros momentos de la vida
política del país. El mismo establecimiento de la agenda política a emprender
puede convertirse en un álgido punto de controversia.
Este gobierno tiene ahora
una oposición política y social definida; pero como el que escribe estas líneas
no quiere seguir cometiendo errores como los señalados al principio de este
artículo, sólo atina a esbozar algunas ideas sobre esa oposición. Resulta
previsible la deserción en las filas del humalismo. Su personal político es
improvisado; la alianza con Unión Por el Perú se mostraba inestable desde su
mismo origen, ya que fue el recurso que utilizó para obtener su habilitación
legal. Además, el nuevo líder no sólo debe actuar en el escenario del congreso;
debe mostrarse capaz de seleccionar personal político adecuado para poder
trasladar buena parte de los votos obtenidos en los departamentos, provincias y
distritos en las elecciones nacionales, a los comicios regionales y municipales
de noviembre. Ollanta Humala y aquellos a quienes defina como sus cuadros de
confianza y dirigentes sociales tienen que demostrar capacidad de articular los
ásperos movimientos sociales que han eclosionado y se van a seguir manifestando
en el país. No sabemos si en este proceso traspasará los límites que garanticen
la gobernabilidad democrática, o si se mantendrá en los lindes entre el desborde
y la contención. La definición entre estos escenarios probables dependerá de una
capacidad de conducción política que, aun cuando ha participado en una
competencia electoral por el gobierno, todavía no ha pasado por una prueba
definitiva.
La
persistencia del racismo y la discriminación
Finalmente, quisiera señalar
una preocupación adicional. Lo que debiera llamarnos más la atención es que en
estas elecciones se manifestaron todos los fantasmas racistas, coloniales y
republicanos, precisamente en aquellos que se manifiestan como cruzados del
pluralismo y la modernidad. Un grupo significativo de intelectuales y
periodistas despojaron, otra vez en nuestra historia, de competencia racional a
quienes no compartían sus posiciones: no sólo a Ollanta Humala, sino a quienes
votaban por él. Al dirigente nacionalista quizá le haya servido la política
establecida, pues podía victimizarse, no exponerse a entrevistas acuciosas,
utilizando para justificarse argumentos atendibles; graduar sus apariciones de
acuerdo a sus conveniencias y fortalecer su discurso antielitista. Se exponía
también –y ni siquiera en el revés de la trama, porque los hilos resultaban
demasiado visibles–, a un discurso decimonónico que no termina de tener final y
que opone a la civilización con la barbarie, en donde se encuentran los pobres y
los excluidos. No consigo entender que quienes establecieron esta división
proclamen que estaban defendiendo la democracia.
El presente artículo fue publicado
en la serie "Argumentos" Año 1, No. 5,
julio 2006, del Instituto de Estudios Peruanos (www.iep.org.pe). Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 4 el 5 de julio 2006. |